—No vuelvas a llamarme de esa forma —dije, con una voz que intenté cargar de una autoridad que se resquebrajaba—. No tienes derecho a ensuciar el vínculo que tengo con mi abuelo. Mis palabras, en lugar de herirle, provocaron en sus labios una sonrisa triunfante y amplia, como si mi reacción fuera un manjar que saboreaba con deleite. Vengativo y despiadado, Faruz era todo eso y más. —Ahora sabes lo que se siente escuchar un nombre que no debería profanarse por cualquiera. —expulsó, con una calma que me hizo estremecer. Puesto que era una advertencia directa, el castigo por haber usado su verdadera identidad. La revelación me hizo contener la respiración y aferrarme con fuerza la copa de vino que no deseaba, pero necesitaba desesperadamente. Cuando el líquido amargo incendió mi garganta

