El salón de nuestra residencia brillaba con una luz dorada que se reflejaba en los vestidos de seda y las copas de cristal. La fiesta de Zafiro era un espectáculo de lujo calculado, donde las máscaras, elegantemente cubrían la mitad de los rostros, convirtiendo a cada invitado en un misterio y en un potencial cómplice. Yo me aferraba a mi copa de champán como a un ancla, ofreciendo sonrisas cuando era necesario, asintiendo en los momentos apropiados, pero mi alma estaba lejos de allí. Había llegado pasada las siete de la mañana, después de haber recobrado la conciencia en los brazos de Faruz, quien no hizo más que retenerme y obligarme a desayunar con él. Lo más desconcertante era que, a pesar de su carácter rudo, cínico y arrogante, hubo un esfuerzo en sus gestos, un intento torpe de c

