—¿Reconocimiento de qué? —susurré, sintiendo cómo un nuevo tipo de temor se instalaba en mí. —No sé cómo llamarlo. No me importa ponerle un nombre. Pero está aquí, entre nosotros, y es más real que tu odio y que mi deseo de silenciarte. Se levantó de la cama con un movimiento brusco, como si la conversación lo agitara por dentro. Y se acercó al ventanal, y su espalda, ancha y marcada por las cicatrices y mis arañazos, parecía una barrera infranqueable contra el cielo nocturno que aún reinaba tras el cristal. —Puedo darte lo que deseas, Dian —dijo sin voltearse, y sus palabras, eco de una oferta pasada, hicieron que un escalofrío me recorriera la espina dorsal. —Recuerdo que ya lo ofreciste, y yo ya te di mi respuesta —dije, recuperando un fragmento de mi dignidad—. Quiero que desparez

