El club era un mundo distinto, la música vibraba con una intensidad que resonaba en mis huesos, las luces fluorescentes provocaban que el aire fuera denso y el humo de las máquinas de vapor creaban fantasmas danzantes. Por primera vez en semanas, respiraba sin sentir el peso de su mirada. —¡Por la fiesta de Zafiro! —gritó Thomas, alzando su copa. El vodka tónico en mi mano era mi escudo, mi anestesia. Lo bebí de un trago, sintiendo el ardor que bajaba por mi garganta y se expandía en mi pecho como un fuego liberador. —¡Por Zafiro! —repetí, con una sonrisa que por primera vez en días no era forzada. Ayse me tomó de la mano y nos adentramos en la pista de baile. Bailé. Dejé que el ritmo me poseyera, que mis caderas se movieran con una libertad que había olvidado, que mi cabellera oscura v

