Sé, por experiencia propia, que la lealtad no existe. Y lo que algunos en su patética ingenuidad confunden con ella, no es más que simple conveniencia, un cálculo egoísta en alianzas temporales para alcanzar un fin. Porque el hombre, en su esencia más sucia, solo sirve a un único amo: su propio pellejo. Siempre supe que era cuestión de tiempo. Que tarde o temprano, uno de esos incompetentes, cegado por la avaricia o un temor, intentaría venderme al Estado como un pez gordo. En esta ocasión, lo único que me mereció una fracción de sorpresa fue el nivel de descaro de George Müller. La ridícula confianza con la que creyó que podría escapar de las consecuencias de su tropiezo. Un error, previsible pero profundamente molesto, que me había obligado a regresar a Berna antes de lo previsto, y e

