La mañana era gris y lluviosa, pero por primera vez en mucho tiempo, Anthony Blackwood no se sintió abrumado por el peso de su dolor al abrir los ojos. Habían pasado semanas desde que encontró la carta de Elena, y aunque leerla había reabierto viejas heridas, también había encendido una chispa en su interior. No era un alivio del sufrimiento, pero sí una especie de comprensión. Elena quería que él viviera, que siguiera adelante, y Anthony decidió que, de alguna manera, tenía que intentarlo.
Se levantó de la cama y se dirigió al baño. Miró su reflejo en el espejo y vio a un hombre con sombras bajo los ojos y la barba sin afeitar, pero también vio un atisbo de resolución en su mirada. Aún estaba roto, pero al menos ahora quería encontrar una forma de reparar las piezas.
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En la oficina, Vanessa estaba revisando los preparativos para una reunión importante con un nuevo cliente potencial. Sabía que Anthony necesitaba concentrarse en la empresa para no perderse en su dolor, y había estado trabajando más duro que nunca para asegurarse de que todo funcionara sin problemas. Desde que Anthony encontró la carta, Vanessa notó un cambio sutil en él. No era el mismo de antes, pero estaba intentando. Asistía a las reuniones, revisaba los informes y, aunque seguía siendo brusco, ya no estaba completamente ausente.
Anthony entró en la oficina sin mirar a nadie, como de costumbre, y se dirigió directamente a su despacho. Vanessa se apresuró a seguirlo, una carpeta de documentos en la mano.
—Buenos días, Anthony —dijo, tratando de sonar profesional y tranquila.
Anthony asintió, sin levantar la vista de su escritorio.
—¿Qué tenemos hoy? —preguntó, con voz monótona.
Vanessa le entregó la carpeta y comenzó a enumerar los puntos clave de la reunión que tenían en una hora.
—Tenemos una presentación con los nuevos inversores a las diez. He preparado un resumen de los temas principales y los datos financieros que les interesan. También he incluido algunas proyecciones de crecimiento basadas en las últimas cifras trimestrales.
Anthony hojeó los documentos sin realmente mirarlos, y luego levantó la vista hacia ella, con una expresión que no revelaba nada.
—¿Te has asegurado de que todos los detalles estén cubiertos? —preguntó.
Vanessa asintió, tratando de no mostrar lo nerviosa que se sentía bajo su mirada.
—Sí, todo está listo. Los datos están actualizados y he preparado respuestas para cualquier pregunta que puedan tener.
Anthony asintió, cerrando la carpeta con un golpe seco.
—Bien. No quiero sorpresas, Vanessa. Esto es importante.
Vanessa sostuvo su mirada, notando una dureza en su tono que no era nueva, pero que aún la lastimaba.
—Lo sé, Anthony. Estoy aquí para ayudarte, para asegurarme de que todo salga bien.
Hubo un silencio tenso, y por un momento, Vanessa pensó que Anthony iba a decir algo más. En lugar de eso, él desvió la mirada y se concentró en su escritorio.
—Eres eficiente, lo admito —dijo con frialdad—. Pero no olvides tu lugar, Vanessa. Eres solo una empleada. No te confundas pensando que tu dedicación te da derechos o una posición especial aquí.
Las palabras de Anthony la golpearon como un balde de agua fría. Durante un instante, no supo qué decir. Había esperado un reconocimiento, una señal de que él apreciaba todo lo que estaba haciendo. En cambio, recibió una advertencia que la relegaba a una simple pieza en su engranaje.
—Lo sé —respondió con voz apenas controlada—. Solo quiero asegurarme de que tenga todo lo que necesita.
Anthony la miró por un momento más, sus ojos se suavizaron apenas, pero luego se endurecieron de nuevo.
—Bien. Entonces haz tu trabajo y no te metas en asuntos que no te conciernen.
Vanessa asintió, sintiendo una mezcla de dolor y frustración. Se dio la vuelta y salió de su despacho, cerrando la puerta detrás de ella con más fuerza de la necesaria. Se apoyó contra la puerta, tomando una profunda respiración para calmarse.
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La reunión con los inversores fue un desastre. Anthony manejó la presentación con la seguridad y el carisma que siempre lo habían caracterizado, aún así, los inversores estaban cansados del viejo Anthony y así se lo hicieron saber, comentando que no les daba mucha seguridad un hombre que no se presentaba a las reuniones que él mismo agendaba (haciendo referencia a la reunión anterior).
A Vanessa le dolía ver como lo estaban tratando, y el poco tacto que habían tenido, especialmente considerando que la esposa de Anthony había muerto recientemente. En otra ocasión, se hubiera acercado a su mesa, lo hubiera reconfortado y le hubiera mostrado la lista de inversores que estaban dispuestos a invertir en Blackwood, pero no en esta ocasión, en primer lugar, porque los inversores habían ido desapareciendo como la espuma en medio del agua cuando Anthony había mostrado su errático comportamiento, y en segundo lugar, porque ya la había maltratado lo suficiente por un solo día. No se sentía con ganas de que volviera a recordarle su lugar, o que volviera a tratarla con la crueldad con la que lo hacía últimamente.