Sombra de lo Inesperado

987 Words
El salón de baile del hotel St. Regis estaba decorado con un lujo que deslumbraba a los asistentes. Las luces doradas se reflejaban en los cristales de las arañas, creando un ambiente mágico y sofisticado. Parejas elegantemente vestidas conversaban, reían y bailaban al compás de la suave música que llenaba el aire. Era una noche destinada a recaudar fondos para una causa noble, pero para Anthony Blackwood, era una noche para exhibir su poder y generosidad. De pie junto a la mesa de bebidas, Anthony sostenía una copa de champaña, charlando con un grupo de colegas de negocios. Su rostro mostraba la habitual expresión de confianza y determinación que había hecho de él un titán en el mundo de los negocios. Sin embargo, sus ojos constantemente buscaban a Elena, asegurándose de que ella estuviera bien. Elena, radiante en un vestido azul oscuro que resaltaba su figura y su incipiente embarazo, se encontraba rodeada de un grupo de mujeres, sonriendo y asintiendo mientras escuchaba. De vez en cuando, su mirada se encontraba con la de Anthony, y ambos se sonreían como si compartieran un secreto solo suyo. Desde el otro lado del salón, Anthony se sentía orgulloso y afortunado de tener a una mujer tan maravillosa a su lado. Pero mientras Elena charlaba, una punzada de dolor atravesó su abdomen. Su sonrisa se desvaneció por un momento, y llevó una mano a su vientre, intentando disimular el malestar. Las otras mujeres no parecieron notarlo, continuando su conversación animada. Elena respiró hondo, pensando que sería solo un malestar pasajero, algo común en su estado. —¿Estás bien? —preguntó Clara, una de las amigas cercanas de Elena, notando el ligero cambio en su expresión. Elena asintió, esforzándose por sonreír. —Sí, solo un poco de cansancio —respondió—. Ya sabes, cosas del embarazo. Clara le dedicó una sonrisa comprensiva y continuó hablando, pero Elena ya no escuchaba. Su mente estaba enfocada en la creciente incomodidad que sentía. Se excusó amablemente y se dirigió hacia Anthony, necesitando la seguridad que siempre encontraba en él. —Anthony —dijo, tocándole suavemente el brazo—. Creo que necesito sentarme un momento. Anthony giró hacia ella de inmediato, su expresión se suavizó al ver la preocupación en los ojos de Elena. Dejó su copa y rodeó su cintura con un brazo, guiándola hacia una mesa cercana. —¿Te sientes bien? —preguntó, sus cejas fruncidas por la preocupación. —Sí, solo un poco mareada. Debe ser el calor y el bullicio —respondió Elena, intentando sonar despreocupada. Anthony le apretó la mano, su mirada buscando señales de algo más serio. —Si no te sientes bien, podemos irnos ahora mismo. —No, estoy bien. En serio. Solo necesito un poco de aire —Elena le sonrió—. No quiero arruinar la noche. Es un evento importante para ti. Anthony asintió, aunque no del todo convencido. Sabía que Elena era fuerte y rara vez se quejaba, pero su instinto le decía que algo no estaba bien. Decidió no presionar más y cambió de tema, relatándole alguna anécdota graciosa de la oficina que hizo reír a Elena. Poco a poco, su color regresó, y Anthony se relajó, pensando que tal vez solo había sido un momento pasajero. La velada continuó, y Elena pareció recuperar su energía. Anthony se sintió aliviado al verla conversar y reír con los demás, su habitual encanto iluminando la sala. Decidió que ella realmente estaba bien y se permitió relajarse, disfrutando de la noche. Sin embargo, mientras el reloj se acercaba a la medianoche, Elena sintió una nueva ola de malestar. Esta vez fue más fuerte, y un mareo la envolvió de repente. Todo a su alrededor comenzó a girar, y antes de que pudiera decir algo, sus rodillas cedieron y su visión se oscureció. —¡Elena! —gritó Anthony, soltando la copa que tenía en la mano para atrapar a su esposa antes de que cayera al suelo. El salón se llenó de murmullos sorprendidos mientras Anthony la bajaba con cuidado, apoyándola en el suelo. El rostro de Elena estaba pálido, y su respiración era superficial. Anthony sintió una ola de pánico, su corazón latiendo con fuerza. —¡Necesito ayuda! —exclamó, su voz fuerte resonando en el silencio repentino del salón. Un par de médicos que estaban entre los invitados se apresuraron a acercarse, apartando a la gente curiosa. Anthony observaba impotente mientras examinaban a Elena, su mente llena de temores y preguntas sin respuesta. Todo su cuerpo temblaba, y se aferraba a la mano de Elena como si su vida dependiera de ello. —¿Qué le pasa? —preguntó, su voz quebrada por la preocupación. —Necesitamos llevarla al hospital inmediatamente —dijo uno de los médicos, su tono urgente. Anthony asintió, su mente nublada por la ansiedad. Levantó a Elena en sus brazos con una facilidad que no había sentido antes, movido por la adrenalina y el miedo. La multitud se apartó para dejarlos pasar, y Anthony caminó rápidamente hacia la salida, con el corazón en la garganta. El sonido de las sirenas se escuchó en la distancia mientras Anthony colocaba a Elena en el asiento trasero de su coche. Miró su rostro, tan pálido y vulnerable, y una oleada de determinación lo invadió. —Todo va a estar bien, Elena —susurró, su voz llena de desesperación y amor—. No te dejaré ir. No ahora, no nunca. A medida que se alejaban del hotel, Anthony se dio cuenta de que la sombra de lo inesperado se había cernido sobre su vida perfecta, amenazando con arrebatarle todo lo que amaba. No podía permitirse perder a Elena, no cuando ella era la luz que guiaba su camino. Aceleró, con la esperanza de que el hospital no estuviera lejos y que aún hubiera tiempo para salvarla, para salvarlos a ambos de una oscuridad que no habían visto venir.
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