El chirrido de las ruedas de la camilla al moverse resonaba en los pasillos del hospital, mezclándose con el sonido intermitente de las máquinas y los murmullos de voces lejanas. Anthony caminaba junto a la camilla, sus ojos fijos en Elena, quien yacía inconsciente, pálida bajo la luz fluorescente. Sentía un vacío en el estómago, un miedo que le atenazaba el pecho, haciendo difícil respirar.
Los médicos y enfermeras trabajaban con precisión, moviéndose a su alrededor en una coreografía bien ensayada. Anthony sentía que estaba en medio de una pesadilla, una de esas de las que sabes que no puedes despertar. Cada segundo que pasaba parecía una eternidad, y la realidad se retorcía en torno a él, haciéndole sentir que el suelo se desmoronaba bajo sus pies.
Finalmente, llegaron a una sala de emergencias, donde dos enfermeras lo detuvieron en la puerta.
—Señor Blackwood, debe esperar aquí —dijo una de ellas con firmeza—. Los médicos necesitan espacio para trabajar.
Anthony miró la puerta que se cerraba tras ellas, sus manos temblando.
—Pero mi esposa... ¿Estará bien? —preguntó, su voz rota por la desesperación.
—Haremos todo lo posible —respondió la enfermera antes de desaparecer por la puerta.
Anthony se quedó de pie, mirando la puerta cerrada, su mente tratando de comprender lo que estaba ocurriendo. ¿Cómo había llegado todo a esto? Apenas unas horas antes, habían estado disfrutando de una velada maravillosa, soñando con el futuro que los esperaba. Ahora, ese futuro parecía desvanecerse ante sus ojos, como humo llevándose por el viento.
**
Los minutos pasaron como horas en la sala de espera del hospital. Anthony caminaba de un lado a otro, pasando una y otra vez por los mismos azulejos desgastados, mientras su mente daba vueltas a todas las posibilidades. Cada segundo que pasaba sin noticias era una tortura. Intentó calmarse, diciéndose que todo saldría bien, que los médicos sabrían qué hacer. Pero la imagen de Elena desmayándose, su rostro pálido y su cuerpo inerte, seguía atormentándolo.
Finalmente, la puerta de la sala de emergencias se abrió, y un médico salió con el rostro tenso. Llevaba puesto un estetoscopio alrededor del cuello y su expresión era grave.
—Señor Blackwood —dijo, acercándose a él—. Soy el Dr. Morgan, el encargado de su esposa.
Anthony asintió, sintiendo que su corazón latía con fuerza en su pecho.
—¿Cómo está Elena? ¿Está bien? —preguntó rápidamente.
El Dr. Morgan suspiró, mirando a Anthony con una mezcla de compasión y preocupación.
—Su esposa ha sufrido una hemorragia interna grave —dijo con voz seria—. Estamos haciendo todo lo posible para estabilizarla, pero su estado es crítico.
Anthony sintió que el suelo se desvanecía bajo sus pies. Se apoyó contra la pared, intentando asimilar las palabras del médico.
—¿Y el bebé? —logró preguntar, aunque apenas podía escuchar su propia voz.
El médico vaciló antes de responder, su mirada se suavizó ligeramente.
—El embarazo se ha complicado. Hay un riesgo muy alto tanto para la madre como para el bebé. Estamos haciendo todo lo que podemos para salvar a ambos, pero quiero que esté preparado para lo peor.
Anthony sintió que el mundo se le venía encima. La idea de perder a Elena, de perder al bebé que ambos esperaban con tanta ilusión, era una realidad que no podía aceptar. Apretó los puños, tratando de controlar la rabia y la impotencia que lo invadían.
—Hagan todo lo que sea necesario. No me importa el costo. Solo... solo sálvenla —dijo con voz temblorosa—. Sálvenlos.
El Dr. Morgan asintió solemnemente.
—Haremos todo lo que esté a nuestro alcance, señor Blackwood. Le avisaremos en cuanto tengamos más noticias.
Anthony se quedó mirando al doctor mientras este regresaba a la sala de emergencias, la puerta se cerró de nuevo, dejándolo solo con sus pensamientos. Se dejó caer en una de las sillas de la sala de espera, cubriendo su rostro con las manos. No podía dejar de pensar en Elena, en su sonrisa, en la luz de sus ojos cuando le hablaba de su futuro juntos. La idea de perderla, de no volver a verla despertar a su lado, era una oscuridad que no podía soportar.
**
El tiempo transcurrió en un vacío interminable. Anthony apenas era consciente de las personas que pasaban a su alrededor, de las conversaciones en voz baja que llenaban la sala de espera. Todo su ser estaba enfocado en la puerta, esperando que se abriera y trajera buenas noticias. Cada vez que alguien salía, su corazón se aceleraba, solo para detenerse cuando no era el médico que esperaba.
Finalmente, después de lo que parecieron horas, la puerta se abrió de nuevo y el Dr. Morgan salió, su expresión aún más grave que antes.
Anthony se levantó de un salto, su mirada fija en el médico, esperando escuchar las palabras que tanto temía.
—Señor Blackwood —comenzó el doctor, su voz llena de una compasión que Anthony no quería oír—. Hemos hecho todo lo posible, pero...
Anthony sintió como si el aire hubiera sido succionado de sus pulmones.
—¿Pero qué? —preguntó, su voz temblando de desesperación—. ¿Qué ha pasado?
El Dr. Morgan bajó la mirada por un momento, antes de fijarla en Anthony.
—Elena ha perdido mucha sangre. La hemos estabilizado por ahora, pero sigue en estado crítico. En cuanto al bebé, lamentablemente no pudimos salvarlo.
Anthony sintió como si el mundo se detuviera. Las palabras del médico resonaban en su mente, cada una, una daga que le perforaba el corazón. Perdido. La palabra giraba en su mente, llevándose consigo toda esperanza, todo sueño.
—No... no puede ser —susurró, su voz quebrada—. No puede ser.
El Dr. Morgan le puso una mano en el hombro.
—Lo siento mucho, señor Blackwood. Hicimos todo lo posible.
Anthony se alejó, sacudiendo la cabeza, negándose a aceptar lo que acababa de escuchar. Se sentía atrapado en una pesadilla, una de la que no podía despertar. La idea de que su bebé, el hijo que tanto habían deseado, se había ido para siempre era un dolor insoportable.
—¿Puedo verla? —preguntó, su voz apenas un susurro.
El Dr. Morgan asintió.
—Sí, pero debe entender que está muy débil. Necesita descansar.
Anthony asintió, caminando hacia la puerta que el médico le señaló. Cada paso le parecía un esfuerzo monumental, cada respiración una lucha contra el dolor que amenazaba con aplastarlo.
Al entrar en la habitación, encontró a Elena conectada a varias máquinas, su rostro pálido y frágil contra la almohada. Se acercó lentamente, tomando su mano con delicadeza, como si temiera romperla. La piel de Elena estaba fría al tacto, y Anthony sintió que su corazón se rompía al verla tan vulnerable.
—Elena... —susurró, su voz ahogada por las lágrimas.
Elena no respondió, su respiración era un débil murmullo en el silencio de la habitación. Anthony se inclinó, besando suavemente su frente, sus lágrimas cayendo sobre su piel.
—Lo siento, Elena... lo siento tanto —murmuró, su voz rota por el dolor—. No pude protegerte. No pude protegeros.
Se quedó allí, sosteniendo su mano, aferrándose a la esperanza de que ella despertara, de que lo mirara con esos ojos llenos de vida. Pero mientras la noche avanzaba, Anthony se dio cuenta de que estaba enfrentándose a una tragedia que no podía controlar, una oscuridad que amenazaba con consumir todo lo que alguna vez amó.