La mansión Blackwood, una vez llena de vida y risas, se había transformado en un mausoleo silencioso y sombrío. Las cortinas permanecían cerradas, sumiendo las habitaciones en una penumbra constante. Anthony deambulaba por los pasillos vacíos como un fantasma, su rostro marcado por la tristeza y el cansancio. Su figura alta y antes imponente ahora parecía encorvada, como si la pérdida de Elena hubiera puesto un peso insoportable sobre sus hombros.
Anthony había dejado de asistir a la oficina regularmente, delegando casi todas sus responsabilidades a sus ejecutivos. Vanessa, su secretaria, manejaba las llamadas y citas con una eficiencia que bordeaba en lo sobrehumano, protegiéndolo de cualquier interrupción no deseada. Sabía que Anthony necesitaba tiempo, pero cada día que pasaba lo veía hundirse más en un abismo del que temía que nunca saldría.
Vanessa llevaba años trabajando para Anthony. Había admirado su inteligencia, su determinación y su pasión por los negocios. Pero con el tiempo, esa admiración se había transformado en algo más profundo. Había aprendido a conocer al hombre detrás del empresario, y en silencio, había caído enamorada de él. Sin embargo, siempre había mantenido sus sentimientos ocultos, consciente de que el corazón de Anthony pertenecía a Elena, incluso ahora, en la muerte.
Una tarde, mientras organizaba los papeles en su despacho, Vanessa levantó la vista y vio a Anthony de pie en la puerta. Estaba pálido, sus ojos hundidos y opacos, como si no hubiera dormido en días.
—Anthony, ¿hay algo que pueda hacer por ti? —preguntó con suavidad, dejando a un lado los documentos.
Él la miró, y por un momento, pareció que iba a decir algo. Pero luego, simplemente sacudió la cabeza y se giró, dirigiéndose hacia su oficina privada.
Vanessa sintió un nudo en el estómago. No podía soportar verlo así, sabiendo que cada día que pasaba se alejaba más y más de la vida. Decidió que tenía que hacer algo, cualquier cosa para ayudarlo a salir de esa oscuridad.
**
Esa noche, mientras recogía sus cosas para irse, Vanessa tomó una decisión. Caminó hasta la puerta de la oficina de Anthony y llamó suavemente.
—Anthony, ¿puedo hablar contigo un momento? —preguntó.
Desde dentro, escuchó un murmullo apagado que interpretó como un asentimiento. Abrió la puerta y lo encontró sentado detrás de su escritorio, su mirada perdida en los papeles que tenía frente a él.
—¿Qué sucede, Vanessa? —preguntó sin levantar la vista.
—He pensado que... tal vez podríamos salir a tomar una copa —sugirió, su voz llena de una cautela que reflejaba su preocupación—. Solo para despejarnos un poco. No has salido de la oficina en días, y creo que te haría bien.
Anthony la miró por un largo momento, como si estuviera tratando de entender sus palabras. Luego asintió lentamente, como si el esfuerzo de negarse fuera demasiado.
—De acuerdo —dijo finalmente, su voz sin entusiasmo—. Supongo que no haría daño.
Vanessa sintió un alivio momentáneo. Al menos había logrado sacarlo de la oficina. Quizás, con un poco de suerte, podría llegar hasta el Anthony que conocía, el hombre que había sido antes de que la tragedia lo consumiera.
**
El bar estaba tranquilo, con una suave música de fondo que llenaba el ambiente con una calma reconfortante. Anthony se sentó frente a Vanessa, con una copa de whisky en la mano, mirando el líquido ambarino como si en él pudiera encontrar respuestas a sus preguntas.
—Gracias por sacarme de la oficina, Vanessa —dijo después de un largo silencio—. Creo que necesitaba un cambio de escenario.
Vanessa sonrió, aunque su preocupación seguía latente.
—Siempre estaré aquí para ti, Anthony. Puedes contar conmigo para lo que necesites —respondió con sinceridad.
Anthony la miró, sus ojos llenos de una tristeza insondable.
—Lo sé, y te lo agradezco. Pero no sé si algo pueda ayudarme en este momento. Me siento... vacío, como si una parte de mí hubiera desaparecido con Elena.
Vanessa sintió un nudo en la garganta al escuchar la desesperación en su voz. Deseaba poder aliviar su dolor, compartir su carga, pero sabía que no había palabras mágicas que pudieran sanar su corazón roto.
—No estás solo, Anthony. Tienes a tus amigos, a tu familia... y me tienes a mí. No tienes que pasar por esto solo.
Anthony esbozó una sonrisa amarga.
—A veces siento que estoy completamente solo, incluso rodeado de gente. Elena era mi luz, mi razón de ser. Y ahora... no sé cómo seguir adelante sin ella.
Vanessa sintió que las lágrimas le quemaban los ojos, pero las contuvo. Sabía que ese no era el momento para mostrar debilidad.
—Anthony, sé que nada puede reemplazar a Elena. Pero también sé que ella querría que siguieras adelante, que encontraras la manera de ser feliz de nuevo. Eres un hombre fuerte, y aunque ahora no lo veas, tienes mucho por lo que vivir.
Anthony la miró, sus ojos reflejaban el dolor de su alma. Se inclinó un poco más cerca de ella, su voz un susurro.
—¿Cómo puedes estar tan segura? ¿Cómo puedes creer que todavía hay algo por lo que vale la pena luchar?
Vanessa se inclinó hacia él, su corazón latiendo con fuerza en su pecho.
—Porque yo creo en ti, Anthony. Siempre he creído en ti.
Antes de que pudiera detenerse, antes de que pudiera pensar en las consecuencias, Vanessa se inclinó hacia adelante y presionó sus labios contra los de Anthony. Fue un beso suave, lleno de anhelo y desesperación. Por un momento, Anthony no se movió, sorprendido por la intensidad de la emoción que surgió en su interior.
Pero entonces, algo en él se rompió. Se apartó bruscamente, su expresión se endureció.
—No, Vanessa. No puedo... —dijo, su voz temblando con una mezcla de confusión y rechazo—. Esto no está bien.
Vanessa sintió que su corazón se rompía al ver la expresión de Anthony. Había puesto todo su corazón en ese beso, en ese momento, y él la había rechazado.
—Lo siento, no debí... —empezó a decir, su voz quebrada.
Anthony negó con la cabeza, apartando la mirada.
—No es tu culpa. No es que no me importes, Vanessa. Puede que hayas pensado que yo sentí algún interés al aceptar tu invitación, pero lo cierto, es que Elena aún llena todo mi vacío.
Vanessa asintió, tratando de mantener la compostura. Entendía su dolor, su lealtad, pero eso no hacía que el rechazo fuera menos doloroso. La forma en que lo expresaba era dolorosa, porque dejaba claro que en su corazón solo había espacio para Elena.