Parte de sus secretos

2050 Words
Me guiaba mientras nuestro caminar era lento, él seguía mi ritmo al andar. Apreciaba la belleza paradisiaca del entorno, desde las olas batiéndose con fuerza sobre el mar, hasta la libertad del viento que siempre en completa dicha nadie sus alas detiene. Disfrutaba el aroma fresco de la brisa que tocaba mi piel y la de Jon. El viento jugueteaba con sus cabellos oscuros, los cuales le llegaba a su fornido pecho. La camisa que llevaba le quedaba entallada y al ser blanca, nada de su perfecta belleza quedaba escondida. El pantalón oscuro y botas de cuero a la rodilla. Mi vestido sostenía un matiz amarillo, y las mangas cortas con detalles de flores bordadas, unas que yo misma una vez había tejido; una de las ocupaciones en la que cualquier princesa enclaustrada es experta, dar puntadas y hacerlas perfectamente. Mi cabello estaba recogido en una media coleta, por lo que sentía el viento mover los mechones que no estaban sujetados al peinado. Tenía unas zapatillas blancas, las cuales medio se veían al andar, mis vestidos siempre mantenían un largo considerable. La luz del sol tocaba mi piel y su calor la cubría suavemente. Mis ojos estudiaron su semblante el cual parecía entretenido viendo al frente, sus intensos ojos añil apreciaban el paisaje del mismo modo que yo lo disfrutaba a él. —¿Qué piensa Jon? Se volvió a mí con una sonrisa. —En lo increíble que es el cielo. No importa en donde se le aprecie todos verán su grandeza, las nubes y ese inconfundible color. Alcé la vista y tenía razón. Durante medio año viajé a su lado, y no importaba la región, la cultura o el lugar, el cielo siempre era tal como ahora lo veía. Sin embargo, me gustaba más desde la perspectiva de Halvard y sobre todo desde la gloriosa vista desde su habitación oculta. —¿Jon puedo hacerle una pregunta? Sus intensos ojos del mismo tono del cielo se fijaron en los míos. Asintió con la cabeza positivamente. —¿Qué se siente ser un ángel justiciero? Soltó una gran risotada, lo cual no me esperaba. Estaba segura que se pondría algo serio. —¡Nunca dejará de asombrarme su intrépida curiosidad! —Exclamó dichosamente. Me sorprendió verlo tan animado y sonriente con mis preguntas, por lo general siempre lo irritaba y amilanaba cualquier conversación nuestra. —Princesa, no soy un ángel. —¿Por qué no? Tiene alas, bueno a veces tiene alas. —Los ángeles no tienen un cuerpo mortal y ninguna necesidad física, yo poseo un cuerpo lo que me hace preso de ciertas carencias. Reí tan divertida como él. —¿Carencias usted, Jon? Caminábamos sobre la arena y aunque no perdía de vista el camino estaba al pendiente de mis palabras. —Desde luego, Princesa. Un ser sobrenatural quizá, pero en el cuerpo de un hombre al final y al cabo. No pudo seguir avanzando al notar que me había quedado petrificada, se volvió a mí. —¿Puedo ver sus alas? Mostró un gesto muy particular, pero no se negó. Al tener la cabeza en dirección al cielo cerró los ojos. Al inclinar rápidamente el rostro y mover los párpados, un destello suave del mismo tono de los rayos dorados del atardecer se extendieron en su espalda, en cuanto la luz se extinguió había un par de alas. Tan grandes y majestuosas. Estaba boquiabierta. —¿Puedo tocarlas de nuevo? Asintió con la cabeza. Alcé mis manos hacia él acercándome despacio. Al deslizar los dedos en todas direcciones mi corazón saltaba de dicha. A mi tacto la sensación fue exquisita, suave como la seda. —Son preciosas. ¿Y aún me dice que no es un ángel? —No es lo mismo Princesa, pero no puedo negarle que, a diferencia de mi antiguo estado, siento paz, armonía, conciliación. Una profunda avenencia con la vida y la naturaleza. Una amistad sin definirse con la humanidad, una alianza que me invita a proteger esa amistad, a ver todo del mismo modo en que lo podría ver el Creador. Mis ojos reflejaron toda esa admiración por sus palabras, siempre tan sinceras y exactas. —¿De qué modo nos ve el Creador? Mostró una sonrisa tierna. —Con amor, con misericordia, como lo hace un padre que verdaderamente ama. Es tal ese amor, que pocos o casi nadie puede comprender ese secreto. Ese mismo amor siempre ha sido mal interpretado y mal conocido por muchos, pero ese el modo.  Respiré profundamente, sensibilizada. —¡Vaya! ¿Cree que muchos lo sepan? —Deberían. Nadie sacrificaría a su propio hijo y lo entregaría al martirio por amor, si esa muestra no basta, no creo que exista algo más que pueda hacerse para expresarse. Mi corazón entero se enterneció. Jon tenía razón. Seguí tocando sus alas. —Entonces, Jon, en usted no ha cambiado casi nada. Al conocerlo simplemente pude ver bondad, honorabilidad y un fuerte guerrero.  Mostró una ingente gratitud en sus ojos azulados.   —Gracias Princesa, siempre ha sido muy gentil conmigo, pero a pesar de todo sigo siendo un hombre, no lo olvide.   —¿Por qué insiste con eso?  Me sorprendió mucho sentir una de sus manos sujetandome con ternura por la cintura, me movió hasta estar frente a él. —Un ángel no tendría necesidad de hacer eso… Delicadamente posó sus labios en mi frente sellando mi piel con un beso. Una de sus manos acarició mi rostro y dejó su cabeza apoyada en la mía. En cuanto percibí que su palma se hizo más cálida, respiró profundamente. Se apartó y volvió su mirada a la mía, clavé mis ojos a los destellantes hilos de luz que se reflejaban en su intensa mirada añil. Podía sentir cada pequeño fragmento interno reclamándolo como mío. —Usted es parte de mí y parte de los secretos que preservo. La elijo a usted Alexia de Halvard para que acompañe el caminar de un guerrero, de un hechicero, de uno de los arcanos que guarda la energía oculta y las llaves para viajar entre Reinos. Colocó sus manos en mi cabeza y un calor me envolvió completamente. —La distancia para nosotros, Princesa no existe. Un residente Eterno, no está atrapado en las leyes que el hombre crea para entender su entorno, aunque tendrá que respetar esa equivalencia lógica. El portal que limitaba sus conocimientos está abierto, y no debe temer. No caminará sola. Apartó ambas manos para sujetar de nuevo mi mano, aún profundizaba en lo que había dicho. Nuestra caminata prosiguió, mi ser entero se envolvía en una energía que nunca antes había percibido. Apretaba su mano, mientras mi mente aún se zarandeaba en mi interior. —La parte que tendrá que educar será su mente, quien repetitivamente se opondrá a aquello que parezca no tener lógica, por eso necesitamos tiempo, para que a su propio ritmo se vaya adaptando. La línea entre lo quimérico y la verdadera magia es muy delgada. Princesa, estamos en Caelum para evitar que alguien sea testigo de lo que haremos. No podía ni siquiera parpadear, nuestro entorno se había convertido en otra playa, la arena en la que caminábamos era nívea como la sal y nuestros pies tocaban el agua mientras caminábamos, ninguno de los dos teníamos zapatos, el agua tibia y estábamos por cruzar un marco natural de rocas, un gran peñasco que se abría paso entre las aguas e íbamos hacia el mar. Las aguas mantenían un tono celeste vivaz, con los destellos suaves del sol. El agua se hacía más profunda conforme avanzábamos. Tenía miedo, pero al ir asida de su mano me daba seguridad. Las olas crecían y cuando llegaban a nosotros temía quedar sumergida. Temblando muy bien aferrada a su mano cruzamos ese marco. —La fuerza oculta es cómo el mar. Si sabe dónde pisar, cuando nadar y respetar su naturaleza indomable, nada malo puede ocurrir. No se limite al consentir el temor, si siente perderse yo hablaré, y mi voz siempre la guiará. El cielo se oscureció, se había convertido en una noche repleta de estrellas. El agua seguía siendo tibia y la marea alcanzaba la altura de mi pecho. —Todos tenemos cierta familiaridad con algunos elementos de la naturaleza, como si estos elementos pudieran transmitirnos algo de su propia esencia. En mi caso es el viento, en el de Nigromante es tierra, y el suyo es el agua. Su mano me había soltado, él nadaba cómodamente frente a mí, sus alas habían desaparecido. Por debajo del agua veía mis manos con una luz, irradiándolas. Me asusté un poco. Al alzar la vista, el pecho de Jon mantenía el mismo tono. Se sumergió bajó el agua y sin dudar hice lo mismo. Debajo del agua había un rastro lleno de luz del mismo tono que el de ambos. De pronto el agua se volvió muy profunda, pero no tenía miedo de nadar hacia él; quien avanzaba suavemente tendiéndome la mano. Tampoco me preocupaba mi respiración. Seguimos el rastro y éste terminaba después de pasar por varios lados muy profundos del agua, una vez más bajo el lecho marino atravesamos un marco de rocas. Al salir a la superficie, estaba fascinada, maravillada y aunque no comprendía mucho de lo que estaba ocurriendo, la experiencia me fascinó, en especial cuando contemplé a diversas criaturas nadar a nuestro lado. Sonreía ampliamente, sin temerle más al agua. Jon estaba ante mí, igual de dichoso. —¡Jon esto es encantador! Percibo magia. —Una parte de ella la contiene la naturaleza, es verdad. Ambos flotábamos en el agua, Jon mantenía un brillo especial en su mirada, uno que corroboraba su verdadera naturaleza. Si algo he aprendido es que la mirada es la verdadera ventana al alma y la de Jon en la oscuridad centellaba como lo hacen los gatos en las penumbras. —¿Usted pertenece a la naturaleza? —Todos pertenecemos a ella, y ella siempre habita en nosotros. A mi alrededor veía ojos brillantes parecidos a los de Jon observarme a la distancia, mantenían lo que podría ser sus cabezas por fuera del agua. Jon al notar el miedo asomarse en mi semblante se volvió a un lado. —Son una especie de espíritus que habitan estos lugares, no tema. No son hostiles. En cuanto Jon terminó de hablar se sumergieron bajo el agua, evidentemente habían notado mi presencia. —¿Qué son esas cosas? —Son espíritus, unos convocados para proteger los tesoros bajo el agua del mar. En las profundidades hay tesoros inimaginables y cuidades, pero algunos están malditos, protegidos por espíritus como esos todo el tiempo. No son hostiles siempre y cuando no se metan con su encomienda. Mi espalda se erizó. —Jon… ¿Cómo hace para no sentir temor? No se ven para nada amigables. Mostró un gesto muy particular, aproximandose a mí. —Ate eso a su corazón ternura mía, quien mantiene la fe aunque vea todo cuanto se esconde persistirá en sí una valentía inconmobible.   Amé cada palabra que escuché de sus labios. Una vez más se sumergió bajó el agua, lo seguí sin vacilar. Nadó con facilidad después de hacer que mis manos sujetaran su cintura. En breve estábamos llegando a la playa. Ambos nos quedamos en la orilla disfrutando del paisaje. Aunque la noche era oscura, las estrellas eran visibles y muchas de ellas parecían susurrar mil secretos para aquellos que las observarán. Estaba en silencio comprendiendo cada vez más claro el lenguaje de la naturaleza. Uno entendible para cualquier ser humano que fuera capaz de estar y aceptar el silencio. Cada parte de mi mente aceptaba con devoción lo que había pasado. Entre cada una de las cosas que había vivido a su lado había habido siempre enseñanzas para mí, desde ese día que acepté el reto de sobrevivir a su lado hasta nadar en la oscuridad con él y ver esas criaturas asomarse a la superficie del agua. El verdadero aprendizaje sin duda alguno nos lo otorga la misma vida, pero no lo notamos como tal, como eso de aceptar el destino que se manifiesta en esos alocados deseos que viven en lo profundo de lo que somos. Lo he comprendido, he permitido ser elegida y ahora soy parte de sus secretos.  
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