Gael
La bolsa estaba lista desde hacía horas. Camila había metido las gafas de sol, la gorra azul y una linterna que dudo mucho que funcionara. Yo había añadido una chaqueta vieja y el móvil con batería al cien por cien. No había nada más que preparar, pero ella seguía dando vueltas por el piso como si estuviéramos por infiltrarnos en el Louvre.
-¿Vamos ya o prefieres seguir ensayando tu cara de "yo no fui"? -pregunté desde la puerta.
-Estoy eligiendo el chicle adecuado -respondió muy seria, sacando uno del envoltorio -. La menta da credibilidad.
Negué con la cabeza y salimos. Era tarde, pero aún no anochecía del todo. Ese punto exacto entre el día y la noche en el que la ciudad parece más permisiva. No sé si era el momento adecuado para cometer un "casi delito", pero no quería pensar demasiado. Ya había accedido. Ya no había vuelta atrás.
Caminamos por las calles del barrio con paso decidido. Ella hablaba del plan como si fuera la directora de una película de espías, y yo la seguía, con el móvil en la mano y el mapa mental que había hecho guardado en la cabeza. Íbamos a robar algo simbólico. Un llavero, una planta, unos chicles. Algo que no importara.
Solo que olvidé un pequeño detalle.
Camila no sabe hacer las cosas según lo planeado.
-Vale -dije al llegar al supermercado de la esquina-. Entramos, tú distraes al de seguridad preguntando por los productos veganos, y yo me acerco al expositor de...
-Espera -me interrumpió-. Mira eso.
La seguí con la mirada. Estaba señalando el extremo de la calle. Justo allí, en la acera, una señal de tráfico caída descansaba como si el ayuntamiento la hubiese olvidado. Una de esas de "precaución obras" oxidada, medio torcida, apoyada en una farola.
-Ni se te ocurra -dije enseguida.
-¡Está tirada! ¡Nadie la quiere!
-Camila, eso no es pequeño.
-¡Pero está abandonada! Técnicamente no estamos robando, estamos rescatando.
-Eso no funciona así -repliqué-. ¿Y si alguien nos ve? ¿Y si hay cámaras?
-¿Tú ves cámaras?
Miré alrededor. No vi ninguna, pero tampoco eso me tranquilizaba.
-Querías una locura, ¿no? -insistió ella-. Pues aquí está.
La señal, al menos, no pesaba tanto como parecía. Era más voluminosa que pesada, de esas que parecen metálicas pero están hechas de algo intermedio entre plástico y aluminio. Me agaché a examinarla, mientras Camila hacía de vigía con un dramatismo innecesario.
-Vale -murmuré, sabiendo que ya estaba perdido-. Pero si alguien nos pregunta, esto estaba así cuando llegamos.
Ella sonrió como si acabara de ganar una apuesta.
-Esa es la actitud.
Me aseguré de tener el móvil grabando desde el bolsillo de la chaqueta. No se veía mucho, solo el movimiento, las voces, y el ruido de nuestras pisadas en el asfalto. Pero sería suficiente. Para nosotros. Para recordar que lo hicimos.
Empezamos a levantar la señal entre los dos, intentando no hacer ruido. Camila se tropezó con una baldosa suelta y soltó una carcajada. Yo le hice una seña para que bajara la voz, pero era inútil. Cuando estaba emocionada, se le olvidaban los conceptos básicos del sigilo.
-¡Ay! Cuidado con eso, que me voy a quedar sin tobillo -dijo, conteniendo la risa.
-Concéntrate. Esto es una operación delicada.
-No sabía que las señales de tráfico podían ser tan sexis.
-No lo son.
-Déjame vivir la fantasía.
Avanzamos hacia el callejón más cercano, cargando la señal como si fuera un cadáver ligero y mal disimulado. Y justo cuando pensaba que habíamos terminado, apareció un hombre paseando a su perro. Un beagle. De esos que lo huelen todo.
Nos quedamos congelados.
El hombre nos miró. El perro también.
Camila, sin perder la compostura, le sonrió al tipo como si llevar una señal de tráfico a cuestas fuera lo más normal del mundo.
-Buenas noches -saludó.
-Eh... buenas -respondió él, tras una pausa incómoda. Siguió su camino sin mirar atrás.
Esperamos cinco segundos.
Y luego salimos corriendo.
No como fugitivos, pero sí como dos idiotas que acaban de hacer algo que no saben cómo justificar si los detienen. Llegamos a la esquina, doblamos hacia mi edificio y metimos la señal en el portal como si fuera una tabla de surf. Nadie nos siguió, nadie gritó, nadie llamó a la policía.
-¿Estás bien? -pregunté, medio sin aliento.
Camila estaba apoyada en la pared, sudando, con la cara roja y los ojos brillantes de risa.
-Estoy viva, y eufórica. Y creo que me duele el alma de tanto reírme.
Yo me eché a reír también. No pude evitarlo.
Ella se dejó caer sobre el escalón de entrada, abrazando la bolsa de accesorios absurdos como si fuera un trofeo.
-¿A que no estuvo tan mal? -preguntó, tocándome el brazo.
La miré. Sus dedos seguían sobre mi piel un segundo más del necesario, o tal vez lo imaginé. No dije nada.
Solo asentí.
Subimos la señal por las escaleras porque no cabía en el ascensor. Ni siquiera íbamos a esconderla, no tenía sentido. Ya habíamos hecho la estupidez, ahora tocaba aceptarla con dignidad.
Camila la dejó en el salón, apoyada junto al sofá como si fuera una lámpara nueva.
-Tenemos que darle nombre -dijo, entre risas.
-No vamos a encariñarnos con una señal de tráfico.
-Tú no decides eso.
Se desplomó sobre el sofá, sin dejar de reírse, y yo me quedé de pie mirándola. Tenía el pelo algo despeinado por la carrera, las mejillas coloradas y esa expresión de victoria que solo aparece cuando logras hacer algo que no deberías... sin consecuencias inmediatas.
-Esto ha sido ridículo -murmuré.
-Y genial.
Asentí, sin poder rebatirlo.
Ella cerró los ojos un segundo y suspiró con satisfacción, como si acabara de correr una maratón y no como si acabáramos de robar un objeto público abandonado. Parecía feliz, realmente feliz.
Y aunque no dije nada, me alegré de haberlo hecho.
-¿Quieres agua? -pregunté.
-Quiero una medalla.
Fui a por dos vasos y se lo llevé. Nos quedamos un rato en silencio, cada uno en su sitio, bebiendo y riéndonos por lo bajo cada vez que uno miraba la señal.
Cuando ella se fue al baño, me senté con el portátil y el móvil. Había grabado suficiente. Nada comprometedor, solo el movimiento, la señal, las voces, alguna risa, un par de frases sueltas. Ningún rostro.
Abrí el editor de vídeo. Silencié partes. Corté otras. Elegí seis segundos donde se veía el suelo, la sombra de la señal y la voz de Camila diciendo: "¿A que no estuvo tan mal?".
Lo titulé:
Dos adultos responsables haciendo tonterías por una lista de los 17.
Abrí la cuenta de t****k. La misma que había creado en silencio la noche que aceptamos hacer esto.
Subí el clip. No lo pensé demasiado.
Esperé unos minutos y me obligué a no mirarlo. Cerré el portátil. Fingí que no importaba. Que lo había subido solo para nosotros, por si un día queríamos recordar esto sin tener que explicarlo.
Pero sabía lo que estaba haciendo.
Veinte minutos después, ya tenía más de mil visualizaciones.
No entendía cómo. Ni por qué. El vídeo no mostraba nada en especial. Pero el algoritmo había hecho su magia. Gente comentando cosas sin contexto. Emojis. Risas. "Esto me representa". "Vivan los mini delitos".
Y luego, claro, los clásicos:
> "¿Son pareja?"
> "El chico tiene voz de fuckboy emocional."
> "Quiero lo que ellos tienen."
Me quedé mirando la pantalla sin saber muy bien qué sentir. No era la primera vez que alguien nos lo preguntaba. Pero verlo ahí, escrito por extraños que no sabían nada de nosotros, que solo habían escuchado una frase, me sacudió un poco.
No por la pregunta. Sino por la posibilidad.
No respondí a los comentarios. No le di like a nada. Cerré la app, bajé la intensidad de la pantalla y apoyé la cabeza en el respaldo.
Camila seguía en el baño, cantando algo sin letra.
Ella no sabía que el vídeo estaba online. Todavía.
Y parte de mí no tenía prisa en decírselo.
Porque esto -esto que estábamos haciendo- había dejado de ser una simple lista.
Ahora tenía público.
Y quizás, con eso, empezaban también los problemas.