IX
«Pronto estaremos juntos, Doug»…
«Es solo cuestión de un par de años»…
«Acéptalo, por favor, amigo, la perdiste»…
«No confíes tanto en las mujeres, solo te quieren por tu dinero»…
«Ella no es diferente, ¿casarse con otro y decirte que la esperes?, por favor…»…
«Serena…»…
Tomó mucho aire por la boca e igual lo expulsó. Todas esas voces sin rostro en sus sueños le hicieron despertar sin recordar para nada dónde estaba. Sintió demasiado calor, muy pesado el ambiente, nada estaba bien.
No obstante, todo cambió cuando al entreabrir los ojos, vio la silueta de una mujer que dejaba caer sobre su cuerpo un vestido. No quiso decir nada, cualquier movimiento o ruido haría desaparecer esa imagen que le traía paz.
—¡¿Douglas?! ¡Por fin despiertas!
Esa voz, claro que era la de Rena, su ahora esposa. Abrió bien los ojos y se sentó un poco en la cama, para perder el equilibrio y caer hacia atrás. La joven lo ayudó a incorporarse y le puso su mano en la frente.
—Tienes mucha fiebre —dijo Rena acariciando sus cabellos—. Sentí tu temperatura alta desde que desperté, así que fui a conseguirte medicina. Los señores de la enfermería me dijeron que no es inusual que pase esto, así que lo que me dieron, según ellos, es muy efectivo. Por favor, recíbemelo.
Doug, que no tenía idea de lo que estaba pasando, solo abrió la boca y recibió la píldora, luego un poco de agua que ella le daba. Su expresión era de preocupación, así que la tomó de una mano e intentó tranquilizarla. Rena, no obstante, le pidió que descansara otro rato, en lo que ella entregaba las llaves de su habitación. Doug tendría que hacerlo hasta entrada la noche, así que tenían algo de tiempo y ese cuarto nupcial lo tenían unas horas más.
Doug se acostó, bajo la mirada angustiada de Rena, que no dejaba de darle besos en la frente ni de acariciar su cabello. Recordó vagamente que así solía consolarlo su madre cuando era muy pequeño, sin embargo, jamás había recibido tal trato por sus novias o prometidas. Si él enfermaba, ellas huían para no contagiarse y con honestidad, él hacía lo mismo de ellas.
—Lo siento… —susurró Doug, sintiendo de nuevo mucho sueño.
—No te disculpes por algo así.
Rena tomó la mano de su «esposo», y la llevó a su mejilla. Intentó sonreír, y no dejó de hacerlo hasta que Doug cerró los ojos de nuevo. Ahí las voces conocidas se acallaron y solo estaba la de ella, consolándolo.
Un rato después, despertó ya sintiéndose muy bien. Rena aún seguía a su lado y sintió una satisfacción enorme al comprobar que su temperatura estaba dentro de lo normal. Ya no estaba agitado ni débil, así que se levantó, para saber qué había pasado en ese rato que no respondió.
—Mira, me tomé el atrevimiento de ir hasta tu cuarto, te traje ropa limpia, acá está todo, tu colonia y tenis. Como aún no despertabas, aproveché para empacar tus valijas, y las traje hasta acá. Debes regresar, eso sí, porque de seguro tienes cosas en la caja fuerte. Clasifiqué la ropa que se debe lavar, está en unas bolsas especiales…
—Dios, ¿cuándo hiciste todo eso?
Rena sonrió y le dio la ropa para que se metiera a bañar. El punto fue, que solo hasta ese momento, Doug se dio cuenta de que estaba por completo desnudo y a ella no parecía molestarle. Con ropa en mano quiso cubrirse, pero ya no había nada que su «esposa», pudiera dejar a la imaginación.
Cuando entró a la ducha, todos los recuerdos de la noche de bodas llegaron a su mente como un bombardeo y entró en un pequeño shock; le había besado a esa dama hasta las uñas, la recorrió y casi podía decir que la conoció incluso por dentro. El agua tibia lo estaba empapando, solo que él no se movía ni un poco y los recuerdos de hacerle el amor, emocionaron mucho al compañero que tenía entre las piernas.
—Respondimos con todo, muchacho —se dijo orgulloso—. Es una pena que tuviera que verme así…
Con «así», se refería a que lo viera enfermo. Deseaba que no pensara que tomarla como una bestia, había sido un exceso, ya que eso solo demostraría que ya no era tan joven como quería.
—¡Ah! ¡Qué maldita sea…! —gritó cuando el agua le cayó en la espalda y sintió como si la piel se le cercenara.
No estaba muy lejos en su pensamiento, cuando pudo ver un poco sus hombros, estos estaban hechos un mapa, cortesía de las uñas de Rena. Sonrió, aquellas heridas de batalla le hicieron elevar el ego hasta que casi no cupo en el baño.
Al salir, con la ropa ya puesta, Rena le tomó la temperatura y le hizo tomar otra medicina. Respiró tranquila al saberlo ya sano. Ahora era tiempo de comer algo, o podría tener una úlcera.
—Como se nos pasó la cena de anoche… ya sabes… y el desayuno de hoy, nos tienen un almuerzo en una terraza exclusiva. ¡Qué amables son en este país!
—Tienes razón, se han portado muy bien. No todas iban a ser malas experiencias.
Rena sonrió, aunque no pareció una sonrisa feliz. Doug de inmediato cambió de tema y le pidió si lo acompañaba a sacar las cosas de la caja fuerte, antes de ir al restaurante.
Ella aceptó encantada. En el camino, se le notaba fastidiada por llevar el cabello suelto, ese día la humedad y el calor fuera de las áreas de aire acondicionado estaban insoportables.
—Deberías recogerte el cabello…
—Es que no puedo —respondió ella algo nerviosa.
Levantó su cabello y Doug supo la razón: tenía bellas y profundas marcas de besos en la nuca y el cuello. Ambos se habían encargado de dejarse marcas, para que de alguna forma todos supieran que se pertenecían.
Se disculpó por eso y a su vez, Rena lo hizo por los arañazos que claro que le vio cuando se paseó desnudo antes de bañarse. Debía doler mucho.
—No me duele nada —respondió él, para no preocuparla. Ya la fiebre había sido suficiente.
—¿Sabes? No me importa lo que piensen. Al fin y al cabo, eres mi marido.
Harta, se recogió el cabello con una coleta y lo enredó hasta hacerlo una cebollita. Doug sonrió, porque todo el que pensara lo que pensara al verla, supondría bien al creer que él lo había hecho.
El almuerzo fue pacífico, delicioso. De manera increíble pasaron por alto el tema de la salvaje noche que tuvieron, ninguno sabía cómo abordarlo, y menos sabían si se repetiría. Doug tenía muy claro que Rena tomaba aquello como su noche de copas con un extraño, aunque no deseara que solo fuese así. Además, cuando la recordaba desnuda, jadeando, suplicando y haciendo todo lo que hizo, los celos de que así trataba a ese cretino ex, lo empezaron a ahogar.
—¿En qué piensas? Pareces molesto.
—En nada. Quizás que ya se terminaron estas bonitas vacaciones…
Rena lo tomó por una mano, como si lo consolara. Él la observó, con ganas de tirar todo lo de la mesa y cogérsela ahí mismo. Estaba hermosa, la cubría un vestido muy corto azul celeste, que se amarraba en los hombros. Sus piernas estaban muy al descubierto, su pecho igual.
—Tenemos algo de tiempo, ¿qué deseas hacer antes de ir al aeropuerto?
—Ah, tú tienes tiempo. Si quieres ve a dormir, yo voy a comprar algunos recuerdos para las chicas de la tienda y para mis amigos.
Doug bebió algo de agua y tuvo un poco de envidia al saber que a ella la esperaban con ese entusiasmo. A él lo esperaban sus clientes, deseosos de que les llenara de más dinero.
—Yo te acompaño. Aunque, creo que yo soy el mejor recuerdo que les puedes llevar, ¿no?
—¡Wow! Hay algo de palabras en tu ego, señor Akerman —respondió Rena golpeándole un hombro.
Tomó un poco más de ese jugo tropical que sabía de maravilla. Dio las gracias a los meseros y estos a su vez les desearon una larga y feliz vida juntos.
Agradecieron mucho, ninguno mencionó que su larga y feliz vida terminaba en 3 meses. Rena movió su cabeza y compró una botella de agua de una máquina. En la recepción preguntó por tiendas de recuerdos y le dijeron que cerca había una tienda que vendía cajas especiales, con el licor propio de la isla, junto a dulces típicos, además de un amuleto para cada signo zodiacal. Eso parecía fabuloso, ya Rena había encontrado el regalo perfecto. Era tierno ver a Doug actuar como un esposo, yendo tras ella, solo aceptando con su cabeza lo que la joven decidía.
—También compraré uno para ti. Eres escorpión… cumples el 13 de noviembre.
—Supongo que lo soy… —respondió Doug despreocupado. En su vida se había fijado en nada de esas cosas.
—Ahora entiendo… los escorpión son los mejores amantes…
Doug se detuvo en seco, Rena, en cambio, caminó más rápido. Ahora a él sí le empezarían a interesar las estrellas.
***
Fin capítulo 9