VIII
El aire se hacía cada vez más caliente, húmedo, impredecible. Rena sentía cómo ardía su cuello con el aliento de ese hombre que casi bramaba haciéndola suya, la voz gutural de sus gemidos, empujando tan dentro de su ser como le era posible.
Ella apenas si respiraba. Se abrazaba a él temiendo en un inicio caerse; ahora porque quería fundirse en esa piel que estaba ardiendo tanto como la suya, ahí, contra la pared, con las piernas al aire, Doug tenía una fuerza increíble y sus gemidos… ¡Ah! Sus gemidos hacían que desde su v****a hasta su cuello todo se derritiera.
Ella giró un poco su cabeza, encontrándose con el enorme espejo de la entrada. Ahí estaba ella, protagonista de su propia película sucia, que le encantaba. Él sosteniéndola y embistiéndola, jadeando tan fuerte, ella aferrada a su cuello y cintura, gritando, porque ya no podía hacer otra cosa. Era un deleite verlo desnudo, luchando por hacer tantas cosas a la vez. Sus piernas tan musculosas y que le sostenían con perfección para penetrarla. Ver como su espalda brillaba de los litros de sudor que se deslizaban por su espalda y trasero, potente y hermoso trasero.
Doug la descubrió mirándolos al espejo y luego de morderla en el cuello direccionó su cabeza también hacia allá.
—Así que te gusta mirar… ¿Verdad? Yo estoy acá, tienes que verme a mí, acá, cogiéndote…
Rena al saberse descubierta se puso algo nerviosa. Trató de cambiar las cosas, besándolo con furia, olvidando dónde empezaba ella y terminaba él.
—Niña mala, mala, mala… —jadeó Doug, cuando el beso terminó.
Salió de su cuerpo y la dejó caer con delicadeza al piso, cosa que Rena odió e incluso se asustó. ¿Tanto le había molestado? Segundos después, la cargó por la cintura, ella se dejaba hacer, ahora era solo una marioneta que esperaba ser destrozada por dentro de nuevo.
La sorpresa fue cuando Doug la puso de frente al espejo que ocupaba una pared, mientras él desde atrás la tomaba por el mentón para que lo viera, para que observara muy bien sus ojos desquiciados de lujuria.
—Ahora… mira todo lo que quieras… ¿Ves tu expresión? Esa misma que me está volviendo loco… así… como si quisieras que no me detuviera…
Reja jadeó el nombre de su «esposo», le era imposible decir otra cosa. Fue entonces que él la inclinó un poco hacia adelante y con furia le abrió las piernas para entrar de nuevo en su cuerpo, desde atrás, partiendo su menudo ser en dos.
—¡AHH! ¡DOUG! —gritó, cuando ese pene enorme llegó tan profundo en su ser como para dejarla sin aire.
La muchacha apenas si podía sostenerse del espejo, que ya se empañaba con el calor de ese par de amantes, empapados y salpicados de los fluidos deliciosos de sus cuerpos. Él empujaba tan duro, con tanta fuerza, y a pesar de que ella no resistiría en esa posición mucho tiempo, quería más.
Por fin sus ojos pudieron ubicar a Douglas, que tenía la boca muy abierta, parecía molesto, solo que estaba al borde de la locura, excitado a más no poder. Le encantó ver cuando apretó los dientes y sus embestidas cambiaron de ritmo, sus manos la presionaba cada vea más por su cintura y volvían esos gemidos gruesos, exquisitos.
No obstante, a ella se le nubló la vista y el corazón pareció detenérsele un segundo para después, en un agudo grito, darse cuenta de que había tenido su orgasmo, que se tradujo en una lluvia que se le deslizaba por las piernas. Era suyo definitivamente. Él se dio cuenta y ya no resistió, la tomó por los senos y también terminó ahogando su gemido en la espalda de la chica.
Extasiados, se deslizaron hasta el piso donde cayeron, apenas respirando. Doug no soltaba sus senos, a Rena no parecía molestarle, incluso se aferró a una de esas manos enormes.
—Tengo sed… —susurró la joven, moviendo un poco su cabeza.
Doug, con lo que le quedaba de resistencia, se levantó despacio, se quitó el condón y lo tiró en una papelera. Después sirvió un poco de agua con unos hielos del minibar. Todo fue en cuestión de segundos, Rena lo observaba desde el piso, entero él paseándose así, deseándolo de nuevo.
Llegó a su lado y ella, como pudo, se sentó para recibir el vaso. El agua bajando por su garganta le devolvía en algo la energía. Se recostó en el cristal del espejo, tomó uno de los cubos de hielo y los pasó por su cuello, refrescándose un poco más.
Douglas, que observaba la escena, comenzaba a excitarse otra vez. Ella parecía disfrutar mucho del contacto con el trozo congelado, eso lo puso celoso. ¿De algo así? Sí.
De su propio vaso tomó un trozo más grande, lo lamió un poco y luego, sin pedirle permiso, lo puso en el ombligo de su mujer.
—Ah… Doug…
Ese trozo comenzó su camino en subida, hasta toparse con los senos redondos de la chica, los cuales recorrió despacio, saboreándose con ese suave movimiento de su respiración. Llegó por fin a sus pezones oscuros, ya tan duros y erectos, que disfrutaban de esa fría piedra.
Empezaba ya a respirar agitado, no soportaría más sin intervenir como era debido. Rena solo disfrutaba de esa caricia helada, no sabiendo qué hacer con sus manos. La chica quiso hacer su parte y cerró su palma en el creciente m*****o de Doug, que se estremeció.
—Yo también quiero más, Rena…
Ella sonrió, que toda la noche su nombre saliera de esos labios, la hacía sentir engreída. Ya sus ex no estaban presentes, y no los extrañaban para nada.
Rena se inclinó y abrió la boca para meter tanto como pudo ese pene enorme en su pequeña boca. Doug jadeó cuando ella lo lamió en la punta ya mojada, ya sobresaliente. Despacio lo introdujo todo lo que pudo, que en realidad no parecía mucho.
—Ah… Rena…
No salía tampoco más de sus labios. El cabello la cubría mientras lo succionaba, así que él lo recogió, tenía que verla ahí, chupándolo como si fuera la cosa más exquisita del mundo.
Levantó su mirada, a la habitación. Solo había una vela encendida, que daba un aire de nostalgia. La oscuridad ahora eran sombras y gemidos; la luna que se colaba por el ventanal, era esta la que ofrecía la mayoría de la iluminación. Hermosa luna, tal como su esposa.
No soportó, se la quitó de ahí y poseído, la cargó en brazos para acostarla en la cama. Rena solo se tendió, para que hiciera con su cuerpo lo que quisiera. Si iba a matarla, no lo detendría.
La última vela en pie se apagó con una ráfaga de viento que entró por la puerta de cristal del balcón. Ahora solo una aurora blanca caía sobre su divina desnudez. Quería penetrarla, ensuciarla más, que la saliva que había dejado en su m*****o entrara por su v****a y después él derramarse en su interior, marcándola así por dentro.
Vio los condones, ya habían usado muchos esa noche. Tomó uno en sus manos y se dejó caer sobre ella como si quisiera suplicarle.
—Rena, por favor… déjame entrar sin usarlo… necesito sentirte, por favor…
—Como si yo fuera a detenerte… —respondió ella con un hilo de voz.
Doug arañó las sábanas y sin dar tiempo a arrepentimientos, levantó las piernas de su chica y la penetró, tan salvaje como pudo.
Lo sabía, ese contacto era único, las paredes de su v****a eran de fuego, que lo quemaban poco a poco. Además, cuando estuvo muy adentro ya, sentía cómo ella lo apretaba, deseando que nunca saliera de ahí.
El par de desconocidos que se casaron, se hacían pedazos, él dejando todo lo que era como hombre en el cuerpo de su mujer, ella, permitiéndolo. No se detuvieron sino hasta que en verdad sus almas dijeron «basta».
Así, él cayó en su pecho, durmiéndose entre sus senos redondos, que tenían las marcas de sus dientes por doquier.
Rena lo acarició por el cabello, y así también el sueño la venció. Con el aroma a sexo por todo su cuerpo, con Douglas Akerman por todas partes de su piel.
***
Fin capítulo 8