La lluvia persistía sobre Londres como un lamento silencioso que se estrellaba contra los ventanales de Brown Enterprises. Las gotas, finas y constantes, dibujaban caminos desordenados sobre el vidrio, como si el cielo intentara purgar los secretos que dormían entre los muros de aquel imperio familiar. El cielo gris plomo parecía arrastrar consigo un presagio, una verdad que estaba a punto de salir a la superficie. En la oficina de conferencias del piso veinte, el ambiente era denso, cargado de una electricidad que no provenía de las lámparas, sino del silencio que envolvía a los dos hombres dentro. Las paredes revestidas en madera oscura absorbían los sonidos del exterior, dejando solo el eco sordo de la lluvia y el suave zumbido del reloj empotrado en la pared, marcando con precisión ca

