DÍAS DESPUÉS La mañana se filtraba a través de las cortinas traslúcidas del apartamento de Ailani, tiñendo las paredes de un tono marfil cálido que se deslizaba sobre el mobiliario con la suavidad de una caricia. El ambiente olía a lluvia reciente, a tierra mojada que subía desde las calles empedradas de Londres, mezclándose con el aroma tenue del jazmín que flotaba desde una vela apagada la noche anterior. El murmullo lejano de la ciudad comenzaba a crecer, como una orquesta que afinaba lentamente sus instrumentos: el crujir de los frenos de un autobús, el murmullo de pasos apresurados, el chapoteo de ruedas sobre charcos. Sentada en la isla de mármol de su cocina, Ailani sostenía una taza de café caliente entre sus manos. El vapor subía en espirales lentas, acariciándole el rostro como

