Italia comenzaba a despedirse del invierno. Los campos de la Toscana ya se teñían de un verde vibrante y las calles de Florencia hervían de vida. Las fuentes cantaban con el fluir del agua cristalina, el aire olía a lavanda y a café recién hecho, y el cielo despejado parecía un lienzo infinito. Era una tarde templada, luminosa, de esas que parecen traídas a la tierra desde una postal perfecta. Ailani se contempló un instante en el espejo de su despacho. El reflejo le devolvió la imagen de una mujer distinta: erguida, fuerte, segura. Su vestido blanco de lino marcaba sutilmente su silueta, y el blazer marfil caía sobre sus hombros con un aire sobrio y elegante. Llevaba el cabello recogido en un moño bajo, apenas desordenado, con algunos mechones que rozaban sus pómulos. Unos pendientes de

