Italia la recibió con un sol cálido que bañaba los campos de viñedos como un manto dorado. Desde la ventanilla del avión, Ailani pudo ver la inmensidad de la Toscana estirándose bajo ella, una tierra vibrante y viva que contrastaba dolorosamente con el silencio que pesaba en su pecho. Al salir del aeropuerto, el aire olía a cipreses, tierra húmeda y libertad… pero no podía saborearla aún. Todavía dolía demasiado. El chofer que la esperaba la condujo en silencio hasta la antigua villa que durante generaciones había sido sede del legado de su padre. Al llegar, las altas rejas de hierro forjado se abrieron lentamente, y el camino de piedra rodeado de magnolias florecidas la guio hacia la casona de fachada imponente, coronada con terrazas, ventanas de madera y enredaderas que trepaban por las

