La luz de la mañana se colaba por los bordes de las cortinas gruesas, tiñendo la habitación de un dorado suave y cálido. El aire estaba impregnado de una mezcla íntima: el perfume de Ailani aún flotaba entre las sábanas revueltas, y el aroma almizclado de la piel de Jack persistía en cada rincón del colchón. Un susurro de viento movía ligeramente la tela de una cortina, creando una atmósfera de quietud casi irreal. Ailani abrió los ojos lentamente, aún aturdida por el peso del sueño y los restos de placer que todavía vibraban en su cuerpo. Estaba sola. La seda negra de la corbata aún colgaba del cabecero, ondulando suavemente como si se burlara de ella. El lugar donde Jack había dormido estaba frío. La huella de su cuerpo apenas visible en la sábana. Se incorporó con lentitud, abrazando

