Londres se había convertido en el hogar de Ailani, y solo pensar en que debía marcharse, le dolía. No solo por el lugar, por las calles que ya sentía suyas, ni por el clima gris que había aprendido a amar, sino por él. Por lo que había vivido. Por lo que aún no entendía. Ya eran dos días los que habían pasado y la hora de ella marcharse estaba cerca, deseaba ver a Jack, pero él había desaparecido. El apartamento de Ailani permanecía en penumbra, como si también se negara a dejarla ir. Solo un parpadeo iluminaba la habitación: el destello azul de su celular vibrando una y otra vez sobre la mesita de noche, como un corazón ansioso. Un mensaje nuevo. Jack: “Ven. Esta noche. Necesito verte.” El nombre que no había leído en días le arrancó un escalofrío que le subió por la espalda. Ailani

