Cielos ardientes

1654 Words
A diferencia de otras ocasiones, esta vez, no hubo alguna pesadilla que la atormentara en medio de la inconciencia, en cambio, lo único que pudo ver, fue el n***o profundo de la nada, de un nulo atisbo de emociones, más que del vacío n***o que era su mente, fuera de la inconciencia, sintió el dolor de su cuerpo, frunció el entrecejo remolinándose, luego, una oleada de agua helada la hizo salir de su propia mente, de pronto, Joanna abrió los ojos con su corazón latiendo como un ratón en su pecho, jadeó mirando como una loca a su alrededor, comprobando en un primer momento, el hermoso rostro aburrido de Ginebra, quien la miraba muy encima de ella, con una cubeta de metal goteando en las manos. Joanna tosió el agua que se le había metido en la boca, sin las mínimas ganas de mirarla con odio. -Al fin despiertas bella durmiente-. Masculló ella tirando la cubeta en el duro suelo lleno de escombro de piedras, Joanna parpadeó abrazándose a sí misma, recordando que ahora ya no estaba en una desolada celda de una prisión, sino en lo que parecía ser, lo que quedaba de un baño, uno que había sucumbido al fuego mortal de la guerra, si miraba con detenimiento, podía ver la ausencia de techo y las paredes llenas de agujeros, Joanna soltó un largo suspiro cansado y adolorido, todavía le ardía el rostro, causado por los puños malvados de Griffin, pero, temblorosa se aventuró a enjuagarse el agua fría del rostro ensangrentado, miró los hilos de aquel liquido carmesí resbalar por el suelo sucio bajo ella. -Déjame en paz-. Pidió la pelirroja desviando los ojos, de los negros que la miraban con intensidad. Ginebra soltó un largo suspiro aburrido. -Límpiate, Griffin quiere verte-. Dijo cruzándose los brazos en el pecho. Joanna sintió como las náuseas se estacionaron en su vientre, ni siquiera quería escuchar que pronunciaran su nombre. -No quiero verlo-. Respondió ella temblando ligeramente. Ginebra puso los ojos en blanco. -Tampoco es que sea un placer volver a verte-. Interrumpió Griffin tras la exótica Ghul de piel canela, la que giró sobre sus talones para mirarlo aparecer, Joanna enterró el rostro lastimado en el hueco de sus piernas dobladas. Pero la Ghul, no le respondió, se limitó a quedarse quieta como una triste estatua rota. -Patética-. Susurró Ginebra viéndola con asco, Griffin la miró con los ojos entrecerrados, lo que hizo que la morena hiciera un gesto despectivo con los labios, para después, salir del espacio con todas las ganas de no regresar a mirar la miseria en los ojos de la pelirroja. Se hizo el silencio, uno que daba escalofríos. -Levántate-. Le ordenó él con las manos en jarras. - Quiero estar sola-. Sentenció la pelirroja apenas en un hilo de voz. El guapo rubio apretó los labios con fastidio. -Eres una Ghul, déjate de esas estupideces-, la miró por muy debajo de ella, con aires dominantes -luces tremendamente ridícula-. Dijo cruzándose de brazos. Una punzada de dolor atravesó el corazón de la pelirroja, no pudo evitar que sus ojos se humedecieran, pero sí controló que Griffin no mirara como sus ojos gritaban por el llanto. - ¡No te tiene que importar! – Joanna levantó la voz, de pronto alzando una mirada encolerizada a un Ghul, quien no tuvo ningún atisbo de ninguna emoción. El rubio, entrecerró los ojos silenciándose por un corto momento, luego, este se inclinó apoyándose en sus rodillas, mirándola fijamente, Joanna no pudo evitar sentir como su cuerpo reaccionaba en temblores ¿Desde cuándo temblaba ante la presencia de Griffin?, ya había olvidado aquella sensación de estremecimiento desagradable, que le resultó nuevo cuando el temblor la recorrió completa. Sin embargo, él alargó un blanco brazo cubierto de una oscura tela de algodón para alcanzar un mojado mechón rojo de la cabeza de Joanna, ella apartó inútilmente el rostro, por lo que tuvo que levantar la mirada para ver como Griffin tiraba delicadamente de los hilos de su cabello cuan largos eran para llevárselos a los labios, como si tuviera un trozo de algodón rojo que necesitaba pasar por la rosada piel de su boca, él la miró fijamente a los ojos, Joanna tuvo que soportar su mirada intensa, pues, sus cuencas eran dos flamas incandescentes de pura maldad. -Me importa porque quiero de vuelta a mi “demonio de sangre”-. Besó el mechón con dulzura sin dejar de mirarla, Joanna se estremeció al volver a escuchar ese apodo de los labios de Griffin. -No me llames de esa manera de nuevo-. Ella le apartó el mechón con un movimiento de mano, sintiendo como el escuchar ese apodo de los labios de su ex compañero, el veneno le quemaba cada largo de sus venas. Tenía tanto que él no la llamaba de aquella manera que, las palabras de aquel apodo le supieron corrosivas en la lengua. Él no pudo evitar formular una sonrisa que sorpresivamente resultó auténtica ante el monstruo que era. -Deja de negar lo que eres mi querida Joanna-, masculló él apoyando los brazos en las piernas -eres la única que no se da cuenta de eso-, los ojos de Griffin centellaron con un fulgor oscuro -incluso tu querido rey lo sabe-, escupió haciendo que ella se encogiera cerrando los ojos con dolor - Oh acaso, ¿Olvidas que fue por quién eres, que estaba dispuesto a quemarte hasta hacerte cenizas? – Soltó con veneno haciendo que el hoyo en el pecho de la pelirroja se sacudiera dolorosamente. Se volvió a hacer el silencio, uno que resultó tremendamente doloroso. -Yo, no…- Los ojos de Joanna volvieron a llenarse de lágrimas, consciente de las palabras cargadas de verdad de Griffin, quiso ocultar su rostro, pero fue su mismo ex compañero que le impidió que escondiera su cara desfigurada de pena, tomándola por las mejillas con ternura, obligándola a mirarlo directamente, Joanna no pudo detener las lágrimas que escaparon mojando los dedos del rubio en su camino. -Regresemos a casa Joanna-, susurró en forma amorosa -salgamos de este lugar que no te aceptó, defendámonos, Chariose quiere matarnos, no hay que permitirlo, abrámonos paso por esta miserable ciudad de mierda y vayámonos de aquí-. Acarició con el largo de sus dedos las mejillas lastimadas de Joanna, la que cerró los ojos ante el contacto delicado en su piel adolorida. Se hizo un intenso silencio, que momentos más tarde Joanna rompió. -Fue un error dejarme viva Griffin-. Joanna dejó escapar aquellas palabras que hicieron que Griffin abriera los ojos en sorpresa, él apartó su mano de ella entrecerrando los ojos. -Joanna…- -Déjame morir Griffin-, le dijo viéndolo sin el brillo de la vida en sus ojos – por una vez déjame decidir mi destino, concédeme el poder de hacerlo-. Susurró con una voz dejada de todo tipo de emoción, de todo tipo de deseo o ánimo, haciendo que Griffin se silenciara ante las palabras de Joanna. ¿Dejarla decidir? Revotó en la mente retorcida de Griffin, mientras un recuerdo de él mismo invadía cada rincón de su cerebro, “dejarla decidir”, se repetía en silencio una y otra vez, “pero, joder, a él tampoco lo habían dejado decidir”, apretó las manos en puños, teniendo frente a sus ojos la mirada mística de su creadora, la que lo miraba con una sonrisa tras un transparente velo n***o, un escalofrió le recorrió la espina, “dejarla decidir”, ¿Por qué habría de hacerlo? ni siquiera a su hermano lo había dejado decidir, pero le había dado el regalo de la muerte, una muerte que a él se le había negado, ¿Por qué no entendían que les estaba dando obsequios? ¿Por qué ninguno se había dado cuenta cuanto los amaba? Tanto que, les había dado lo que siempre habían querido, Griffin sintió como los latidos de su corazón se debilitaron, tenía ganas de gritar, tomar a Joanna de las mejillas y besarla, hacerle entender que él era el único que la comprendía, el único que la amaba con locura, una locura que se desbordaba con la presencia de ella, cansado estaba en hacerle entender que era su esclavo, a alguien a quien podía usar a su antojo, le había dado el regalo de la eternidad, le había dado la oportunidad de vivir una vida que, si no la hubiera conocido hubiera terminado muerta de hambre en las calles de Radu… le había dado la oportunidad de estar con él para siempre… La amaba tanto que estaba dispuesto a matarla las veces que fueran necesarias. Griffin se puso de pie, mirándola con una sombra espesa en los ojos, ella ni siquiera levantó la mirada para verlo plantado en su campo de visión. El frio se coló por lo que quedaba de la casa meciendo su cabello mojado, de haber estado todavía en las garras de August, el frio calaría sus huesos, agradecía no estar en sus manos, pero no pudo evitar abrazarse a sí misma. -En media hora nos reuniremos en la sala-, dijo con voz grave -planearemos nuestro siguiente ataque-. Finalizó girándose sobre sus talones para dejarla en el pequeño cuarto de baño que rebosaba en destrozos y miseria. Joanna lo escuchó marcharse pisando fuerte, hasta que atravesó la puerta rota dejándola sola con el verdugo que eran sus pensamientos, lo que agradeció, a últimas fechas, disfrutaba estar en soledad, así no escuchaba las voces de quienes la odiaban o de quienes la querían de regreso, así la única voz que escuchaba era la de su propia mente, la que no dejaba de torturarla, apoyó sus laceradas mejillas sobre sus rodillas dobladas contra sí misma, se quedaría allí para siempre si pudiera, dejaría que sus pensamientos la consumieran, dejaría que las lágrimas terminaran de secar sus ojos mientras imaginaba todo el dolor que se hubiera ahorrado, si solo Griffin se la hubiera comido aquella noche en la que comenzó todo.
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