Desperté a causa del sonido del timbre de la casa. Me levanté de la cama y con los ojos ligeramente pegados por las lagañas que no me había molestado en quitar, me puse mis pantuflas de Hello Kitty y bajé hasta la sala a pasos apesadumbrados. Sin molestarme en echar un vistazo al ojo mágico, abrí la puerta y recibí a mi inesperada visitante con un largo y perezoso bostezo. —¿Qué haces aquí? —pregunté, frotándome los ojos como una bebé. —Son las once de la mañana, Candace, buenos días para ti también. Te estuve esperando en la compañía y nunca llegaste, así que opté por venir hasta aquí —Marie Anne se plantó a mi lado con una expresión inquisitiva—. ¿Puedo pasar? —No preguntes si ya entraste —rodé los ojos y cerré la puerta, procediendo a lanzarme al sofá—. Eres libre de servirte un vaso

