Nuevo empleo
Estaba rebuscando algo en mi cómoda cuando alguien llamó a la puerta, por lo que cerré los cajones, bastante alarmada al percatarme de que casi me pillan infraganti.
Tras un par de segundos, Kaede, mi sobrina pequeña, abrió la puerta.
—Tía Can, he hecho un dibujo para ti —la infante me sonrió con tanta ternura que su sonrisa se me antojó perfecta aún con un diente faltante.
—Gracias, dulzura —le di un sonoro beso en la mejilla y colgué de inmediato el papel con garabatos de colores en la pared, donde yacían otros cinco dibujos similares hechos por la misma artista de siete años.
Cuando Kaede salió de mi habitación, volví a abrir las gavetas para renaudar mi búsqueda, pero alguien más irrumpió en el lugar, haciéndome desistir de la idea. Se trataba de mi padre.
—Iremos al ancianato esta noche a visitar a tu abuela, habrá noche de bingo, pero supongo que no querrás ir.
—Supones muy bien —le dediqué una sonrisa falsa—. Salúdadme a la abuela ya que váis, yo tengo cosas que hacer —me tumbé sobre el colchón con los brazos extendidos.
—¿Cosas como qué?
—Pensar en positivo para no acabar con mi vida, principalmente —respondí con una nota sarcástica—. Aunque tal vez encienda la hornilla más tarde y me acueste a dormir para ver qué podría suceder.
—Que aburrida —mi padre me lanzó un cojín que sacó de no sé dónde, molesto con mi ironía, pero acostumbrado a ella también.
—Sigue siendo más interesante que ir al bingo para ganarme una banana.
—Vale —suspiró—. Despega el culo del colchón o llegarás tarde al instituto.
Enfurruñada con la rutina, me di una ducha que no duró más de tres minutos y me coloqué el uniforme tan rápido que el nudo de la corbata quedó mal hecho. Al mirarme al espejo, solo pude pensar «Ay, equis» antes de salir de la casa.
Saludé con un alzamiento de cabeza al cartero al pasar por su lado en la patineta. Agradecí internamente que el viento soplaba a mi favor esa mañana y no me hacía pasar un frío de los mil demonios.
Con suerte, llegué al instituto justo cuando estaba sonando la campana. Por desgracia, me tocaba matemáticas, y había llevado los cuadernos que no eran.
—Puedo pasarte mis apuntes —ofreció Tanner, un compañero de curso. Conocido por hacer guarradas con toda fémina que le sonría, por cierto.
—No, gracias —le contesté de mala gana, metiendome una bola de goma para mascar a la boca.
—Vamos, sabes que se me dan bien los números. Además, no es que puedas darte el privilegio de pasar de esta materia, menos en el último lapso.
Tenía razón. Iba mal con todas las materias, en realidad. Asistía al instituto por puro compromiso. Con suerte, sobornaría a los profesores para que me pasaran el año y ya estaba. No sería sencillo, pero ya lo intentaría. Estudiar no era una opción.
—No.
—Vamos, ya me pagarás el favor —ronroneó, el muy pesado—. Preferiblemente si cerramos el trato con algo que implique tu cuerpo.
—Tanner —me volví hacia él, haciendo una bola de chicle—. Si no te resistes a un mínimo coqueteo de una cría, dudo mucho que soportes un puñetazo de mi parte.
—Lesbiana de mierda —murmuró, apartándose al fin.
—Promiscuo pringado.
Apenas la profesora entró al aula, aproveché su distracción para colocarme los auriculares y quedarme dormida sobre el pupitre.
***
Afortunadamente, nadie interrumpió mi corta travesía en el mundo de Morfeo. Sin embargo, me gané una ida a detención por haberlo hecho.
Resoplando contra el asiento que ya me tenía las nalgas entumecidas, silbava una canción cualquiera de The Weekend mientras miraba por la ventana y esperaba que de repente un meteorito callera exactamente sobre mi cabeza para acabar ya con esta tortura llamada vida.
El profesor que me vigilaba a mí y al resto de los alumnos en detención, permanecía haciendo un ridículo debate sobre el aborto. Yo me mantenía al margen de todo, pero igual escuchaba para tener algo con qué entretenerme.
De pronto, dos alumnos del segundo año discutían entre ellos porque uno estaba en contra y otro a favor.
—No es justo, el bebé no tiene la culpa —chilló la pro-vida al ver que nadie compartía la misma opinión que ellos—. ¿A vosotros les habría gustado que los abortaran?
—Sí —exclamamos casi todos al unísono, hasta el profesor.
Qué bonito el ánimo del grupo, eh.
—Ay, ya podéis iros —dijo el profesor, sin muchos ánimos de seguir con esta estupidez—. Salid por la puerta de atrás para que el director no os pille.
Casi canté victoria. Casi.
Al salir del instituto, me encontré con que mis padres habían ido a por mí porque la profesora de matemáticas los había llamado para informarles que su hija estaba mal en clase.
Gilipollas. Ni que le fueran a pagar más por irse de chivata con los representantes del alumnado.
Mis padres y yo tuvimos un conversatorio bastante agradable —nótese el sarcasmo— en la sala. Mi madre era quien estaba más histérica, me echaba en cara que todos en la familia eran profesionales y que justo su hija tenía que ser la jodida oveja negra. Lo que más la cabreó fue mi expresión de desinterés.
Al subir a mi habitación, me puse a rebuscar nuevamente en las gavetas. Me maldije a mí misma al encontrar la bolsa plástica vacía. Había olvidado que se me había terminado la mota, y que debía ir a por más. Me maldije todavía más cuando puse el cuarto patas arriba en busca de dinero y no conseguí un coño. Las posibilidades de conseguir dinero proveniente de mis padres, eran tan nulas como que me esforzaría por sacar buenas notas.
Ya entrada la noche, mi papá subió a mi habitación, tocando el marco de la puerta con sus nudillos, para avisarme que ya se iban al bingo y que en casa se quedaba mi hermano con la niña.
—¿Me importa? No me importa —le dije, desganada.
Otro progenitor se habría enfadado por las respuestas tan antipáticas que soltaba a todo el mundo, pero el mío no. A pesar de que no era tan liberal, mi papá era un cuarentón cool.
—Es solo para que lo sepas, cabezota —hizo el amago de irse, pero lo detuve al llamarlo.
—Papá.
—¿Sí?
—¿Me prestas quince euros?
Él se volvió hacia mí con una ceja enarcada antes de sentarse en la orilla de la cama con un semblante serio. Oh, no. Ya no andaba en plan papá genial.
—Cariño, tu madre tiene razón.
—Vais a seguir con la cantaleta —bufé, exhalando sonoramente.
—Mira, yo no juzgo tu desinterés académico, Candy, pero tendrás entonces que conseguir un empleo para aportar algo a la casa, o al menos para comenzar a cumplir tus propios caprichos.
—O sea que no me vas a prestar los quince euros —chasqueé la lengua.
—Te estoy hablando en serio, Candace —subió el tono y usó mi nombre completo, por lo que fruncí el ceño.
—Entonces ve y dile eso a mamá para que deje de joder con el temita de la presión escolar. No quiero estudiar, ella no puede obligarme.
—La educación es importante.
Hice un mohín.
—Dudo mucho que necesite terminar el bachillerato para ir a menear el culo en un bar.
—¡No vas a ser una vaga! —exclamó, hastiada.
—¡Hablaba de trabajar como bailarina exótica! —excusé, chillando en defensoría.
—Busca un empleo antes de abandonar el instituto y ya —zanjó, levantándose de la cama.
Pues bueno, no me quedaba de otra que buscar un jodido trabajo. Al cabo de un rato, bajé a la cocina a calentar media pizza en el microondas.
—Eso es de los dos —escuché la voz de mi hermano proyectarse a mis espaldas.
—Ah, ¿tú querías? —inquirí, viendo las revanadas dar vueltas lentas en el interior del electrodoméstico.
—No entiendo cómo puedes comer tanto y no engordar —comentó, en una tonada que me pareció a reproche.
—Es un don.
Serví —de mala gana, por cierto— dos rebanadas para cada uno.
—Tyron.
—¿Qué?
—Préstame quince euros.
—No —se negó, masticando una corteza.
—¿Cómo puedes decirle no a tu hermana favorita? —me victimicé, llevando una mano a mi pecho y todo.
—Eres mi única hermana —me recordó—. Igual, eso no significa que te estime.
Al bajar del taburete y pasar detrás de él, le di una palmada en la cabeza.
—Ojalá te ahogues con el peperonni, por puto.
***
Pues nada, estaba vagando por la noche como un alma en pena, con gas pimienta en el bolsillo por si se atravesaba un sádico, y un tenedor por si se atravesaba un plato de comida gratis.
Mujer precavida, salva su vida.
Habían pocos transeúntes en la calle. Apenas eran las siete y cuarto de la noche, la mayoría de los establecimientos aún estaban laborando.
Literalmente, me metía todas las tiendas que encontré abiertas; ropa, zapaterías, bisuterías, florerías, charcuterías, agencias de fiestas y un sinfín de locales más, en todas casi me dijeron que no solicitaban personal, en las otras me dijeron que podía dejar mi curriculum y que ellos me llamaban.
Sí, claro.
Hastiada de caminar sin obtener buenos resultados y con el sistema pidiéndome cannabis, me senté sobre la ascera con los piés señalando el asfalto, la luz amarillenta del farol siendo testigo de mi infortuna.
Palpé mis bolsillos y saqué un encendedor, me prendí un cigarrillo que le había sacado a un crío de tercer año esa misma mañana y vi cómo el humo se disipaba por el aire luego de salir por mis orificios nasales. Cuando estuve a punto de tirar la colilla, un vagabundo mal oliente me pidió que se la diera, sonrió con los dientes putrefactos que le quedaban cuando accedí, como si fuese un niño al que San Nicolás le trajo lo que quería.
Ahora que lo recordaba, nunca me trajeron mi heladería Creisel Ahora que hacía helados de verdad en pocos minutos. Estúpido gordo barbón.
Continué caminando sin rumbo, sin preocuparme por echar una ojeada al reloj de mi muñeca porque sabía que estaba parado y que lo usaba solo para pantallar. Todos los establecimientos habían cerrado, solo quedaban las farmacias abiertas y uno que otro jíbaro por las esquinas. Casi me reí de mi propia desgracia al pensar en hacer un truek por un porro, dudaba mucho que aceptaran mi reloj barato y dañado de paso. Podían era meterme una puñalada por andar con el vacilón.
Me detuve frente una enorme mansión blanca. Por la fachada, pintaba tener dueños aristócratas. El jardín era amplio y más verde que los viejos que me silban cuando paso por las calles de mala muerte, el pequeño camino hacia la puerta estaba hecho de bajarete y las ventanas de los balcones eran todas panorámicas, con cortinas azuladas y gruesas que impedían ver hacia el interior.
Solo por joder, toqué el timbre. Algo en mi interior me pidió que no saliera corriendo como una niñata inmadura, así que deseché la idea de hacer una simple broma para animar un poco mi noche tan amarga.
La verja blanca de la entrada chirrió al abrirse, permitiendo que pasara. Ni siquiera sabía qué estaba haciendo ahí, pero tuve que armarme de valor al llamar a la puerta de madera apenas dejé atrás el caminillo de piedras metamórficas pulidas.
La puerta se abrió en menos de dos minutos, un hombre de cabello platinado me escaneó con el índice entre sus labios, por lo que arqueé una ceja, ¿más o menos, por qué me miraba así?
—Pasa, linda, pasa —me tomó por el hombro, su tono afeminado delatando su homosexualidad—. Me llamo Granger, como Hermione de Harry Potter. Es un placer conocerte.
—¿Quién llama así a un hijo? —inquirí extrañada al estrechar su mano.
No jodas, ese tipo tenía una manicura perfecta, yo solo rogué al cielo que no notara la aspereza de mi palma, o la pequeña mugre que permanecía en mis uñas.
Soy muy delicada, lo sé. Je.
—Es un seudónimo, prefiero no decirte mi nombre real —dijo, con un ánimo superior al mío—. Toma asiento, te traeré un café. Sí que hace una noche fría.
—Okeeeey —arrastré, incrédula.
¿Quién era ese tipo y por qué casi me vomitaba arcoíris? ¿Trataba así a todo aquel que llamase a la puerta? No iba a quejarme, me trataban mejor que en cualquier otra casa ajena. Si era posible, le pediría que me adoptara, pintaba ser bondadoso, más tarde invitaría también al vagabundo al que le regalé la colilla de mi cigarro.
Cuando llegó con el dichoso café, le di una mirada desconfiada.
—Estará envenenado —no pude evitar decir, todo era muy bello para ser verdad.
—Si estuviera envenenado, no te lo diría, boba —emitió una pequeña risa, sentándose en un sofá individual—. Además, ¿por qué clase de monstruo me tomas?
—Qué va. ¿Qué se yo si protagonizas una versión renovada de El cienpiés humano? —puso una mueca de asco, deduje que también había visto la película.
—Solo está algo amargo, ahí te puse un terrón de azúcar para que le eches —me hizo saber, tomando un sorbo del suyo—. Cuentame, ¿qué te trae por aquí?
¿No se suponía que debió haberlo preguntado antes de invitarme a pasar? Menudo loco.
—Ando buscando trabajo —contesté, sin embargo.
—Pues has venido al sitio ideal —me repasó con la mirada otra vez.
—¿Eres el dueño de la mansión?
—Ah, ah —movió uno de sus dedos perfectos de lado a lado—. No estoy ni cerca de serlo, solo soy un empleado. El jefe no se encuentra presente.
—¿Entonces por qué dices que he venido al sitio ideal?
—Siempre estamos a la espera de personal jóven, como tú —sonrió y dejó la taza sobre la mesa redonda de cristal que tenía enfrente.
—Bien —imité su acción—. No sé mucho de jardinería, pero puedo aprender y cuidar muy bien del jardín de la entrada, o...
Una carcajada de su parte fue lo que me hizo callar.
—Tienes que estar de coña, querida.
¿Qué? Cada vez entendía menos.
—Ven —se levantó, ofreciéndome su mano—. Como te dije, el jefe no está, pero la segunda al mando está arriba en su oficina y te hará la entrevista.
No emití palabra alguna, solo subí unas escaleras imperialed con el tal Granger. Llegamos a —lo que me pareció ver— un tercer piso que se basaba en un pasillo largo con pinturas famosas contrastando con las paredes blanquecinas, entre ellas reconocí a La Gioconda de Leonardo y Amapolas de Claude Monet.
—Segunda puerta a la izquierda, esa es la oficina de Freyja, dile que yo te he mandado a entrevistar. Es algo odiosa, pero te irá bien.
—¿Freyja? —inquirí —¿Es el diminutivo de algo?
—Es su seudónimo —aclaró Granger, haciendo un ademán de manos—. Su nombre real es Daniela, pero nadie la llama así. Tú solo ve.
Cuando me acerqué a la puerta señalada a punta de pasos dibutativos, toqué una de las dos puertas de madera que llevaban a un mismo lugar. Me volví un momento hacia Granger para preguntar algo, pero él ya descendía por las escaleras mientras exclamaba un «Suerte, querida»
Pasé saliva. ¿Por qué me sentía nerviosa si yo no era así?
—¿Qué? —una mujer alta y esbelta me abrió la puerta, repasándome con sus ojos azules y pestañas alargadas.
Yo no tenía una orientación s****l definida, pero me permití embobarme con su apariencia por un momento. Tenía el cabello teñido de rojo intenso, sus pestañas postizas acentuaban de alguna manera el azul llamativo de sus ojos, su naríz era perfilada y sus labios gruesos en forma de corazón iban pintados de un color mate; tenía el cuerpo operado, sus senos eran dos bombas que se asomaban por el escote de su camiseta, una falda de cuero n***o se ceñía a sus caderas a la perfección.
—¿Qué? —volvió a pronunciar, haciéndome volver en sí.
—Eh... —me aclaré la garganta—. Granger me ha enviado, dice que me harás una entrevista.
Ella puso una mueca de la cual no logré discernir el significado. Al darme la espalda, le di un buen vistazo a sus nalgas operadas. Esa tía estaba rica y lo demás era puro cuento.
Hay quienes dicen que entre mujeres se envidian entre ellas mismas, pero yo lo que hago es bucearlas.
—Quítate la ropa —su orden me dejó descolocada.
Estuve a punto de articular «Al menos invítame un café primero» pero preferí quedarme callada cuando noté que me miraba con molestia y superioridad.
—¿Eh? —emití, todavía embobada con la fotografía imaginaria que mi mente había tomado de su culo.
—Que te quites la ropa —reiteró, repiqueteando su tacón de aguja contra la cerámica del suelo, impaciente—. ¿Tengo que explicártelo con dibujitos?
«Me la puedes quitar tú, por favor y gracias»
Ni siquiera sé por qué, pero no me detuve a cuestionar su orden. No tenía ni puta idea de qué clase de entrevista era esa, pero necesitaba trabajo, más para dejar los estudios que para ganar dinero. Había dejado de prestar atención a clases desde tercer año, como mucho me acordaba del verbo to be y el movimiento rectilíneo uniforme.
Me saqué el jersey que llevaba puesto junto al corpiño, luego me deshice del calzado y los joggers y dejé todo a un lado del suelo, quedando únicamente en bragas.
La tal Freyja puso una mueca de disgusto al verme desnuda, he de confesar que me hizo sentir bastante inferior. Por primera vez, alguien me intimidaba con la mirada, y sí que se sentía sumamente incómodo.
La mujer caminó alrededor de mi eje, escaneando cada centímetro de mi piel. Incluso en un momento fue a su escritorio y regresó con una cinta métrica para empezar a medir el tamaño de mis pechos y glúteos.
Yo no tenía nada de eso, antes solía mortificarme por el bullying de los que me llamaban «Tablita», pasaba horas y horas llorando contra la almohada por mis complejos, con el paso del tiempo, muchas cosas dejaron de importarme, mi carencia de atributos entre ellas, pero, por alguna razón, las inseguridades retornaron en el preciso instante donde Freyja se alejó de mi cuerpo y me dijo:
—Vistete, el solo verte me da cáncer visual.
Alcancé mi ropa y me vestí sin decir nada, pero al terminar, rompí el silencio que resultaba tenso solamente para mí.
—¿Tengo el empleo?
Ella se burló.
—Por supuesto que no, ya vete de mi oficina. No me hagas perder más el tiempo.
—¿Por qué?
—Pues —pronunció con un ápice de obviedad que no me agradó para nada—. Estás demasiado plana, no cumples con nuestros prototipos de belleza.
Era obvio que la pubertad no hizo gran cosa por mí que cambiar mi tono de voz y hacerme sangrar cada mes, pero, ¿De qué estaba hablando? ¿Por qué estaba siendo tan cruel? ¡¿Dónde carajos me había metido y por qué no salía de ahí?!
—Vamos, necesito el empleo —insistí, recordando que no tenía chance en los lugares donde ya había preguntado si solicitaban personal.
Me negaba rotundamente a continuar con el instituto, o a quedarme sin weed hasta que ocurriera un milagro y un trabajo me cayera del cielo.
—No es mi problema —aseguró—. Ya lárgate de aquí.
Joder, ¿así me veía yo cuando contestaba? Debía controlar mi inarmonía, sí que caía de la patada. Con razón no tenía amigos y era virgen aún.
—Por favor —rogué, aún sin saber de qué iba el empleo—. Haré cualquier cosa, lo que sea, pero dame trabajo.
Debía lucir patética, pero no me importaba. Esa mujer había sacado a relucir mis inseguridades otra vez, como mínimo tenía que acceder a mi petición.
Rodando los ojos, abrió un cajón de su escritorio y me lanzó un uniforme verde agua junto a un mandril blanco.
—Serás la empleada de servicio —espetó, tacleando algo en su ordenador—. Más vale que lo que te falta de belleza, te sobre en responsabilidad. Te espero aquí mañana a primera hora, preferiblemente antes de que el sol se ponga.
Asintiendo y con la dignidad traspasando la puta litosfera, recogí el uniforme del suelo y le di la espalda, ahorrándome pronunciar un despectivo «Gracias»
—Ah, otra cosa —emitió, antes de que yo cruzara el marco de la puerta—. Aquí trabaja pura gente bonita, así que tienes que ser invisible. Dedícate solo a limpiar hasta la mancha más minúscula del suelo y no interactúes con nadie.
El hecho de que me considerase un adefesio ambulante hirió mi autoestima, pero me limité a asentir y a salir de su oficina. ¿Qué clase de entrevista había sido esa? ¡No me había hecho firmar ningún contrato! No, todavía peor, ¡Ni siquiera había preguntado mis datos personales! Cuánto deseé ser una asesina en serie y agarrarla como víctima, de seguro nadie me habría descubierto.
Apenas bajé las escaleras con el uniforme en la mochila y la mochila colgada en mi hombro, Granger me miró con curiosidad.
—¿Y bien?
¡¿Y bien?! Jamás alguien me había tratado tan mal. Solo esperaba que esa mierda valiera la pena. Ya me robaría algún adorno valioso de esa maldita mansión y lo empeñaría para obtener bastante plata y largarme lo más lejos posible de la Freyja esa.
—Estoy contratada —dije, ignorando el hecho de que no había firmado ningún contrato.
—¡Sabía que te iría bien! —Granger me dio un corto abrazo. Busqué alguna señal de hipocresía en sus palabras, pero no hayé nada.
Él me acompañó hasta la salida y presionó el botón que abría la verja.
—Me caes bien, y ni siquiera me has dicho tu nombre —me dijo, caminando a mi lado hasta llegar a la ascera de la calle.
—Ah, me llamo Candace —relamí mis labios, suspirando—. Puedes decirme Candy.
—Muy bien, nos vemos mañana, que tengas bonita noche —le deseé lo mismo al despedirme de él con un beso en cada mejilla. Me eché a andar sobre la ascera con la intención de ir a casa, pero él volvió a llamarme—. Candy.
—¿Sí? —inquirí, sin voltear.
—Se me ha pasado decírtelo —emitió una risita corta—. ¡Bienvenida a la mansión Playboy
Espera... ¡¿Qué?!
Boquiabierta, di media vuelta sobre mi eje para cuestionar algo al respecto, pero todas mis incógnitas quedaron suspendidas en el aire cuando vislumbré que ya Granger había dado un portazo.
¿Acaso había dicho mansión Playboy? Sí, lo había escuchado fuerte y claro.
Supuse que ya serían como las nueve de la noche, no quise seguir molestando. Así que me tocó trazar el camino a casa con la viva expresión de WTF? bailándome en la cara.