Nuevo empleo - Parte 2

1890 Words
 A la mañana siguiente —cabe destacar que antes de que se mostrase el sol—, yo estaba siendo guiada por Granger, quien me estaba dando un pequeño tour por la mansión. El sueño que tenía eran tan anormal como mi ganas decadentes de trabajar. —No te lo tomes personal, querida —me había dicho el peliblanco cuando, abochornada, le conté un poco sobre la entrevista de la tarde anterior—. Aquí somos muy exigentes con respecto a la presencia de los empleados. —Oh, eso sí que lo he notado —contesté, algo desganada mientras observaba un cuadro de soslayo—. Estrategias de marcketing —bufé con ironía. —Pero no te preocupes, ella solo estaba de paso. En realidad, tenemos otro jefe, que también es estricto, pero no tan nefasto como Freyja. De todas formas, trata de no topártelo. —Vale, lo tendré en cuenta. Minutos más tarde, me encontraba sacudiendo el escaso polvo de los jarrones del salón principal, evitando a toda costa mirar a las mujeres que se paseaban de aquí hacia allá con ropa tan diminuta que literalmente no dejaba nada a la imaginación. No me molestaban, pero se me hacía un poquito incómodo. —¿Qué haces con exactitud? —le había preguntado al único amigo que había hecho, pues, ahí nadie pintaba ser muy simpático. —Pornografía gay —contestó él, ojeando el i********: en su celular, aprovechando que tenía un rato libre—. Tríos y orgías en su mayoría. —Ahmm —musité, con pena, decidiendo no hacer más preguntas. Estaba tan férrea al jarrón que estaba limpiando, que no noté que estaba incluso más pulcro que el resto de la casa. El estar rodeada de personas literalmente desnudas, sí que me intimidaba, así que intentaba distraerme lo mejor posible con cosas que ya estaban más que limpias. Igual me iban a pagar. —Ay, cariño. Puedo notar que no eres muy atrevida, —se burló Granger al notar cómo me ponía roja como un tomate, apartando la vista de un hombre que pasaba por su lado como Adán en el Edén. —La verdad es que no —mentí. Era lo bastante atrevida como para intentar voltearlo de un polvazo, pero aún no tenía la confianza suficiente. —¿Y piensas pertenecer a la servidumbre durante toda tu vida? —el peliblanco le alzó una ceja. —Que no está tan mal —apreté los labios—, al menos el pago no es una miseria, es mucho más de lo que llegué a imaginar. —El jefe siempre busca talentos nuevos y jóvenes —me hizo saber—. No le des demasiada importancia a Freyja, ella siempre quiere sobresalir entre todas con el cuentico de que es la modelo estrella. Puedes tener una oportunidad si la buscas, además, que el trabajo no es malo, tienes dinero, fama y sexo constantemente —le guiñó un ojo antes de irse—. Por ahí nos vemos. Me ardían las mejillas de solo imaginarse desnuda frente a un montón de cámaras. No, no, eso sí que no. Mhmm... Bueno sí. Me bajé del pequeño taburete de madera, decidiendo dejar el jarrón en paz, y comenzó a sacudir los muebles de cuero blanco, quitando así, las bacterias invisibles ante la vista de todos. De pronto, alguien emitió un chillido a mi lado, lo cual me sobresaltó. No me había dado cuenta de que el lugar había estado lleno de murmullos de personas distintas que entablaban conversaciones, sino hasta que el salón se sumió en un profundo silencio. Pude notar que todos miraban hacia una misma dirección: la puerta de la entrada. La chica asustadiza, que ahora se aferraba inconsciente y exageradamente a mi brazo, también miraba hacia el mismo punto que los demás, lo cual hizo que centrase mi atención ahí. Un hombre alto, de piel morena y traje elegante, atravesó el umbral de la puerta con una vehemencia inefable, destilando molestia y superioridad por los poros. Al avanzar en medio de todas esas personas, una chica lo siguió, atontada, tratando de caminar inútilmente rápido con unos exagerados tacones de plataforma, se trataba de Freyja. —¿Quién es? —me atreví a preguntar a la muchacha que apretujaba mi brazo. —¿Cómo es que no lo sabes? ¿En qué planeta vives? Lo siento —pronunció lo último al soltar su agarre—. Es Carter Lauder, dueño de Toy's Fantasy y de la mansión Playboy. Es muy raro verle por aquí, siempre envía a la chupamedias de su novia, la pelirroja que lo iba siguiendo. Así que Freyja era nada menos y nada más que la novia del jefe... Con razón ese ego por la atmóstera. —¿Qué es Toy's Fantasy? La chica con corte masculino y aspecto de conejillo me miró con los ojos bien abiertos, convencida de que no pertenecía al planeta tierra. —Es la empresa de juguetes sexuales más grande de Europa, distribuidora de la mansión Playboy. —Aaaah. —Venga, ven —la chica de corte masculino, de la que aún no sabía su nombre, me haló por la muñeca y la condujo escaleras arriba a toda prisa. —¿Dónde vamos? —no obtuve respuesta, por lo que se detuve. —A la oficina del señor Lauder, escucharemos detrás de la puerta. Es muy inusual verle por aquí, como ya te lo he dicho. Ha de tener una razón importante. —¿Te has vuelto loca? ¡Pueden desemplearme si nos descubren! —chillé, espantada ante la idea de volver a patear calle. —No pasará nada, lo he hecho cientos de veces y nadie me ha pillado —me haló otra vez—. Vamos, que nos perdemos del chisme. —P-pero —comenzaba a ponerme nerviosa, pero no pude evitar emitir una risilla por esa faceta tan chivata suya—. Ni siquiera te conozco, ¿por qué habría de acompañarte? La chica repiqueteó uno de sus piés contra el peldaño, desesperada por llegar a la dichosa oficina. No había que ser adivino para notar que vivía y se alimentaba por el chisme. —¿Acaso eres como una especie de paparazzi? —no pude evitar preguntar. —No —resopló la chica, aún con la mano extendida—. Me llamo Marie Anne, soy camarógrafa y personal de utilería. También trabajo en la distribuidora como recepcionista dos veces a la semana —soltó una bocanada de aire—, ¿contenta? —Ya no luces tan asustada —enarqué una ceja, recordando que minutos atrás casi me dejaba manca del susto. —Mhmm sí, es que había acabado de espiar su oficina y por poco me agarra infraganti —confesó, como si estuviese contando algo casual—. En fin, ¿vamos? Casi pude jurar que aquella chica, que ahora sabía que se llamaba Marie Anne, tenía una especie de trastorno bipolar. Pero comenzaba a agradarme, al menos no me veía como una baratija entre tanto lujo. Ambas terminamos de subir los escalones imperiales hasta llegar al tercer piso, donde se encontraban todas las oficinas y salas para congresos. Pasamos por la oficina de Freyja, y nos detuvimos justo en la puerta del fondo. Al pegar nuestras orejas a la puerta, las voces de la pareja que se encontraba en el interior comenzaron a ser audibles para nosotras. —... ¡Es tu puta hermana, has algo para que vuelva! —exclamó el tal Carter, aparentemente colérico. —Seguro se ha hartado de ti y por eso ha renunciado, que ser tu secretaria es un oficio matador, eh —decía Freyja en un tono serio—. No pienso insistir, si se ha ido, algún buen pretexto ha de tener. —Tengo demasiado trabajo amontonado, Daniela. Me urge una secretaria profesional. ¡Me cago en la puta! Marie Anne entreabrió sus labios, estaba goce que goce con la primicia. —Nadie jamás había renunciado a ser su secretaria —me hizo saber, pues yo lucía confundida—, a todas las había despedido. Parece que le han roto los cojones al jefe —luego, frunció el ceño—. Por cierto, ¿cómo te llamas? —Candace, soy la mucama desde hoy. —Mhmm... —frunció el ceño aún más al notar que las voces habían cesado, y que ahora unos pasos se dirigían a su dirección—. ¡Mueve el culo, que nos agarran! —exclamó en un susurro. Pero solo logramos avanzar como seis metros, para fortuna de ambas, Freyja salió ojeando su celular, por lo que no se percató de nuestra presencia al instante; por otro lado, el señor Carter salió detrás de ella, él si nos vio. Yo simulé quitar el polvo de una estatua que adornaba el balcón; Marie Anne, sin mucha creatividad, empezó a silbar inocentemente, digna de pertenecer a una caricatura. —Tú, la castaña —el jefe me llamó, me helé al darme cuenta—. ¿Cómo te llamas? ¡Ah, su madre! Estaba que me meaba encima. —Ca-Candace Coleman, señor —contesté al volverme hacia él y esconder el plomero tras mi espalda. —Ajá, Ca-Candace —se burló de mi tartamudeo—. ¿Qué edad tienes? —Dieciocho, señor. —¿Y desde cuándo trabajas aquí? —Desde esta mañana. La señorita Freyja me ha empleado la tarde de ayer. El jefe se rascó la barbilla con el dedo índice, evaluando mi postura y apariencia. Debía medir 1.70 aproximadamente, tenía el cabello castaño y unos centímetros más abajo de los hombros, mis ojos eran tan oscuros como una noche sin estrellas, mi piel trigeña, mi contextura delgada... —Venga conmigo, señorita Coleman —ordenó al pasar por mi lado, dispuesto a bajar las escaleras hasta el vestíbulo. —¿M-me está pidiendo que deje botado mi trabajo, señor? —inquirí con un poco de desconcierto, pero siguiéndolo de todas formas. —Puedes dejar de llamarme señor cada vez que te dirijas a mí, no tengo sino un poco más de treinta años. Igual, que el respeto no cese. —Como diga, señ... Él la miró por encima de su hombro, formando una delgada línea con sus labios. —Carter estaría bien —zanjó. Pasé saliva. —¿A dónde vamos, Carter? —cuestioné al ver que salíamos de la mansión y nos deteníamos frente a un hermoso Hennessey Venom de color azul marino. Estaba haciendo todo lo posible para no deslumbrame con la belleza de auto que tenía enfrente, pero se me hizo casi imposible cuando las puertas ascendieron para nosotros. —Nos vamos a la compañía de Toy's Fantasy. A partir de ahora, serás mi secretaria. Era científicamente imposible, pero de verdad sentí que las nubes se echaron hacia un lado para dar paso a un deslumbrante rayo de sol que me dio directo en la cara, simbolizando que se me estaba iluminando la vida. Al subirme al lujoso auto, justo cuando el conductor hizo rugir el motor, me asomé por la ventanilla y pude ver cómo las mandíbulas de Granger y Marie Anne casi caían al suelo. La odiosa de Freyja también estaba ahí, haciendo de furia personificada. Me había ganado el kino o, posiblemente, un pase al mismísimo infierno. Fuese como fuese, estaba a minutos de averiguarlo.
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