El contrato

1392 Words
Al atravesar el vestíbulo, quedé estupefacta con solo ver los prestigiosos diseños del interior de la sede principal. La encímera circular que encerraba en su interior a los recepcionistas, rezaba en letras doradas y cursivas "Toy's Fantasy C.A". Ni hablar de los muebles que adornaban la sala de espera, o del suelo inmaculado de mármol n***o. Las lámparas alogenas brindaban al lugar una precaria iluminación, los ejecutivos se paseaban de un lugar a otro, todos enfocados en sus respectivas ocupaciones, y más al ver que el jefe había llegado; los masculinos vestían simples trajes negros con corbatas unicolor, adornadas con un pequeña pequeña placa de oro que llevaba grabado el nombre de la compañía; las femeninas, lucían faldas grises ceñidas con un chaleco a juego y tacones de aguja que repiqueteaban contra el suelo al pasar y camisas de mangas largas color perla, llevaban una pañoleta roja atada al cuello y todas llevaban el cabello atado en una perfecta y apretada cola de caballo. Me hice pequeña a medida que caminaba bajo la sombra del señor Lauder, pues, todos me veían como un insecto al cual deseaban pisotear para limpiar el espacio perfectamente acendrado, y es que confieso que yo tampoco me veía muy bonita con el delantal de mucama y el cabello enmarañado. Al subirme al ascensor junto al jefe, sentí que mis manos sudaban por un repentino nerviosismo. ¡Joder! Que la mansión playboy no era nada comparada con la majestuosidad de esa compañía, y pensar que me estaban dando un ascenso tan importante en mi primer día de trabajo. Casi pude compararme con Anne Hathaway en El diablo viste a la moda. En absoluto silencio, seguí a Carter manteniendo una faceta seria, aunque las emociones saltaban con regocijo en mi interior. ¿La oficina? Ni hablar, parecía haber sido sacada en Minecraft. El suelo estaba alfombrado de un verdoso y abundante césped artificial, haciendo lucir al lugar como un patio de juegos, y las ventanas panorámicas daban una preciosa vista a casi toda la ciudad entera por estar en el último piso de tan acaudalado rascacielos. —Puedes tomar asiento —invitó el señor Lauder al verme empleada tan embobada con semejantes lujos que se gastaba la compañía. Carraspeé la garganta con disimulo y acaté aquella petición que sonaba más a orden. Él se sentó en su silla giratoria y abrió uno de los cajones, sacando un pequeño tumulto de hojas antes de tomar también un bolígrafo y extender todo hacia mi dirección. —Mientras más rápido firmes, mejor. Relamí sus labios, tomando el bolígrafo, dibutativa. —No firmaré nada sin haberlo leído antes —musité, algo temerosa por pensar en cómo podría tomárselo mi jefe. —Bien —él arqueó una ceja, estirándose en su asiento—. Adelante. Levanté los papeles y carraspeé su garganta otra vez antes de comenzar con la lectura detallada, algo incómoda por la mirada directa que me echaba el señor Lauder. Las clápsulas del contrato eran bastante explícitas, aunque poco extensas. Lo que me descolocó un poco, fue que entre las letras se asomaban dobles intenciones; aunque camufladas, ahí permanecían las referencias sexualizadas. Según un pequeño párrafo, la secretaria debía estar dispuesta a cumplir con cualquier cosa que le ordene su empleador, sin límites ni derecho a objeciones. Pese a que el pago era más que generoso, todo pintaba muy extraño con respecto a las imposiciones del contrato. Solicitaba a una secretaria, no a una asistente personal, mucho menos a una sumisa s****l —no lo explicaba con detalle, al menos—, entonces, ¿por qué preferiblemente el jefe debía ser llamado amo cuando estuviesen fuera del ámbito laboral? ¡¿Por qué habrían de estar juntos fuera del ámbito laboral?! Era algo descabellado, sí, pero habían muchas cosas para considerar. La exuberante suma de dinero que cobraría semanalmente, era tentadora. Pero, ¿podría soportar que mi jefe tuviese ínfulas de Christian Grey? O sea, claro que sí, pero todo me parecía un puto sueño. Algún gato debía estar encerrado en todo esto. Ahora sentía que estaba en una especie de versión renovada de Al diablo con el diablo. Aunque, mirándolo disimuladamente de reojo... Era atractivo. Su piel bronceada contrastaba con su cabello azabache, la barba creciente le otorgaba un tono grisáceo a su rostro y un aspecto perfecto de hombre de negocios. Sus labios eran carnosos, unos lindos hoyuelos quedaban a la intemperie cuando los fruncía ligeramente. El rolex dorado que descansaba cerrando su muñeca derecha brillaba tanto como el distintivo y atrayente gris de sus orbes. Una nueva sensación se presentó en mi interior al mirarlo fijamente a los ojos: Intriga. Algo me decía que, de alguna manera, ese hombre cambiaría mi vida para siempre, y que el nuevo ascenso no era nada comparado para el impacto que le causaría más adelante. ¿Para bien, o para mal? No lo supe al instante, pero sí sabía que necesitaba alguna novedad interesante en la rutina tan aburrida y monótona que llevaba. Al menos con esas cláusulas tan peculiares y lujuriosas que permanecían a merced y espera de mi firma, podría escapar aunque fuese momentáneamente de la vida tan insulsa que me esperaba al llegar a las cuatro paredes que me limitaban a escuchar regaños y órdenes de mis fastidiosos padres. Además, el ingreso que generaría no sólo serviría para abastecer la gaveta dónde escondía mi sativa, sino que también sería suficiente como para convertirme en una mini-narco. Apenas mis dedos se movieron sobre las páginas y trazaron un pequeño y curvilíneo camino de tinta al firmar el contrato, claro que después de haber analizado minuciosamente hasta la letra pequeña, una mínima sonrisa surcó los labios del jefe. —Bienvenida a Toy's Fantasy, señorita Coleman —ambos estrechamos nuestras manos. No acababa de vender su alma al diablo, sino a Carter Lauder, pero era casi lo mismo... Lástima que mi necesidad de ingresos monetarios me impidió darme cuenta. *** Empujé la puerta de la casa con un costado de la cabeza, pues, tenía ambas manos ocupadas con el bendecido mercado que había hecho con el anticipo de mi pago inicial. El parásito de mi hermano estaba echado en el sofá de la sala, frunció el ceño al ver semejante compra, pero no preguntó nada, cosa que agradecí, porque yo tampoco gastaría mi aliento en darle explicaciones. Bajo el brazo, llevaba un maletín n***o que me había dado mi jefe, el cual llevaba varios documentos en su interior, los cuales debía analizar con detalle antes de firmar con el sello de la compañía, o con la mismísima firma de Carter Lauder, la cual había aprendido a falsificar por petición de él mismo. «Tengo demasiado trabajo como para detenerme a leer papel por papel de propuestas hechas por otras empresas o individuos aristócratas. Si aprendes a falsificar mi firma, me estarías haciendo un gran favor. Solo tienes que aprobar las propuesta que veas conveniente para mí y/o la empresa, simplemente desechar las otras y llamar a su remitente para hacerle saber que no estamos interesados» me había asegurado el hombre, tomando mi mano para indicarle cómo se hacía su firma. Su novia le había propuesto ser su secretaria, pero, aparte de que él no ligaba asuntos laborales con personales, se negó rotundamente a darle un trabajo tan delicado a esa mujer. Era su novia, sí, pero sabía que Daniela era una arpía ambiciosa, y que no le convenía dejar su firma en manos tan mal intencionadas como esas. Yo me veía fácil de manipular con semblante simple que no inspiraba ni un mal pensamiento. Ni loca me atrevería a jugarle sucio a Carter, tenía muchas razone$ para entregar mi fidelidad a él. Además, era una novata que necesitaba dinero para mantener mi vicio y poder dejar la secundaria, obviamente yo haría CUALQUIER cosa para mantener mi empleo. De verdad que haría todo lo posible, aunque en mi fuero interno moría de ganas por demostrarle a Carter Lauder que está chica podría lucir estúpida —a veces hasta serlo—, pero que de ingenua no tenía ni un pelo. Sólo me tocaba ver hasta cuándo mantendría la faceta de secretaria sumisa. Al dejar las bolsas sobre la encimera, me metí a mi habitación tras haber puesto el pestillo y me armé un porro de tamaño generoso para celebrar el ascenso y la libertad.
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