En Madrid, la taza de delincuencia no era tan grande, pero las pandillas bromistas abundaban en los barrios bajos y los callejones sinuosos, habían suficientes como para tenerme más de tres días buscando pandilla en pandilla a una mujer que ni siquiera conocía. Había pasado ya una semana desde la desaparición de Kaede, Marie Anne me había ayudado a buscarla en varias ocasiones porque yo me negaba rotundamente a sentarme y esperar a que la policía resolviera todo. —¿Y si no es una pandilla exactamente? —había dicho mi amiga cuando acabábamos de salir de un callejón, tuvimos que dar cincuenta euros a unos estúpidos que no nos querían dejar ir. —¿A qué te refieres? —Tal vez esa mujer forma parte de algo más grande. Digo, era pandillera cuando estaba embarazada, y eso fue hace siete años,

