ARIA
El sol ya estaba alto cuando abrí los ojos. Maldije en voz baja mientras saltaba de la cama, tropezando con una caja de zapatos que definitivamente no estaba ahí anoche. La casa que heredé de mis padres era modesta pero acogedora, aunque mi habitación parecía haber sido atacada por un tornado —mi tornado personal de desorden.
—¡Las llaves, las llaves! —murmuré, revolviendo entre la ropa sobre la silla. La luz de la mañana se filtraba por las cortinas descoloridas que Tabatha y yo habíamos colgado el mes pasado, parte de nuestro proyecto interminable de renovación.
El eco de las risas de los gemelos aún resonaba en las paredes, aunque hacía horas que Tabatha se los había llevado al jardín de niños. Mi mejor amiga era la organizada, la responsable. Yo era... bueno, la que siempre salía corriendo.
—¡Ahí están! —exclamé triunfante, rescatando las llaves de debajo de un libro de recetas.
Al salir, casi choqué con James, mi vecino detective que parecía tener un radar para mis salidas tardías.
—Buenos días, bella durmiente —sonrió, sus ojos verdes brillando con ese encanto que lo hacía parecer salido de un cuento de hadas, tal como Tabatha siempre decía.
—James, no empieces... —respondí, cerrando la puerta con prisas.
—¿Un aventón al restaurante? —ofreció, señalando su auto—. Voy para allá de todos modos.
Intenté inventar una excusa, pero James tenía esa manera de ser... tan correctamente insistente. Como esa única vez compartimos cama hace meses atrás, un error que prefería mantener enterrado bajo capas de amistad cordial.
—Está bien —cedí finalmente—. Pero solo porque vas al restaurante.
—No me perdería tu desayuno especial por nada —respondió con una sonrisa que debería ser ilegal tan temprano en la mañana.
En el restaurante, Fiorella nos recibió con su habitual falta de filtro:
—¡Miren quiénes llegaron! ¡Los tortolitos madrugadores!
Le lancé una mirada que prometía venganza mientras James se instalaba en la barra con su periódico. Su rostro se ensombreció al leer los titulares.
—Otro más —murmuró—. El Chacal otra vez.
—¿El Chacal? —pregunté, sirviendo su café— Qué nombre más original.
—Según es mafioso, aunque yo creí creí es un millonario excéntrico —explicó James, su expresión volviéndose profesional—. Nadie lo ha visto, pero deja un rastro de cuerpos con su firma particular. Es mi caso y voy a resolverlo.
—Como todos tus casos —sonreí, conociendo su obsesión por el trabajo.
—¡Aria! —la voz de Fiorella interrumpió—. ¡Viene el guapetón de las propinas!
Me giré para ver entrar a un hombre que parecía sacado de una revista de moda oscura. Alto, fornido, con tatuajes asomando por el cuello de su traje n***o que gritaba "hecho a medida". Sus ojos jade escanearon el lugar hasta encontrarme.
—Quiero hablar con Aria Fox —su voz era profunda, controlada.
James se tensó visiblemente.
—¿Lo conoces?
—No tengo ni la menor idea pero ya sabré —trato de avanzar pero James me detiene.
—Aria, ten cuidado.
—Hay un policía aquí, ¿recuerdas? —bromeé, aunque algo en el extraño me inquietaba.
Me acerqué con el café que había ordenado.
—Soy Aria Fox.
—Kenner Knox —se presentó, su sonrisa no alcanzando sus ojos—. El señor Blanchard tiene una propuesta para usted.
Me extendió una tarjeta negra con letras doradas. El nombre "Lucien Blanchard" brillaba elegantemente.
—No conozco a ningún señor Blanchard —respondí, cruzándome de brazos—. Y no tengo por costumbre reunirme con extraños que aparecen de la nada con propuestas misteriosas.
Kenner dio un sorbo a su café, su expresión imperturbable.
—El señor Blanchard la conoce a usted, señorita Fox. Y créame, esta es una oportunidad que no querrá rechazar.
—¿Ah sí? —arqueé una ceja—. ¿Y qué tipo de oportunidad sería esa? Porque hasta ahora solo veo a un hombre en traje caro siendo deliberadamente críptico.
—No estoy autorizado a discutir los detalles —respondió con calma estudiada—. El señor Blanchard prefiere manejar estos asuntos personalmente.
—Entonces me temo que está perdiendo su tiempo —repliqué firmemente—. No me reúno con personas que no pueden decirme ni siquiera el motivo de la reunión.
Su sonrisa se volvió enigmática.
—Mi número está al reverso. No lo haga esperar mucho... el señor Blanchard no es un hombre paciente. Y señorita Fox... —hizo una pausa mientras se levantaba—, a veces las mejores oportunidades vienen envueltas en misterio.
Se marchó con movimientos fluidos, dejando el café casi intacto y una propina exagerada. James, que había estado observando toda la interacción con intensidad policíaca, se acercó inmediatamente.
—¿Qué quería? —preguntó James, su tono profesional.
—Una cita, aparentemente —respondí distraída, girando la tarjeta entre mis dedos.
—No confíes en tipos así, Aria. He visto demasiados como él.
Asentí automáticamente, pero algo en esa tarjeta, en ese nombre... resonaba en mi interior como una campana lejana. Como si al tomarla hubiera iniciado una cuenta regresiva para algo inevitable.
—Dame esa tarjeta —exigió, extendiendo la mano.
—James... —advertí.
—Aria, esto podría ser peligroso. ¿Blanchard? Déjame correr el nombre por la base de datos.
—No necesito que corras nada —respondí, guardando la tarjeta en mi bolsillo—. Soy perfectamente capaz de manejar mis propios asuntos.
—¿Como conoces a ese tipo? ¿Qué quiere contigo? ¿Por qué apareció justo ahora? —las preguntas salían en rápida sucesión—. Ese traje costaba más que mi salario de tres meses, Aria. Esa clase de dinero suele venir con problemas.
—¡James! —elevé la voz lo suficiente para detener su interrogatorio—. Aprecio tu preocupación, de verdad. Pero no soy una de tus sospechosas y no necesito un interrogatorio.
Su rostro se suavizó.
—Solo... ten cuidado, ¿sí? Hay algo en ese tipo que no me gusta.
—Siempre tengo cuidado —sonreí para aligerar el ambiente—. Además, ¿no se supone que deberías estar persiguiendo a tu famoso Chacal en lugar de preocuparte por mis visitantes misteriosos?
—Mi trabajo es proteger a los ciudadanos —respondió con seriedad—. Especialmente a los que me importan.
Suspiré.
—Estaré bien, James. Si decido contactar a este tal Blanchard, que probablemente no lo haga, te prometo que seré prudente.
—Al menos déjame...
—No —lo interrumpí—. No vas a seguirme, ni a investigar la tarjeta, ni a poner vigilancia en mi restaurante. ¿Entendido?
Levantó las manos en señal de rendición, pero conocía esa mirada. Probablemente ya estaba planeando cómo investigar a Kenner Knox sin que yo lo supiera.
—¡Mesa cuatro! —gritó Fiorella, sacándome de mis pensamientos.
Guardé la tarjeta en mi bolsillo, pero su peso siguió ahí, recordándome que existía. La conversación con Kenner había dejado más preguntas que respuestas. ¿Quién era Lucien Blanchard? ¿Cómo me conocía? Y más importante aún, ¿qué quería de mí?
La mañana continuó, pero mi mente seguía regresando a esos ojos jade y al misterioso nombre en la tarjeta negra. Por primera vez en mucho tiempo, sentí que estaba al borde de algo más grande que yo misma, algo que podría ser tanto peligroso como extraordinario. Y a pesar de mis palabras a James, una parte de mí ya sabía que terminaría llamando a ese número.