Lucien
Mis pasos resuenan por el pasillo de mármol mientras me dirijo a mi despacho. El silencio de la mansión es reconfortante, este es mi dominio, el lugar donde crío a mi hermana menor y donde mantengo un estricto código de conducta que todos deben respetar.
Al abrir la puerta de mi despacho, la veo. Eva. Recostada contra mi escritorio como si le perteneciera, sus ojos verdes esmeralda brillando con esa intención que conozco tan bien. Apenas puedo contener mi disgusto. Ella sabe perfectamente que la mansión está fuera de límites para nuestros... encuentros.
—Eva —pronuncio su nombre como una advertencia. El aire se tensa entre nosotros.
Conozco esa mirada, ese juego peligroso que intenta jugar. Pero no voy a caer en sus provocaciones, no en mi casa, no bajo el mismo techo donde mi hermana duerme.
—No aquí, Eva —mi voz sale baja pero firme mientras cierro la puerta tras de mí.
La observo sonreír, esa sonrisa que no esconde nada porque no hay inocencia que ocultar. Eva no es más que otra jugadora en este juego de poder, y ambos lo sabemos.
—¿De verdad piensas que me voy a ir solo por tus reglas? —su voz destila desafío, su sonrisa transformándose en una mueca de pura malicia.
La miro fijamente, sin ceder un ápice. Cruzo mis brazos mientras siento su mirada estudiándome, evaluándome.
—Ya conoces las reglas, Eva —mi tono no admite discusión—. Este techo es sagrado, y tú lo sabes.
La veo acercarse un paso más, manteniendo esa actitud provocadora que la caracteriza. Su respiración es profunda, casi audible, y siento el peso de su mirada sobre mí. Niego internamente la sensación que su presencia me provoca; mi autocontrol es más fuerte.
—¿Hace días que no me visitas, Lucien? —su voz es un susurro suave pero cargado de intención.
Me inclino lentamente, mis dedos rozando su barbilla, levantándola hasta que sus ojos encuentran los míos. No hay gentileza en mi gesto; es puro control.
—He estado ocupado, haciendo cosas más importantes que distraerme contigo —mantengo mi voz fría, distante.
La veo intentar besarme, pero me aparto con facilidad. Su persistencia me divierte y me irrita a partes iguales.
—No eres importante, Eva —mi tono es casi burlón—. Y sabes lo que eres para mí.
Siento su respiración en mi oído, su lengua rozando mi piel. Mi cuerpo reacciona, pero años de autocontrol me permiten disimularlo sin esfuerzo.
Dejo escapar una risa baja, casi cruel.
—No olvides que tu castigo vendrá cuando sea mi turno.
—Me has tenido abandonada, Lucien —su voz intenta ser seductora—. Te he extrañado.
—Ya te dije asuntos importantes—respondo con frialdad
—¿Y yo no soy un asunto importante? —ronronea, acercándose más.
La miro fijamente, dejando que el silencio se extienda lo suficiente para incomodarla.
—Conoces perfectamente tu posición, Eva. No juegues a hacerte la inocente.
—Has estado muy distante —insiste, rozando mi brazo—. ¿Alguna nueva... distracción?
Sonrío con malicia. Eva siempre ha sido transparente en sus intentos de manipulación.
—Mis asuntos no son de tu incumbencia. Y sabes bien que este lugar está fuera de límites.
—¿Me vas a castigar? —hay un destello de desafío en sus ojos que me irrita y me complace a partes iguales.
Toma asiento en uno de los sillones.
—No necesito que vengas a mi casa sin invitación —repliqué, acercándome a ella. Mis pasos eran lentos, calculados. Cada uno de ellos resonaba en el silencio del estudio, como si estuviera midiendo la distancia entre nosotros. —Sabes que no me gusta.
Ella se levantó del sillón, su figura esbelta y provocativa. Llevaba una falda ajustada que acentuaba cada curva de su cuerpo, y una blusa que dejaba poco a la imaginación. Se acercó a mí, desafiante, su mirada fija en la mía.
—¿Y qué vas a hacer al respecto? —preguntó, su voz un susurro que rozó mi piel como una caricia.
La miré, sintiendo cómo la ira y el deseo se mezclaban en mi interior. Ella sabía exactamente qué botones presionar. Y eso me enfurecía tanto como me excitaba.
—Vas a pagar caro tu osadía —dije, mi voz un gruñido bajo. —Gatea. Ahora.
Ella rió, un sonido que resonó en la habitación como un eco sádico. Pero lo hizo. Se arrodilló lentamente, sus ojos nunca dejando los míos, y comenzó a gatear hacia mí. Cada movimiento de sus caderas era deliberado, provocativo, como si estuviera disfrutando cada segundo de mi frustración.
Cuando finalmente estuvo frente a mí, levantó la cabeza, sus labios buscando los míos. Pero la evité, agarrándola por los brazos y levantándola de golpe. No iba a ser tan fácil para ella.
—¿Crees que puedes venir aquí y hacer lo que quieras? —pregunté, mi voz un susurro lleno de amenaza.
Ella sonrió, sus ojos brillando con una mezcla de desafío y deseo.
—Solo quería recordarte lo que te estás perdiendo.
La empujé contra la pared, mi cuerpo presionando contra el suyo. Podía sentir su respiración acelerada, el ritmo de su corazón a través de la delgada tela de su blusa. Metí mi mano por debajo de su falda ajustada, encontrando la calidez de su piel. Estaba húmeda, lista.
—¿Esto es lo que querías? —pregunté, mis dedos explorando su intimidad con una precisión que sabía cómo volverla loca.
Ella jadeó, sus ojos cerrados, su cuerpo arqueándose hacia mí.
—Sí... —susurró, su voz temblorosa.
Pero yo no estaba dispuesto a darle lo que quería tan fácilmente. Retiré mi mano, dejándola al borde, frustrada y deseando más.
—No mereces terminar —dije, mi voz fría pero cargada de una promesa. —No todavía.
Ella abrió los ojos, mirándome con una mezcla de ira y deseo que solo ella podía expresar.
—Eres un maldito sadista —dijo, su voz un susurro que rozó mi piel como una caricia.
—Y tú una maldita provocadora —repliqué, mis labios rozando su cuello, sintiendo cómo su piel se erizaba bajo mi contacto. —Pero aún no has terminado de pagar por tu osadía.
Ella rió, un sonido que resonó en la habitación como un eco sádico.
—¿Y qué más vas a hacer? —preguntó, su voz un susurro que rozó mi piel como una caricia.
—A su debido tiempo —mantengo mi voz controlada, aunque por dentro mi paciencia se agota—. Ahora, si no tienes nada importante que decir...
El sonido de la puerta interrumpe nuestro intercambio. Kenner entra, su mirada evaluando la situación en segundos. Perfecto timing, como siempre.
—Eva, retírate —ordeno, sin molestarme en suavizar mi tono.
La observo marcharse, sus tacones marcando un ritmo irritante contra el mármol. Espero hasta que el sonido se desvanece antes de dirigirme a Kenner. Saco mi gel antibacterial y limpio mis manos, bajo la atenta mirada de Ken.
—¿Y bien?
—La chica no se mostró muy receptiva —informa—. Fue bastante directa en su desconfianza.
No puedo evitar sonreír. Aria Fox está resultando exactamente como esperaba.
—Interesante.
—¿Procedemos con el plan B?
—No —me recuesto en mi silla, saboreando el momento—. Démosle unos días para que la curiosidad haga su trabajo. La señorita Fox no podrá resistir el misterio por mucho tiempo.
Kenner asiente y se retira, dejándome solo con mis pensamientos. Mis dedos tamborilean sobre el escritorio mientras contemplo mi siguiente movimiento. Aria Fox... una pieza fundamental en mis planes, aunque ella aún no lo sepa.
Me levanto y me acerco a la ventana. Desde aquí puedo ver los jardines de la mansión, perfectamente cuidados, cada planta en su lugar, cada detalle controlado. Así es como me gusta tener las cosas: bajo mi absoluto control.
—Paciencia —murmuro para mí mismo, observando cómo el sol de la tarde proyecta sombras sobre el jardín—. La paciencia es la madre de todas las victorias.
Eva ha sido una distracción momentánea, pero tengo asuntos más importantes que atender. La señorita Fox pronto descubrirá que cuando quiero algo, siempre encuentro la manera de conseguirlo. Es solo cuestión de tiempo, y si hay algo que tengo en abundancia, es precisamente eso.