Aria
El teléfono suena justo cuando estoy revisando las facturas pendientes. La voz al otro lado suena profesional, empresarial.
—¿Buffet para cincuenta personas? —anoto rápidamente en el primer papel que encuentro sobre mi escritorio—. Sí, por supuesto. ¿Menú variado? Entiendo... ¿Alguna restricción alimentaria?
Mientras tomo notas, mi corazón late cada vez más rápido. Este pedido podría ser exactamente lo que necesitamos.
Apenas cuelgo, salto de mi silla con un grito de alegría.
—¡Sí, sí, sí! —bailo alrededor de mi oficina—. ¡Esto cubrirá los salarios!
Mi mirada cae sobre la tarjeta negra que descansa sobre mi escritorio. La tomo entre mis dedos, el papel costoso suave al tacto. Lucien Blanchard... sacudo la cabeza y la dejo caer de nuevo. Tengo cosas más importantes en qué pensar.
—¡Julio! ¡Fiorella! —salgo corriendo a la cocina—. ¡Tenemos un pedido grande!
Les explico todo mientras Julio ya está haciendo cálculos mentales.
—Jefa, andamos cortos de suministros.
—Lo sé, lo sé. Haz una lista de todo lo que necesitamos. Iré de compras ahora mismo.
El supermercado está a solo unas manzanas, pero cuando salgo cargada de bolsas, me doy cuenta de que conseguir un taxi será imposible. La hora pico en Boston es despiadada.
—Bueno, una caminata no me matará —murmuro, ajustando las bolsas en mis brazos.
Es entonces cuando lo veo. Un hombre vestido completamente de n***o, corpulento, con ese aire inconfundible de matón de película italiana. El primer vistazo hace que se me seque la boca instantáneamente. Mis dedos se crispan alrededor de las asas de las bolsas mientras intento mantener un paso normal, aunque mi instinto me grita que corra.
Cada paso se siente como si caminara sobre cristal roto. El sudor frío comienza a bajar por mi espalda, y el aire de repente parece demasiado denso para respirar. Las bolsas, que ya eran pesadas, ahora parecen estar llenas de plomo.
"Tranquila, Aria", me digo a mí misma, pero acelero el paso. Intento mantener la calma, pero mi mente comienza a reproducir cada historia horrible que he escuchado: mujeres que desaparecen sin dejar rastro, cuerpos encontrados días después. El sonido de sus pasos detrás de mí retumba en mis oídos como un tambor fúnebre.
Doblo en una esquina equivocada a propósito, confirmando mis sospechas cuando él también lo hace. El pánico me invade y empiezo a correr, pero las malditas bolsas me ralentizan.
"Piensa, piensa." Respiro hondo y decido volver a mi ruta original.
Mi estómago se retuerce con una náusea repentina cuando lo veo aparecer, confirmando mis peores temores.
El pánico trepa por mi garganta como una enredadera venenosa. Las luces de la calle comienzan a difuminarse en los bordes de mi visión, y el mundo parece girar ligeramente. Mis piernas tiemblan tanto que temo que en cualquier momento se doblarán bajo mi peso.
Los sonidos de la ciudad se distorsionan: cada claxon suena como una amenaza, cada risa lejana como una burla a mi situación. El sabor metálico del miedo invade mi boca mientras intento recordar las clases de defensa personal que nunca tomé, maldiciendo mi propia negligencia.
Mi mente se acelera, reproduciendo escenarios cada vez más terribles. ¿Debería gritar? ¿Correr? ¿Enfrentarlo? Las opciones danzan en mi cabeza como hojas en una tormenta, ninguna pareciendo lo suficientemente segura. Las bolsas en mis brazos son como anclas que me atan a mi vulnerabilidad, pero soltarlas significaría perder los suministros que tanto necesito.
Mi corazón late tan fuerte que puedo oírlo en mis oídos. Aprieto los dientes y decido enfrentarlo. Si voy a morir, al menos moriré luchando.
—¡Aria!
La voz familiar me sobresalta. Me giro para ver a Escorpión, con su barba enmarañada y su figura delgada.
—¿Necesitas ayuda con esas bolsas? —pregunta con su voz rasposa—. Es lo menos que puedo hacer por toda esa sopa, que sueles darme.
Casi lloro de alivio.
—Gracias, Escorpión.
Le paso algunas bolsas y caminamos juntos, pasando junto al hombre de n***o que, sorprendentemente, se aleja en otra dirección. Mi corazón todavía late como loco cuando entramos al restaurante.
Escorpión coloca las bolsas en la barra con cuidado. A pesar de su aspecto desaliñado y su vida en la carpa detrás del basurero, hay una dignidad en sus movimientos que siempre me ha intrigado. Nunca pregunto cómo llegó a vivir en la calle; hay historias que es mejor dejar sin contar.
—Te guardaré un poco más de sopa hoy —le prometo—. Y algo extra.
Él sonríe, mostrando sus dientes desiguales, pero su expresión se vuelve seria. —Ten cuidado, Aria. Vi cómo ese hombre te seguía.
Un escalofrío recorre mi espalda.
—Estaré bien —digo, intentando sonar más segura de lo que me siento.
Escorpión me mira largo rato, como si quisiera decir algo más. Finalmente, solo asiente y se despide.
Mientras lo veo alejarse, noto que mis manos tiemblan ligeramente mientras desempaco las compras. El incidente me ha dejado nerviosa, pero tengo trabajo que hacer. Este buffet no se preparará solo.
Aun así, no puedo evitar mirar por la ventana cada pocos minutos, preguntándome si el hombre de n***o volverá. Y por alguna razón, la tarjeta negra en mi escritorio parece pesar más que nunca.
Cuando Escorpión desaparece, mis hombros finalmente ceden bajo el peso de la tensión acumulada. Mis manos tiemblan mientras intento desempacar las bolsas, y el sonido de la puerta de la cocina abriéndose me hace dar un respingo.
—¡Jefa! Déjeme ayudarla con eso —Julio se acerca rápidamente y toma las bolsas—. ¿Está bien? Está pálida como un fantasma.
—No es nada —fuerzo una sonrisa, sabiendo que si le cuento sobre el hombre de n***o, Julio se convertirá en mi guardaespaldas personal. Ya puedo imaginarlo escoltándome hasta el baño—. Solo el estrés del pedido.
Me mira con esos ojos que parecen ver más allá de mis excusas, pero finalmente asiente.
—Mejor nos ponemos manos a la obra. La cena no se cocinará sola.
—Dame cinco minutos para cambiarme —respondo, agradecida por el cambio de tema.
En la cocina, la danza comienza. Mis manos se mueven con precisión practicada mientras Julio anticipa cada uno de mis movimientos. Donde otros ven caos, yo veo sinfonía: el siseo del aceite caliente, el golpeteo rítmico del cuchillo contra la tabla, el aroma de las hierbas frescas mezclándose en el aire.
Horas después, con todo empacado y asegurado, llegamos al edificio corporativo. Es uno de esos rascacielos de cristal que parecen tocar el cielo, tan diferente de mi pequeño restaurante. Melania, una joven rubia con ojos color café y sonrisa amable, nos guía hacia el salón de eventos.
Mientras Julio y Fiorella descargan, yo superviso cada detalle. Cada plato debe estar perfectamente alineado, cada guarnición en su lugar exacto. Mis dedos ajustan la posición de una servilleta medio milímetro a la izquierda. Todo debe ser...
El aire abandona mis pulmones.
Lo veo. Entre el mar de trajes caros y vestidos de diseñador, reconocería esa figura en cualquier lugar. El hombre que juró destruirme, pavoneándose con un traje que probablemente costó más de lo que puede pagar, fingiendo ser alguien que no es. Como siempre.
Nuestras miradas se encuentran y el odio fluye como electricidad en el aire. Sus ojos, esos ojos que una vez me engañaron, ahora brillan con desprecio. Mi estómago se revuelve de asco y rabia. De todas las personas en Boston, de todos los eventos corporativos, tenía que encontrármelo aquí.
Se acerca sosteniendo una copa de vino tinto, moviéndose entre la gente como si perteneciera a este mundo de lujos y poder. Yo sé la verdad. Sé lo que se esconde detrás de esa sonrisa calculada, detrás de ese traje caro y esos modales refinados.
—Aria Fox —pronuncia mi nombre como si saboreara cada letra, como una serpiente probando el aire antes de atacar—. El mundo es demasiado pequeño.
Cada palabra suya es una actuación perfectamente calibrada. Lo observo manipular a las personas a su alrededor con la precisión de un cirujano, regalando sonrisas falsas y cumplidos vacíos. Me pregunto cuántos en esta sala conocerán su verdadera naturaleza.
—Veo que sigues siendo el mismo —respondo, y solo nosotros entendemos el veneno detrás de mis palabras.
Su sonrisa se tensa por una fracción de segundo, y en ese instante veo al verdadero hombre detrás de la máscara de sofisticación. Entre la multitud elegante que nos rodea, somos los únicos que conocemos la verdad del otro.
La tarjeta negra de Lucien Blanchard pesa en mi mente. Al menos ese misterioso cliente no está aquí para presenciar este encuentro. Pero mientras observo a mi némesis mezclarse de nuevo entre la multitud, no puedo evitar preguntarme qué hace aquí, en este evento, y qué nuevas mentiras estará tejiendo.
Sus últimas palabras antes de perderse entre la gente me hielan la sangre: "Nos veremos pronto, Aria. Más pronto de lo que imaginas."
Y sé, con la certeza que solo da el miedo, que este día es solo el principio. Porque él nunca aparece sin un plan, y sus planes siempre terminan destruyendo a alguien que quiero.
La pregunta no es si atacará, sino cuándo. Y esta vez, tengo mucho más que perder.