En las sombras
Las paredes rezuman humedad, y el moho dibuja patrones grotescos que parecen moverse en la penumbra. Solo hay una bombilla que parpadea intermitentemente, como si se burlara de mi desesperación. El frío se cuela hasta los huesos, y el sonido de gotas cayendo marca un ritmo constante, como un reloj macabro que cuenta los segundos de mi cautiverio.
Fue en mi segunda noche aquí —o eso creo, es difícil medir el tiempo en este lugar— cuando escuché su voz por primera vez.
—¡Auxilio! ¡Por favor, que alguien me ayude! —mis gritos rebotaban contra las paredes húmedas, perdiéndose en la oscuridad. La bata del hospital, antes blanca, ahora estaba manchada de suciedad y sangre seca. Mi cabello, enredado y pegajoso, se adhería a mi rostro cubierto de lágrimas y mugre.
No sé cuánto tiempo ha pasado desde aquel día. Mi último recuerdo claro es el chirrido de unos neumáticos sobre el asfalto, las luces cegadoras de un auto que casi me arrolla, y después... el hospital. Las paredes blancas, el olor a desinfectante. Todo lo demás es oscuridad hasta que desperté aquí, en este sótano húmedo donde el aire pesa como plomo.
—¿Hay alguien ahí? ¡Por favor! —sollozaba en la oscuridad, hasta que una voz me sobresaltó.
—No grites tanto. Ellos... ellos no tienen piedad con los ruidosos —susurró una voz masculina desde el otro lado de la pared.
—¿Quién... quién eres? —pregunté, alejándome instintivamente de la pared, mi corazón latiendo desbocado.
—No soy nadie. Ya no importa quién fui —respondió con voz quebrada.
—¿Estás herido? ¿Fueron ellos?
—Sí —respondió con voz entrecortada—. Pero no te preocupes por mí. Ya no hay salvación para mí. Yo moriré..
—¿Por qué estamos aquí? —pregunté entre sollozos, pegando mi oído a la pared—. ¿Cuánto tiempo llevas en este lugar?
Un largo silencio precedió su respuesta.
—He perdido la cuenta de los días... tal vez meses. El tiempo aquí... el tiempo no existe realmente.
—Pero debe haber una razón —insistí, la desesperación quebrando mi voz—. ¿Qué quieren de nosotros? ¿Por qué nos tienen aquí?
Una risa amarga resonó desde el otro lado.
—He dejado de buscar respuestas. Cada día que pasa, cada grito que escucho... —su voz se quebró— solo sé que algunos llegaron antes que tú. Ninguno... ninguno sigue aquí.
Me estremecí, abrazando mis rodillas contra mi pecho. La bata del hospital se sentía como un recordatorio cruel de mi último momento de libertad.
—Yo estaba en el hospital —murmuré, más para mí misma que para él—. Un auto casi me atropella y luego... ¿cómo llegué aquí? ¿Por qué no recuerdo nada más?
—Es mejor no recordar —respondió con voz cansada—. Algunos recordaban demasiado y... —se interrumpió bruscamente—. No preguntes más. No busques respuestas. Solo... sobrevive.
—Pero mi amiga debe estar buscándome, ella es mi única familia y la policía...
—También tenía una familia —me cortó con dureza, aunque percibí un temblor en su voz—. Todos la teníamos. Ahora solo somos números, experimentos, o lo que sea que seamos para ellos.
Las preguntas se agolpaban en mi mente: ¿Quiénes eran "ellos"? ¿Por qué nos elegían? ¿Qué hacían con los que desaparecían? Pero el tono de su voz me decía que algunas preguntas era mejor dejarlas sin respuesta.
Los días se convirtieron en una pesadilla interminable hasta que una noche, su voz me despertó con urgencia.
—¡Despierta! He hecho un agujero, te pasaré una llave.
—¿Cómo lo has conseguido? ¿Por qué me ayudas? No me conoces —pregunté, palpando en la oscuridad.
—Eso no importa ahora. Escúchame bien: cuando escuches el alboroto, corre. No mires atrás, no importa lo que oigas. Prométeme que correrás.
—No puedo dejarte aquí... —las lágrimas corrían por mis mejillas sucias.
—¡Promételo! —su voz sonaba desesperada—. Tu vida depende de ello.
De repente, gritos ensordecedores comenzaron a resonar desde su celda. Golpes contra las paredes, alaridos que helaban la sangre.
—¡GUARDIAS! ¡LOS VOY A MATAR A TODOS! —bramaba él, creando un caos ensordecedor.
Escuché pasos apresurados, maldiciones, el tintineo de llaves. Era mi momento.
Corrí. Mis pies descalzos golpeaban contra el suelo frío, luego contra la tierra húmeda del bosque. El barro se pegaba a mis plantas, las ramitas y piedras me cortaban, pero no podía detenerme. El aire gélido de la noche quemaba mis pulmones mientras el sonido de perros ladrando se acercaba. Los gritos de mi compañero de cautiverio seguían resonando, cada vez más débiles, mezclados con el sonido inequívoco de golpes y el crujir de huesos.
El bosque era un laberinto n***o de ramas que arañaban mi piel expuesta por la delgada bata de hospital. Los ladridos se acercaban, el eco de voces masculinas gritando órdenes rebotaba entre los árboles. Mis piernas temblaban, amenazando con ceder, pero las palabras del desconocido resonaban en mi mente: "Corre. No mires atrás."
Y así lo hice, mientras los sonidos de su tortura se grababan a fuego en mi memoria, mientras el frío me calaba hasta los huesos y el miedo me consumía por dentro.
Y corrí. Corrí mientras escuchaba gritos y golpes. Corrí mientras las voces gruesas de hombres maldecían y los sonidos de violencia hacían eco en las paredes. Corrí abandonando a mi único amigo en aquel infierno.
Corrí hasta que el bosque se convirtió en un borrón verde y n***o, hasta que los ladridos se perdieron en la distancia, hasta que lo único que podía escuchar era el martilleo de mi corazón y el eco persistente de sus últimos gritos de dolor.
Y mientras corro, mientras el bosque se cierra a mi alrededor y los gritos se desvanecen en la distancia, una nueva pregunta me persigue: ¿Fui realmente la única superviviente, o solo la siguiente en una cadena interminable de víctimas de un horror que aún no comprendo?
Hasta hoy, sus últimas palabras me persiguen en sueños, y la culpa de haberlo dejado atrás pesa más que las cadenas que una vez me ataron. Su sacrificio, el sacrificio de alguien cuyo nombre nunca conocí, me dio la libertad, pero también me condenó a una vida de pesadillas y preguntas sin respuesta.
A veces, en mis noches más oscuras, me pregunto si él sabía más de lo que me dijo. Si su resignación no era producto del tiempo, sino del conocimiento de algo tan terrible que prefirió llevárselo a la tumba. Sus últimas palabras parecían cargar el peso de muchos secretos, de verdades demasiado oscuras para ser pronunciadas.