Como si me tratase de una muñeca de trapo sigo al hombre y cuando abre la puerta de su camioneta me apresuro a subir, ignorando el hecho que varios reporteros nos siguieron de cerca para tomar fotos de nuestra huida. —Vámonos —le pide Nathan a su chófer, quien sin dudarlo enciende el motor y nos alejamos de ese horrible lugar. Cuando por fin me doy cuenta de que he logrado escapar de las garras de los Lefebvre, me recargo contra la ventana y mirando a la nada comienzo a llorar. —¿Estás bien? —Sí. —No lo creo —rebate al escuchar mis sollozos. Cierro los ojos y centrándome en el agradable aroma de notas cítricas y cedro que desprende el abrigo de Nathan comienzo a tranquilizarme un poco. —¿Por qué hiciste eso? —me cuestiona después de varios minutos de silencio. —¿Qué cosa? —respo

