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4612 Words
Como macabra obra de quien pretende hacer mucho daño, la penumbra regresó nuevamente al sueño perturbador que ya amenazada con el total desespero, el mismo que sin ambages, quería que de tanto dolor, un hombre despertara. Isaira sentía que su vida también se había ido. No podría existir dolor más grande para ella.Se desesperaba hasta lo inimaginable, al sentir que se quedaba sola en un camino que habían planificado juntas. En su corazón sentía un terrible tormento que amenazaba su vida, que tal vez quería llevársela con ella. Sentía igualmente un gran vacío en el alma, y una gran ganas de marcharse; de acompañarla como siempre lo había hecho. Quería tenerla a su lado en todo momento, y en ese momento sólo la tendría en cada rincón de su vida, en cada flor, en cada fragancia bendita; en cada rayo de sol, y en su eterno amor de madre. Sufría Jesús al papar laconsternación de su madre. Era infame la sensación de mirar la angustiosa tragedia. La sentía devastada. Sentía que su madre desfallecía de tantos sufrimientos. Nunca superaría Isaira, la muerte de un hijo. Ignoraba entonces que otro dolor se acercaba despacio. Acechaba ese dolor, aguardando en un recodo del tiempo, presto a provocar más desconsuelos. Roger estaba enfermo. Le habían diagnosticado ese mismo año un cáncer maldito. Apenas comenzaban los sufrimientos de una madre. Jesús en su lecho de soñador, no quería ya siquiera respirar. El dolor que visualizaba era de tal magnitud, que destrozaba la poca calma que a esas alturas de su angustiante sueño le quedaba.           Pero el estado de estupor que lo mantenía cruelmente retenido, hizo desaparecer aquella visión. Todo quedó inmerso en una total penumbra. Parecía un maldito ir y venir de los tiempos vividos y por vivir. Repentinamente visualizó algo terrorífico. Se trataba de una bandada de negras aves. Era un nubarrón oscuro que se extendía por toda la inmensidad del cielo. No permitía ver la luz del alba. Revoleteaban incesantes, tratando de divisar algo desde la distancia. Se trataba de una enorme cantidad de buitres negros; aves de carroña comunes en esas zonas. Ocupaban muchos espacios. A cada instante se unían más buitres a esa enorme nube negra. Cuando ya no se soportaba la oscuridad reinante, la gran mayoría de esas avesse marcharon bruscamente sin dejar huellas. No se supo a donde habían ido a parar. Simplemente se esfumaron como una ligera nube en el viento. Solamente quedaron algunas de ellas. Continuaban ellas volando sin cesar, dando vueltas y más vueltas. No se miraba ser humano alguno. Era el país de los buitres, lo único que se palpaba en aquel momento de un sueño demasiado profundo. Aquellas negras aves, los zamuros como se les decía como un regionalismo enraizado,volaban y cada vez se acercaban más a su rostro. Sintió un miedo congénito al ver aquellos picotazos destrozar un espacio vacío. Todos le rodeaban como danzando golosos a su alrededor. Había quedado un pequeño grupo. Diez a lo sumo. Los animales comenzaron a crecer hasta alcanzar un tamaño descomunal. Poco a poco, ante los incrédulos ojos de Jesús en aquel sueño, fueron tomando formas humanas sin dejar de poseer el n***o plumaje y sus alas ciclópeas.           Eran espeluznantes esas imágenes. Mientras sus alas surcaban los espacios, sus rostros iban tomando formas definitivas. Jesús pudo comprobar que en esos misteriosos seres, se dibujaban los semblantes de aquellos personajes que habían aparecido en sus instantes de evocación. Alzaron vuelo con tal ímpetu, que dejaron una intensa nube de polvo en aquel paraje. Revoloteaban por los cielos, hurgando sobre la patria grande. Buscaban los restos de las riquezas tratando de desguazar aún mucho más, lo poco que quedaba de lo que alguna vez fue una nación poderosa. En ese momento de su sueño, ya el pueblo había perecido. Una hecatombe total se había cernido sobre todos. No se visualizaba un horizonte. Ya no se palpaba un alma. Todo se había ido ya. Las malignas garras de los perversos gobernantes, habían arrasado con todo. Jesús no podía creer lo que a su sueño llegaba. Era terrible la sensación sentida. Concebía los instantes en que los buitres, en grandes bandadas, acababan con las ilusiones, con la dignidad y finalmente, con las vidas de quienes no merecieron padecer tanto. Cuando Jesús creía que lo había visto todo, se acercaronretadores, otros buitres. Esos eran aún más grandes. Se podían palpar en sus horrendas facciones, unos gestos terribles. Sus miradas tenebrosas buscaban indetenibles, asirse a lo que fuere y llevárselo cuanto antes. Eran unos buitres aún inmensos. Vestían verdes ropajes, y llevaban asidas a sus garras; un arsenal espantoso, con el que pretendían acabar con lo único que quedaba. Querían llevarse en sus espantosas garras, las esperanzas de que en un futuro, pudiese surgir nuevamente la vida.       Esos buitres aniquilaron con su poderío, a quienes habían estado allí inicialmente. Aquellos que representaron a los otroras gobernantes de la patria grande. Los subyugaron con sus armas diabólicas. Acabaron con ellos de la peor de las maneras, propiciándoles una muerte en extremo dolorosa. Uno de los recién aparecidos, el más ágil, el más despiadado; quien lucía una boina sobre su cabeza; poseía una miradaaltanera, y eran arrogantes sus aleteos. Los demás lo seguían como se sigue a un líder.Realmente lo era. Venían desde elfuturo.Aquellos seres demoníacos querían destrozarlo todo. En sus malévolos ojos se podía ver que no iban a desfallecer en sus intenciones. No iban a parar hasta ver convertido en cenizas a un país otrora rico y hermoso. Sentía Jesús que en el futuro que se acercaba arrogante, ellos batallarán poseídos de mucho odio. La superioridad numérica se impondrá. Con un perverso ventajismo, y con una satánica represión,diabólica y desmedida; lograrán pisotearlos a todos. Lograrán apartarlos de sus caminos, de sus planes; de sus mezquinas ambiciones, tal como lo habían hecho ya con sus congéneres en aquella batalla campal entre aves transfiguradas, que Jesús había contemplado en su sueño.Pretenderán ser ellos, lo único existente. Serán ellos, los únicos habitantes del país de los buitres. Un país que había sido el orgullo de muchos, la pasión de todos. La patria grande que soñó el Libertador. Cuna de hombres valientes. Se visualizaban aquellas aves revoloteando petulantes al ver todo rendido antes sus garras.           Jesús estaba inmóvil nuevamente. Su agitada respiración casi lo hacía sucumbir. Sentía que si no llegaba el final de aquella pesadilla, no iba a soportar un instante más de ignominia. Las aves se marcharon llevándose en sus garras a todo un país; al país de los buitres. Llegaron entonces una vez más, las imágenes vergonzosas de unos malditos líderes. Ya Jesús los había visualizado al inicio de aquel estado estuporoso. Los cinco jinetes del apocalipsis se rasgaban las vestiduras sentados bajo las sombras de un frondoso árbol. Allí parecían mártires. Literalmente lloraban por lo que estaba sufriendo la gente, sobre todo, los más vulnerables, los más necesitados. Sufrían ellos grandemente, al observar como los políticos entregaban las riquezas al país norteño. Les daba rabia el simple hecho de sentir cómo Norteamérica, acababa con un país en específico. Y luego de sus constantes reuniones sufridas, se trasladaban por toda la ciudad y rabiaban intensamente cuando por ejemplo, en determinado comercio; el propietario obtenía de su negocio, más dinero que sus empleados. Había que hacer algo.Eso era una obscenidad, una aberración que no tenía perdón ni del diablo. Las ganancias que se obtuviesen tenían que ser repartidas equitativamente. No era justo que el propietario de algún negocio, se quedara con más ganancias y quienes trabajaban para él; sufrieran la pobreza extrema a la cual los exponía, por ser tan miserable. De llegar al poder, decía aquel largurucho petulante, todo sería repartido equitativamente entre el pueblo. Todos los ingresos irían a parar al pueblo. Decía aquel ser perverso, que ellos humildemente, de llegar al poder,serán parte del pueblo; vivirán con lo necesario como todos. De ostentar el poder, será el pueblo quien posea las riquezas de la patria. A ellos esas cosas materiales no les harán falta. Sus vidas se sentirán felices al ver la felicidad de su gente. Y como había dicho en una ocasión un líder político: “Que se me quemen las manos si despilfarro el dinero del pueblo”. Exclamaba aquel falsario empedernido. Juraba que de ser electo el mandatario de todos, no tocará nada de lo que será sagrado para el pueblo; su patrimonio. El pueblo, el pueblo, todo para el pueblo. El populismo maldito que tanto daño hace.También había remembrado Jesús en un principio, que aquellas malditas tertulias eran llevadas a cabo en sitios aislados. Ante nada querían meditar, relajarse sentados sobre unas esteras mirando hacia el firmamento. Faltaba que hicieran aquellos característicos sonidos guturales propios de los meditadores consuetudinarios. No eran reuniones clandestinas, puesto que si alguien los llegase a ver, sentados bajo las sombras de un árbol, como los idiotas que eran, más tristes que un gallo desplumado, babeando como mocosuelos malcriados; pensaría que se trataba de un grupo de facinerosos que querían cambiar al mundo mientras fumaban marihuana y compartían una botella de caña clara. Ellos estaban allí, sufriendo por los grandes males que aquejaban a su patria. Era algo que iba más allá que una manera de hacer política. Se trataba de un asunto de conciencia. Su eterno lema populista era que el país tenía que ser otro. Insistían en lo que se convertiría en su grito de guerra posteriormente. Y no era otro ese afán de repartición. Dibujaban una patria donde las riquezas serían justamente repartidas. Todos tenían que ser iguales.Mientras ese ruin y abominable ser decía esas palabras, unjolgorio desvergonzado y rimbombante se dejaba escuchar por todos los espacios de la patria grande. Ya llegaría su tiempo. Faltaba muy poco para ello.  Aquel sueño perverso de Jesús estaba llegando a su final. En él se sitiaba un lugar inespecífico e insondable. No resultaba demarcado el tiempo. Miraba precisamente desde ese paraje lejano e irreconocible, un espectáculo bochornoso; la lamentable perspectiva de un país. Aturdido como estaba, Jesús contemplaba una enorme cantidad de buitres. Volvían a aparecer en su descontrolado divagar entre los tiempos, aquellas aves peculiares que, por instinto natural, hurgaban entre los desperdicios, entre la miseria; buscando entre ella de qué alimentarse. La terrible realidad percibida por aquella incrédula mente, era la del abandono y la desidia. En otro lejano instante soñado, aquel hombre había avistado enormes montañas de basura que cubrían toda una gran extensión. No sólo era eso; la basura lo envolvía todo, estaba por doquier; en toda la geografía nacional. Los zamuros brincaban incesantes entre ellas, tratando de comer; pero nada encontraban. Era tan asqueroso lo que allí existía, que ni aquellas aves lo querían tocar. Era la visión de un país, del que solamente había quedado eso. Un montón de desperdicios. Eso era lo único que habían dejado otros buitres.Aquellos que por desgracia, habían estado antes y lo habían consumido todo.           El tiempo nuevamente jugaba sus fichas a su inquietante antojo. Se regresó a un momento lejano. Llegaba otro momento no vivido por él. Eso lo desconcertaba de gran manera, que se sentía aún más perdido en aquella jugarreta del tiempo. En ese momento llegado al soñador, una pareja vertía hacia un mañana, unos planes con los que pretendían formar una familia.Se trataba de Argenis y Elina.Él había nacido en el año 1.926, en un pueblito hoy casi olvidado de la serranía.Ella había visto la luz de la vida, en un poblado cercano al de él, pero en 1.937. Ambos estaban marcados por un designio. Eran parientes lejanos, aunque ese detalle lo sabrían mucho tiempo después de haber contraído nupcias.Se conocieron en medio de una fiesta, que la familia habíaofrecido precisamente para ella en su cumpleaños. Carlos, el mayor sus hermanos, los presentó. Él y Argenis habían sido amigos desde niños. Aquel muchacho soñador y fundamentoso, fue invitado al cumpleaños junto a varios amigos más. Cuando conoció a Elina, Argenis quedó impactado con su belleza, según contaría siempre con sobrado orgullo. Ella en un primer momento se tornó arisca, cuando él le tomó la mano mientras la conocía y se demoró más de la cuenta en soltársela. Era la primera vez que un hombre que no fuese su padre o uno de sus hermanos, la tocaba de esa manera. Olvidaba ella que era dueña de una belleza sin par, que tenía ya más de veinte años y que alguna vez en la vida, las personas ya buscan tener precisamente eso;una vida, un camino y una familia propia. Elina vivía con su madre y hermanos. Doña Flora era una mujer de gran temple, que atesoraba una gran paciencia y una salud envidiable. En su mente cabalgaba el perpetuo recuerdo de Yolanda, “Lala”, como le habían dicho desde niña, sus familiares y allegados.Ella había muerto antes de llegar a la edad adulta. Nerio, su padre, vivía en un sitio distante al borde de otra vida y otra familia. Habitaban en una casa antañona, como eran comúnmente las viviendas en esos poblados.Se trataba de una edificación levantada hacía muchos años. Había pertenecido a la difunta Chona, luego a Micaelo. Éste se la había vendido a Nerio, quien quiso adquirirla para dejarles alguito a sus hijos. Suformade construcción dejaba ver los ribetes de un estilo antiquísimo perfecto, sin embargo; ofrecía denotados arreglos que modernos materiales habían incorporado, en una reciente restauración. En su parte frontal se apreciaba la puerta principalsituada a la izquierda, y un conjunto de ventanas parecidas entre ellas a su derecha, con guardabarros de tejas,verjas y dobles puertas de madera. El techo, a dos aguas, estaba construido de tejas descansando sobre unos gruesos listones de oscura madera. Conservaba un patio interno con árboles ornamentales y frutales. En ese preciso lugar, bajo las frondosas sombras de esa arboleda, disfrutarían esa tarde y también la noche, de la fiesta en honor a la señorita de la casa. Flora María, la menor de todos, aún era una niña.           Desde ese primer momento, ambos quedaron prendados de un sentimiento nuevo. Notaron que ya la vida resultaba sin sentido, sino se miraban mutuamente, sino contemplaban en un sueño, un futuro lleno de felicidad, de manos de un hogar muy feliz. Se habían enamorado. El amor había anidado desde aquel primer encuentro en ambos corazones. Ambos lo sentían. Ambos querían gritarlo a los cuatro vientos, pero, en aquellos tiempos de extremos pudores, eso resultaba un atrevimiento a los ojos de todos. Era pues, sentido ese amor en el silencio de unas miradas vacías que esperaban el aparecer de una silueta en la lejanía, que había de acercarse lentamente y tocar unas manos que esperaban una caricia divina. Y esa silueta se acercó una tarde de primavera. Quiso aquel joven apuesto de finos modales, compartir con aquella muchacha de excelsa belleza e inigualable probidad, el resto de su vida. Argenis pidió su mano, doña Flora lo aprobó. Se comprometieron en una pequeña reunión familiar. Un año después se casaron, y también un año después de la boda,nació Mervin. Parecía que estaba cronometrado un tiempo que forjaría una familia bella. La separación necesaria llegó de manos de una exigencia laboral. Argenis se marchó a la península atraído por la fiebre laboral, derivada de la exploración y la explotación petrolera. Aun así, su tiempo libre él trataba de compartirlo a su manera, y ésta no era otra que departir con su esposa y su pequeña niña. Argenis lo daría todo por su familia, y aun mucho más. Al cabo de cierto tiempo, y estando Elina encinta por segunda vez, decidieron mudarse a la ciudad. Ella era maestra y al serle asignado un muy conveniente traslado, planificaron el viaje y sin más ni más, se mudaron. Poco después de estar ya establecidos en una pequeña casa que él había comenzado a construir, nació Argenis Segundo, el varoncito, decía él completamente atiborrado de orgullo; mismo que demostraba grandemente. Asi se sucedieron los nacimientos: Evelin, Francelina, Glenis, Armando (quien fallecería momentos después de haber nacido),Adrián y para cerrar con broche de oro; Marielis. Francelina había nacido en mayo de 1.965, ella era quien se colaba en aquella mente adormitada que trataba de liberarse de unas fortísimas ataduras.           Llegaban unas imágenes perfectas desde un futuro. En ese particular sueñolo habían hecho otras tantas; sólo que ellas no eran tan agradables. En su mayoría, habían sido situaciones perversas, maquinadas por mentes insanas, y vividas dolorosamente por un pueblo. Ese mismo pueblo que, según las peticiones y recomendaciones hechas por varios entes del pasado, esperaba que llegara una mano salvadora.Y esa mano salvadora no eran más que la suya. Por ese pueblo tendría él que dar la cara. Tendría Jesús que actuar de la mejor manera para evitar el desastre. Lo problemático derivaría en saber de que manera podría actuar. No había llegado aún el momento. Tendría que recibir más señales. Por esa bendita causa,aquel día en que sintió caer a su lado a Eugenio, víctima de un certero disparo en la cabeza, y después a muchos ciudadanos más, de manos de aquellos sediciosos malditos; había sido elegido como el salvador de un pueblo. Así, al querer entregarse a un buen merecido descanso, quedó atrapado en ese misterioso momento. No dormía, pero tampoco podría decirse que estaba en vigilia. Era una especie de trance del que no podría salir hasta que se completara el ciclo. Había recibido toda la información acerca de la manera como habían sido llevadas las riendas de su país; pero aún faltaban varios desengaños más. Una fuerza suprema le proveía todos aquellos momentos del pasado, en donde se podían verificarlos grandes errores, los enormes abusos y las más bestiales acciones que habían hecho tanto daño. De igual manera, se habían presentado los momentos excelsos en manos de excelentes estrategas, que por desgracia, fueron destronados antes de lograr sus cometidos gloriosos; por las malvadas codicias de poderes y riquezas. También se percibían, colindantes con los sucesos ocurridos en los tiempos transitados, aquellos que habrían de suceder en un futuro. Y lo que había podido percibir el soñador aquel, era el acabose. Eso era precisamente lo que tendría él que evitar, para garantizar que el futuro de su pueblo no se perdiera en las perversas manos de aquellos demonios, quienes se colarán desde el mismísimo infierno,para acabar con todo. El diablo usará sus fuerzas. Dios por su parte, colmado de amor, utilizará a Jesús. Continuará éste recibiendo las sabias palabras de quienes de una u otra forma, habían tomado juego en más de cien años de historia. En manos de aquel hombre joven descansará la esperanza de una nación, de la tierra del libertador; de la patria grande. Llegaban unos momentos perfectos. Jesús volvió a la serenidad, misma que había perdido inevitablemente, al percibir todo aquel desastroso panorama aún no vivido; pero que, sino actuaría sabiamente pronto, se convertiría en fatal realidad. Retumbaron en el ambiente, las palabras de un niño que preguntaba por una madre, aquella que no supo serlo. Esas mismas palabras que aceptaban a una madre verdadera que llegaría poco después, y que realmente sería la mejor madre del mundo. Allí estaba la estampa de una mujer bella, de una deidad perfecta. Era pues, la silueta de una dama linda y pura, que había nacido del seno límpido de una prestante familia. Ella llegaría a la vida de Jesús en un momento que estaba presto a aparecer muy pronto. Se dibujaba elegante en ese momento que pasará a la historia. Ataviada estaba con una indumentaria preciosa. Nacida para salvar vidas al igual que él. En un futuro que se acercaba gozoso, ambos se unirán en las sendas de un camino. En ese camino transitarán con el ahínco de querer forjarse, un futuro en que pudiesen vivir planamente. Y en ese futuro prometedor y radiante, crecerá un niño que habrá de convertirse en todo un hombre de exitosos pasos. Llegaba un instante que se pronto se producirá, para exaltar la maravilla de un prometedor camino. Eran unos momentos que se acercaban a ese sitio donde pernoctaba Jesús.En ellos se dibujaba la estampa del día en que Jesús conocía, a la familia de quien pronto sería su esposa. Era una tarde lejana en la cual se encontraba él perdido en un sitio inmenso, tratando de encontrar una ruta que le condujera a la residencia de su novia, ya que habían acordado que ese día conocería a su hogar y a su familia. Por más que caminaba por doquier,él trataba de descifrar la dirección que de la casa, ella le había explicado, sin éxito alguno. Ella, en virtud de que no aparecía el en el horizonte, disimuladamente caminó por los alrededores tratando de encontrarlo, suponiendo lo que en efecto le sucedía. No tuvo que caminar mucho, ya que muy cerca de su residencia estaba Jesús perdido, y más enojado que un sapo llevando sol; ya casi dispuesto a abandonar su cometido, y marcharse cabizbajo sin haber podido conocer a la familia de la mujer de quien se había enamorado desde un primer instante.           Se presentaban las imágenes de varias personas; pero era la suyala que predominaba. Ella estaba ataviada de un nerviosismo poco disimulado, y una enorme felicidad. El amor había nacido en ellos para no morir jamás. Era Francelina una mujer muy bella. Su belleza era la de los serafines. Su hermosura singular y sin embargo plácida, además de la penetrante y cautivadora elocuencia de su voz profunda y armoniosa, se abrieron camino en el corazón de Jesús. Era alta y un poco delgada. Sería pueril intentar realizar la descripción de su solemnidad, la tranquila soltura de su aspecto o la asombrosa ligereza y elasticidad de sus movimientos. Su boca y mentón eran los de una semidiosa. Sus ojos singulares, vehementes y formidables;eran de una gradación, fluctuando entre el puro castaño y el más penetrante y esplendente azabache. Era poseedora de una plétora de cabello n***o y ondulado, bajo el cual se matizaba una frente de inusitada anchura, que por momentos destellaba como marfil iluminado. Era esa beldad, la que había conquistado a Jesús, cuando la hubo conocido en un sitio exquisito para ambos. Era la belleza suprema de una mujer, que estaba próxima a convertirse en un bastión muy importante en su vida.           Podía visualizar también a quien pronto se iba a convertir en ser su suegro. Su estatura era leve.Su carácter se notaba amplio y determinante, como quien espera que las cosas que se ordenan, se cumplan a cabalidad y en el menor tiempo posible. El tono suave de su voz era sublime y decía curiosamente las frases alargando la penúltima sílaba, como para que fuesen muy bien escuchadas. Jesús sedirigía a él con sobrado nerviosismo; pero al poco tiempo habían entabladoya una deliciosa y amena conversación. El patio de la casa era inmenso y habitaban en él, varias gallinas ponedoras con su imponente crestudo de bellos y brillantes colores.Cohabitaban con las aves de corral, que sólo eran encerradas de noche, tal vez por temor a algún marsupial criollo muy famoso que tenía una amplia fama como comedor de gallinas; varios longevos cujíes que regalaban las frescas sombras, sobre todo en las tardes calurosas. Era justo debajo del más grande de ellos, donde los tres se sentarona conversar, Don Argenis, Doña Elina y él. Las preguntas principales las hacía el viejo roble, con una tremenda seriedad que mantenían al pobre muchacho en el filo del desespero. Era obvio que él tratara de enterarse, de todo lo que tenía que ver con el pretendiente de su hija, ya que de ello dependía el bienestar del futuro de la misma. Miraba Jesús por doquierdesesperado, con el único afán de encontrar el rostro de Francelina para refugiarse el él, y encontrar el valor que necesitaba con suma urgencia. No lograba divisarla por ningún paraje. Se enteraría esa misma tarde, que ella estaba aún más nerviosa que él, encerrada en la recamara con sus hermanas, tratando de adivinar de que cosas ellos estaban hablando. Los divisaba perfectamente por una pequeña grieta que hería a unas de las paredes que daban hacia el patio; pero por lo apartado del sitio donde habrían ellos de platicar, no llegaban esas voces. Ella era la mujer a quien se refería aquella voz en uno de sus sueños anteriores.Aún escuchaba Jesús la voz de un hombre que respondía la pregunta de un niño, cuando éste hubo indagado acerca de una madre. Aún escuchaba su voz aquel soñador que ya pronto regresaría a la realidad de su ida y de su país: “Esa mujer que ahora sientes, es tu madre. Sólo es ella. Es quien te trajo al mundo varios años luego al sentir tanto amor. No naciste de su vientre, pero es ella. Es ella y nadie más. Es ella, descubre el consuelo de ver a tu verdadera madre, a quien el velo de un deseo hizo que dejara a un lado el verter de éste tu sueño. Aquella mujer te dio la vida; pero es ella la que es tu madre, la que siente con su vida, que sólo te tiene y serás el amor que nunca se olvidará. Serás feliz a su lado y a mi lado hijo de mi alma. No desesperes, ella te amará grandemente. Siempre le dirás mamá, por que será sólo ella, la madre con la que siempre se sueña”. Doña Elina era una mujer encantadora, pero por ello no dejaría de ser estricta en sus cosas. Era de baja estatura también, y sus pasos pausados la caracterizaban. Conversadora congénita, y gran amiga de quienes gustaban cultivar esa noble virtud. Sus facciones serias y a la vez entusiastas,denunciaban la inmensa suavidad de su manera de ser. Madre amorosa y dedicada compañera, cuyos consejos sabios y mente persistente, habían sabido conducir a sus hijos por las sendas de un mañana inmensurable. Caminarían ellos de sus manos, los perfectossenderos de unas vidas esplendidas.Su brillante piel canela acusaba sus orígenes. Eran sus cabellos rizados, una característica inmortal de su estirpe grandiosa. Así era ella, la matrona inolvidable que marcaría por siempre la vida de un hombre, que estaba predestinado desde la gloria, para salvar a todo un pueblo del inminente destino que se acercaba, produciendo incluso antes de llegar, daños inmensurables. Regresaban a Jesús momentos más recientes en su vida. Aquellos que marcaron el final de dos capítulos. Rememoraba una situación un poco confusa que se había suscitado en su vida. Se trataba de un suceso que se remontaba a los tiempos de sus inicios laborales en aquel centro asistencial. Tras su llegada, tal como lo habían hecho muchos colegas antes que él, había interpuesto una carta de solicitud de traslado. Al no ser oriundo de esa localidad y tener su familia en la ciudad, lo hizo, aconsejado por su amigo y colega Cheo. Eso había sucedido a un mes de su llegada. El mismo Cheo lo había hecho hacía muchos años, cuando él mismo ingreso a ocupar su cargo. Era ya una rutina aquello. Después la solicitud aquella era olvidada, tal como les sucedió a todos; incluido a él. Ya estaba por concluir el año 1.991. Le habían comunicado que un mensaje había sido dejado para él en la dirección del Hospital. Extrañado, luego de recibir la guardia y constatar que todo estaba bien, caminó presuroso hasta la oficina del médico director. El viejo Jacobo era un hombre cascarrabias. Pocas veces se le miraba sonreír. Todos le tenían mucho respeto; aunque siempre se rumoraba que en vez de respeto, era miedo lo quesentían por él. Más allá o más acá; nadie se atrevía a contrariarlo. Hablaba poco, pero cuando lo hacía, hasta las piedras temblaban. Su ascendencia musulmana tal vez repercutía en lo duro de ese carácter.  
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