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4787 Words
Lo hizo pasar. Cuando estaban frente a frente, sin ambages el viejo médico extendió su brazo para hacerle entrega de un pequeño sobre. Se notaba muy contrariado. Jesús nunca lo había visto así. Nadie lo había visto así. Se trataba nada menos, que de la aprobación del traslado. Él, con la voz temblorosa,le explicó que hacía días que había recibido esa respuesta; pero que tras un análisis concienzudo, pensó que no debería demorar más una conversación. Literalmente le rogó a Jesús que pensara mejor las cosas. Sabía que todos los citadinos comienzan su carrera en el medio rural, y luego alzan vuelo en busca de nuevos horizontes; pero, según las propias palabras del médico director, hombre de muchos años de experiencia; su partida sería una verdadera pérdida. Fueron unas palabras muy bellas las que el doctor Jacobo expresó para Jesús. Así las sentía. Nunca había hablado tan en serio como en ese momento. Continuó diciendo el veterano galeno, lo contento que estaba todo el personal y aún más, la comunidad; por los aportes que él había hecho por el pueblo en tan poco tiempo. Todos alababan su excelso trabajo, su profesionalismo, sus técnicas y sobre todo; su gran entrega, le decía el serio caballero.Realmente Jesús ayudaba a quien fuese. Nunca había negado un favor. El médico hasta se ofreció a resolverle su problema habitacional, regalándole una casita para que viviera cómodamente con su joven familia. Jesús quería quedarse, Dios sabía que era así. Pero pensaba en su futuro, sobre todo en el de Alberto. Ya las fracturas de su relación no daban para más, y era inevitable la separación. Además de eso, ya había sido seleccionado su reemplazo, y dentro de dos días estaría llegando a ocupar el cargo. El iría a ocupar un cargo en el hospital general, el mismo donde había hecho sus pasantías cuando estudiante, y donde había ejercido como suplente. Laboraría en el servicio de cirugía general. Ya era demasiado tarde para arrepentimientos, pues podría quedarse como decían coloquialmente en esa zona del país, “sin el chivo y sin el mecate”. Según el comunicado, le tocaba cubrir el horario nocturno. Ya se había implementado el horario fijo y, tras una selección al azar, a él le había correspondido cubrir dicho turno. Significaba el más apetecible de todos, puesto que quien lo ejerciera, ostentaba más días libres. En un principio pensó en eso, y la idea de pasar más tiempo con el niño no le pareció nada despreciable. Evidentemente que en el centro receptor del traslado, tendría que tocarle igualmente dicho turno, que dicho sea de paso, al corresponderle el bono asignado por la ley a quienes ejercen el horario nocturno; ganaba un poco más, que quienes lo hacían en jornadas diurnas. Todo le favorecía. Le comentó a ella la decisión tomada y, como siempre, se inició una batalla descomunal; pues ella no quería irse, ni tenía pensado hacerlo. No había otra alternativa. Tendría que viajar al siguiente día, aunque fuese solo. La idea de apartarse de su hijo le produjo una honda tristeza. No sería por mucho tiempo. Ella le había dicho en repetidas oportunidades, que de separarse del hogar, fuese por la causa que fuese; se llevaría al niño, y él nunca sabría más de él. Sabía que ella era capaz de eso y más. Realmente temía que ella lo alejara de su hijo, de su vida. Por esa razón y nada más, el aún permanecía a su lado, y lo seguiría estando de ser necesario. He allí el juramento hecho el mismo día en que Alberto llegó a la vida. Haría todo lo que fuese necesario, y hasta más que ello, por hacerlo feliz. Nada ni nadie iba a impedir que cumpliera su promesa. No se despidió de nadie, sólo abrazó a su hijo, lloró un largo rato con él en sus brazos. Él niño tenía un poco más de un año. No entendía por supuesto, nada de lo que ocurría a su alrededor. Cuando ya era la hora de marcharse, se secó las lágrimas, y se encaminó hacia su nuevo destino. Oró a Dios rogándole que le proporcionara el valor suficiente para soportar aquellos días, sin lo más grande que sentía tener en la vida. Fue un viaje tortuoso, ya que el hecho de haberse separado de su hijo lo había afectado en demasía; por ello, se sentía muy perturbado. Cuando llegó a casa, Isaira se sintió desfallecer de la inmensa emoción sentida. Él no le había comunicado nada, ya que hasta ese momento no había tenido una certeza acerca de su cambio. Ya estaba en casa nuevamente. Ella entendió el pesar de su hijo. Comprendía más que nadie en el mundo, lo que era sentir a un hijo lejos. Esa noche lloró mucho. Isaira lo escuchaba en silencio. Se prometió que buscaría una casita en arrendamiento, para que ella se apersonara en compañía del niño. Nunca había pensado vivir en casa de su familia, ya que siempre había sido de la idea de que la privacidad es prioritaria; además de queella había tenido muchos encontronazos con todos y, obviamente, quería evitar futuros enfrentamientos que de seguro, se presentarían.El la pasmada mente de Jesús, sumergido aún en aquel estado letárgico, escuchó nuevamente su propia voz que clamaba un doloroso relato. Él escribiría eso en un futuro, por lo tanto nuevamente su voz llegaba a su sueño. Su voz declamaba:“Que silencio tan pesado se siente.Que silencio que ensordece, que silencio que entristece. Es tan oscura la noche, es tan pesado el silencio.El silencio que hoy habita en mi vida y en mi alma. Tu llegada a éste, mi mundo, fue tan grata y sorprendente.Una caricia sutil.Un beso que ese día la vida, pausado y amoroso, posó en mi frente. Hoy el silencio vida mía, ocupa todo este espacio. Propicio es el momento para que nazca a la vida, un montón de sentimientos. Para que surja espontáneo y divino, un fervoroso abrazo, que abarque por completo todo a su paso. Hoy llegan a mis recuerdos, aquellos bellos momentos que de mi vida hicieron una verdadera fascinación, un encanto. Recuerdo amorosamente aquella preciosa noche,en que tu llanto surcó el tibio silencio de una fría atmósfera de marzo. Llegan hoy a mis recuerdos, como llegan también todos tus lindos momentos.Con la dulzura que encanta.Con la alegría que enternece.Con la gloria de tus manos. ¡Qué silencio tan pesado es éste que siento!Como te extraño y te añoro.Que ganas tan grandes tengo, hijo mío, de decirte cuanto te adoro.Que con tu risa inocente, con tu carita de ángel, es con lo que siempre quisiera vivir.Quiero verte crecer, que seas un hombre bueno.Quiero verte sanito, que vivas feliz mi amor, a mi Dios se lo imploro. Hijo de mi corazón, es éste silencio tan grande, es éste silencio perverso; porque lo siento tan hiriente. Quiero que sientas,como por ti mi corazón palpita.Éste corazón que es tan tuyo.Éste silencio me agobia, me reclama tu presencia; porque sólo hoy tempranito, tus risas todolo inundaban. Basta sólo un momento de tu ausencia y yo te extraño.Quiero verte a cada instante, que crezcas bien a mi lado y de mi lado.Que silencio tan pesado hijo. Éste silencio me mata, me atormenta y estremece. Pero ya llegará mañana, y estarás otra vez junto a mí. Porque te amo hijo mío, con toda mi vida te amo. El silencio de ésta noche acabará, porque mañana amanece”.           Aquellos momentos, los cuales habían ocurrido hacía muy poco tiempo, sumergieron aún más a Jesús en aquel cieno inclemente. Embebido como estaba, de esa confusa comparecencia de los tiempos vividos y por vivir, un reflejo de voluntad llegó a sí,e hizo que su brazo derecho palpara el lado de la cama que ordinariamente ocupara su hijo, logrando asirse sólo el vacío inmisericorde que le hizo remembrar aquella despedida, aquellos momentos en los que sintió el despiadado tormento de sentir a su hijo lejos. Pronto otra espontáneamanifestación delo real llegó a sí. Era la voz de Albertico que se dejaba escuchar desde algún cercano lugar de la casa. Constató entonces la realidad de lo que le estaba sucediendo, pués sintió que estaba más cerca de la vigilia que del estupor y aún así, situaciones ya vividas seguían ocupando sus sentidos; presagiando lo que parecía ser inevitable.Entonces aparecieron escenarios recientes, en los que habían acaecido trágicos eventos que mantenían en vilo a toda la nación y que, inevitablemente, habían generado la tragedia que conservaba a todo un país; embarrado en las pestilentes consecuencias de un corrupto gobernante. Se escuchaban los ecos del enemigo acercarse. En aquel instante llegado, un discrepante espécimen que, embadurnado de hipocresía; no cesaba de expresar unos vocablos insidiosos, con los cuales buscaba idiotizar a quienes lo escucharan. Se trataba de expresiones consideradas facciosas, horrendas y demoníacas.Con esos lemas, el pusilánime e idiota personaje, quería mostrarle al mundo entero inclusive, que el enemigode la nación, el presidente; era una amenaza, un espantajo. Había que salir de él,“más temprano que tarde”; frase que se haría muy común años después en el hocicoignominiosode otro idiota.Escuchaba Jesús desde la suavidad de su cama, en sus sentidos amodorrados; las voces del desastre. Esas voces agoreras y pecaminosas, como camaleónicas estrategias, recorrían todo un país tratando encontrar a su paso; incautos e inocentes que las escucharan. Y vaya que los encontraba, muchísimos. Ellos se sentirían idiotizados por aquel tipejo despreciable, maligno y persuasivo; que engatusó a medio mundo.           “El imperio, ese maldito imperio infame que con su capitalismo salvaje nos quiere arrinconar, nos quiere someter cuales borregos para llevarse de nuestra patria los recursos; de eso hay que salir pronto, hay que eliminarlo. Muerto el perro se acaba la rabia. Ese neoliberalismo salvaje salido de los infiernos, es el causante de todas nuestras desgracias. Aquí en ésta patria del todopoderoso eterno y bienaventurado padre de la patria, huele a azufre. El diablo está presente. El presidente es un lacayo del imperio. A él le debemos nuestros males, nuestras desgracias. Es un vendepatria, un terrorista, un mercenario postrado a los EstadosUnidos. ¡Vengan conmigo! Todos los que quieran una patria nueva acérquense, acompáñenme para que juntos, enrumbemos al país por un camino mejor. Ya la oligarquía malvada ha hecho mucho daño. Ya vasta de tanta desidia. Vasta ya de robarse las riquezas. Esas corruptas manos han secuestrado por tantos años a la nación. Digámosle no a las despreciables manos del imperio. Vamos a luchar unidos. Al capitalismo salvaje hay que echarlo de la patria. Mi deseo más ferviente es entregarle a un pueblo, lo que le pertenece, lo que es suyo. Quien gobierne a éste pueblo ha de confundirse con él, caminar con él, soñar con él; ser como él. Nada de estar derrochando, y mucho menos,robando el dinero del pueblo.Se trata de prescindir de las injusticias del pasado.Restablecerse una economía corrompidae inútil, probar el bien. Que se disponga la justicia para los pobres y se instituya el orden y la autoridad de la nación. Camaradas, aquí está esta mano amiga. Aquí está este humilde soldado, dispuesto a dar hasta mi vida y mucho más,por los más necesitados. Se trata de tener: Nación, lucha o sino, al infierno”. Eran esos sus deleznables argumentos infundados y malintencionados, con los que buscaba, desde hacía ya cierto tiempo en cada rincón del país; ganar seguidores incautos. Ya la gente llevaba un gusanito carcomiéndolos por dentro. Ya la rabia crecía paulatinamente, y seguiría haciéndolo, en la medida que el gobernante metiera más la pata. Y como cada vez la metía más, entonces crecía más la “arrechera” de todos. Él supo hacer sus cosas, ya que pendejo no fue. Usóla genealogía mítica, para establecer un doble lazo sagrado: la alianza a través de Cristo, y del libertador. Cargaba un escapulario para arriba y para abajo. Se decía que dormía con él, que se bañaba con él, que hasta deponía con él. Le daba besos constantemente y, en cuanto al padre de la patria; sus cenizas tendrían que estar revolcándose en el sarcófago. Tendría estar indignado el libertador de naciones,ya que el hecho de usarlo para sus sucios propósitos; no era más que una condenada blasfemia. ¡Como dijo el libertador!, ¡como hizo el libertador!, ¡Como esto y como aquello! Siempre sin sacarse el digno nombre del padre de la patria de la jeta. De esa manera, embaucó a todo un país y pronto llegaría el gran día en que sería conocido hasta por el mundo entero. Blasfemaba constantemente, haciéndose creer más santo que los santos.           Mientras eso sucedía, lo que antes percibía un Estadootrora todopoderoso, gracias a lo que los gigantes del ayer habían dejado como vestigio bendito para la posteridad; ahora no servía, ni para media mierda. Existía un gran superávit tan insoslayable, que nunca sería superado, ni con una mejor dedicación,  ni un gran denuedo; a no ser que quien lo hiciere; dejara sus propios intereses a un lado. Ya no había una alternativa válida, una segunda vía. Se había llegado al fondo de un lodazal que, cubierto de burlas, se divertía desde la distancia complacido por lo que sucedía. Cuando el año 1.992 daba sus primeros pasos, un hombre que rayaba los setenta años, colmado de experiencia y de muchos años bien usados;con el afán de que un país no se le fuera de las manos; miraba con una cara de pendejo alapatria, a sabiendas de que no había nada más que hacer. Había llegado enero. La ciudadanía aún estaba embargada de placeres y celebraciones por la llegada de un nuevo año.En aquellos momentos en que los ciudadanos aún podían celebrar, el mandatario,se asomó maliciosamente a la ventana. Su mujer lo había sentido deslizarse de la cama. Ella sabía que la próstata le estaba pasando factura a su marido, por lo que pensó que se había dirigido hacia la sala de baño. Pensó que su dolencia lo había hecho salir de la cama a destiempo. En ese momento primera dama, gran estratega, dado a que el presidente no sabía serlo; determinó que hasta allí habían llegado sus andares. Se equivocaba aquella mujer. El hombre fuerte no estaba en la sala de baño, estaba esperando de un momento a otro, un zarpazo; un pase de factura que sabía que tarde o temprano iba a llegar.Estaba cagado por algo. Y ese algo no lo dejaba dormir en paz.           De todos modos, ese preciso día partiría hacia Europa en una gira para el fortalecimiento de relaciones comerciales. Pasaría por Suiza, en donde se llevaría a cabo un importante foro, y de paso iría de “shopping” junto a su séquito.El presidente convivía con un fantasma desde hacía algún tiempo. Los tambores de la guerra los escuchaba desde la distancia. Se acercaban cada vez más. Era ese algo que le acechaba, lo que le robaba el sueño. A nadie le dijo nada, sólo se estregaba a hacer lo planificado y nada más. Era tal vez un presagio ridículo sin ningún asidero. Cosas de viejo posiblemente. La cosa se estaba moviendo a pasos agigantados. Era como si la pequeña bola de nieve que rodaba, ya se estaba convirtiendo en una enorme avalancha que amenazaba con llevarse todo a su paso. Ya la escuchaba llegar, cada vez con más intensidad. La había escuchado desde comenzó a crecer hacía ya varios años. El descontento de la población en los últimos años, contrario a lo que se creía; lo había envalentonado más bien. Los sucesos del despertar del pueblo, gracias a sus medidas alocadas, habían servido para que finalmente se pudiese visualizar a un grupúsculo de soñadores, como todo un fenómeno de proporciones épicas. Su fundador le había puesto el nombre del libertador a aquella pequeña célula sediciosa. Él,aprovechándose maliciosamente de un momento de apremio nacional, se vendía como la solución profética. Y lo más inteligente que puso hacer fue, hacer sentir inconformidad a sus compañeros de armas en los cuarteles. Alimentaba un viejo resentimiento.Los militares provenían en la mayoría de los casos,de los sectores más humildes del país. Sus familias coexistíancon el miserable empobrecimiento,arrinconadas por lasdesacertadas decisiones del gobernante de turno. En ellos pensó para lograr sus propósitos. Ya les había metido en las cabezas, que el único culpable de sus desgracias era el Presidente de la República. Ya las cartas estaban echadas. Lo único que restaba era, jugar con mucha inteligencia dichas cartas.           El mandatario se había marchado como si todo estuviese color de rosas. Al diablo con los pobres del país. Al diablo con los problemas. Cada quien que se las arregle como pueda, parecía estar oyéndosele mientras se daba la vida alegre. El poder y el dinero son más efectivos que ninguna otra cosa para avivar el amor. No existía una cosa mejor, que un viaje de placer para dejar de pensar en los tantos problemas que había tenido que enfrentar últimamente. Compañías femeninas nunca le faltarían. Ninguna mujer en su sano juicio, pensaba ese degenerados cuando querían echar una canita al aire; despreciaría una oportunidad como esa. Entonces su enorme fealdad se transformaba en lindura. Todos aquellos “jalabolas” pensaban lo mismo. Las chequeras inacabables los hacían parecer galanes. Ya era prácticamente una moda, el asirse de la respectiva barragana para hacer política de Estado. Y en nombre de ese preciso Estado, se gastaban grandes fortunas en lujosos encuentros pasionales, que lo menos que irradiaban era pasión. Parecían un atroz juego de caricias babosas, mezcladas con infinitos blandengues, olorosos a whisky y a banquetes onerosos. Todo les resultaba fácil a aquellas mujerzuelas. Acariciada una calva, guiñado un ojo, palpada una mano; y ya la tienda abría sus puertas para incitar el derroche. Y mientras tanto, al pobre se le desguazaban los dientes, tratando de introducirlos en un pedazo rancio y duro.           Mientras caminaba tomado románticamente de la mano con su adorada dulcinea, sobre él rondaban los fantasmas de los cientos de muertos, que sus fuerzas nefastas produjeron durante el despertar del pueblo. Pesaban sobre su conciencia. Pero la insensibilidad de la misma, no daba cabida para el surgimiento de alguna señal de arrepentimiento. Contrario a ello, parecía que servía de fuente inspiradora de nuevos desaciertos. Las balas mercenarias de los cuerpos represivos se habían dirigido hacia un pueblo que, arrecho, se había abocado a esas calles de Dios para exigir lo que era suyo. Para exigir su gota de petróleo. Corría desaforado el pueblo tratando de encontrar comida. Y, tal como siempre ocurre en los festines de los buitres, cuando el rey de esas aves da inicio al tímido picoteo de las mejores partes del cuerpo, los demás rondan cerca para destrozar a grandes picotazos, lo que éste deje. De esa manera, quedaban los sobrados para los más pendejos. Y aún así, esas menudencias les eran arrebatadas por quienes no estaban conformes y querían arrasar con todo. Por ello, caían uno tras otro los ciudadanos que pedían misericordia al ver a sus niños morir de hambre, de miseria. Balas del pueblo contra el pueblo. Corría el hombre desesperado con una caja de pescado en conserva y un trozo de carnea cuesta, soñando con sentir la textura de una comida digna. Al rato, corría también un perro callejero, con el trozo de carne en su hocico y la sangre del hombre que se acumulaba con otras sangres surgidas de una masacre, pegada a sus patas.           Era la rabia de un pueblo. La indignación de las masas. No es lo que se espera de un gobernante que debería entregarlo todo, hasta su vida inclusive, por su pueblo. No había utopía más grande que ello. El hombre, quien en una ocasión caminó junto a su pueblo, lo hundía en el cieno de la desgracia desmedida. Muertos y más muertos eran apilados para formar una grotesca pila de cadáveres. Depositaban en una fosa común, los cuerpos baleados de aquellos pobres que salieron a reclamar  lo suyo, cansados de escuchar el sonido de las tripas vacías de sus hijos. Tal vez preferían la muerte, antes que seguir viendo sufrir a sus familias. El pago de una deuda ajena. Y él, gozaba de las miles del poder y del dinero, caminando con la frente en alto al lado de una oportunista barragana; derrochando el dinero del mismo pueblo que había sido masacrado. Eso se lo merecían por alzados, decía el gobernante. “Cuidadito con volver a pecar contra su presidente”. Parecía haber quedado escrito por doquier, con la sangre de quienes salieron aquellos dos funestos días, a protestar por las políticas hambreadoras de aquel desgraciado. Los fantasmas danzaban sobre la calva de aquel hombre que, a grandes zancadas, cruzaba la avenida de una ciudad cosmopolita, para entrar a la tienda con su amante.           Cuando ya el sueño de Jesús estaba a punto de concluir, aquellas imágenes se agolpaban inclementes, queriendo llegar desesperadas a sus sentidos. Esas imágenes se colaban sin ambages, hasta un hombre que trataría de evitar una catástrofe. Era él la única esperanza, y así lo presagiaban esas visiones. Y allí estaba nuevamente un salón lúgubre, oloroso a formol y a pobreza; a sangre y a los excrementos, dejados por los que habían sido presas de las inclementes torturas del pasado, y los que del futuro se habían acercado. Aún se escuchaban los gritos sufrientes de las víctimas. Aún estaba allí, y lo estaría por toda la eternidad, el dolor y el sufrimiento de un pueblo reprimido por pedir comida, por exigir libertad. Aniquilado por querer vivir dignamente, en una tierra que bastante sangre, sudor y lágrimas les costó a sus libertadores; para librarla de un yugo que se había quedado en pañales, ante la ignominiosa manera de ejercer el poder de los gobernantes de una nueva era que se avecinaba. En esa antesala, se presentaba una figura humana en decadencia. Sus harapientos vestidos denunciaban un total estado de mengua. Era un rostro totalmente desaliñado, surgido de un pasado que representaba el sufrir de todo un país entero. Eran las voces del oprimido, del padre de familia, de la madre abandonada a su suerte, de los niños desnudos y barrigones hijos de la miseria, en fin; era la cara de la pobreza de un país millonario. También era esa, la cara de los miles que vendrían.           “Estoy sufriendo todavía Jesús. Aunque miras mi rostro, no miras en él a alguien en particular. Miras a un pueblo entero que ha estado padeciendo desde siempre. Y de los que padecerán en ese futuro que se avecina. Nosotros no pedimos venir a la vida, y mucho menos vivir en la pobreza. Es que ser pobre en éste país no es cosa de la vida misma, puesto que precisamente esa vida nos ha dicho, que los recursos que aquí existen, son para todos los aquí nacidos. ¿Entonces porqué las miserables personas que nos han gobernado por tantos años, nos han sometido a esta barbarie? No comprendo por qué nos humillan de esta manera, sometiéndonos a tantas penas. Es duro sentir hambre a toda hora. Es fuerte ver que nuestros hijos se acuestan con la barriga vacía, y con los sueños hechos trizas.           Nunca voy a entender muchacho, porqué existe tanta maldad. Porqué esa maldita gente se empeña en hacernos sufrir. ¿Es que acaso no somos ciudadanos, también nacidos de esta misma tierra? ¿No merecemos acaso, un poquito de lo mucho que existe? Deberían dejarnos en paz. Deberían dejarnos trabajar como Dios manda. Pero no, ellos nos han odiado siempre. Ya quisieran que desapareciéramos de la faz de la tierra. Caerá uno de nosotros, y se levantaran miles. Nos matan, nos arrastran en el fango del sufrimiento mezquino; pero el pueblo se levantará una y mil veces exigiendo lo suyo, reclamando lo que le pertenece. Nunca piensan en nosotros. Se hartan de las riquezas y ni siquiera nos dejan comer de las sobras; pues también ellos las quieren. Y cuando el pueblo se arrecha, lo aplastan como basura, lo matan. Así lo han hecho, y así lo harán por siempre. No permitas muchacho, que esto siga sucediendo. Lucha por los pobres, quienes hemos sufrido los rigores del yugo malicioso que se avergüenza de nosotros. Se sienten abochornados por nuestra presencia, a pesar de que es nuestro esfuerzo el que hace crecer a la patria grande. Que por nosotros es que ellos existen como gobernantes. No permitas hijo mío, que nosotros, el pueblo de éste gran país; siga sufriendo el martirio de los golpes, de la represión y del hambre. Ya basta que dirijan sus armas en contra nuestra, para acallar nuestros gritos. Ya basta de tanto hacernos sufrir. Que no nos sigan matando. Que no destruyan nuestros sueños. Que nos dejen vivir y también soñar. Muchacho, tu eres el elegido para salvarnos de ese déspota mentiroso y arrogante, además de gran cobarde. Líbranos de ese hombre malicioso que nos engañó, que jugó con la fe de todo un pueblo, ofreciéndose a luchar por los sueños, y a cambio nos entregó a la peor pesadilla de todas.           Apártanos de esos miserables, que han de venir a plagar a nuestra patria de más penurias. Hemos sufrido los embates de la pobreza; pero ellos vendrán para sumergirnos en una pobreza extrema, la peor de todas; pues será la pobreza del alma, la que se robará las esperanzas. Si alguna vez salimos a reclamar por tener hambre, mañana lo haremos por añorar el ayer, el pasado que se sentirá glorioso. No permitas que se acerquen. Ya basta de tantos sufrimientos. Ya basta de tanta opresión. Llegará el mañana y con él, la miserable presencia de quienes se robarán todo, sin pensar que millones de connacionales se quedaran en medio de ese camino. Entregaran nuestras riquezas a lo poderosos, condenándonos a la peor de las muertes, a la del alma antes que la del cuerpo. No nos dejes padecer. Ayúdanos a recuperar la dignidad, que es lo único que no deberían robarnos, y será lo primero que esos desgraciados nos han de quitar”.           Mientras el hombre que una vez caminó se daba la gran vida en el viejo continente, todos se estaban preparando para el gran día. Ya el líder estaba ubicado trazando las líneas de ataque. Estaba ya preparada la emergente y milagrosa estrategia, que garantizaría el mayor de los logros. El objetivo primordial, matar al presidente y a todos los que ocupaban los altos cargos gubernamentales. Sacar al mal de raíz. Muerte al traidor de un pueblo. De inmediato se instalaría una nueva era. Una era de crecimiento y verdadero desarrollo para el pueblo sufrido. Ya en los principales puntos del país, estaban ubicados el resto de los cinco jinetes del desastre. No les darán oportunidades. Pagaran caro el haber jugado con el hambre del pueblo. Ya ensayaba el libreto de constantes descalificativos con los que pretendía humillar con infinita arrogancia, en un mañana que vendría, a medio mundo. Con esas frases pondrían límites a sus adversarios. “Los que quieran vida síganme, sino váyanse a la mierda”. Ya el largurucho practicaba su labia, la misma que usaría para dar los primeros pasos en el ascenso que desde entonces, consideraba vertiginoso:“Cúpulas podridas”, “oligarcas”, “corruptos”, “era nefasta”, “falsa democracia”, “república oligárquica”, “oposición golpista”, “sectores privados golpistas”, “cuervos”, “plaga”, “neoliberalismo salvaje” “imperio con olor a azufre”, “capitalistas”, entre otros. Y eran apenas parte de una infinidad de epítetos, contra quien no comulgara con sus ideales. Iría practicando para cuando llegara el momento. No lo lograrían de buenas a primeras, pero estaba seguro que llegaría bien lejos.           Aun permanecía en la mente de todo un pueblo, el amargo sabor de una derrota nacional. Nunca se olvidaría aquel día en que se dio inicio a un estallido de rabia, salido de un pueblo trabajador y pobre. La impotencia se tradujo en saqueos y trincheras .En ignición de vehículos, negocios y puestos policiales. Se produjeron choques con las distintas fuerzas de seguridad policial y del ejército en casi todo el país. Se escuchaban aún los lamentos de los miles de heridos, y se visualizaban aún, los ríos de sangre que bajaban de los cerros habitados por los pobres; los más pendejos. Aún se escuchaban los gritos de misericordia, de un pueblo que se había visto forzado por el desespero, por el hambre y por la rabia; a salir a las calles a manifestar su descontento. Descontento este que por obra de una mano hirsuta, se había salido de control, con la consiguiente e inolvidable represión bestial. Todo estaba diabólicamente calculado, para generar más   
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