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decepción de la que ya se había acumulado. Por lo menos, esa era la idea de las tantas meditaciones, de las odiosas labias continuas de desprestigio. Sembrar el odio, sembrar la desesperanza. Culpar a alguien, para salir entonces un héroe de la nada, quien libraría a un pueblo de la mayor desgracia de su historia.Para hacer que el pueblo lo viera, como el mecías que habría de llegar al rescate de esas almas. Ocurrió lo que ya se venía asomando.Un primer momento se llevó a cabo aquel día de febrero, cuando en horas de la madrugada se hacía efectiva la operación militar. Su líder, aquel largurucho que ya había alcanzado el grado de teniente coronel. En esa sublevación, una fresca oficialidad se manifestó contra el gobierno del corrupto y opresor presidente, y por varias horas mantuvo el control en diferentes ciudades del país.Había llegado ese día. Todo el país estaba pendiente del transcendental suceso. Era una esperanza venida desde algún sitio oculto, desde un sitio inesperado. Había recién llegado el día que trajo un despelote en todos los rincones. La gente se preguntaba suspicaz: ¿Qué estará pasando que hay tanto alboroto? Unos decían que habían llegado los gringos a llevarse los recursos. Otros, que había estallado la guerra. ¡Se alzaron los militares! Hasta los más ortodoxos decían que era algún castigo de Dios. Lo cierto era que, incluso antes de la llegada de la albura, se comenzaron a escuchar ruidos pocos comunes en varios lugares.Fue entonces de madrugada, cuando se intensificó aquella algarabía y poco a poco se fueron llenando las calles de personeros venidos desde los cuarteles. Bien de mañana, la ciudad estaba atestada de rumores. ¡Llegaron los extraterrestres! ¡Quieren matar al presidente! ¡Es un golpe de Estado! ¡Es la guerrilla señores! Se trataba de una sedición sangrienta que le abría las puertas, a una etapa azarosa de la vida de un país grande. Hubo muchas muertes. Víctimas que como siempre, son innecesarias. Muertes de seres inocentes, que nada tenían que ver ni con malos gobiernos, ni con las ambiciones de querer usurpar un régimen. Fueron bravucones que quisieron, “por el bien de un pueblo sufrido”, asesinar al Presidente de la República, y para ello disparaban a mansalva. Lanzaron sus tanquetas por esas calles de Dios, y se llevaron en los cachos a quienes se atravesaran. Fue una violencia indescriptible. Se aglutinaban aquellos sucesos en la mente de Jesús. No querían salirse de ella. Eran tan recientes, y sabían que se iban a quedar allí por mucho tiempo. Aquellos momentos lo apabullaban de manera inmisericorde, gritándole que apenas ayer se habían producido. En ese ayer en que se produjo la asonada militar, la misma que quiso resquebrajar la democracia por la vía violenta de un golpe de Estado, él regresaba de su trabajo caminando; ya que inexplicablemente había dificultades con el transporte público y lastimosamente no tenía vehículo.Difícilmente con los sueldos de la administración pública, los ciudadanos de a pie podían darse ese lujo. La mañana estaba fresca, y en el hospital donde prestaba sus servicios, durante toda la noche no hubo más que trabajo rutinario. Rutina y más rutina, la misma que llevaba más de diez años realizando. Como no tuvo otra alternativa, decidió caminar. De pronto, se vio atrapado en aquel barullo en el que se convirtió la ciudad capital. El resto del país también estaba tomado. Las principales ciudades, es decir, las más pobladas; estaban ocupadas por los rebeldes. Las gobernaciones resultaban fuera de la voluntad de sus titulares. Sólo faltaba el objetivo principal en la capital. Matar al diablo, y después de ello, morirían los diablitos. Había militares por todos los rincones. Se hacían presentes y sin chistar, los disparos de las armas de esos seres, a quienes al parecer, no les importaba otra cosa que no fuese, derrocar a un hombre que había sido electo con los votos de la mayoría de un pueblo luchador. Los malévolos ataques eran dirigidos a mansalva, acabando con la vida de quienes no tenían nada que ver con sus ideales. Sólo permanecía una idea fija en sus mentes desquiciadas, matar al presidente. El sistema demócrata del país daría un vuelco incomparable desde ese instante, ya que los actores de la asonada se transformarían en nuevas figuras políticas, toda vez que los partidos políticos habituales, distinguirían en aquel nefasto día, el inicio de una hecatombe, del fin de su presencia política. Afortunadamente nada les salió bien. Bueno, eso se pensó. No lograron el desatinado propósito. El señor Presidente fue bien protegido y salió completamente ileso. El mismo, tenía un grueso cordón de seguridad que estaba activo de manera permanente. Se trató de gente tan leal, que fueron capaces de dar sus vidas por ese gobernante. Era algo que iba más allá que un simple lazo laboral. Significó sencillamente, lealtad; algo que modernamente ha quedado en desuso. En los años posteriores de una globalización, eso pasaría a llamársele de manera peyorativa, jalabolas, chupamedias, vendidos; y una gran infinidad de expresiones ignominiosas y maliciosas. Eugenio había caído muerto con un certero disparo en la frente, casi a los pies de Jesús. Éste no salía de su asombro cuando miró que a su alrededor, otras personas más resultaban víctimas de certeros disparos en la cabeza. Eran muchos los que caían, mayormente gente común y corriente que a esa hora del día, caminaban dirigiéndose, la mayoría, a sus trabajos, a sus casas de estudios, o a cualquier otro sitio. Era algo inverosímil. Jesús nunca había sido testigo presencial de algo tan atroz. No sabía realmente lo que estaba pasando. En un asomo repentino de un instinto de conservación, corrió hasta un sitio cercano que consideró algo seguro. Pensó resguardarse en ese espacio. En su veloz carrera, esperaba con una agonizante sensación, que una bala certera hiciera blanco en su humanidad. Gracias a Dios y a sus tantos ruegos, nada le sucedió. Ya en su refugio, comprobó que no estaba solo. Lastimosamente, todos miraban como continuaban cayendo personas muertas a lo largo de la avenida. Los disparos provenían de las azoteas de varios edificios adyacentes; pero no se veía a nadie disparar. Eran probablemente francotiradores, quienes llevaban a cabo esa vil tarea, ordenada inequívocamente por aquel perverso grupo de asesinos, que luego criticarían a medio mundo de golpistas violentos. Evidentemente que dirían que era el gobierno quien estaba matando al pueblo.Repentinamente, y ante el asombro de sus compañeros, el largurucho se rajó.Tan pronto lo creyó conveniente, vociferó urgentemente que le pusieran una cámara en frente para rendirse. “Ya esto no va pal baile. Yo no sigo, pero les juro que volveré. Van a tener una país nuevo, y una vida llena de comodidades, esas que todos nos merecemos. Algún día mi querido pueblo, volveré” terminó diciendo con cara de pendejo. Los disparos de los fusiles desde la distancia, seguían haciendo blanco en el pueblo. Miles de proyectiles salían, tratando de perforar las carnes del pueblo. A la mente de Jesús se presentó una gran explosión. La misma dibujó una inmensa luminosidad que lo encegueció de manera sorprendente.                             Aquella gran luminosidad llegaba desde los primeros rayos del sol, se apresuró a entrar por la ventana de mi habitación. Abrí despacio mis ojos, tratando de mirar la gran explosión que me había atolondrado en extremo, y que produjo aquella enceguecedora luminiscencia; pero quedé completamente confundido, puesto que la brillante luz que llegaba a mí, nacía de la mañana. De la bella mañana que había seguido a aquella madrugada, en lacual quedé atrapado en un perverso momento que nunca he de olvidar aunque me lo proponga, como mil veces me lo he planteado.Tuve que permanecer un largo rato sentado al borde de la cama, tratando se arreglar mis ideas, las cuales estaban demasiado cargadas de los momentos que aún hacían eco en mi ofuscada mente. La modorra no terminaba de irse. Estaba sumamente cansado. Se habían aglomerado en mi mente, más de noventa años del pasado de mi país; pero a su vez se había desplazado hacia mí disimuladamente, un sinfín de ignominiosos momentos venidos desde el futuro. Eran aquellos momentos los que me atemorizaban, puesto que habían asomado una gran cantidad dedolor y pena, de tragedia; y de muerte en mi pueblo. Estaba sumamente confundido. Escuchaba aún las voces de aquellos espectros que se habían presentado frente a mí, acusando un arrepentimiento a destiempo, y rogándome que hiciera algo por evitar una gran tragedia. No sabía que hacer. Todo me daba vueltas. De pronto, él se presentó ante mí trayendo nuevamente a mi vida, los momentos más bellos del mundo. Era mi niño, mi bebé, mi todo. Alberto era un volcán en plena erupción. Sus travesuras no cesaban durante todo el día. Hacía mucho rato que se había despertado. Mi madre, tratando de evitar que interrumpiera lo que ella creía que era un plácido sueño, se lo había llevado para que le hiciera compañía. El muchachito se dejaba transportar por aquellas manos tan suaves que parecían moticas de algodón. Mi madre adoraba al niño. Desde que la madre lo había abandonado, ella se dedicó a cuidarlo, con todo el amor que había en su corazón que no sabía de límites, cuando de entregar amor se trataba. Pronto cumpliría dos añitos. Era un niño precioso, y no lo digo porque sea mi hijo, o por presumir; realmente lo era. De inmediato se abalanzó sobre mí como siempre lo hacía. “Mi papi, mi papi, mi papi” decía cada vez que me sentía llegar, o cuando me levantaba luego de un leve descanso, después de una de mis jornadas de trabajo. La televisión estaba encendida. Solamente había un aparato, y el mismo estaba ubicado en la recamara de mis padres. Los noticieros no daban otra noticia, que no fuesen las nacidas de aquel fallido golpe de Estado. Repetían hasta más no poder, las escenas de un rendimiento. El golpista se denotaba contrariado sobremanera.Su aspecto lucía consternado, y una gran estela de desdén lograba que se acentuara aún más, ese formidable sentimiento de ineptitud que ya lo anegaba en el mar de un fracaso que sentía que lo cobijaba como un suplicio. Se le notaba exhausto. Quería con aquella cara de yo no fui, dar una impresión lastimera. Y realmente lo lograba. Desde ese preciso instante fue idolatrado por millones de connacionales, quienes habían resultado presas de sus palabras. El martirio arrojaba frutos. Sus compañeros de andanzas se sintieron embaucados por aquel cobarde manipulador. Los había usado de la manera más perniciosa. Los había utilizado como trampolín. Ya vería como los compensaría. Faltaría otro paso más en aquel plan que sería finalmente perfecto. Estaban presos como los delincuentes que eran; pero de allí saldrían pronto, y por la puerta grande. Ya se encargarían sus patrañeros de arreglarlo todo. Desde prisión todo resultaría más fácil. Sería algo como unas vacaciones largas. De allí saldría cubierto de gloria. Indudablemente que el diablo le había echado una mano para la ideación de aquel funesto plan. El sudor empapaba su frente, y se deslizaba inquieto por el resto de su cara, para mojar luego aquella chaqueta de gruesa tela color oliva. Ante las cámaras puso su mejor cara de sufrimiento extremo. Aquellacatadura de mojigato le daría la vuelta al mundo. El semblante estúpido del golpista le robaba protagonismo a todo. El mensaje que le dio al mundo ocupaba mucho espacio. Toda la prensa local, nacional e internacional insistían en presentarlo, no como un sedicioso, sino como un héroe. De verdad, era que con sus palabritas medio apagadas y su cara de bobo, se tragó a medio mundo. De inmediato la animadversión contra el presidente constitucional, crecía como las plantas de habichuelas mágicas del cuento. Cuando repetían las escenas en las queel mandatario aparecía en la pantalla chica,informandodel fracaso delaasonada y la lealtad del ejército  al orden constitucional, la gente cambiaba de canal o simplemente apagaba el aparato. La tentativa fue recibida con satisfacción por una gran partede la población, quien estaba desesperada por la situación económica impuesta por el gobierno. La gente estaba hastiada de las privaciones económicas,que los mismos personeros que habían gobernado habían propiciado. No querían saber nada de los dos partidos políticos de siempre. Adoraban ahora a su salvador. La estrategia había dado óptimos resultados. A partir del momento de un rendimiento oportuno para, según sus propias palabras inspiradas en el evangelio según tal santo, evitar el derramamiento de sangre inocente; su popularidadaumentaba, en la medida que el hombre que una vez había caminado se hundía en el descrédito.           Me cansé de mirar la misma noticia que repetían, una y otra vez en los pocos canales de televisión que existían. Después de desayunar un revoltillo delicioso que preparó mi madre, agarré a mi muchacho y me dispuse a jugar toda la mañana junto a él. Ya Alberto hacía rato que se había zampado su tetero mañanero. A media mañana, se pegaba a la falda de la abuela y ella, consentidora desmedida, le rellenaba un pan con lo que hubiere, generalmente jamón y queso holandés, que nunca le faltaba para esos bellos momentos de glotonería divina. Se escuchaba la gritería que formábamos mi hijo y yo entregados a la diversión. A él le gustaba que le soplara la barriguita. Sonaba como un montón de flatulencias en voz alta. Cada vez que le soplaba, y se dejaba escuchar ese sonido asqueroso, mamá gritaba apenada pensando en que alguien pudiese escuchar. Le daba mucha vergüenza eso. Busqué en el armario, y por fin pude encontrar un librito de cuentos infantiles que a él le encantaba en virtud de que al parecer, las benditas noticias de aquella masacre que era justificada por la gente, no darían tregua a la programación ordinaria. Apenas lotomó el libro entre sus manos, se entregó a la contemplación prácticamente sin moverse, salvo que para pasar las páginas. Las imágenes a todo color de los relatos fantásticos le fascinaban. No hacía falta más, que contemplar las fantasías de aquellos dibujos para ser feliz. Mi cerebro aún no terminaba de asimilar todo aquello que, durante las pocas horas que duró mi fantasioso encuentro con un pasado que no había vivido personalmente y un futuro que permanecía distante, se habían agolpado en él. Durante el resto del día no quise pensar en ello. Preferí relajarme un poco tratando de pensar en otras cosas, pero me fue imposible. Al mediodía ya no aguantaba el cansancio. Había “dormido” algunas horas,en el sentido literal de la expresión, aunque realmente lo que sentí, fue que estuve atrapado más bien, en un laberinto de situaciones en mi mente y, aunque muchas veces me esforcé por salir de esa especie de trance, no pude lograrlo. Una fuerza mayor me lo impedía. No sabría como explicarlo mejor; pero lo cierto, era que no sentía que había descansado. Por ello, cuando quise dormir un rato, el temor se apoderó de mis sentidos. No pude evitar sentir tanto miedo.Fue un miedo infundado, algo poderoso que no se de donde salió. El niño se durmió de inmediato, tan pronto hubo almorzado. Era ya una rutina, que tomara una pequeña siesta después de comer. Nunca le fallaba el relojito interno. Cerré los ojos con insistencia, tratando de que el sueño llegara a mí y nada. Finalmente desistí de aquel empecinamiento obstinado, y me puse a contemplar el techo como si esperara encontrar algo en él. Como si esperara una respuesta a algo, que ni yo mismo sabía de qué se trataba. Recordé uno a uno, aunque de manera fugaz, todos los acontecimientos que se habían agolpados en mi mente en aquel confuso momento, y me confundí aún mucho más. Desde la alcoba de mi madre, la cual siempre mantenía la puerta abierta, se escuchaba la televisión. Era muy raro que ella mantuviera el volumen del aparato tan elevado; pero de seguro quería que yo escuchara las noticias de aquel hecho, ominoso por demás. Estábamos solos los tres. Mi padre había salido desde temprano a ver que conseguía, siempre decía eso, y no había llegado a esa hora. De seguro había conseguido una candelita, que era como le decía a un pequeño trabajo que habría de consistir en hacer un remiendo, colocar alguna ventana, en fin; un trabajo de menor complejidad, de esos que se resuelven a lo sumo, en un día. Roger, enfermo como estaba, trabajaba en una ciudad cercana. Le habían diagnosticado mieloma múltiple, y ya su cuerpo se había transformado considerablemente. Su estatura se había reducido en un grado alarmante. Yo le colaboraba con la medicación.Mejoraba un tiempo y empeoraba otro; así era la vida de mi pobre hermano. Y no le decía así por lastima, sino porque verdaderamente sentía mucha pena por lo que estaba padeciendo. No se dejaba amilanar por su estado deplorable de salud, y quería sentirse útil a toda costa. Las constantes noticias al respecto de lo sucedido el día anterior, retumbaban como si se tratara de algo espectacular. En el noticiero de la tarde la cosa fue peor. Una cantidad de políticos desfilaron dando sus opiniones. Muchas a favor, pocas en contra; pero al fin y al cabo, puntos de vistas encontrados. Un anciano con pretensiones presidenciales todavía, que rememoraba sus tiempos de glorias cuando había ocupado la silla presidencial, el engominado; fue de los primeros en emitir su juicio, muy adulador por cierto. Con sus temblorosas expresiones, manifestaba que eraembarazosodemandarle al pueblo que se sacrificarapor la libertad y la democracia, cuando se detiene a pensar cualquiera con sentido común; que ese sacrificio no  le sirve para llevar de comer a sus hijos, para satisfacer las necesidades de su familia, para nada. El viejito condenaba la acción terrorista, pero no le llamaba sino; un golpe desesperado para tratar de cambiar un rumbo. Criticaba a los autores, pero por otro lado, levantaba sus manos como lo hace el arbitrante de boxeocuando señala con ese gesto al vencedor. Justificaba de manera indirecta a la intentona, señalando que existía, sin lugar a dudas;un mar de fondo,una situación grave en el país. Uno de los principales colaboradores o cómplices, dependiendo por donde se le mirase,expresó al momento de deponer las armas y resultar preso; que se había tratado de una maniobra que había surgido del sufrimiento continuo de un pueblo. También ponía la cara de pendejo inmolado.“La gente de a pie se había cansado, ya no soportaba tantos pesares, tantas humillaciones”, manifestaba. Decía ser un enviado por la providencia en nombre del libertador. En memoria de éste habían actuado, orientados por él; siguiendo sus órdenes. Juraba, con lágrimas en los ojos y una biblia en la mano, (después de haber mantenido un fusil en esas mismas manos) que su sagrado propósito había sido;salvar a una población sufrida y deshonrada por lasfalsas promesas de los políticos corruptos.Desde ese entonces le llamarían “el hermano”, puesto que no largaba una cita bíblica de la jeta cada vez que hablaba. Adulaba hasta más no poder al largurucho, aunque pocos años después, al ser contrincantes en unas elecciones; lo llamaría diablo. Eran esos gestos y esas expresiones, lo que le daba un matiz poco digno a la manera de hacer política, pues ellos no eran políticos. Otro personaje de la vida política de mi patria,la primera dama, había dicho que en lo sucesivo, iba a tener que andar con una pistola bajo la manga; haciendo alusión al intento de asesinar al presidente. Con mucha razón, decía queesos tipos habían demostrado ser unos  sanguinarios sin escrúpulos. Deseaba con todas las fuerzas de su alma, que los atraparan a todos y los hicieran pagar muy caro su crimen. La mujer lloraba, porque estuvo a punto de quedar viuda. Extrañamente no se mencionó nunca, que se había tratado de un magnicidio en grado de frustración. Aquella bestialidadfue denominada con un eufemismo absurdo; “intentona golpista”. Años después, esos mismos cagados llamarían intento de magnicidio al simple hecho de que alguien mirara feo al presidente. La opinión de un parásito eterno de la política fue:“debería haber una condena tajante a quienes usaron la violencia para intentar lograr un propósito”. Ese mismo payaso llegaría a ser su más servil perro faldero y principal ladrón del régimen.           Nunca falta un filósofo barato, siempre lo he dicho. Un tipejo con la mirada perdida en el universo, guardaba un silencio sepulcral mientras los reporteros esperaban que dijese algo. Cuando ya la paciencia se les terminaba a los comunicadores sociales, él finalmente decía; “La historia siempre le da la razón a quien la tiene. Quienes se amotinanpara aparentemente poner las cosas en orden, garantizar la justicia social y hacer que se restablezca una democracia que se creía perdida, acabanpracticandoel poder absoluto,autoritarioy ajeno a toda crítica. Lo peor que puede hacer una persona en sus cabales, es creer en esos falsos mecías, embusterosque se hacen llamar redentores de la Patria”. Le echaba la culpa a los muchos civiles que sin duda, habían sido copartícipes de esa matanza, como catalogaba al intento de magnicidio. Instaba a las autoridades aaveriguar a fondo el hecho, y no descansar hasta que todos los participantes, fuesen quienes fuesen, pagaran su culpa. “Que caiga todo el peso de la ley sobre esos miserables, no deber haber piedad alguna”, terminaba con esa frase, una absurda declaración. Ese mismo tipejo, al llegar el sedicioso al poder, ostentará grandes cargos y gozaráenormes privilegios. Malicioso hipócrita que bastante ponzoña inyectó en sus declaraciones, y hasta que el diablo se lo llevó, no hizo más que vivir con grandes lujos. Oportunista desmedido y vividor olvidadizo.           Otra declaración que me llamó mucho la atención, fue la de un político del quien nunca supe a que se dedicaba. Creo que era abogado; pero nadie podría dar fe de los aportes al país que sus obras habían hecho. Él dijo tajantemente: “Cuando unos hechos perversos y demasiados abominables, como los que habían protagonizado esos infames cobardes y terroristas; salen a darles la razón, a ofrecerles apoyos.Quienes lo hacen, pueden ser llamados terroristas también, y sobre ellos debería caer todo el peso de la ley. ¡Que se pudran en la cárcel!Que aberración tan grande el hecho de atentar contra la vida de un hombre que lo ha dado todo por su país, que se sacrifica en extensos y extenuantes viajes oficiales para el bien de la nación. Cuerda de malagradecidos que no valoran el sacrificio de un gran hombre. ¡Mueran los golpistas!”. Olvidaba (o se hacía el loco), que el pueblo no estaba recibiendo todas esas maravillas con las cuales se ufanaba. Me quedé estático en la cama, escuchando aquella estela de sandeces que vociferaban los que, de bando y bando; maldecían y bendecían el fulano intentogolpista. Yo le siempre lo consideré intento de magnicidio.Con esa vil acción había pretendido el poder a la fuerza. Había visionado varios de esos eventos en mis recientes remembranzas, y en todas había corrido mucha sangre. Terminó el horario del noticiero, y nada que pasaban la programación habitual. Sólo se miraban caricaturas,y a cada rato las interrumpían para repetir las tristemente célebres palabras del golpista. A mí esas imágenes me parecían burlescas. Mi madre se molestó mucho, puesto que finalmente la hora en que daban su novela, también había concluido; no sacaron al aire el capítulo correspondiente. Fue a buscar al niño para bañarlo y cambiarle de ropa. Papá estaba durmiendo un rato, y Juanita metida de lleno en sus cosas. Yo, enfundado en un enorme tedio, y en vista de que ya no iba a poder echar un sueñito, tomé un ejemplar que estaba leyendo. Pensé pasar un rato de amena lectura. Se trataba de“Los Dioses tienen Sed” de Anatole France. Ya había leído una gran parte de esa insigne obra. Cuando leía esa parte que decía:“En una tranquila noche de pradial, mientras la luna extendía por el patio la suave claridad de sus cuernos de plata, Brotteaux, que leía, como de costumbre, su Lucrecio sentado en la escalera, oyó su nombre repetido por una voz de mujer….; algo interrumpió mi lectura. Miré que algo se movía en la antesala. No escuché que alguien hubiese abierto el enrejado del portal de nuestra casa. Su chirrido eterno nunca fallaba, por lo tanto descarte que se tratara de alguien que llegaba a casa; por lo tanto, continué la lectura. Pero apenas iba a continuar con la lectura de las mágicas líneas de aquel libro, cuando sentí un estremecimiento; era como si alguien se hubiese sentado a mi lado.  Eso me perturbó en extremo. Eran las dos y treinta de la tarde, y consideré una cobardía sentir miedo a esa hora.Buscaba escudarme en esa ridícula excusa. Me quedé mirando un buen rato como un estúpido la puerta de la casa, a sabiendas de que nada había allí. Cuando iba a posar nuevamente la mirada en el libro, fui testigo de la cosa más fantástica que había pasado en mi vida. Obviamente que pensé que lo habían sido, todos aquellos momentos y relatos que se habían agolpado en mi mente mientras dormía; pero no, aquello significaba una nimiedad comparado con lo que viviría desde entonces.           En el sofá, justamente a mi lado, estaba sentado un hombre. Era un hombre menudo, ataviado de una elegancia pasada de moda. Una barba cerrada y un talante serio, lo expresaban todo.De inmediato recordé haberlo visto en aquellas apariciones que recientemente habían llegado a mi aturdido cerebro. Si, era él. Se trataba del presidente constitucional y restaurador de la República. “El Cabito”, como mejor fue conocido en su entorno. Me quedé más que perplejo, por supuesto que sin habla. Intenté salir corriendo, y ningún movimiento acudía a mis órdenes. Quise gritar en demanda de auxilio; pero una fuerza extraña me lo impidió. Verdaderamente que me tildarían de orate, o de algo parecido de haberlo hecho. Me quedé inmóvil como si no estuviera pasando nada. Cerré los ojos con tanta fuerza, como lo hacía Alberto cuando algo lo asustaba. Los abrí con la esperanza de que hubiese sido una mala jugada de mi imaginación; pero no, allí estaba sentado aquel caballero elegante, mirándome fijamente. “Aquí estoy nuevamente muchacho. Ya te acostumbraras a conversar largo y tendido con nosotros”,se dirigía a mí como si no se tratara de un espectro. Miré a mí alrededor para cerciorarme de que nadie merodeaba por allí. Realmente debí verme ridículo mirando a la nada,cuando en realidad estaba contemplando y escuchando a un fantasma. Sin percatarse de mi miedo, aquella entidad continuó hablando de lo más natural. “En aquella oportunidad te dije que algo grave les iba a suceder a todos ustedes. Te diré lo mismo. Te repetiré todo, pero ahora estando tú en tus cabales para que no te vayas a confundir con que lo anterior.Pensaste que había sido una simple pesadilla, pues te equivocas. Lo que viviste fue algo planificado. La divinidad quiere advertir, evitar
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