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4586 Words
hasta mi adorado abuelo se había enfadado conmigo, ya que por mucho tiempo dejó de aparecerse hasta en mis sueños, en los cuales constantemente se hacía sentir. Inclusive el mismísimo diablo me llegó a tentar. Puso en mi camino una desgracia sin parangón, una experiencia que cambiaría mi percepción sobre la vida para siempre. Fue el dolor físico más grande de mi vida.Con esa experiencia quiso el demonio que sintiera que el nuevo gobernante, su más preciada creación; representaba lo que necesitaba mi país. Mi vida estaba en peligro. El gobierno, a través del Instituto encargado de la seguridad pública, puso a mi disposición todo lo necesario para salvarla. El peor dolor físico de mi vida lo viví en ese momento. Fue un accidente espantoso.Por poco aquella tragedia logra sus mezquinos propósitos. Fue hasta ese entonces, el peor momento de mi vida. Confiese que tuve miedo a la muerte. Caí en un abismo extenso, y fue en ese momento en que sentí que de no haber sido por la oportuna intervención del Estado en manos de ese ser, pude haber entregado mi alma al creador. Fue un accidente muy lamentable el que sufrí aquella tarde tristemente recordada por el resto de mis días. En un principio no recordé nada. Sólo sentí un fuerte dolor. En medio de mi desespero y de los llantos que sentí por doquier, pude notar que ese dolor que me estaba ya matando provenía de mi pierna izquierda. Levanté entonces la cabeza y observé mi extremidad comprobando para mi desgracia, que el fémur se asomaba a través de una enorme brecha de donde brotaba mucha sangre. Era una señora fractura abierta la que observé en la amorfa extremidad. Quise sentarme para orientarme y saber lo que me había sucedido; pero algo en mi cadera me lo impedía rotundamente. Sólo entonces pude mirar, aún sumergido en una horripilante desorientación, a un caballero que se acercaba corriendo hacia mí desesperado. Tras de él, una señora gritaba como loca tirando de sus propios cabellos, sin dar crédito de lo que sus ojos observaban. De inmediato el caballero en cuestión me tocó por todos lados, a la vez que gritaba. “¿Que pasó mi muchachito?             Fueron esas palabras, las que me conectaron a ese cruel instante de mi existencia. Esas palabras que escucharé por el resto de mi vida, fueron las exclamadas por mi padre. Su recia voz esa vez se transformaba en una delicada exclamación de horror. Me tocaba por doquier con unas manos enormes, tratando de descubrir en mi cuerpo alguna otra herida grave. Mi realidad llegaba entonces, de la voz de aquel caballero que quería ayudarme, y rescatarme de una desgracia mayúscula. Era mi bello padre, quién desesperaba por un acontecimiento indeseado que me estaba sucediendo. Pude reconocer a mi amado padre que se desvivía por mí, tratando de que lo que observaba no fuera cierto. Tras de él, mi madre lloraba al ver mi desgracia. Varios niños miraban atónitos. Mi madre expresaba su llanto en medio de una crisis de histeria lógica. Ella nuevamente lloraba, pero noté que su dolor era más poderoso en ese momento trágico.              De pronto, un niño se abalanzó hacia mí impulsado por un instinto muy inocente. Mi dolor se tornó más fuerte ya que sin quererlo, el niño me lastimaba.“¿Qué le pasó a mi papi?”La realidad se presentó ante mí, como un revelado perfecto. Era Alberto, mi bebé, quien a su corta edad miraba el accidente del que fui víctima por mi maldita imprudencia. Mi pierna parecía un garabato, por lo desbaratado que había quedado mi hueso. Noté que había sucedido algo en mi mandíbula, ya que justo debajo del mentón, una herida dejaba escapar algo de sangre. No podía cerrar la boca, lo que le daba un aire espeluznante a la situación. Noté un dolor que, aunque opacado por la intensidad del que sentía en la pierna izquierda, atrajo mi atención cuando estaba ya aferrado a ese terrible momento de mi vida. El dedo gordo de mi pié derecho, también se había involucrado en aquel desastre en que se convirtió mi travesura detestable. Una herida debajo del mismo, también ofrecía a aquella naturaleza, mi sangre. Todo aquel torrente hemático amenazaba con extinguir mi existencia, sino era trasladado a un centro asistencial de inmediato. Por suerte, el traslado no se hizo esperar. Contrario a lo que esperaba, una unidad de rescate se presentó apenas alguien dio aviso. Hasta hacía poco, en todos los centros asistenciales yacían las ambulancias inservibles; pero por una arrolladora obra de magna gestión gubernamental, todas ellas regresaron a la “vida”, aunadas a una gran cantidad de unidades recién adquiridas. Lo mismo sucedía con todo a lo largo y ancho del país. Como estudioso de las ciencias de la salud, sabía perfectamente lo que estaba sucediendo conmigo, y lo que me esperaba. Para mí no era para nada un secreto, los graves sinsabores que se sufre durante una o varias fracturas, pues en mi trabajo en el servicio de traumatología había visto desde la barrera, los sufrimientos de un gran número de pacientes con ese tipo de padecimiento. Las manipulaciones desastrosas para lograr que un hueso vuelva a su lugar, las inmovilizaciones mediante aquellas horrorosas tracciones, los yesos, el gran dolor y por sobre todas as cosas; el grado de dependencia que se adquiere, al no poder movilizarse quien padece fracturas en los miembros inferiores.Mi mamá se transformó como siempre lo hacía, en mi más especial aliada. Ella trataba, en medio de su desespero, de infundirme un valor que me hacía tanta falta; y aunque ella misma lo había perdido, trataba por todos los medios de minimizar mi sufrir. Aun puedo ver claramente como si hubiese sido ayer, sus ojos incrédulos ante una magna tragedia. ¡Cómo te extraño mamá!La voz dulce de mamá llegaba a mis oídos, denotando una honda preocupación. La voz de madre es mi verdadera fortuna. El tamaño de mi pesar era inmenso, pero allí estaba ella, mi bella madre; para darme la esperanza de mi pronta recuperación. Toda vez que alguno de sus hijos estaba padeciendo bajo algún pesar, ella con su benevolencia sin límites albergaba esas penas, convirtiéndolas en sus propias penas. Francelina no había sido enterada de lo que me había ocurrido. Ya mi sangre escaseaba. Ya mi mirada se tornaba nublada.Ya mis labios hacían supremos esfuerzos para poder emitir algún mensaje hablado. Mi mandíbula no podía ocupar su espacio debidamente. Sentía que la vida se me escapaba despacio. En verdad temí lo peor, ya que hasta hacía poco había podido comprobar que los hospitales no estaban pasando por su mejor momento en cuanto a su debido equipamiento. Sentí que todo lo que yo había evidenciado en mi sitio de trabajo hasta hacía poco, se iba a conjugar en mi contra. Definitivamente pensé que no habría una salida satisfactoria para mí.Afortunadamente si la había. Todo era distinto. Todo estaba equipado debidamente. Además de ello, estaban las manos benditas de los galenos, de las enfermeras, y demás integrantes del honorable equipo que salva vidas y devuelve esperanzas. Se abalanzaron deprisa sobre mí, tratando de evitar que el daño llegara a convertirse en irreversible. Todos sabían, hasta yo, que una hemorragia de esa magnitud podría conllevar a un lamentable desenlace. ¡Santo Dios! en el hospital de mi ciudad natal había de todo. Contaba con muchos recursos y no hubo necesidad de sufrir como un condenado, yendo de un sitio a otro tratando de adquirir algún medicamento, o algún material que resultara necesario para tratar de recomponer aquella catástrofe. Caramba, me habían tocado las manos del infortunio y vaya de qué manera. Pude constatar de éste lado de la barrera, que por fortuna se pudo enfrentar de la mejor manera, toda aquella marejada de sinsabores que me vi precisado a enfrentar. Una bella mujer me visitaba cada semana, y me hacía preguntas en cuanto al trato recibido. Entregaban para mí, todos los medicamentos requeridos, todo el material que hacía falta. Y en cuanto a las comidas, aunque mi apetito había decrecido de manera descomunal, se trataba de verdaderas delicias. Hasta una merienda recibía. Al principio me negaba a comer, sobre todo, para evitar lo contrario puesto que cuando me daban ganas de evacuar el área, todo era un verdadero desastre; el cual mi madre y Francelina enfrentaban con estoicismo y sobre todo, aguantando sus respiraciones hasta más no poder.Si había algo que realmente admiré, fue el cambio que se había producido, para bien, en la infraestructura de la unidad donde por muchos años presté mis servicios. En la habitación que compartí con un buen hombre, al cual simplemente le decían “El gallo n***o” había aire acondicionado, televisión por cable y la limpiaban varias veces al día. Por ser mi esposa y yo, trabajadores del área asistencial, fui merecedor de aquella deferencia que supe valorar. Supongo que mi compañero de habitación estaba ligado en cierta forma con la salud, aunque nunca le pregunté.Sencillamente me entregaba a mi destino sin hablar mucho. Permanecí tres largos meses en ese recinto. Las fracturas que sufrí fueron muy graves, por lo que tuve que ser intervenido quirúrgicamente en varias oportunidades.Para más desgracias, una bacteria demasiado perniciosa se alojó en el tejido blando,sitio por donde había emergido parte de mi hueso; provocando una infernal infección. La intervención que trataría de alinear mis huesos tuvo que ser postergada, dado el proceso infeccioso que enfrentaba. Lo que si sucedió, fue que me trasladaban al quirófano cada semana,con la intención de realizar limpiezas quirúrgicas a la gran herida infectada. Perdí gran parte de la masa muscular de mi pierna izquierda. Una horrorosa cicatriz se asomaba para hacerme sentir un monstruo. Era la única manera que tolerase aquellas curaciones; bajo sedación profunda. Batallé de una manera feroz, sufriendo de unmodo muyintenso; pero por fortuna logré salir adelante. Siempre trataba de consolarme diciéndome: “Algún día saldré de esto. Dios nunca nos pone pruebas que no podamos superar” y ciertamente pude lograrlo poco a poco. Y ante mí estaba una buena gestión. Nunca fue necesario dar carreras para lograr algún propósito, puesto que en el hospital las dieron por mí. Cuando las condiciones referentes al proceso infeccioso que tuve que enfrentar fueron adecuadas, me operaron. Nunca pensé que me ocurriría algo tan riguroso, como aquello que tuve que enfrentar durante varios meses. Después de una larga jornada en el quirófano, desperté de la anestesia sintiendo un enorme peso en mi extremidad afectada. Se trataba de un tutor externo, aparato que serviría para mantener los fragmentos de fémur unidos; era esa la única manera de lograr que la gran fractura consolidara. El tutor externo significó más que un monstruo. Se trató de un instrumento de tortura, semejante a los utilizados en épocas remotas. Cuando prevalecía ignorancia, y se creía que castigando al cuerpo se castigaba a las almas impías tomadas por el diablo.  Se trataba de una máquina de dolor, de incertidumbre y de desesperación. Por mi mente pasó incluso la idea del suicidio. Creo que si no lo materialicé, fue por no poder zafarme de aquella prisión que significaba mi atadura; pero por sobre todo, por mis arraigados principios cristianos, por mi familia. Hoy me arrepiento de todo corazón, por aquel pecaminoso deseo colmado de herejía. Le doy gracias a Dios por haberme hecho aborrecer de inmediato, aquel pensamiento inmundo. Fui trasladado a casa cuando se daba inicio al mes de diciembre. Ya a esas alturas, el presidente estaba cubierto de una arrogancia sin par. No dejaba de maldecir a los Estados Unidos. No perdía ocasión para denigrar del gigante de norte. Ya había comenzado a dar muestras de petulancia en su primer año como gobernante. La opulencia del país era sumamente notoria. Mejoraron muchísimas cosas. Y era esa la idea, continuar calando cada vez más, hasta llegar a posicionarse de manera definitiva en el corazón de cada ciudadano de la república.El gran aliado fue el precio del petróleo. Tan pronto fue juramentado como jefe de Estado convocó, como lo había prometido, a una Asamblea Nacional Constituyente. Los integrantes de dicho ente en seis meses, ya tenían preparada una nueva constitución. Ciertamente que en ella estaban contenidos muchos mecanismos para garantizar los derechos humanos, y por sobre todo, se alargaba el período presidencial, y se aprobaba la reelección inmediata. Bajo esos nuevos lineamientos, se le dio protagonismo a las fuerzas armadas, y se elevó el número de poderes públicos. Se llegó a producir más de 3 millones de barriles de petróleo por día, y el precio de cada uno de ellos superó límites nunca antes imaginados siquiera. Pocos se percataban de algo que a todas luces no era ocultado. Mientras el presidente se cobijaba de modestia viajando en un carrito muy humilde, sin guardaespaldas, sin lujos y con vestidos sencillos; aprovechaba para hacer justicia. Los hermanos que sufrieron de niños los embates de la pobreza; comenzaron a vivir como reyes. Sus padres eran, al poco tiempo de su llegada al poder, prácticamente los dueños de aquel pueblo. Ya eran amos de varias haciendas y de lujosos vehículos. Su familia se transformó sin más ni más, en una familia poderosa y sumamente rica.           Era esa apenas la punta de iceberg. Con el paso de los años,las riquezas de su familia crecerían de forma desmedida. La rubia bella que presentaba como la primera dama, pronto dejó de aparecer a su lado.Pocas veces se le vio dándole muestras de cariño. Con quien sí se le veía abrazado constantemente era con el tirano barbudo de la isla vecina. Parecían realmente un par de maricas abrazándose constantemente. El presidente hablaba maravillas de aquel déspota desmedido, no perdía oportunidad de alabarle y jalarle bolas. No parecía avergonzarle aquel triste papel. Uno de sus primeros decretos fue abastecer de manera gratuita de nuestro petróleo a aquel vividor. Parecía un tonto hipnotizado cuando hacía referencia a aquel dictador asesino. Nadie se explicaba en el fondo, aquel apego desmedido el facineroso y pendenciero líder; el mismo que en muchas ocasiones, al verse tirado como un trapo viejo por el gran país socialista, había tratado de tumbar gobiernos, de incitar a una alzada golpista, en fin; sucias maniobras para tratar de asirse el petróleo de mi país. Nunca imaginó el viejo y ambicioso dictador, que las riquezas llegarían solas, a cambio de lo que se creían, sabios consejos. Se llenó nuestra patria de un gran número de personeros insulares, médicos y entrenadores deportivos con los que se pretendían un iluso intercambio. Petróleo por aquellas bajezas que nunca rindieron frutos. Los profesionales criollos fueron subestimados de una perversa manera al enquistar en todos los rincones a los de la isla vecina. Y a diario, se veía surcar nuestros mares, buques con miles de barriles de crudo de regalo. Tamaña desfachatez que tanto daño le ocasionó a la patria grande.           Las primeras muestras demoníacas, las dio precisamente por aquellos días en los cuales regresé a casa preso en mi propio cuerpo; estando atado a aquel perverso adminículo, el cual me producía horrendos dolores. El flamante gobernante se presentaba cada domingo en un programa que se hizo luego tan común, que hasta el presidente de una junta de vecinos trataba de imitar. Ya era común escucharlo desde distintos escenarios de nuestra patria, hablando hasta por ocho horas seguidas, diciendo las más variadas estupideces que su público soportaba por no tener otra alternativa. Yo lo escuchaba hablar, y quedaba atónito por aquella facilidad que tenía de dejar un tema inconcluso, y saltar a otro para luego regresar al anterior, sin perder el hilo de lo que estaba tratando en un principio. Nunca antes ni después, escuché a alguien de tan prodigioso verbo, tengo que reconocerlo. Las citas diversas que hacía de inmortales autores, filósofos y pensadores, lo hacían ver muy ilustrado; lo era realmente, el hombre había leído mucho. Manejaba a su antojo, todos aquellos temas a los que hacía referencia. Era un lector empedernido, y daba muestras de sus grandes conocimientos al referir las citas aquellas. Escuchaba buena música, miraba obras cinematográficas clásicas, en fin, superaba grandemente al viejo dictador de principios de siglo.           En uno de aquellos maratónicos programas dominicales se expresó de la siguiente forma, en virtud del período de lluvias que se avecinaba de una manera inusual: “Si la naturaleza se enfrenta, habrá que batallar contra ella para que respete”, decía tratando de emular lo dicho por el padre de la patria hacía demasiados años, al contemplar las ruinas dejadas en la capital por un desastroso terremoto. El libertador en ese momento, había hecho referencias a la reconstrucción física y moral que habría que llevar a cabo, para levantar la ciudad y para por sobre todas las cosas; lograr definitivamente una necesaria independencia. Pero “El Maligno” decía aquellas prepotentes expresiones como retando a Dios, tratando de hacerse ver invencible. El atrevimiento costó muchas vidas porque, seguro estoy de ello, por castigo divino, la naturaleza se enfrentó y nadie la hizo respetar; porque sencillamente nadie podrá hacerlo nunca.Uno de los muchachos del movimiento vivió en carne propia semejante acontecimiento. Días después, a través de las líneas telefónicas, me contó todo con lujos de detalles. Me dijo Enrique, que unos gritos se empezaron a escuchar en la lejanía, apenas perceptible para lograr  despertar a quienes a esa hora, dormían profundamente. Siempre ocurría, era normal ya, que se escucharan gritos de sufrimientos de esas pobres gentes. Mi amigo me contó que siguió con detenimiento el curso de los gritos, y escuchó a duras penas, llamados de auxilio. De  seguro, alguien vivía momentos de apuros. Luego de algunos minutos, los alaridos eran más fuertes y ya se distinguían las palabras, que, como se esperaban, eran de auxilio. Su esposa y sus dos hijoslos habían percibido y se incorporaron del lecho,tratando de orientarse y determinar el origen de aquellos desesperados gritos. No tardaron en llegar a sus oídos, cómo vociferaba la gente. También se escuchaban llantos, lamentos y muchas maldiciones. Algo muy penosos había ocurrido, y como era de esperar, los vecinos se entregaban a socorrerse mutuamente. Enrique y sus muchachos, presurosos se unieron al grupo corriendo como sólo ellos sabían hacerlo, sobre el resbaladizo lodazal. Las luces de las linternas alumbraban en todas direcciones. Un joven de no más de veinte años cedió ante el barro y, parándose todo embarrado, continuó su veloz carrera.            La algarabía de la gente era mucha, y muchos sabían ya de que se trataba toda aquella confusión de gritos y llantos. Alguien exclamó que eran poco más de la una de la madrugada. Después de organizarse y buscar con calma, si es que en verdad se podía tener sosiego en esos casos; se dirigieron hacia uno de los extremos del cerro, y constataron atónitos la verdadera causa de aquel alboroto. Se había desprendido parte de éste, y con él, una veintena de casas quedaron sepultadas. Parecía la más perfecta secuencia de alguna obra de terror, el contemplar aquellas imágenes que se presentaba en lo que pudo ser una romántica noche de lluvia. En las labores de rescate, solo ellos participaron, ningún ente público llegaba para asistir a los olvidados. Ya llegarían para cubrir las noticias, y llenar con fotografías espeluznantes, una avalancha de diarios al día siguiente. Recogían a los sobrevivientes, y los trasladaban hacia las casas más seguras, por llamar de alguna manera a las que estaban en terrenos planos, que no eran muchas. Resultaron muchas las victimas de aquella tragedia. Varios cadáveresresultaron tapiados. Era casi imposible rescatarlos. El primer cuerpo en ser librado de entre el montón de barro, fue el de un bebé de aproximadamente tres años, el cual murió triturado sin piedad por una gigantesca roca. A su lado, se encontró a quien seguramente era su madre, también destrozada y además en avanzado estado de gravidez.           Los cuerpos, a medida que eran sacados de la masa enorme de lodo, fueron colocados uno al lado del otro en un lado del camino. Mientras más avanzaba el tiempo, más seres eran colocados en la inmensa hilera, hasta que no pudo rescatarse a nadie más. Un anciano falleció víctima de  un mortal ataque cardíaco al observar aquellas espeluznantes imágenes. Algunas mujeres ayudaban asistiendo a los heridos, mientras que los niños más grandes, cuidaban a los más chicos, y también ayudaban a los adultos en sus labores. Era horrible aquel espectáculo vivido, dantesco. Ellos enfrentaban aquella situación lo más unidos que podían, y haciendo esfuerzos sobrehumanos para no ceder ante el terror observado y ante el miedo, la impotencia, y la angustia de esperar encontrar a algún ser querido entre los escombros. Ese fue el inicio de una gran tragedia. La lluvia amainó por cierto tiempo para regresar devastadora. Durante varias horas continuas, se desató lo que podía catalogarse como un gran diluvio. Las aguas arrasaron todo a su paso. El gran deslave acabó con todo un poblado ocasionando un gran número de víctimas. Pocos se salvaron de la furia de la naturaleza. Poco quedó de aquella gran ciudad litoral cercana a la capital. Enrique era vecino de la zona, y supo leer la advertencia que la vida le hizo. Decidió irse de aquella zona de alto riesgo.Se llevó consigo a su familia, luego de ayudar en aquellas labores de rescates de los habitantes del sector cercano a su residencia. Supo interpretar el mensaje, y lo abandonó todo. Se refugió en la casa de sus suegros, y de esa manera pudo días después, contarme la historia.           A “El Maligno” no se le vio por aquellos parajes, cómo comúnmente lo hacen los gobernantes al supervisar los embates de algún fenómeno natural o provocado por los hombres. Sólo llegaban sus mandaderos a llevar sus palabras de aliento. Ese fue el primer tropiezo que tuvo con la opinión pública, la cual esperaba verlo momentos después de ocurrido el primer asomo de lo que sería una gran tragedia, nadando prácticamente en el lodo junto a su pueblo, tratando de socorrer junto a los cuerpos de rescates, a las innumerables víctimas. No fue así, pero aquella muestra de desafecto pasó desapercibida por el fanatismo, por el populismo que intentaba taparlo todo con recursos económicos y por supuesto; lo lograba. Lo que sí hizo, fue hablar “hasta por los codos” cómo dicen en mi tierra. Usaba su verbo como arma portentosa con la que despotricaba de quien fuere, a la hora que fuere y por lo que fuere; como cacofonía maldita de su propio lenguaje. Pitiyanquis, gringos de mierda, pitiyanquis, gringos de mierda y así. Mostraba cambios en su discurso cargado de emotividad por los sinsabores que le había tocado vivir a mi pueblo, sobre todo en una época tan nostálgica.Al mismo tiempo esgrimía una exagerada violencia verbal hacia la clase política tradicional,a la cual continuaba acusando del génesis de aquella magna desgracia ocurrida y la acusaría por siempre, eternamente. Denotó una gran oleada de violencia hacia los Estados Unidos,expresada por el completo rechazo hacia unas donaciones que con grato entusiasmo solidario, tal como ocurre en casos de esa naturaleza en el mundo entero; ese gran país había tratado de hacer llegar cómo un gesto divino. De la misma forma, varios países llegaban con cargamentos de ayuda humanitaria para paliar la situación aciaga que aquel desastroso deslave había dejado a su paso, las cuales fueron aceptadas sin miramiento alguno. Sólo fue rechazada la ayuda “gringa” cómo le decía a modo peyorativo “El Maligno”.           De esa manera, comenzó a utilizar un discurso cargado de odio hasta más no poder. Denotaba de esa forma, sus más hondos resentimientos hacia la vida. Los seguidores, que eran millones, lo justificaban; ya que él se había tomado su tiempo en preparar aquella imagen de pretensiones insanas que el gigante del norte había procurado desde siempre en cuanto a nuestras riquezas. Entonces aplaudían aquellas palabras embarradas de violencia, las cuales constantemente profería hacia quienes le adversaran. Esa había sido desde siempre su intención. Quien estuviera postrado a sus pies, tendrían todas sus consideraciones, o sus dádivas; quienes no, su total desprecio y un absoluto aislamiento político, social y hasta económico; puesto que hasta todo lo que fuera propiedad privada dejaría de serlo por el pecaminoso hecho de ser adversario suyo.Suactuacióncomplejacolmada de violencia,utilizaba modos persuasivoscomo eldescrédito, el silenciamiento de sentires, la intensión de hacer invisible al contrincante; con toda la malsana intención de construirles una identificación social indigna quejustificara elexterminio que pronto se haría sentir con todo su furor. Dice un dicho muy sabio, expresado a cada rato en mi pueblo que: “cada ladrón juzga por su condición” y aquel ser despreciable llamaba hijo de satanás al presidente de los Estados Unidos de Norteamérica. No a alguno en particular, ya que un nombre no significaba nada. Para él, quien ostentara la presidencia de ese gran Estado, significaba un enemigo mortal, al cual había que enfrentar. Él lo hacía con el descrédito. Cuando llegó el año 2.000, todo parecía estar en mi contra. Mis huesos estaban testarudos y no se notaba mejoría alguna; todo lo contrario, complicación tras complicación me llevaban directo y sin escalas, a largas reclusiones hospitalarias donde era sometido a dolorosos procedimientos. Fui operado en innumerables oportunidades, hasta que las mágicas manos de mi gran amigo Douglas Coromoto, eminente especialista en traumatología y ortopedia junto con Raúl Sánchez, realizaron en mí un excelente trabajo. Colocaron un artefacto a través de la médula del fémur afectado, y en poco tiempocomencé a dar mis pasos en la vida nuevamente. Nunca dejaré de agradecer a esos inolvidables y excelentes profesionales, quienes ejercieron su apostolado en una clínica privada sin cobrar por ello. Siempre he pedido a Dios que los bendiga grandemente. Nunca nadie hizo tanto por mí de manera desinteresada como esos dos galenos. Mantuve siempre comunicación con mis compañeros del movimiento, tanto los locales como los de la capital. El panorama se tornaba gris. El pernicioso ser había comenzado a dar muestras de un diabólico absolutismo distanciándose de manera unilateral de un país poderoso, el cual desde siempre, había sido el principal cliente del petróleo de mi patria. La absurda explicación vociferada era la manía del mercantilismo. Continuaba profiriendo a todo pulmón, el gran pecado que significaba poseer riquezas; mientras tanto sus familiares y amigos se hacían de enormes fortunas que desviaban del erario público. Ya el “empepamiento” con el barbudo dictador era vergonzoso, y extremadamente notorio. Parecía más bien un total romance que ya no se ocultaba ante nada, ni ante nadie. Nada habría que objetar al respecto a no ser que con ello, se hundía grandemente a la patria grande, ya que era eso lo que siempre había añorado el veterano dictador. Aquella actitud del presidente, quien desde ya se creía el dueño no sólo del país sino de sus habitantes, me causó extrañeza. En ese momento rememoré algo de lo que había llegado a mí durante aquel sueño misterioso que nunca podré olvidar, aunque quisiera hacerlo. Llegaban nítidos los instantes de una nefasta dictadura que sembró terror y miseria en todo el país. Aquella dictadura que se creyó lo peor que había sufrido nuestra patria. Pero de inmediato también se presentó un suceso que estaba por suceder.Rememoré aquel instante llegado desde mi sueño recóndito. “El tirano de inicios del siglo XX no quería entregar el poder, por lo que anhelaba seguir mandando de manera perpetua; entonces emprendió una vertiginosa maniobra dentro del régimen, por medio de la cual, los copartícipes más leales que no dejaban de adularlo posterior
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