Capítulo 2

2949 Words
Damián jugaba al fútbol todos los sábados. Y todos los sábados, íbamos a verlo. Él siempre ha estado enorgullecido por seguir el deporte que sacudía su corazón, soñaba en ser un jugador famoso y era el mejor portero que había en Lechter. Jugaba para el equipo de su universidad. Por la tarde, me había quedado en el palco de la tribuna con Alexis y otros amigos suyos; como mis padres aún no habían vuelto, me tocaba ir con él. Así que no me quedó otra opción que invitar a Marty, ya que Francisco odiaba el fútbol.  Y un gran «no» me obligó a cerrar la boca. Mientras que todos se preparaban para comenzar el primer tiempo, Marty —Martin, pero yo lo llamaba por su apodo— me contaba lo que sus padres hacían. Ambos eran abogados, del rango más alto y graduados de importantes universidades. Ellos pasaban la mayoría del tiempo solos, a veces veían a su padre, y a veces a su madre. Eso me preocupó un poco. —Francisco me contó que tu hermano trabaja en el taller, eso es cool. —Sí, «cool» —respondí viendo a los árbitros acomodar los conos en las esquinas de la cancha—. Siempre es cool cuando te pide que le pases las herramientas engrasadas. —¿Sabes algo? Tu hermano es cool porque pasa tiempo contigo, en cambio el mío solo se vive quejando de mis notas como si fuese a primer grado. Y mi padre... llega de su empleo y se sienta frente a la computadora con un capuccino. Y no quiere que nadie lo moleste, ¿entiendes? Lo entendí perfectamente. De ese modo, le regalé una sonrisa de sinceridad. Había que decir la verdad: Marty y Francisco eran muy diferentes en sí. Marty era más de ser pacífico, y Francisco alborotado. Eran mellizos no tan mellizos. —Lamento que tus padres no pasen tiempo contigo —espeté—. No quería sacarte el tema. Creo que es algo difícil para ti sobrellevarlo. —No te lamentes, y está todo bien. Me encantaría que mi padre me terminará de enseñar béisbol, o basquet. Apenas tiene tiempo para mí, Francisco ya ni habla de él... —aquello último hizo que la tristeza detonara una bomba en su rostro—. Para él es como una mosca, solamente viene a molestar y se va. Me sentí culpable y como si aquello fuera incomprensible; cómo si nadie lo entendiera. Sin embargo, entendía como se sentía. Pero yo y Damián habíamos tenido la suerte de tener padres presentes y que nos mimen siempre, y que a veces no estén pero que no sea por tanto tiempo o meses como le pasaba a Marty y Francisco. De repente, llegó Alexis con un teléfono; me di cuenta que hablaba y rodeaba los ojos de vez en cuando. El palco se iba llenando, y el sol comenzaba a picar. Marty me seguía contando sobre su familia y sus padres. Poco convencionales, al decir verdad. —Pasaré por ti, espero que estés listo —dijo Alexis, mientras colgaba el móvil—. Es Eliah, dijo que te llamó pero no contestaste. —Me quedé sin batería —confesé, y Alexis accedió a irse.  Marty me miró intrigado. —¿Quién es Eliah? —preguntó, y se llevó una mano al pelo, acomodando su mente quemado por el sol. Vi un toque de curiosidad en él. —Mi mejor amigo, ayer fuimos juntos —espeté—. Y por sí quieres saberlo: es gay. —Oh. No lo había visto, me alegro por él... —respondió—. Por cierto, ¿el chico que se ha ido... es tu novio? —agregó, diciendo en voz baja como si fuese un secreto. Me eché a reír. —No, no. Es amigo de Damián, mi hermano, y no le gusto a él... —¿Y a ti te gusta? —interrumpió. Me estaba dando los huevos por el piso, Marty hacía muchas preguntas.  Y me daba la impresión que Francisco le mandaba a preguntarme eso. —No, no me ha gustado nadie aún —contesté, y Marty asintió—. Sólo han sido amores «platónicos». Tú me entiendes. ¿Amor platónico como Darcy? Sonreí, podría estar tan loca como mi hermano al quedarse plantado por una cita a ciegas, pero era un secreto tan grande que debía guardar; el amor hacía personajes es algo... peculiar. Pero, tomando el caso de Damián, no podría ver mi hermano sufrir por un amor. En eso estábamos más unidos que nunca. Hablando de Roma... mi hermano se acercó al palco y saludó a Marty. Era la primera vez que se veían, y parecía que habían sido amigos toda la vida. Los miré sin decir nada. —Necesitamos un jugador más, ¿te animas a jugar con nosotros, Martín? —preguntó Damián—. Integraría a Dánae pero los chicos se ponen densos, ella es excelente jugando. Marty no respondió nada. Y yo me sonrojé apenas un poco. —No sé jugar —soltó de repente—. Nunca he jugado. Damián sonrió un poco, y le dio palmaditas en el hombro como consuelo. —Sólo debes ir de izquierda, la pelota toca muy pocas veces ahí —le propuso, y Marty me miró—. ¿Crees qué esté bien hacerlo? Sus mejillas enrojecieron, me causaba cierta ternura. Una risita se escapó de mi boca. —Sí, Marty. Creo que lo harás genial —dije en voz baja, y él asintió. De inmediato, Damián se lo había llevado y le explicaba cómo debía jugar y que pases podía hacer. Pasaron unos minutos, Alexis llegó con Eliah y ambos se sentaron al lado mío. Se veían contentos, uno al otro. Marty ya tenía su camiseta, y estaba parado como un poste en el otro extremo de la cancha.  Lo saludé con la mano y él apenas pudo saludarme; noté que estaba nervioso. —¿El niño tímido entró a la cancha? —dijo Eliah a mi lado—. Vaya... —¿Y tú qué crees? —le preguntó Alexis—. Creo que lo hará bien. En cuanto el otro equipo entró, sus seguidores comenzaron a aplaudir y a seguir una ronda de canciones ofensivas hacía nuestro equipo. Eliah se acercó a mí e inmediato me preguntó por Francisco. —No le gusta el fútbol —respondí, él hizo una mueca como si Francisco estuviese loco. —Qué tipo raro —se metió Alexis—. Por lo menos, debe gustarle los clásicos juegos de temporada. Basquet, u otro deporte. Recordé lo que Marty me había contado. —Creo que le gusta el béisbol —murmuré. —Ah, ya. Eso es cosa de «otros» hombres —respondió Alexis. Eliah quería saber por qué Francisco había sido otro tipo de chico de la noche a la mañana, y qué motivos tenía para no ver a su hermano jugar por primera vez en su vida. De pronto, cuando me di vuelta para sacar la lonchera de la mochila, vi el auto de Miléva estacionarse en la acera del club. Y noté que ambos estaban dentro del mismo. «No puede ser, ¡no ahora!». —Demonios... Esto no puede ser —dije entre murmuros. —¿Qué sucedió, Dáni? —cuestionó Eliah mirándome confundido. —Es Francisco y su novia, están aquí. Tengo que sacar a Marty de la cancha. ¿Qué iba a pensar Francisco cuando viera a su hermano jugar por primera vez al fútbol? Seguro que lo iba a matar, lo iba a hacer añicos. O le iba a regañar como en aquella mañana. Me levanté rápidamente de la tribuna para saltar encima de los demás, iba a detener el partido y quitar a Marty de esa posición. Pero por mi mala fortuna, Francisco y Miléva habían llegado a las escaleras de la tribuna, y el partido había comenzado. Todos corrían menos Marty, que se quedaba en el lugar o apenas daba unos pasos. Francisco lo quedó mirando como si fuera aquello un error y Miléva festejaba con una gran sonrisa. Sin importarme lo que me dijeran los otros jugadores en la banca, me metí al campo de juego y corrí hasta llegar al lado de Marty.  Damián me gritaba para que saliera. —¡Debes salir! ¡Tu hermano llegó! —le grité, pero Marty se movía de un lado a otro, hizo un pase hacía Damián y este le festejó. —¿Vino a verme? —preguntó mientras se detenía, le apunté al palco de la tribuna y él se giró a saludarlos. Francisco no emitió ninguna sonrisa. «Padre nuestro, Dios santo». Y sucedió algo que jamás tuvo que suceder, en cuanto Marty se giró a recibir la pelota, esta misma se estrelló contra su rostro y lo tiró hacía atrás con la b********d y la fuerza de un huracán. —¡Marty! —grité exaltada, y tuvieron que detener el partido de fútbol. Damián se acercó y enseguida comenzó a palpar su mejilla para ver si estaba bien. Francisco saltó las vallas y llegó corriendo a dónde estaba, apartó a Damián y le sopló la cara. Marty abrió los ojos. —Hola, Fran, ¿me viste jugar? —fue lo primero que dijo, y Francisco resopló. —Sí, y jugaste horrible —le contestó, apreté los dientes para no soltarle ninguna grosería—. ¿Estas vivo, por lo menos? Marty asintió. —¿Puedo jugar? A ver. Vamos a comprender una cosa: Martin y Francisco eran mellizos. Sí, mellizos. Pero Marty se comportaba como si fuese menor, débil e inútil. Francisco tomaba el papel del hermano mayor y eso me molestaba demasiado. ¿Por qué Marty era vulnerable con Francisco? Ni porque fuera dos minutos mayor, debía controlar todo lo que hacía. O preguntar que era lo que podía o no hacer. Francisco le asintió. —Claro, pero la próxima no te distraigas —espetó, y me miró con la mandíbula tensada—, ni te dejes dis-tra-er. Me di media vuelta y me fui. Llena de rabia. ¡Al menos me preocupé! Me sentía más inútil que nunca. Cuando me subí al palco nuevamente, Francisco se había ido a sentar al otro lado con Miléva. Marty siguió jugando e hizo un gol de maravilla. Alexis y Eliah festejaban y se abrazaban. Y yo sentía la rabia subir y bajar por mi garganta. Así fue por el resto del partido hasta el entretiempo. Francisco y Miléva fueron a festejarle a Marty por su primer partido, y yo me quedé viéndolos con la furia más, pero más grande que haya existido. Ella se despidió y noté que subió a su coche. Se había ido. Francisco se quedó con Marty y ambos se reían. ¿Era mi oportunidad? Era mi oportunidad. —Ya vuelvo —dije despacio, y Alexis me miró con cierta intriga. —¿Adónde vas? —A solucionar una cuestión —respondí, y me bajé del palco en segundos.  Cuando vi que Francisco se volvía a su palco, le llamé de un silbido y él se giró como si fuese lo más importante del mundo. En cuanto me miró, puso los ojos en blanco. —Te diré una cosa: No soy un perro para que me silbes, ¿okey? Me planté frente suyo. —Y yo no soy una distracción, ¿okey? —espeté furiosa, y casi que me puse a llorar. —Qué inmadura eres, e infantil. Anoche fui generoso contigo porqué mi madre me lo pidió. Si fuera por mí, no te invitaba ni en millones de años —confesó. Con qué de eso se trataba su bipolaridad. —Ah, ¿si? —dije con sarcasmo—. Si no fuera por Eliah, jamás hubiera ido a tu estúpida fiesta. —Me vale tres pepinos —contestó de mala gana. Adiós furia, hola nervios. —Pues..., ¡a mi vale toda una verdulería! Con la misma rabia, enojo, ganas de matarlo y darle una paliza; me di la vuelta y me volví al lugar. Sin antes gritarle: —¡Te odio! Él quitó esa sonrisa de triunfador. Y entonces, mucho antes de que pudiera darme esa media vuelta que cambiaría «todo», él resopló: —No puedes odiar a quién conoces, al menos si supieras quién soy. ♥ ♥ ♥ ♥ Nuestros padres llegaron esa noche, que fue fortuna ya que Damián no asistiría a la fiesta del equipo por el festejo de su campeones. Mi madre había preparado la cena, y mi padre nos comentaba lo terrible que tuvieron que pasar cuando fueron a la casa de campo del abuelo. Yo comía en silencio, mientras que Damián le preguntaba que tal estaba todo y si habían «bichos» en el campo. —¿Y dónde durmieron? —preguntó Damián, y papá comenzó a reír. —En la cama, obvio —respondió—. Pero, ¿sabes qué paso? Mientras dormíamos, la cama se rompió y caímos al suelo. Fue terrible, ¿no es cierto, Isa? Mamá se rio por lo bajo. —Lo mejor fue tu grito de noche —dijo entretenida—, cuando fuiste a orinar y encontraste sapos en el inodoro. ¡Qué aventura! Todos reímos y vimos a papá sonrojarse. —¿Y qué tal está la casa del abuelo? —interrumpí, y mi padre estaba con el rostro fijo en el plato. —Es un desastre —respondió—. Pero, ¿de qué me puedo quejar? Tus tíos no lo querían, y me tocó por herencia. Hay miles de cosas que hacer, y se ha volado medio techo por la tormenta del año pasado. —Además, el verano que viene iremos todos —espetó mi madre, levantando los platos ya sucios—. Y no quiero excusas, ¿escuchaste, Dami? Se refería a Damián. Él asintió y se dejó caer sobre la silla. —Y ni tampoco queremos excusas de que «nuestras amigas nos extrañaran» —soltó mi padre—. Eso va para ti, Dánae. Asentí al igual que Damián. Cuando terminamos el postre, me senté en el pequeño silloncito de la ventana que mis padres armaron en mi habitación, y observé el cielo lleno de estrellas. Había música en la ventana de al lado, me di cuenta que era Francisco. Escuchaba una canción de la banda The Who. Estaba sentado en su escritorio, con los pies sobre la mesa y masticando el lápiz que tenía entre sus dientes. Pareciera que nuestras miradas se conectaron de repente, y entonces él subió el volumen. Más fuerte aún. —Qué imbécil —resoplé por lo bajo. Y me corrí un segundo de la ventana, de repente la música se bajó. Me volví para ver si era cierto, y entonces volvió a subir el volumen. —Debe ser una broma. Me alejé y lo bajó. Me acerqué y volvió a subirlo. «Con qué quieres que me enoje, ¿eh?». Abrí la ventana y saqué mi cabeza afuera, él hizo lo mismo con la música en alto. Se acercó con esa carita de «quiero joderte la vida entera». —¡¿Puedes bajar el volumen?! —grité, pero él se hizo el sordo. —¿Qué dijisteeeeeee? Me estaba hartando. —¡¡Qué bajes el maldito volumen!! —volví a gritar, y Francisco se volvió para bajarlo. Se sentó en el borde de la ventana y volvió a morder su lápiz con frecuencia—. Cabrón serás. —No me agradeciste, eso es de mala educación. Le enseñé el dedo del medio. —Gracias —dije irritada—, ¿feliz? —Muy feliz. Era la décima vez que ponía los ojos en blanco en el día, me volví adentro sin antes decirle: —Qué te den. —Si me lo das tú, sí —respondió. —Ni en tus sueños. —En mis sueños sólo existe una cosa —contestó e hizo un gesto con las manos—: Un McLaren. Un bello rojo y blanco McLaren de la generación 2016. Me reí con sarcasmo. —Por lo malo que eres no te lo traerá Santa. Ahora él se reía. —Pf, Santa Claus no existe. —Sí existe, sólo que tú no crees en él —dije. —Se lo dije a Martín, te lo digo a ti —respondió, y se apoyó aún más en la ventana—; él no existe, es un invento de las personas. Me reí mucho más por lo bajo. —A ver, ilúminame. Él se levantó y comenzó a explicarme estupideces como si fuese un filósofo profesional. —Los verdaderos «Santa» son tus padres, ¿por qué crees en eso aún? —Ah, ya. Entonces, ¿nuestros padres son él? —pregunté, y él asintió con suma afirmación. —Ya nos entendemos, Dánae, ¿lo ves?  Asentí como si le estuviera escuchando. —Qué interesante, cuéntame más. Pero él se agachó un poco para visualizarme más. —¿No era que me odiabas? —espetó, y nuevamente la chispa fogosa creció en mí. —Si, y mucho. Puso una mano en su pecho, cómo si le doliera. —Auch, eso rompió mi corazón —soltó. —Lo único que se romperá es tu nariz si no dejas de molestarme —confesé, y él se echó a reír. —Tú me hablaste primero. —Replicó. —Tú me provocaste primero, —Qué tierna te ves enojada —respondió—, te ves como una gruñona. Cómo esos ositos cariñositos. Me dan ganas de tocarte las mejillas, ver tus ojitos brillar. ¡Wow! ¡Eres una ternura! Y además... —¡Ya cállate! —dije con fuerza. Y de un golpe cerré la ventana.
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