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Si tan solo supieras cuanto te quiero

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Blurb

Para ella el amor perfecto no existe. Ni siquiera en los libros. Dánae tiene muy en claro lo que desea en su vida.

Por otro lado, unos vecinos nuevos arriban a su barrio. Son dos hermanos atractivos, polos opuestos, que desde el primer minuto se ganarán su corazón.

Sin embargo, el corazón de Dánae preferirá a uno de ellos.

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Capítulo 1
Los primeros amores existen, ¿no es así? Siempre he creído que no. Pero, quédate, te contaré esta (casi) divertida historia. Digamos que... me he enamorado de la persona equivocada, pero estaba entre dos personas y debía elegir a una. Sí, podría decirse que fue un gran triángulo amoroso, pero realmente no lo veo así. Mi primer amor debería ser recordado como si fuese lo mejor que me ha pasado, pero aún sigue doliéndome. Era joven, ¿qué más podría pedir sobre eso? Ser joven implica enamorarte, ir a fiestas, conocer nuevos amigos... Sin embargo, aquel año fue diferente para mí. Enamorarme no estaba en mis opciones, jamás le había prestado atención. Pero desde el primer momento, en que lo vi —o mejor dicho: los vi— presentí que todo iba a ser un verdadero desastre; ya presentía que todo iba a ser un verdadero caos. Realmente lo fue. Pero, dejemos de charlas, comencemos desde cero. Todo comenzó una noche. Aquella noche, mi mejor amigo y yo nos encontrábamos mirando películas de amor juvenil. Me era ya una costumbre tener que soportar aquellos amores a distancia o imposibles. Pero los caprichos de Eliah no podía controlarlos Él ha sido mi mejor amigo desde que tengo uso de razón, quizás desde muy pequeños. Nuestros padres han sido amigos desde siempre. Quería a Eliah como un otro hermano mayor. Claramente además de tener a Damián, mi verdadero hermano mayor. Volviendo al gran tema... Aquella noche, después de ver la película, el timbre de la casa sonó de repente. Eliah y yo nos quedamos plasmados, boquiabiertos, ¿quién tocaba el timbre a las doce de la noche un sábado?  Nos encontrábamos solos, y por primera reacción nos quedamos paralizados sin saber qué hacer. Esperé unos segundos, pero nadie atendió en ese momento. Claramente Damián no estaba en la casa, aquello me había dejado en claro que no. Eliah se levantó dispuesto para ver quién era, fui detrás suyo. Hasta que llegamos a la puerta, desactivé las alarmas y luego me fijé por la r*****a del picaporte. Era un chico, de cabello castaño que resoplaba a cada rato. —¿Y si es un ladrón? —dije desesperada—. No quiero morir en manos de un ladrón. —¿Un ladrón de medianoche? Puede ser, tiene sentido común —respondió Eliah—. Abre, y veremos que tal está ese ladrón. ¿Será guapo? Me sorprendía un poco eso de Eliah. En formas claras, si sabía que él tenía otro tipos de preferencias y que hace mucho tiempo había salido orgullosamente del clóset. Pero, ¡¿y si aquel era realmente un ladrón?! Quizás yo iba meterme en el clóset del miedo que tenía. Casi que me parte las costillas del codazo que él me dio de golpe. Le hice caso y abrí. Ese chico nos miró como si lo hiciéramos esperar muchísimo tiempo, entonces él se animó a hablar primero. Eliah se apoyó de forma seductora sobre el marco de la puerta. —Hola, soy Francisco, vivo en la casa aquí al lado —espetó. Se trataba del «vecino» nuevo. En cuanto miramos la casa de al lado, nos dimos cuenta que estaban de fiesta. Había mucha gente que salía y entraba. Entonces Eliah se adelantó a presentarse. —Yo soy Eliah, dieciséis y soltero. Me gusta tu camiseta. Él le miró como si estuviera loco. —Tengo novia —contestó Francisco—. Y no soy... —No importa, tú tampoco me gustas —respondió Eliah de inmediato. La decepción de Eliah se le notó hasta las rodillas. Se apartó un poco para visualizarme a mí, y debo decir que por lo alto que era, me intimidaba demasiado. Al caso cerrado: él tenía una fiesta en su casa. Y nos estaba invitando a nosotros a ir, estando solos, una noche de sábado. Qué por un momento lo pensé: «Debe ser una broma pesada». E inmediato me justifiqué: —Oh, gracias por invitarnos. Pero mañana tenemos clases, y no podemos faltar a nuestra clase. La... clase de literatura sobre la Segunda Guerra Mundial. Francisco aplanó los labios. —Mañana es sábado —interrumpió Eliah—. ¿De qué Guerra Mundial hablas? «Ahora me veré como una tonta al frente de Francisco», me dije por mis adentros. —¡Cierto! —me excusé luego de haber pasado vergüenza. Mi excusa anterior no había resultado—. Yo creo que... un rato podemos ir. No hay problema. Francisco nos indicó que podíamos entrar por la puerta principal, aunque la fiesta se concretaba en el jardín. Cerré la puerta con llave sin antes tomar mi sudadera gris. Camisetas ajustadas y chicos que estaban más buenos que el pan. Eliah fingió limpiarse una falsa baba. Esos chicos eran mucho mayores que nosotros dos, simplemente me senté en el borde de un ventanal dónde nadie estaba, Eliah había traído dos cervezas. —Esto está cool... aquí hay muchas tabletas de chocolate —espetó de golpe, y me quedé confundida mientras que él no me explicaba que significaba «tabletas de chocolate». —¿Tabletas de chocolate? —Abdominales, Dánae, abdominales. Asentí como si hubiera entendido, pero mi mente inocente no dejó que esa mala vibra entrara a mi cerebro. De inmediato les dimos sorbitos a los vasos de cerveza. Tenía un sabor muy amargo e imposible de ingerir. Eliah ya se había tomado todo en segundos. Fue por otra más. Ya estaba acostumbrado. Luego fuimos a recorrer la casa, era enorme. No obstante. la casa parecía más pequeña de lo que aparentaba; era obvio, estaba lleno de gente y jóvenes con las hormonas por el cielo. Bajamos las escaleras, observando el buen panorama y el baile que se concentraba en la sala que parecía un sótano. De repente perdí a Eliah de vista, y juro que me desesperé. Busqué a Eli por todos lados, dónde fuera mi vista había una chico similar a él. Y por el karma que me tocaba, un chico tropezó conmigo. Que además de pisarme, arrojó su vaso de cerveza sobre mi sudadera. Ya me parecía extraño que nada torpe me haya sucedido en lo que iba de la noche en esa fiesta. Retrocedí al instante de lo sucedido. —Dios mío, lo siento mucho... —murmuró El chico con desesperación buscó con que limpiarme, quién maldecía con b********d y la poca actitud masculina que llevaba dentro suyo. Cuando nuestras miradas se encontraron, no supe nada más que hacer, sentía mi rostro caliente, estaba sonrojada y no iba a negarlo. Y muy avergonzada, quizás él lo estaba mucho más que yo. —Está bien, no pasó nada —dije, alejándome para que no siguiera queriendo sacar la mancha que ya había teñido mi sudadera. Dejó de ser gris para volverse casi marrón. —Sólo quiero ser amable, y creo que es incorrecto dejarte ir después de haberte volcado cerveza —respondió, su tono de voz estaba en plena tranquilidad—. Mi hermano me va a matar. Francisco apareció de pronto, y le dio unas palmaditas al chico que me había derramado la cerveza en la camiseta. —Mejor ve a dormir, Marty —resopló—. No quiero que papá te vea de esta forma mañana. ¿Entiendes? Entonces fui yo la que entendió mejor: Francisco y Marty eran hermanos. El hermano mayor apartó al menor luego de que este se fuera y me pidiera perdón entre dientes. —Creo que mejor me iré a casa —dije anticipadamente, antes de que Francisco reaccionara. Me di media vuelta y entonces él habló: —Puedo prestarte algo... —suspiró levemente—, para que no te vayas con olor a cerveza. No tuve opción: O era cambiarme de sudadera, más la camiseta, y que mis padres después me preguntaran por qué tenía olor a cerveza, o aceptar la compasión de Francisco ante esa situación. Y sí, finalmente asentí. Subimos las escaleras nuevamente, para recorrer un pasillo extenso hasta llegar a la planta alta. Allí entramos a un cuarto que decía PROHIBIDO INGRESAR y unos stickers de la banda The Police. En cuanto ingresamos, tras esa estúpida prohibición, me encontré con un cuarto común de todo chico: Ropa sucia, cama desarmada, una computadora y una ventana que daba a la ventana de mi habitación. Quedé sorprendida cuando supe que aquellas cortinas azules eran las de su cuarto. —¿Y tus padres? —pregunté, pero él ni se giró a verme a los ojos. —Nunca están. Con, mucha, razón la fiesta. —¿Por qué no están? —volví a insistir, y él comenzó a buscar camisetas limpias en sus cajones. —Trabajan, constantemente. Son adictos al trabajo. —Oh, entiendo —resoplé. Francisco me entregó una camiseta gris con dibujos expresivos de un político con la boca grande. Me quedé viéndolo mientras oía su voz hablarme. —¿Y los tuyos? Por un momento me sorprendí que Francisco quisiera saber sobre mis padres. Pensé que era frío o distante, habernos invitado parecía ya algo forzado. —Se han ido de viaje, y trabajan. Y también tengo un hermano: Damián. Me quedé con la camiseta en la mano, y Francisco se dio media vuelta para no mirarme mientras me quitaba la que estaba sucia. Fue un gesto bueno, y me gustó que hiciese eso. —¿Tu hermano es el tipazo que tiene un taller mecánico en el centro? —preguntó, mientras me acomodaba la etiqueta de la camiseta. —Sí. Es de nuestro tío, pero se lo heredó. —Cool, le llevaré mi motocicleta así la arregla. Tiene un problema de frenos. Y quedamos en silencio, segundos después él se giró y me indicó que me quedaba de diez. Nunca había entrado a la habitación de un chico, excepto de mi hermano mayor. —¿Por qué se han mudado a Lechter? Francisco se removió nervioso, se sentó en la silla de su escritorio mientras que yo me sentaba en el borde de su cama; la habitación estaba a oscuras pero iluminada con la luz fuerte del jardín. —¿Acaso no te gusta tenerme de vecino? —se defendió. —No, no, no. No es eso. Simplemente tengo curiosidad por saber, por conocerte. Aquello último hizo que Francisco soltara una risita, se re-acomodó e inclinó hacía adelante mientras que sus manos se unían; entrelazándose. —Pues, mi madre nació aquí. Y vivíamos en Grenville, ya sabes, en la capital del país. Marty, mi hermano, no sacaba buenas calificaciones y yo debía elegir una universidad. Al fin y al cabo, Lechter fue la última opción; todos quedamos a la perfección. Asentí lentamente luego de haberme contado su situación, en cuanto iba a preguntarle que tal le parecía Lechter, una chica deslumbrante entró a la habitación y ambos se saludaron con un beso en la boca. —Amor, te busqué —le dijo, ella se giró y me miró con una sonrisa—. Eres la vecina de al lado, ¿verdad? —Así es —le dije—, me llamo Dánae. —¿Qué significa? —preguntó Francisco, y ella se sentó en su regazo. Me sentí incómoda por ese momento. —A mi madre le gusta la mitología griega, y me puso ese nombre —contesté. Ella se inclinó y extendió su mano. —Yo soy Miléva, pero puedes decirme Milé. —Está bien, Milé... —respondí hacía Francisco, y me levanté decidida a irme—. Por cierto, gracias por la camiseta; ya debo irme o me matarán. Tú entiendes. Él y ella me despidieron, en cuanto cerré la puerta escuché como ambos se reían. Y sentí que se reían de mí. Borré ese pensamiento de mi cabeza. Pensaba en miles de cosas en ese momento. De que hubiera quedado mal, de que hubiera sido una ridícula y de que seguro que aquel chico habrá pensado que era una infantil. —¿En dónde estabas? ¿Y por qué hueles a cerveza? —preguntó Eliah, sobresaltándome—. Me siento tan feliz de venir a esta fiesta, un chico me habló y me invitó un trago, ¿puedes creer eso? Estoy enamorado, Dánae, enamorado. —Creo que no deberías aceptar bebidas de nadie, y creo que es mejor irnos. La fiesta ya terminó para mí. Y espero que para ti también —¿Hablaste con Francisco, el chico gruñón? —preguntó. —Sí, pero no importa eso ahora. Vayamos a casa. —Está bien —contestó—, hay muchos chicos exaltados aquí. Nos encaminamos hacía la salida. —¿Por qué aceptaste una bebida? —pregunté de golpe. —Ya veo que vives en una nube, Dánae —espetó. Suspiró, y luego comenzó a explicarme miles de cosas sobre ese chico al cuál había conocido. Primero que era guapo. Segundo que le propuso casamiento. Me eché a reír como una foca. Y tercero que podía enamorar a cualquier chico con tan sólo mirarle a los ojos. A él la había enamorado. Llegamos a casa nuevamente, me eché en la cama como una morsa —comparándome con los animales siempre—, y Eliah se acostó a mi lado. —¿Y qué tal Francisco? ¿Es buena onda? —Es amable, no parece ser mala persona —respondí. Eliah me golpeó con su codo. Otra vez. —Creo que quiere que le caigamos bien, ya sabes, es tu vecino. Tienes un vecino sexy, ¿te has dado cuenta? —replicó mientras se giraba y miraba el techo. Sus ojos se cerraron y suspiró—. Lástima que tiene novia, ufa. Y que no es gay. —Se llama Miléva, pero le dicen Milé. Eliah se levantó de golpe. —¿Y eso cómo lo sabes? —preguntó. —Porque Francisco me prestó su camiseta —respondí tocando la camiseta con el dedo índice—. Comenzamos a hablar y luego entró ella, se dieron un beso y me preguntó si era la vecina «de al lado». Él se quedó pensativa y volvió a acostarse. —Eso es malo. —¿Por qué lo dices? —insistí. —Bueno, tú dime: Estás hablando con tu nuevo vecino y de repente entra su novia, ¿qué es lo que pasa por su mente primero? «¿Quién es esta? ¿Y por qué está con mi novio y la camiseta de mi novio?» —espetó, y yo me giré acomodándome—. De seguro ya te tomó de rápida y de que quieres robárselo. Pensé eso y quizás ya tenía razón. Esfumé ese pensamiento y le indiqué un «buenas noches» a Eliah. Sin dudas, Francisco había quedado dando vueltas en mi mente, en todos lados. Miré por última vez mi celular, eran las dos de la mañana. Demasiado tarde, y apenas era la medianoche cuando fuimos a su casa. Y otra vez: Sin dudas, aquel chico me llamaba la atención. Al fin me di media vuelta y traté de dormirme. Aunque fue imposible, para mí, pensar en la fiesta y él. Y que además, su hermano había sido generoso y había querido ayudarme en todo. Francisco me prestó su camiseta. Las ideas me volaban el cerebro y la mente.     ♥ ♥ ♥ ♥   Después de que la noche haya sido un caos por completo, me levanté mientras que quitaba el brazo de Eliah hacia un costado y la dejaba descansar en paz. Por suerte, era fin de semana y me reía al recordar que le había dicho a Francisco que tenía clases. Aún estaba intrigada por lo sucedido. Me estiré, suspiré y bostecé. Un combo completo. Estaba hecha un desastre, por ello mismo, salí de la habitación con trotes suaves y bajé las escaleras. Dirigiéndome hacia la cocina, me encontré a Damián mirándome de pies a cabeza. —Buenos días, dormilona... —murmuró mientras me chocaba los cinco. —¿Sabía qué tenemos vecinos nuevos? —protesté de brazos cruzados—. ¿Crees que está bien o mal? —Está genial, ¿por qué lo preguntas? —Por nada, curiosidad. Damián se mantuvo pensativo, mientras que preparaba café para mí y Eli. De repente apareció Alexis, su mejor amigo, por el pasillo. Estaba en paños menores, seguramente habían ido a una fiesta y ni los escuché al llegar. —Días buenos —murmuró, mientras tapaba su cara con una mano, su cabello estaba bastante revuelto—, estoy que muero, lo juro. —¿Mucha acción tuvieron anoche? —pregunté entre risas, riéndome de la maldad que generaba verlos a ambos de una forma desastrosa. —Ojalá fuera como piensas —lanzó Damián desde su lugar—. Lo único que tuvimos fue una plantada de árbol porqué las chicas al final no fueron. —Nunca más coqueteo a una chica contigo, viejo. —Interrumpió Alexis, me eché a reír más fuerte. —Claro, ya hombre. Después no me pidas que te acompañe al baño porqué quieres orinar —volvió a soltar Damián—. Dios mío, que mala suerte tenemos. Terminé de batir los cafés mientras que llamaba a Eliah a que bajara de una vez. De repente el timbre sonó, y mi cuerpo se volvió pura electricidad al pensar en lo de anoche. Me asomé por el pasillo mientras que Damián iba corriendo a atender. —¿Eli... aún... duerme? —preguntó Alexis de repente, con cierta tímidez. Había una extraña chispa de amor-odio entre Alexis y Eliah. —Sí, y creo que ya viene. Nos quedamos en silencio mientras que Eliah bajaba las escaleras de la casa, de repente se escuchó su voz chillona en la entrada. —¡Francisco! —escuché gritar—. Buena fiesta, por cierto. Me levanté rápidamente hasta llegar a la entrada, y sí, era él. Me quedé estupefacta, yo tenía el cabello hecho un desastre y aún con su camiseta puesta. —Hola, soy el vecino de al lado —dijo suavemente, y entonces pude visualizarlo mejor—. Traje esto, es de Dánae. Damián se giró para verme. —Te buscan a ti —resopló mi hermano, y se llevó a Eliah del brazo. Me quedé parada en el marco de la puerta, y él me regaló una sonrisa mientras que me estrechaba su mano: Mi camiseta en él. —Lo lavé y te lo traje, espero que no te moleste —soltó de repente, y yo lo tomé con mis manos sin decir nada—. Me puedes devolver esa —señaló su camiseta que la tenía puesta— después. Le asentí e inmediato se fue. Luego de tomar los cafés, Eliah y yo volvimos a la habitación. Arrastrando los pies y todo. Pensando en mis nuevos vecinos. Él se preparó, tomó su café y hablamos algo sobre la escuela. Volvimos a bajar, y me despedí de él con una sonrisa satisfecha. —Cuéntame, luego, que tal va todo —miró hacía un costado y me señaló la casa de Francisco—. Ya sabes de que digo. Le asentí con una sonrisa y vi que el coche de su padre se estacionó en la acera. Damián me tocó el hombro en ese momento. —Dáni, dile a papá que más tarde pasaré por el taller —dijo, mientras que Alexis salió de la casa a su lado—. Y dile a mamá que no iré, ella sabe adónde. Los saludé, me quedaba sola por unas horas y aprovecharía de limpiar... si mi vagancia interior me dejara. Me quedé parada en el marco de la puerta, y salí a recoger la correspondencia que habían dejado en el suelo —como siempre—, entonces lo vi. Era Marty, el hermano de Francisco. Miró en mí dirección, aparté la mirada pero no podía quedarme allí parada. Fui hacía su lugar, preparando mis preguntas en la mente y recordando donde estaba el gas pimienta, por si acaso. Una vez que estuve frente suyo, no pude evitar de mirarlo. Me sonrió mientras que cavaba un pozo en su jardín, de repente vi una maceta con un árbol pequeño. —Hola, Dánae —dijo él. Y me pregunté: ¿Cómo sabía mi nombre? De seguro fue Francisco. —Hola, Marty. —Perdón por lo de anoche, espero que estés bien. No podía darle más o menos dieciséis años, mi edad, era delgado y de una tez blanca como la harina. Tenía el cabello castaño, algo largo; como su hermano. Ambos se parecían mucho. —¿Quieres que te ayude? —le pregunté, pero él se negó. —No tienes porqué ensuciarte las manos, estoy bien y puedo solo. No te preocupes. Mi madre me había enseñado a no quedarme parada mientras que otro hacía el trabajo sucio. Con respeto, me acerqué y le ayudé a cavar el pozo más grande. Ya me encontraba con las manos en la tierra y cavando un agujero hacía China. De repente vi salir a Francisco de la casa junto a Miléva, ella se había quedado toda la noche e incluso llegué a la conclusión de que él vino a dejarme mi camiseta cuando ella dormía. —No creo que le guste verme con ayuda —murmuró Marty, mirándolos coquetearse entre sí—. Puede ser un infierno de hermano, a veces. Los miré sin dudas. Él le sujetaba el rostro con sus manos, ambos estaban apoyados en un coche rojo estacionado. Él se reía, y ella le seguía el juego. Miléva tenía el cabello castaño, de mechas rosas al final del largo. —No creo que se de cuenta que estoy aquí, está muy entretenido compartiendo bacterias —dije, Marty comenzó a reírse por lo bajo. —No me cae bien Miléva —soltó de repente. Ladeé mi cabeza y dejé la tierra a un costado. —¿Por qué? —Se la pasa todo el día con él, es muy pesada —contestó, y los miré nuevamente—. Y Fran..., está ciego por ella. Hasta todos sabemos que Miléva lo quiere por interés. Ya sabes, porque es atractivo y eso. Mi mente estaba en un profundo caos. Le sonreí a Marty por lástima, de tener padres lejanos, y un hermano ausente debido a una chica que los separaba. —¿Te gusta Lechter? —pregunté mientras trataba de que Francisco y Miléva se fueran de mi vista, al fin y al cabo ella abrió la puerta del coche, se despidió y luego él la saludó de lejos. —Sí, es tranquilo. —Es tranquilo, cómo para hacer una fiesta que rompa los tímpanos... —solté mientras que una carcajada salía de la boca de Marty. —Lo sé, y lo siento por eso —dijo, parecía vulnerable, cómo si tuviera miedo de algo. De pronto tuvimos a Francisco encima nuestro, Marty soltó la tierra que quedaba y enterró la maceta con el árbol en el pozo. Yo lo miré confusa. —No sabía que te gustaba la jardinería —soltó Francisco, y yo me quedé sin decir nada. —No la molestes, Fran. Marty y él se miraron, como si la tensión creciera entre ellos dos. Y yo estaba en medio de la disputa. —No sabes nada sobre mí —dije irritada ante su mala acción de chico impotente. —Buen punto, pero creo que te gusta la jardinería —interrumpió—. Marty, luego hablamos. Marty le esbozó una sonrisa, y él se dirigió a la casa. Me parecía que hubo un cambio bipolar, y no pude objetar nada porqué ni lo conocía. Me levanté y limpié mi rostro, ensuciándome con tierra. De seguro parecía una chica de tribu. —No tienes la necesidad de tratarlo así, ¿sabes? —protesté mientras me cruzaba de brazos. Pero él me interrumpió, una tos grave salió de su garganta; Francisco se volvió. —Es mi hermano, ¿sabes? —contestó de la misma forma, y ni se esforzó en enfrentarme. —Pues trata a tu hermano mejor. —Preocúpate de tus asuntos, no de los míos —replicó, y se entró en cuanto se liberó de mí. Me quedó la peor rabia dentro de mí. Este chico comenzaba a ser tan imposible, que en un determinado momento le partiría la nariz. Sin dudas, le partiría la nariz en dos o tres. Me volví hacía Marty. —No debiste hacer eso, ahora se enojará conmigo —espetó, y se limpió las manos. —Creo que es necesario, no por qué sea tu hermano mayor debe tratarte así —protesté, y entonces él sonrió un poco. Eso me confundió del todo. —No es mi hermano mayor, somos mellizos.

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