Las dos primeras palabras que llegan a mí mente tan pronto abro los ojos son: calor y agua. El sudor resbala por mi frente con furiosas gotas saladas, muchas de las cuales mantienen mi cuerpo perlado y brilloso. Tiras de mi cabello se encuentran pegadas en mi cuello y en mi rostro, así mismo la sed que tengo en estos momentos es superior al ligero dolor de cabeza que me está agitando la mañana. ¡Demasiadas emociones ayer!
Sintiendo los pies de plomo al igual que mi cuerpo llego a la cocina y tomo agua sin parar, me detengo cuando el quinto vaso queda sobre la encimera vacío. Recuerdos de la conversación con mi madre desfilan por mi mente sin dejarme un momento de tregua, y por si fuera poco se juntan a ellos las palabras de Roxan y la señora Denis. Arrojo una pastilla a mi garganta e imploro en silencio que ésta alivie mi cabeza y el estrés que me embarga.
Tome con fuerza el respaldo de una de las sillas altas, encorvándome para suprimir las ganas de devolver toda la comida que me estaban atacando. Recordé muy a mi pesar que la última vez que comí fue la mañana del día anterior, si llego a vomitar en esas condiciones que dañare el estómago. Sin pensarlo cogí una manzana de la nevera y me senté a comerla en el sofá. Una mancha roja llamo por completo mi atención, me acerque dudosa a revisar la tela y me fije con asombro cuando alargue el brazo que dicha sangre – seca cabe agregar – estaba también en mi brazo.
Deje la manzana de lado y levante el borde de mi manga, exageradamente mi brazo estaba cubierto de un color rojo difuminado, al igual que partes de mi camisa. La causa: una herida no muy profunda, cubierta de una delgada costra en la parte superior de mi codo. Estaba en un lugar tan extraño que lo lograba vérmela con claridad. ¿Cuándo me había lastimado? Y ahora que lo pienso, divague levantándome casi de un salto del sofá, ¿en qué momento llegue hasta aquí? Vi mis dos manos sin tener una respuesta clara y sin dudarlo acerque el teléfono y llame inmediatamente a Mia. Ésta no contesto mi llamada, – eso es extraño – llame nuevamente sintiéndome algo azarada e inquieta. Mire la hora, y en efecto ya debería estar trabajando, a menos que este ocupada. Últimamente delegaba mucho trabajo en ella, en esta ocasión Mia si contesto mi llamada.
- Mia, duraste en atender mi llamada. ¿Ocurre algo en la oficina? – me frote los ojos ofuscada, mi enfoque esta tan lejos de la editorial hoy.
- ¿Qué? ¡La editorial! ¿No? Es decir, no. Para nada, todo en orden – su voz se sentía evasiva y extraña, no entendí a que vino tanto enredo.
- ¿Mia, estas segura? – pregunte con la voz tan firme como logre ponerla
¿Por qué? ¿Iras a la oficina? – de fondo escuche un quejido de dolor, seguido de pasos apresurados. ¿Qué rayos está haciendo?
- No, por eso te llame. Dile a Benjamín que este al pendiente de la televisora y tú encárgate de enviar la información que te envíe ayer a los departamentos. Sobre todo los de redacción y diseño.
- ¿Benjamín? Él no…
- Está contigo ¿no? En la oficina…
- si. Por supuesto, sí. Yo me comunicare con él y le paso el mensaje - ¿acaba de suspirar? No sé qué rayos le ocurre, lo averiguare luego, por el momento descansare.
- Cuento con eso
- ¿Te tomaras el día?
- Es posible que me tome más de un día. Pero no te preocupes, me mantendré al pendiente desde casa. La muerte de Andrés me ha dado mucho en que pensar. ¿Cuento contigo y Benjamín?
- No lo dudes. Ah, ¿y la subasta?
- ah, sí. La subasta. Allí estaré, solo mantenme al día – colgué la llamada y arroje el celular lejos de mí.
Rehuí de mis pensamientos y dudando mucho de lo que vería me aproxime a un espejo. Si alguien me hubiese visto con ese aspecto, estoy segura que gritos saldrían de sus gargantas. Unos no muy agradables. Tenía el cabello como si no me lo hubiese lavado en muchas semanas, aparte de enmarañado y pegado. La ropa del día pasado a duras penas se encontraban en su sitio y por ultimo – pero no menos perceptible – una mancha enorme de sangre en parte de mi brazo que se extendía a mi camisa. Mi cara llena de asombro y confusión me apreciaba a través del espejo con grandes ojeras y la tez tan pálida como una muerta. Acabo de confirmar que hay noticias que en definitiva te sacan de ritmo.
Una visita a la ducha, limpio los desastres de una noche de intensos malestares. Coloque una venda en mi brazo y tomando el aspecto de Clara salí de casa. No quería sentirme normal ese día, solo busque desesperada un lugar donde poder olvidar todo durante unas horas. Me encontraba agitada e ida y no sabía la causa. Pensar, necesitaba pensar. El trayecto me pareció sumamente corto, quería caminar, caminar y seguir caminado hasta que mi corazón se sintiera más ligero. Suena absurdo figurar que no dure ni un segundo en llegar a mi destino, mantuve mi mirada gacha todo ese tiempo. Un bastón voló sobre mi cabeza y por instinto le esquive ahogando una exclamación. ¿Quién en su sano juicio va por la vida blandiendo un bastón?
- ¡Fíjate, muchacha! La juventud de hoy en día son todos unos irrespetuosos – voz añejada y una robustez nada figurativa de un rostro mayor, era la causante de mi casi caída. La señora Berta del segundo piso me observaba tan impertérrita como siempre.
- Mamá no seas molesta, la joven solo esta distraída. Mira la cara que trae – reprendió una señora a su lado
- ¿Distraída? Es su excusa para chocar a mayores sin disculpas.
- No. Yo lo siento mucho señora – debí prestar atención a mi alrededor
- Ahora te disculpas. Vaya logro. - ¿se está burlando de mí? Porque nunca puedo llegar a la puerta de mi departamento sin que ocurra algo.
- Mamá ya basta, déjala en paz. Lo siento mucho querida – al menos su hija es más comprensiva, lo único que lamento es no recordar con claridad su nombre.
La señora tomo a la señora Berta del brazo y jalo de ella a un costado, ahí caí en cuenta que estaba obstruyendo la entrada. Salte hacia un lado y les hice una seña de perdón en silencio. La señora Berta me vio entrecerrando sus ojos escuetos y levanto una vez más el bastón en mi dirección. Esta vez sentí que no podía reaccionar para quitarme. Cerré mis ojos y espere el imparto. Nunca llego.
- Un mal día lo tiene cualquiera, eso no quiere decir que no te fijes cuando camines, niña. Todos en este edificio son iguales – se giró tranquila y siguió caminado, su hija se despidió y fue detrás de ella.
- El otro día fue parecido, fíjate que el joven que vive solo en el piso de arriba, ese que nunca sale, también choco conmigo. Derribo mis comprar y partió todos los huevos que compre. El pobre muchacho se disculpó un millón de veces y me llevo unos nuevos a casa después. Me sentí tan mal por él. Si ella se ve mal, el otro se ve terrible.
- Te estoy diciendo que la juventud de horita no sirve
- Mamá no digas eso, tienes nietos ¿recuerdas?
- ¡Y que desgracia han sido!
- ¡Por Dios, Mamá!
- lo único que hace es sacarte dinero y…
Me quede en la entrada escuchando su conversación discretamente. ¿Estarán hablando de Kley? La última vez que le vi estaba molesto por algo que obviamente desconozco, partió su celular sin cuidado contra la madera. Se le veía derrotado y angustiado. Seguí hacia las escaleras, deseaba que el camino se alargara y seguir contando mis pasos. La puerta que daba a las escaleras se encontraba cerrada, un aviso amarillo prohibía su entrada por revisión. ¡Ah! ¿Justo hoy?
Abatida regrese hasta el ascensor y espere por él. Una persona llego a mi costado, pero la ignoré, lo menos que me apetece es conversar.
- Ha sido un día terrible ¿no crees? – esa voz no me sonaba, vi a mi alrededor y me fije que era conmigo. Levante mi mirada y observe como Henry suspiraba y pulsaba sucesivamente el botón sin parar.
- No creo que eso haga que baje más rápido
- No me cuesta intentar – dijo siguiendo con eso
- Oye, dañaras eso y no hay escaleras hoy. Necesito llegar a mi departamento. ¿podrías parar?
- Esto no lo dañara - y yo que pensaba que era una persona razonable. Cansada de su deje de indiferencia le di una patada en la canilla.
Henry soltó un gemido de dolor y se llevó sus manos a la zona adolorida, escuche las puertas del ascensor abrirse y corrí dentro de este. Henry también se apresuró a entrar y me miro con la mirada más cansada del mundo, podría jurar que va por la vida suspirando.
- Mi antigua novia también era agresiva, por eso termine con ella – menciono mirando al frente con sorda. No creo que en realidad le cause gracia lo que acaba de decir – Me despidieron de mi trabajo, y ahora una loca me ataca - esto último lo dijo más para sí mismo que para mí.
- ¿Y? ¿A mi qué? – pregunte encarándolo ceñuda
- Deberías al menos ofrecerles los buenos días a las personas.
- Nadie pidió tu opinión, ni tus consejos – de estar triste y abatida, pase a estar molesta.
Tan pronto las puertas del ascensor se abrieron salí apresurada, Henry camino pausadamente tras de mí manteniendo en su rostro una sonrisa cansada y lejana. Estoy comportándome muy mal, el pobre está en un lapsus.
- Si tú calificas un día de terrible a las primeras horas del éste, estas más mal que yo – dije antes de cruzarme con sus ojos – sonríe con emoción. Ya conseguirás una nueva tortura y podrás quejarte de tu vida con bases – no mencione que sería amable.
- Que gran consejo, gracias – toda su voz sonó tan menguada, claro que cargada de ironía.
- Que tu día mejore, Henry – quizás también me lo diga a mí misma.
- Y el tuyo empeore Clara.
- ¿No sabía que querías morir hoy? Habérmelo dicho antes – voltee bruscamente a ambos lados y me subí las mangas de mi suéter.
- Prefiero que sea otro día.
- Otro día será
Entre a mi departamento con los ánimos por el suelo, el pequeño altercado con uno de los idiotas de mis vecinos me espabilo un poco. Sin embargo cuando toque la suave tela de las sabanas, una oleada de cansancio demandó arrastrarme, yo con gusto cedería. Me rodé de costado buscado comodidad y una punzada de dolor me invadió desde el brazo que tenía herido. Me incorpore adolorida y trate de acomodarme nuevamente del otro lado.
El sonido de unos cristales haciéndose añicos me sobresalto, revise todos los lados pensando que había sido yo sin notarlo. Nada, todo seguía en su sitio. ¿Un sueño? Nuevamente el sonido se repitió, me levante dudosa y vi con inquietud la pared del cuarto. ¡Es al lado! ¿En el departamento de Kley? - ¿Ahora es él, el que pelea con los muebles? -. Eso ni siquiera me causo gracia, inmediatamente pensé en las palabras de la hija de la señora Berta y un ápice de preocupación se instaló en mi pecho. No le conozco mucho, pero si antes estaba alterado ¿podría necesitar ayuda?
Dudosa me acerque a su puerta, toque un par de veces, nadie respondió. Escuche un golpe y luego un quejido, peque mi oreja a la puerta para escuchar más de cerca. Espere sin respuesta un largo rato, cavile mientras tanto agarrando el pomo de la puerta. Si tuviera habilidades sobrenaturales podría abrirla sin dificultad. Para mi total asombro la perilla giro y la puerta se abrió. Entre con pasos inseguros cerrando detrás de mí entrada. Llame el nombre de Kley un par de veces y nadie respondió.
El corazón se me había acelerado y la reparación se me volvió dificultosa, pasee mis ojos por las habitaciones y me encontré gran cantidad de cristal roto por doquier: platos, vasos y jarrones hechos trizas. Al igual que un desorden digno de un saqueo. Deje todo en su lugar y seguí buscando aún más preocupada a Kley. ¿Le habrán hecho algo?
Entre a una habitación intacta, la única que se había salvado de quedar destrozada. Kley estaba allí sentado al borde de la cama con sus manos sujetándose la cabeza y su habitual pijama, su cabello lucía igual de desprolijo que el mío.
- Kley – le llame una vez más, es imposible que no logre escucharme a esta distancia
Él no se inmuto, hasta parecía una estatua de lo quieto que estaba. Se aproxime con cautela y me agache hasta quedar a su altura. Sus ojos se encontraban perdidos en algún punto lejano, tan apagados que la noche más oscura no podía comparársele - ¿Qué le ha ocurrido? – aleje mi miedo naciente y con valentía agarre su mano. La calidez que antes sentí en su toque se encontraba débil y agonizante.
- Kley – le llame una vez más – él pareció notar mi presencia, me observo por unos largos segundos hasta comprender que yo no debía estar allí. En un pestañeo sus facciones se endurecieron.
- ¿Qué haces aquí? ¿Cómo entraste? – pregunto con la voz ronca.
- Escuche ruidos alarmantes y decidí venir. La puerta estaba abierta – no me atreví a desafiarle en su estado.
- ¿Por qué estás aquí? – su mano quieta hasta ese instante, se giró y apretó la mía. Un gesto que me desconcertó en sobremanera, ya que su mirada seguía siendo dura.
- ¿Quería saber si ganaste la pelea? Supongo que sí, no creo que haya muebles que sigan en pie haya afuera – él arrugo su nariz y achico sus ojos buscando la razón de mi respuesta.
Vi por la cara que puso que sin duda había entendido lo que dije. Un amago de sonrisa se reflejó en su boca antes de olvidar mis palabras y volver al inicio de nuestra conversación
- Vete Clara, por favor. Necesito estar solo
Si el hielo tuviera un sonido característico al crearse, estoy segura que sonaría muy similar a su voz en este momento. Hubiese retrocedido de no ser porque su mano seguía anclada en la mía, y por algún motivo que ni yo misma comprendía, no quería soltarla. Me quede callada cual estatua a su lado, sin soltar su mano, solo afloje mi agarre al incorporarme de pie; al sentir mi movimiento Kley aumento la fuerza en su dedos y me miro con esos ojos lejanos y fríos sin decir nada. La intensidad que sentí traspasarme como un escalofríos no entendía de dónde provenía; de su toque desesperado o de la sensación que producía su rostro en estos momentos.
- ¿En serio quieres que me vaya? – pregunte con una voz tan baja como la suya. De inmediato soltó mi mano y alejo sus ojos de los míos. Solté un pequeño resoplido que estoy segura que escucho y me dirigí a la puerta.
- ¿Qué te paso en el brazo? – esa pregunta me detuvo en seco. ¿Mi brazo? Mire el sitio que menciono y el suéter que estaba usando tenía un poco de sangre incluso en ese momento fue que me di cuenta del ardor que producía la herida.
- No estoy segura.
- Esa no es una respuesta
- Me levante en la mañana y tenía una herida, eso es todo.
- ¿No sabes cómo te la hiciste? – parece que tengo otra vez su atención
- No lo tengo claro.
No dijo nada más. Y yo no me fui. Busque un botiquín de primeros auxilios hasta hallarlo y volví a su lado. Me senté junto a él dejándole un espacio que considere debía darle y saque todo lo que había dentro de la cajita que estaba en mis manos. Kley advirtió mis movimientos, más no me detuvo de buscar con mi mirada todas las heridas que, tanto en las manos como una en la cara tenía. Me moví a su alrededor tratando de curarlas, no era la mejor haciéndolo, cabe decir que no tenía idea de lo hacía. Kley siguió con su iris mis acciones hasta que acabe y me fui. Busque algo de comida en el desastre de departamento, solo fruta logre hallar. Pique muchas y las lleve hasta él. Las deje en sus manos y le inste a comerlas.
Mi cuerpo seguía cansado y mi mente molesta, pero no quería dejar a Kley así; solo he ido. Me encargue de recoger el desastre en su departamento desde los cristales hasta las cosas que había tirado. Deje las bolsas a un lado y me senté todavía más agotada en una silla. El escozor en mi brazo no me permitió hacer todo eso rápido y ahora el sol se estaba escondiendo tras el horizonte, mi estómago igual de vacío que en la mañana se quejaba a cada momento.
Un pequeño cuadro escondido tras unos adornos llamo mi atención, era tan pequeño que hasta ahora no lo había notado. Lo tome entre mis manos dudosa y viendo hacia el cuarto de Kley le di vuelta; una señora mayor y un niño eran los de la fotografía. La señora mostraba una sonrisa tan pacífica y hermosa como un cielo despejado, creo que el niño de la imagen y yo estamos de acuerdo porque él la está mirando con tanto ahínco y cariño, como si viese a un bello ángel ante sí. Tienen sus manos agarradas y ella le está cargando sobre sus piernas. Es un cuadro realmente hermoso. ¿El niño es Kley? Ahora que lo pienso después de recorrer todo el departamento me doy cuenta que es el único cuadro que hay, solo una fotografía y la tiene oculta detrás de un montón de adornos sin importancia ¿Por qué?
- ¿Recogiste todo? No debiste.
Kley me estaba observando fijamente desde el centro de la estancia, veía a su alrededor una y otra vez ¿incómodo? Creo que esta incómodo con mi intromisión. Al menos ya está duchado y comió algo, su semblante también se ve más relajado, eso me alegra.
- Deberías arrancar el espejo del baño y hacerlo trizas, es el único que falta – mis bromas, en peor momento. Mi cerebro ya no está pensando.
- ¿Estás bien? – pregunta fijándose directamente en mí. Considere responderle con otra tontería hasta que sus ojos cayeron en mis manos - ¿Qué es eso que tienes ahí?
- Un cuadro. Perdón, no pretendía pasar más limites, solo me dio curiosidad donde estaba – trate de explicarme lo más rápido que pude.
Kley prácticamente corrió y me arrebato el cuatro con furia. Retrocedí asustada y una corriente golpeo mi pecho agitándolo. ¡Cielos, no debí! Él inspecciono una y otra vez el pequeño marco de madera. Vi con asombro como su expresión se derrumbó y un temblor le azoto por completo, trate de acercarme, pero una punzada de dolor me detuvo. Me sujete el brazo con fuerza y aguante con fuerza mis ganas de desplomarme ahí mismo. Sentía que el mundo se me vendría encima a cualquier segundo.
Cuando me percate que podía seguir en pie, levante mi mirada. No puedo explicar cómo todo el color abandono mi rostro, como mis piernas flaquearon y mi pecho se encogió. Kley se encontraba allí, con el rostro bañado casi completamente en lágrimas y sus ojos… ¡Dios! Sus ojos me veían con una tristeza tan palpable y desgarradora como sentía mi corazón en ese instante