–¿Entonces no consideras esto como un trabajo?
Natalia no podía creer lo que su madre le decía. A los diez y seis años, no solamente había terminado sus estudios de secundaria, sino que también era considerada como una destacada cantante por todos los que la conocían. Sin embargo, su progenitora no podía aceptar que la práctica de la música fuese un verdadero trabajo.
–Tocar en bares con el grupito de tus amigos no es ningún trabajo –respondió su madre.
–¿Entonces quieres que me siente en una oficina por ocho horas?
–No tiene que ser una oficina, pero sí un trabajo serio…
–¿Y te parece poco estar abriendo para Los Cuarenta?, ¿ser los teloneros de la banda juvenil más famosa del momento?
–Solo es algo circunstancial, si hicieras parte de ese grupo sería algo diferente, pero como lo dice tu padre, andas perdiendo el tiempo en lugar de estar en una universidad, o trabajando en una empresa, como lo hacen tus hermanos mayores –su madre, a pesar del paso del tiempo, no lograba abandonar las conservadoras y tradicionales maneras con que había sido criada.
–¿Entonces tengo que sentarme por cinco años en un salón de clases a aprender lo que no me interesa para después salir a ponerme un traje de paño y unos zapatos de tacón y asistir a una oficina, solo para complacerte?
Natalia estaba segura de lo que quería: había crecido tocando la guitarra y con el pasar de los años no solamente había perfeccionado su estilo, sino que había logrado adherir a sus interpretaciones lo que muchos creían era una voz bajada del cielo.
–Es por tu propio bien, Natalia De Lima –su madre siempre utilizaba el apellido cuando se encontraba molesta con ella.
–Yo veré qué es lo que sirve para mi propio bien –no había terminado de expresarse para el momento en que abandonó la habitación del hotel dando un portazo que silenció las palabras de su madre.
¿De qué le servía tener la mejor voz del planeta y la cara más linda de la secundaria, si no tenía el apoyo de sus padres para llegar a ser lo que deseaba? No entendía cómo es que su madre había decidido acompañarla en ese viaje. Muy seguramente solo querría vigilarla… Al día siguiente estarían abriendo el concierto que tendría como banda estelar a Los Cuarenta. Sería su primera experiencia en una presentación de esa magnitud, pero no solamente para ella, sino también para su banda llamada Los Cirujanos. Eran cuatro sus miembros: compuesta por el baterista, un muchacho de veinte años que vivía enamorado de la música y de su novia, una pareja gay, que no podrían ser mejores al interpretar los teclados y el bajo, y ella, la guitarrista y voz principal, y para algunos, la imagen de la banda.
Llegó rápidamente al hall de ascensores, decidió tomar las escaleras para bajar a la recepción del hotel sin esperar a que su madre la alcanzara y le impidiera salir a respirar algo de aire puro, aunque sabía que el aire de esa ciudad no podría calificarse como puro. Se encontró en la recepción faltando pocos minutos para la una de la mañana. Salió por unos segundos a la calle, solo para caer en la cuenta de que sus jeans, su camiseta tipo esqueleto de color blanco y su falta de calzado, no serían la mejor solución para contrarrestar el frio de la noche. Sin embargo, tenía tanta rabia que se aventuró a caminar descalza un par de calles hasta encontrar una pequeña tienda que, a pesar de la hora, aún se encontraba abierta. Le pidió al encargado un paquete de diez cigarrillos, desoyendo los consejos acerca de lo negativo que fumar podría ser para su garganta. Había aprendido a hacerlo, al lado de una prima, dos años atrás durante las fiestas navideñas, aunque era algo que no solía hacer muy a menudo. Pero sintió la necesidad de hacer algo que la lograra relajar, y un cigarrillo podría ayudarla, además de que no sería lo suficientemente dañino para que no pudiese cantar al día siguiente en la apertura del concierto. No había acabado de prenderlo para el momento en que escuchó las palabras de alguien que le hablaba.
–En este clima, descalza y fumando… creo que eso no le va a ayudar a tu voz.
>, quiso contestarle a la persona que le hablaba, pero al voltearse cayó en la cuenta de que se trataba de uno de los miembros de Los Cuarenta. Era un muchacho de alrededor de diez y ocho años, de grandes ojos verdes, cabello crespo y oscuro, y una cara que no habría podido ser más atractiva. A pesar de estar programada para compartir el escenario con la famosa agrupación en menos de veinticuatro horas, Natalia no tenía el gusto de haber cruzado palabra con ninguno de sus miembros.
–Tú eres… –dijo ella tratando de esconder el cigarrillo.
–Andrés, ¿y tú? –Natalia pensó que su sonrisa era inigualable y lo hacía ver más atractivo de lo que ya era.
–Me llamo Natalia, Natalia De Lima… –recordó las películas del agente 007 en las que el famoso personaje del servicio secreto británico siempre repetía su nombre de pila al presentarse.
–¡No lo puedo creer! –la expresión de sorpresa en el rostro de Andrés superaba cualquiera que ella hubiera visto en los últimos meses.
–Pones cara de como si hubieras visto al mismísimo Dios… –Natalia no pudo evitar una pequeña risa nerviosa.
–¡Tú eres Natalia De Lima, la cantante de Los Cirujanos! –dijo él, mostrando una enorme sonrisa.
–Y tú eres Andrés, para mí gusto el mejor cantante de Los Cuarenta –Natalia nunca pensó que la gente la pudiera reconocer. Según su pensamiento, habían sido contratados para abrir el concierto de la famosa banda gracias a la amistad de Paco, el baterista, con el empresario del evento, pero no porque en realidad su banda tuviese los méritos suficientes.
–Reunión de cantantes en la puerta de una tienda a la una de la mañana… Jamás se hubiera imaginado que un m*****o de la reconocida agrupación pudiese ser tan simpático. Sintió que seguir fumando sería ridículo y decidió botar el cigarrillo sobre el asfalto del andén.
–No es bueno que dejes eso prendido –aunque sus palabras parecían las de un profesor, su mirada, su sonrisa y su postura eran las de un muchacho que se divertía.
–¿Y quieres que lo pise y me queme un pie? –preguntó ella recordando cómo sus amigas acostumbraban a apagar el cigarrillo con la punta del zapato.
–Para nada –dijo Andrés dirigiendo sus ojos verdes a los pies descalzos de Natalia–, lo último que quisiera ver es una ampolla en uno de esos piececitos.
–Al menos eres comprensivo –Natalia mostró su sonrisa, la misma que siempre usaba para cautivar a más de un amigo.
–Quién no podría comprender a alguien como tú…
–Para empezar…, mis papás… –aunque torciera la boca, Natalia no perdía su belleza.
–¿En serio…? Bueno, me imagino que es problema de todos…
–Me alegra saber que no soy la única –adhirió ella mostrando una tierna sonrisa.
–¿No tienes frio? Si quieres podemos regresar al hotel y seguimos hablando allá…
Andrés compró un refresco e instantes después se encontraron caminando de regreso. Natalia no habría podido sentirse mejor: Andrés no dejaba de sonreír, era supremamente atractivo y parecía estar interesado en todo lo que ella decía, sin importar que le estuviera contando acerca del escaso apoyo que recibía por parte de sus padres en cuanto a su carrera musical se refería.
–…entonces si fueras parte de Los Cuarenta, tus papás sí te apoyarían…
–Eso dicen, y me pone furiosa que no crean que mi banda tiene futuro en este negocio –ya estaban en el lobby del hotel, acomodados en un cómodo sofá.
–Para mí, eso sería un problema…
–¿Que Los Cirujanos tenga éxito?
–No, para nada, me refiero a que tú fueras parte de Los Cuarenta –Andrés mostró una pícara sonrisa que fue interrumpida por la presencia en el lobby de un agente de policía y dos agentes de seguridad del hotel, quienes salían del ascensor con un hombre vestido de n***o, al cual llevaban esposado y sujetado por los brazos.
–Parece que agarraron a alguien robando –fue el comentario despreocupado que salió de la boca de Natalia.
–Hasta en estos hoteles lujosos se ven esa clase de cosas…
–Volviendo a nuestro tema –continuó Natalia mientras observaba al grupo de hombres saliendo a la calle–, me decías que yo sería un problema en tu grupo…
–Sí…, creo que no me podría concentrar… –Andrés volvió a lucir la picardía en su sonrisa.
Aparte de la buena impresión que le estaba dejando, la actitud de uno de los cantantes de Los Cuarenta parecía indicar cierto interés en ella. Recordó que no era algo nuevo el que los hombres le coquetearan, pero que lo hiciera alguien como Andrés se salía de lo común. Tres meses atrás se había liberado de su último novio, un compañero de colegio excesivamente celoso con el que duró un poco menos de seis meses. Tuvo momentos divertidos y emocionantes a su lado, pero siempre supo que no era la persona de la que podría llegar a enamorarse. Con el muchacho que tenía sentado a pocos metros sintió algo diferente: era consciente de que estaba tratando con el que podría catalogarse como un personaje público, alguien que empezaba a ser reconocido en el mundo de la música, alguien que no se quedaba atrás de otros destacados miembros de Los Cuarenta como Mónica, la hermosa e inigualable cantante y pianista, Esteban, consumado baterista por el que todas las niñas morían, Patricia, la bella rubia del trombón que todos adoraban, Adriana, la peli naranja insuperable en la guitarra y de rostro angelical, y Sandra, la hippisita linda que no gustaba de los hombres pero que irradiaba la mejor energía. Pero vino a su mente algo en lo que no había pensado antes: era conocida la noticia que hablaba sobre la relación de Andrés y la linda rubia del trombón, factor que frenaba cualquier esperanza que pudiese llegar a tener con respecto al atractivo muchacho de los ojos verdes.
–No lo creo…, si no te concentras, es por tu monita del trombón…
–¿Te refieres a Patricia? –preguntó Andrés sin perder su sonrisa.
–Sí, me refiero a tu novia…
–Veo que estás muy bien enterada de las vidas de los miembros de Los Cuarenta…
–Ustedes son el fenómeno del siglo, ¿cómo crees que no podría estarlo? Y especialmente cuando yo también me dedico a la música…
–Me agrada que una niña tan linda esté pendiente de nosotros…
Definitivamente es una lástima que este tipo tan lindo tenga novia, fue el pensamiento que atravesó la mente de Natalia.
–No creo que sea la única, y gracias por lo de linda…
–Pero no creo que yo haya sido el único que te lo ha dicho…
–¿Pero de qué me sirve, si lo que realmente quiero está tan difícil de conseguir?
–Nunca hay que rendirse –Andrés mostró una sonrisa complaciente.
–Lo sé, pero mis papás no hacen más que atravesarse en mi camino y ponerle problema a mi carrera musical –la unión de sus labios torcidos con el meneo de su cabeza dieron la impresión exacta que deseaba mostrarle al apuesto cantante.
–¿No quieren que te dediques a la música?
–Dicen que no es una profesión de verdad, que solo es un pasatiempo, y que debería estar en la universidad o trabajando en alguna oficina o algo así…
–Yo de ellos te tomaría más en serio… Solo es fijarse en el éxito que ha tenido tu banda…
–Lo sé… Lo absurdo es que mi mamá dice que si yo estuviera en Los Cuarenta las cosas serían diferentes –había empezado a jugar con la cadenita de plata que llevaba en su tobillo, algo que solo hacía cuando se encontraba un poco ansiosa.
–Básicamente, tu mamá no valora a Los Cirujanos, pero sí le gusta mi grupo…
–Supongo, ustedes son lo máximo, todo el mundo los admira.
–Pero ha sido un camino largo… –dijo Andrés con la mirada puesta en la cadenita de Natalia.
–Lo sé, pero supongo que mi mamá está de afán… –Natalia mostró una leve sonrisa.
–¿Pero a ti sí te gustaría pertenecer a Los Cuarenta?
–Creo que es el sueño de todo joven músico, aunque me siento bien en mi banda.
–Podrías poner tu nombre en la lista… –insinuó Andrés.
–¿Me estás hablando de alguna clase de lista de espera?
–Exacto, solo es que te inscribas, y cuando quede un cupo libre, puedes participar en la audición para llenar ese cupo…No sé si estás enterada de que todo el que cumple diez y nueve se tiene que salir obligatoriamente de Los Cuarenta.
–Sí, para mantener aquello de que se trata de una banda juvenil… Creo que sería bonito, pero por ahora pienso que prefiero mi pequeña banda –dijo ella mirándolo a los ojos.
–Deberías pensarlo, a mí me encantaría tenerte con nosotros…
–¿Con nosotros o contigo? –preguntó Natalia antes de arrancar a reír.
–No me pongas en esas, te aprovechas… –dijo Andrés compartiendo la risa de la linda cantante.
–¿Me aprovecho de qué?
–De que no puedo parar de admirarte…
–Entonces mañana me podrás admirar en la apertura de tu concierto –su pícara sonrisa la convertía en una niña más linda de lo que ya era.
–El cual podría ser tu concierto si decidieras entrar a Los Cuarenta…
–Primero define tu estado civil y después me puedes seguir invitando a hacer parte de tu banda –dijo elle poniéndose de pie–, y ahora me voy a mi cuarto antes de que mi mamá salga a buscarme por todo el hotel.
–¿Mi estado civil? –preguntó Andrés levantándose del sofá.
–Ya sabes… tu monita del trombón…, buenas noches.
Natalia se dirigió hacia el ascensor sin darle tiempo a Andrés de reaccionar.