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Esteban no podía dejar de admirar a su Monina. A pesar de llevar más de dos años de noviazgo con la sobresaliente cantante y pianista, sentía que todo seguía teniendo la misma emoción de los primeros días. Su atracción hacia ella no paraba de crecer. Era consciente que su admiración iba más allá de lo físico y de sus cualidades musicales; también existía un sentimiento relacionado con su inigualable forma de ser, su carisma y su lindo carácter. A pesar de haber sido víctima de un secuestro a sus catorce años, y de haber permanecido encerrada en un cuarto sin ventanas, con un bombillo como única fuente de iluminación, el trauma vivido en los meses posteriores era algo que ya no perturbaba su mente, y no se podría descartar a la música, y a hacer parte de Los Cuarenta, como la mezcla de medicinas que habían logrado que dos años más tarde fuera una muchacha alegre y feliz, con ganas de seguir triunfando en el mundo de la música y de continuar al lado de su amado Esteban. En días pasados le había dicho que, habiendo terminado sus días de colegio, estaba segura de querer continuar en su camino musical, pero no sabía si debería hacerlo entrando al conservatorio de una universidad o simplemente aprovechando su inigualable talento para continuar como cantante y pianista después de que se viera obligada a retirarse de Los Cuarenta, algo que todos los que cumplían diez y nueve años estaban obligados a hacer. Con escasos diez y siete años, aún tenía dos antes de que llegase ese momento, pero no estaba segura acerca de las actividades que podría desarrollar en su tiempo libre. Con el pasar de los días, a Esteban le venían cada vez más seguidos esa clase de pensamientos. Creía que la felicidad no podría ser eterna; que el hecho de que se hubiera juntado todo para llevarlo a disfrutar de un estado en el que nada le faltaba, en algún momento tendría su final. Algo se atravesaría en la vida de alguno de los dos, o por qué no, en la manera exitosa como Los Cuarenta venía evolucionando como banda. Después de un poco más de cuatro años de existencia, habiendo interpretado en los primeros dos años y medio únicamente covers de los temas más reconocidas y de éxito de diferentes géneros musicales, había empezado a destacarse por sus propias composiciones, llevando a seis de estas hasta los primeros lugares de las listas a nivel mundial. Sus conciertos eran una mezcla de su música original con los reconocidos covers, los cuales interpretaban de manera tan fidedigna, que los críticos más exigentes decían que sonaban y se escuchaban como si fuesen los músicos originales los que estuviesen tocando. Pero nadie dudaba, en el ámbito musical, que Los Cuarenta seguirían creciendo y abarrotando todos los estadios y coliseos donde se presentasen.
Esteban tenía la mente enfocada en esa clase de pensamientos para el momento en que su amigo Andrés entró a la habitación del hotel.
–No se imagina con quien estuve hablando… –el saludo de Andrés venía acompañado de una enorme sonrisa.
–No se imagina lo que le pasó a su novia –dijo Esteban desde su cama.
La expresión de preocupación en el rostro del joven cantante de los ojos verdes no se hizo esperar.
–¡¿Qué le paso a mi monita?!
–Siéntese y le cuento –Esteban estiró el brazo indicándole la cama que estaba al otro lado de la mesa de noche.
–¿Es grave?
–No, no se preocupe –Esteban sabía que lo mejor era suavizar la noticia.
–¿Entonces qué le pasó? –Andrés se acababa de sentar en el borde de su cama.
–Un tipo entró al cuarto de ella y se le echó encima… –las palabras del joven baterista bastaron para que Andrés se pusiera de pie y diera un par de pasos hacia la salida. Esteban reaccionó y saltó de su cama, tomó por el brazo a su amigo y evitó que saliera corriendo de la habitación.
–Espere hermano, son casi las dos de la mañana, ella ya está dormida, y está bien, no le pasó nada –ante la evidente preocupación de Andrés, Esteban pasó los siguientes minutos relatando lo que había sucedido.
–No… ¡Tenaz esa vaina! Pobre mi niña…, no sé qué le está pasando a este mundo –dijo un Andrés un poco más calmado, con la expresión de preocupación aún latente.
Esteban se volvió a meter entre las cobijas al notar cómo su compañero de habitación ya no parecía querer salir corriendo.
–Con razón, cuando estaba hablando con esta pelada en el lobby, sí vi salir a la policía con un tipo que llevaban esposado.
–Exacto… ¿pero de qué pelada está hablando?
–Ah… sí, lo que le iba a contar cuando llegué… de Natalia de Lima…
–Ella es bien bonita…
–Y súper querida –el rostro de Andrés abandonaba lentamente su expresión de preocupación.
–¿Y por qué resultó hablando con ella?
–Me fui a la tienda de la esquina después de dejar a Patricia en su cuarto, y me la encontré allá, y pues yo le hablé…
–¿Y ella qué hacía a la una de la mañana en una tienda?
–No sé, yo estaba comprando algo de tomar, ella creo que había comprado cigarrillos.
–¿Una cantante fumando?
–Eso le dije yo…, pero como que estaba brava con la mamá… y le dio por ponerse en esas…, no sé…, pero en todo caso esa vieja es divina… y bien querida…
–¿Y Patricia?
–¿Qué pasa con ella? –preguntó Andrés mientras empezaba a cambiar su vestimenta por su piyama.
–No me diga que ahora la va a cambiar por esa vieja… –Esteban recordó todo lo que había sufrido Andrés dos años atrás tratando de conquistar a Patricia.
–No…, simplemente es que… Natalia es muy querida…
El joven baterista de Los Cuarenta pudo notar la indecisión en la forma de expresarse de su compañero.
–Tenga cuidado, no se vaya a tirar las cosas con su mona.
–Usted sabe que no… Yo adoro a Patricia, lo de hoy fue solo un pequeño y refrescante diálogo –dijo Andrés dirigiéndose al baño.
Pero Esteban conocía lo suficientemente a Andrés, habían sido compañeros en el grupo por más de tres años, y sabía perfectamente que el interés que Natalia de Lima había despertado en él podría convertirse en el inicio de algo mucho más significativo que una simple amistad.