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Solo bastó que Adriana se mirara al espejo para darse cuenta que sería la que más brillaría en el escenario. Su cabello naranja hasta los hombros, sus atractivos ojos ámbar, y su nariz respingada, formaban un conjunto que siempre había logrado que su presencia no pasara desapercibida ante los hombres. Y ahora lucía mejor que nunca, y no dudaría en aprovecharlo. A sus diez y ocho años era la subdirectora de Los Cuarenta, gracias a su personalidad, su excelente manera de tocar la guitarra y el bajo, su destacada manera de cantar y moverse sobre el escenario, y a haber sido parte de la banda desde sus inicios. Se aplicó un poco más de brillo en los labios, utilizó los dorsos de sus manos para echarse el cabello hacia atrás y salió del baño de su habitación del hotel.
–Adri, estoy aburrida de que las cosas en este grupo sean tan conservadoras… –le dijo su compañera de habitación.
Adriana miró a Sandra con una mueca, demostrando su falta de aprobación hacia el comentario que acababa de escuchar.
–¿No tienes suficiente tiempo con María José entre semana como para que vengas a decir eso?
Sandra estaba recostada contra la cabecera de su cama, y había estado distrayéndose con una comedia que pasaba la televisión, hasta el momento en que su amiga de varios años salió del baño.
–Pero, Adri, es que ya somos mayores de edad, yo tengo diez y ocho, y ella ya va por los veintiuno…
Adriana todavía no se había puesto la ropa que luciría esa noche para la presentación de Los Cuarenta en el estadio de Los Ángeles Dodgers, y llevando un gastado jean y una camiseta rosada tipo esqueleto, se concentró más en el armario y la ropa que allí tenía colgada, que en las palabras de su amiga.
–¿No te parece que yo podría quedarme en una habitación con ella? –insistió Sandra ante el silencio de la linda peli naranja.
Adriana tomó una blusa de seda color naranja y se quedó observándola mientras decía:
–Yo pensé que estabas mal con ella…
Sandra se puso de pie, se acercó lentamente al espejo de cuerpo entero ubicado al lado de la puerta que daba al baño, y observó su atractiva figura al tiempo que se pasaba la mano por su largo cabello castaño claro.
–Pero ya estamos bien…
–¿Ustedes dos por qué pelean tanto?
–Ella es muy celosa, y como no hago más que recibir cartas y regalos de veinte mil tipos que ni conozco –Sandra le sonrió a su imagen proyectada en el espejo.
–Lo mismo me pasa a mí, a Mónica, a Patricia y a Luisa… –Adriana se deshizo de su camiseta esqueleto, reemplazándola por la blusa naranja que dejaba sus brazos y gran parte de su espalda al descubierto.
–¡Te queda linda esa blusa! Bueno… a ti todo te queda lindo –dijo Sandra con sus llamativos ojos verdes enfocados en el torso de su compañera de habitación.
–Gracias –dijo Adriana mostrando su perfecta sonrisa–. Sabes qué… a veces me pregunto por qué accedo a compartir habitación contigo, es casi lo mismo que compartirla con un hombre.
–Porque no puedes negar que, aunque no lo quieras aceptar, en el fondo de tu iluminado ser, algo te dice que yo te atraigo –Sandra se acomodó la falda verde con flores amarillas que, haciendo juego con su blusa blanca, pensaba usar para el concierto que daría inicio en un poco más de dos horas.
–Me atraes por lo loca y también por lo hippy que eres –Adriana tomó del armario la mini falda de tonos azules y el pantalón n***o sin saber cuál de los dos debería ponerse.
–Y porque allá abajo, en el fondo de tu corazón, sabes todo lo que yo significo para ti… –ahora la linda hippisita, como muchos la llamaban en el grupo, se encontraba sentada en el borde de la cama de su compañera arreglándose las cintas de colores que llevaba alrededor de sus tobillos.
–Significas mucho, eres mi mejor amiga, ya lo sabes… Pero de ahí a que quiera darte un beso…, falta demasiado –Adriana ágilmente se quitó el jean y lo remplazó por la minifalda.
–¿Estás segura?
–Además, ¿por qué diablos querrías ponerle los cuernos a María José?
–No se los quiero poner, solo quiero que tú aceptes, o por lo menos me confieses a mi sola, que lo que digo es verdad –Sandra echó su espalda hacia atrás hasta quedar mirando hacia el techo de la habitación.
Adriana se paró frente al espejo de cuerpo entero antes de volver a hablar.
–¿Qué hubieras hecho tú si el tipo que atacó anoche a Patricia lo hubiera hecho contigo?
–Pues la pena sería doble, pero no me cambies de tema.
–A menos que hubiese sido tu Andresito… –dijo Adriana volteándola a mirar con una perspicaz sonrisa plasmada en su bello rostro.
–Sería el único hombre de este planeta con el que intentaría tener algo físico.
–Ya le diste unos cuantos besos hace dos años en Medellín…
–Sí, antes de que me dejara por Patricia… Esa mona imbécil está cada día más linda –Sandra volvió a sentarse derecha sobre la cama.
–Sí, es impresionante, y por eso Arturo y Rodolfo quieren que en lugar de estar tocando tanto trombón, se dedique un poco más a cantar.
–Pero no hablemos de esa loca –dijo Sandra mientras se puso de pie y avanzó hasta la espalda de su compañera, de tal manera que su linda cara también se vio reflejada en el espejo–, hablemos de que esta noche se rompen los protocolos y yo me quedo con María José.
–Sobre mi cadáver –dijo Adriana mirando directo al reflejo de los ojos de Sandra en el espejo.
–Señorita subdirectora, si no me dejas quedarme allá, me quedo aquí… pero en tú cama, y no propiamente durmiendo… –dijo la hippisita poniendo sus manos en los hombros de su amiga.
–Entonces tú te quedas en mi cama y yo en la tuya, y puedes mirar al techo toda la noche.
–No seas así –Sandra era la mejor haciendo cara de cachorro regañado–, si me quedo en el apartamento de María José cuando no estamos de gira, ¿por qué no puedo hacerlo esta noche?
–Sandy, tú sabes que más de la mitad de la gente de Los Cuarenta son menores de edad, y si no mantenemos algo de orden, los papás los van a obligar a que se salgan del grupo.
–Nadie se tiene que enterar –dijo Sandra apoyando su quijada sobre el hombro de su amiga.
–¿Tú en verdad crees que, entre cuarenta músicos, quince técnicos, tres papás, y dos managers, nadie se va a dar cuenta?
–Yo tendría mucho cuidado…
–Me encantaría decirte que sí, pero en serio, Sandy, si alguien se da cuenta esto se nos puede desordenar –dijo Adriana girando su cuerpo hasta quedar de frente a la hippisita.
–Entiendo –Sandra arrugó las comisuras de los labios antes de mirar al piso. Adriana la abrazó antes de decirle al oído:
–En un par de días estaremos de regreso y podrás quedarte en la cama de ella por cuarenta y ocho horas seguidas, pero por ahora, por favor ayúdame a que esto no se desorganice.
–Adri, yo recuerdo lo que me dijiste en el aeropuerto cuando llegamos de Nueva York hace dos años, pero… quería saber… si nunca has cambiado de forma de pensar…
Adriana dio un par de pasos hacia atrás pretendiendo buscar los zapatos que esa noche utilizaría.
–No te entiendo… Hace poco me dijiste que estabas feliz con María José, inclusive me ruegas para que te deje pasar la noche en su habitación, pero al mismo tiempo me estás preguntando si eventualmente yo podría estar interesada en ti…
–Lo sé, son como esas espinas que a veces te quedan por dentro…
–Lo último que querría, es que por mi culpa se dañara lo tuyo con María José –ahora Adriana tenía dos diferentes pares de zapatos en sus manos y parecía estar tratando de decidir acerca del que más combinaría con la ropa que llevaba puesta.
–No se va a dañar… Solo quería saber eso…
–El día en que María José ya no exista en tu vida, ese día me lo vuelves a preguntar, pero por ahora, no te tires las cosas con ella, ustedes dos son un par de niñas preciosas que hacen una linda pareja… Ahora dime, ¿me pongo los negros o los cafés? –Adriana le mostró los pares de zapatos que tenía en sus manos.
–No te pongas nada, haz como yo y sal a cantar y a tocar descalza, es lo mejor que hay.
–Tú porque eres toda hippy y se te ve bien, pero yo… –los labios de Adriana mostraron una pequeña sonrisa mientras que sus ojos se enfocaron en los pies descalzos de su compañera.
–Pues a ti se te vería mejor, además nadie se lo esperaría…
–De pronto un día lo hago, como cuando Moni canta la canción que yo escribí.
–Y que ha sido nuestro máximo éxito…
–Pero no será porque sale a cantar descalza… –Adriana continuaba mirando sus dos pares de zapatos.
–Pues no… Es porque escribiste una canción muy buena a la que le correspondió una intérprete también muy buena.
–Sabes qué…, le voy a decir a Arturo que quiero cantarla, de pronto me va mejor que a Moni, y entonces en ese momento te voy a hacer caso y saldré a cantar descalza, pero por ahora, creo que me voy con los cafecitos –dijo Adriana antes de sentarse en el borde de la cama a acomodarse los zapatos.