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World Of Beasts: Una Mujer Para Las Bestias

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Blurb

Atrapada en medio de la nada.

Luchando por superar sus traumas y adaptarse a un nuevo mundo.

Encontrando a una pequeña niña que ha quedado sola en el mundo.

Enfrentándose a la autoridad para protegerla y criarla.

Convirtiéndose en el eje, la guardiana del equilibrio entre cuatro egos que intentan imponerse unos sobre otros.

La primera pareja fue un accidente.

La segunda es a quien ama de verdad.

La tercera llegó con el consentimiento de la segunda.

La cuarta es, al mismo tiempo, una deuda saldada y un acuerdo político.

Tuvo la oportunidad de regresar a su hogar, la tierra que la vio nacer.

Pero al final eligió quedarse con su nueva familia, dejando atrás a los padres y hermanos que la habían criado.

¿Cómo vivirá con la decisión que ha tomado cuando ese mundo nunca le ha ofrecido la misma calidez ni la misma comodidad que el suyo?

Acción, aventura y romance se entrelazan en las experiencias de su juventud.

Hay un hombre que siempre la ha protegido y observado en secreto, sin que ella lo sepa.

Espera con paciencia una segunda oportunidad para volver a estar a su lado y enmendar los errores que cometió.

¿Qué destino le espera al joven que intenta ser aceptado por la mujer que lleva a su hijo en el vientre?

¿Obtendrá una segunda oportunidad?

Con dos hombres al lado de la mujer, ¿cómo reaccionarán?

¿Estarán dispuestos a ayudarlo?

Nota del autor:

Esta novela fue escrita originalmente en indonesio y traducida de forma independiente por el propio autor con la ayuda de tecnología de traducción.

Como no soy hablante nativo de este idioma, pueden existir algunas diferencias de expresión o pequeños errores de traducción que incluso podrían pasar desapercibidos para mí.

He hecho todo lo posible por mantener la historia original, las emociones de los personajes y la visión con la que fue creada esta obra.

Gracias por leer y apoyar mi trabajo.

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El Comienzo de la Historia
Capítulo 001: El Comienzo de la Historia En un lugar perdido del mundo, en un tiempo incierto. En medio de unas montañas verdes, silenciosas y frescas, una pequeña familia disfrutaba de sus vacaciones a la orilla de un río poco profundo, cuyas aguas cristalinas brillaban bajo la luz del sol. El viento traía el aroma de la tierra húmeda y de las hojas de pino, mientras el murmullo del agua se convertía en una música de fondo reconfortante. Sus cuatro hijos corrían descalzos, dejando que el agua fría les acariciara los pies, mientras sus padres se ocupaban de unos preparativos sencillos, pero llenos de calidez. —¡Mamá, dámelo! —exclamó Andra, acercándose a su madre, que estaba sacando los ingredientes de una nevera portátil. Su voz rebosaba el entusiasmo propio del hijo mayor y responsable. —Déjame limpiarlo yo. Su madre sonrió. Sus cálidos ojos se posaron en su hijo mayor antes de entregarle un paquete de pescado fresco. Andra caminó hasta la orilla del río, se puso en cuclillas y comenzó a limpiarlo con cuidado. —¡Miren, hay un montón de gambas de río! —gritó Dira alegremente. La menor de la familia corrió dando pequeños pasos mientras señalaba detrás de una gran roca en el río. —¿Un montón? —Raffa se volvió desde donde su padre estaba levantando la tienda de campaña. Los ojos del niño se iluminaron al instante—. ¡Yo también voy! Su padre, que estaba colocando uno de los postes de la tienda, se detuvo un momento y miró a su hijo con una expresión que contenía un poco de fastidio, aunque mucho más cariño. Durante los últimos meses habían estado ahogados en montañas de documentos del trabajo. Aquel era, por fin, el día que habían conseguido para respirar con tranquilidad. —Raffa... —lo llamó su padre. —¡Ayuda primero a papá! —Vamos, papá, ya casi terminas... Quiero buscar langostinos. Serán un buen aperitivo... Su padre suspiró y luego soltó una pequeña risa. El romanticismo de aquel padre siempre terminaba perdiendo ante el entusiasmo de sus hijos. —Está bien, esta vez te dejaré ir... —¡Gracias, papá! Raffa dio un pequeño salto y salió corriendo tras Dira, que ya estaba buscando langostinos entre las rocas del río. Mientras tanto, cerca del montón de leña, Gavin recogía algunas ramas y tallos de bambú. —Mamá, creo que la leña no es suficiente. Iré a buscar un poco más. Mientras hablaba, sopesaba algunas ramas ligeras en sus manos. Su madre, que estaba cocinando sobre el fuego mientras tarareaba una melodía, se detuvo de inmediato al escucharlo. —¡No te alejes mucho, Gavin! —No, mamá. Solo iré allí. Señaló un pequeño bosquecillo de bambú joven. —Hay bambú. Arde con más facilidad, incluso cuando está húmedo. —Está bien, pero ten cuidado. —¡Sí, mamá! Gavin salió corriendo hacia el lugar que había señalado. La familia interactuaba alegremente. Las bromas y las risas se mezclaban con los sonidos de la naturaleza. Todo parecía pacífico, cálido... como un pequeño mundo perfecto. Hasta que aquel sonido lo rompió todo. Un grito. Un grito desgarrador que hizo que el tiempo pareciera detenerse. —¡ARGH...! ¡KAKAK! La voz aguda, llena de pánico, rebotó con fuerza entre los acantilados de piedra. Todos se volvieron al mismo tiempo. Anindira. Su pequeño cuerpo se balanceaba sobre la superficie del agua. Sus diminutas manos se agitaban desesperadamente, buscando algo a lo que aferrarse, pero solo arañaban el vacío. Abrió la boca para gritar, pero el agua que tragaba una y otra vez interrumpía sus alaridos. —¡AKH...! ¡BLR...! ¡URRPP...! El sonido de su lucha por respirar era doloroso, como si estuviera siendo estrangulada por la propia agua. —¿Qué estás haciendo, Dir? —preguntó su madre con una sonrisa divertida, sin sospechar nada. Sus manos seguían removiendo la comida en la olla, mientras el aroma de las especias se mezclaba con el aire fresco de las montañas. Anindira parecía gritar. Su cuerpo era levantado y arrastrado a medias por el agua, mientras abría y cerraba la boca desesperadamente. Pero desde la distancia... Parecía estar jugando. —Está haciendo una de las suyas, mamá... —respondió Raffa desde el centro del río con voz despreocupada, mientras seguía buscando langostinos y reía entre dientes. Ni siquiera se volvió del todo. Solo le lanzó una mirada rápida, convencido de que aquello era otra de las travesuras de su hermana menor, una niña de carácter fuerte que nunca temía a nada y siempre disfrutaba gastando bromas a sus Kaks mayores. —Siempre tan inquieta... —dijo Andra, negando con la cabeza mientras seguía limpiando las escamas del pescado. Ni siquiera se molestó en mirar de verdad la situación de su hermana pequeña. Ninguno de ellos se dio cuenta de que Anindira no estaba jugando. Algo invisible la estaba arrastrando con fuerza. Aquellas pequeñas manos seguían extendiéndose. Sus uñas arañaban la superficie del agua, intentando encontrar un apoyo que no existía. El río era poco profundo... Muy poco profundo. La corriente era tranquila, débil... apenas había ondas. No había razón para entrar en pánico. No había razón para sospechar. Sabían que Anindira no sabía nadar, pero para ellos aquel río no era más que un lugar seguro donde jugar con el agua. La menor, aquella niña marimacho que jamás le temía a nada... No podía estar en peligro. —¡¡¡Dira!!! La voz rasgó el aire. Gavin. El Kak gemelo de Anindira. Sus ojos se abrieron de par en par, como si algo en su interior... algo que solo poseen los gemelos... hubiera atravesado su corazón. Aquella conexión... Aquella alarma... Solo él la había sentido. —¡Ayuden a Dira! ¡Está en problemas! —gritó con todas sus fuerzas. No había risas. No había bromas. Su voz se quebró, llena de terror. Corrió, rompiendo el agua y levantando pequeñas salpicaduras. Su cuerpo salió disparado como una flecha, con la respiración agitada y el rostro pálido. Su familia permaneció inmóvil durante una fracción de segundo, sorprendida por aquel pánico tan extraño en el niño que normalmente era tan tranquilo. Entonces, como si el sentido común hubiera llegado un instante después, todos reaccionaron al mismo tiempo. Mamá dejó caer la cuchara de madera. Papá soltó el martillo de la tienda. Andra dejó caer el pescado que estaba limpiando. Raffa se olvidó de los langostinos que perseguía. Todos salieron disparados, siguiendo a Gavin, que corría como si la muerte lo persiguiera. El agua que antes parecía tranquila ahora sonaba aterradora. Y los gritos de Anindira, que antes habían tomado por una broma, de repente se volvieron reales. Reales y aterradores. La luz del sol, que había sido intensa durante toda la tarde, comenzó a apagarse. El cielo cambió poco a poco de color, pasando del azul brillante a un naranja apagado, como si la propia naturaleza estuviera de luto. Tras la línea de las montañas, el sol descendió lentamente, sustituido por el pálido resplandor de la luna llena que comenzaba a elevarse. Pero aquella hermosa noche se sentía como una burla. Los gritos, las carreras apresuradas y el sonido del agua removida fueron reemplazados por el bullicio de los equipos de rescate. La policía. El equipo de búsqueda y rescate. Los habitantes de la zona. Todos habían sido movilizados. Botes inflables llenaban el cauce poco profundo del río, los perros rastreadores ladraban con inquietud y las luces de los reflectores danzaban entre las rocas. Pero ¿de qué servía? Aquel río... Era poco profundo. No lo suficiente para tragarse a una persona. Y aun así, Anindira había desaparecido. Desaparecido sin más. Como si algo la hubiera arrastrado por el aire. Como si hubiera sido arrancada de este mundo. La familia de Anindira solo podía permanecer de pie en la orilla del río, con el cuerpo rígido y la ropa todavía húmeda por el agua y el sudor. Lo habían visto todo. Estaban allí. Habían visto a la menor extender las manos, gritar y hundirse... sin motivo alguno, sin que hubiera nada visible. Y aun así... Era difícil de creer. —¿Cómo es posible...? —La voz de su madre se quebró una y otra vez, como si intentara convencerse a sí misma. Pero sonaba vacía. Papá permanecía inmóvil, con la mirada perdida en la superficie del agua, que ahora parecía tan dócil... como si nunca hubiera engullido a su hija unas horas antes. Gavin estaba sentado en el suelo, temblando, con ambas manos cubriéndole el rostro. Raffa iba de un lado a otro, respirando con dificultad, incapaz de apartar la vista del mismo río. Andra gritaba una y otra vez el nombre de su hermana hasta quedarse ronco, hasta que los vecinos tuvieron que sujetarlo para impedir que se lanzara al agua de nuevo. Ante los ojos de todos ellos... Su única hija... La niña que hacía un momento reía, los llamaba y se quejaba porque quería más langostinos... Había desaparecido sin más. Sin dejar rastro. Sin advertencia. Sin explicación. Dejando cientos de preguntas que les atravesaban el pecho. Preguntas a las que quizá nunca encontrarían respuesta. Quién sabe hasta cuándo. Notas culturales para lectores hispanohablantes: Ayah Ayah significa "padre" en indonesio. Anindira utiliza la palabra original al pensar en su padre, del mismo modo que muchas personas mantienen palabras familiares de su lengua materna incluso cuando hablan otro idioma. Mom Aunque Anindira es indonesia, utiliza la palabra inglesa Mom para referirse a su madre. En Indonesia es relativamente común que algunas familias urbanas mezclen términos ingleses e indonesios dentro del entorno familiar. Kak / Kakak Kak o Kakak es una forma de tratamiento indonesia utilizada para dirigirse a una persona ligeramente mayor, independientemente de si es hombre o mujer y sin necesidad de que exista parentesco sanguíneo. En la cultura indonesia, llamar directamente por el nombre a alguien mayor puede considerarse descortés o demasiado informal. Por ello, Anindira suele utilizar Kak en lugar del nombre propio cuando percibe que la otra persona es mayor que ella. Dependiendo del contexto, Kak puede significar: Kak o hermana mayor; una persona de mayor edad cercana a la propia generación; una forma respetuosa y amistosa de dirigirse a alguien un poco mayor.

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