Capítulo 1 (Parte 3)

2687 Words
Las cocinas de Madame Adelle Legrand, solían ser realmente caóticas en aquellas horas que antecedían al almuerzo. No era para menos, ya que, no solo se preparaba los alimentos para los inquilinos que habían pagado por dicho servicio, sino que además, el almuerzo era también para esas damas que vivían en la primer planta. Mateo por su parte, debido a que él no era realmente un empleado de la gran casona, ni menos un inquilino, solía comer las sobras que, caritativamente le cedía aquella mujerona de aspecto tosco que reinaba en las cocinas del último patio. Mirando a Aurora de soslayo, pudo constatar que, en efecto, aquél caos de ollas y guisados, la atemorizaba menos que el labial rojo y las mejillas sonrojadas de las mujeres de alquiler con las que se había topado. Quizás, si demostraba buenas aptitudes, podría caber la remota posibilidad de que Adelle la dejase trabajar allí. «Claro, como también cabría la posibilidad de que, por mera bondad, consiguiera que yo publicase un libro… » Tenía que reconocerse que ambas posibilidades eran demasiado remotas. Pero bueno, no era un asunto del que debía preocuparse en ese momento. Así pues, se aclaró la garganta, con total y completa solemnidad, procurando desviar la atención de María sobre aquel guiso de carnes y legumbres que tan apetitoso olía. A decir verdad, ya le estaba dando demasiada hambre. —¿Y ahora qué quieres, niño?— Indagó María con verdadero mal humor al verlo de pie en la puerta de entrada a la cocina — Bien sabes que tendrás que esperar a que termine el almuerzo para venir a buscar tu ración, si es que sobra… y no me vengas a distraer con tus dulces cuentos, que ya estoy muy ocupada y la última vez que lo has hecho, por tu culpa se me ha quemado la cena ¡Ale! ¡Yo no sé lo que espera esa mujer para decidirse a contratar a alguien para que me ayude! ¿O será que se piensa que estos viejos huesos le van a durar toda la vida? Tentado estaba de echarse a reír. Para él que nunca había gozado del trato maternal de una vieja matrona italiana como el que le daba María Antonelli, siempre era divertido verla con esos ademanes bruscos y a la vez cariñosos. Debía reconocer que esa mujerona incansable, que bien podría haber sido su madre, estaba en lo cierto. Ojalá, Madame Adelle, pensara igual. Ojalá se diera cuenta de las cosas que hacían falta allí. —Bien dicho… el día que usted no esté a cargo de las cocinas, será el día en el que yo me largue de aquí… a decir verdad, Madame Adelle, no sabe cocinar como usted, María…— reconoció socarrón y meloso a la vez. Ya conocía como suavizar el mal genio de aquella mujer a la que se acercaba —… pero, no se preocupe, de eso parece que el Señor de los cielos ha escuchado sus ruegos y, hoy, comenzará a trabajar aquí esta hermosa jovencita. Aurora ¿Sería tan amable de acercarse para que pueda presentarle a la encargada de las cocinas, por favor? Aurora, con toda humildad se acercó a ellos. Mateo tuvo ocasión de sobra para darse cuenta de que en ese momento la jovencita no parecía tan intimidada como al principio. De igual forma, podía notar que lo característico en ella era la tímida inseguridad con la que se movía en ese instante. —De modo que esta chiquilla tan bonita será mi ayudante en las cocinas ¿Eh? — observó María con un ojo crítico. No era de extrañarse de la actitud de recelo que llevaba la cocinera. Solo bastaba ver a la pequeña Aurora, con su carita de porcelana y su grácil cuerpecito para comenzar a sospechar que, si no había terminado en la primera planta, junto con las demás mujeres del lugar, era justamente porque alguien había intercedido por ella. —Así es, ha llegado esta mañana del convento de la Divina Misericordia… — informó haciendo como si no se enterada de nada, guardándose muy bien de decir como habían ocurrido las cosas—… a Madame Adelle le pareció una idea estupenda que, dado a las aptitudes mencionadas en su carta de recomendación, la señorita Aurora comenzara con ayudarla a usted en las cocinas. Sin embargo, después del almuerzo, ayudará a Roxana con el aseo del lugar. No sé preocupen por eso, que yo me voy a encargar de avisarle en este momento. María observó a Mateo con el aire de quien intentara descubrir intenciones ocultas. Pero, si se enteró de cuales eran estás, se guardó muy bien de decirlas. Sin embargo, no dejó de observar con actitud escrutadora a la joven. — Pues bien, creo que me servirá de todas formas… Puedes irte, niño… no te preocupes que yo me encargo de ella.— repuso a la vez que volvía a remover el guiso que se cocía a fuego lento en el gran fogón. —Muy bien entonces, iré a cumplir con mis otras obligaciones. Por favor, María, trátela como si fuera su hija…— replicó consiente del efecto que generaba en esa mujer la palabra “hijo”. Aurora lo vio darse la vuelta para irse del lugar, no sabía si debía decirle algo. Quizás, un simple “gracias” fuera lo correcto en esas situaciones, pero no se atrevía, no quería verse tan inexperta e inmadura. Fuera como fuera, no hizo falta que le dijera algo, ya que, al pasar a su lado, él, le rozó con gesto casual el hombro. Ese roce casual la sobresaltó irremediablemente. —Buena suerte, sé que usted lo hará perfectamente bien…— lo escuchó susurrar con calma. Sonrojada, volteó a verlo. Desde el marco de la puerta él le sonreía con una media sonrisa enigmática. —Nos vemos en la noche, Aurora… así podremos hablar mejor de como le ha ido durante el día…— le susurró de nuevo, con el tono de una dulce promesa velada a la vez que le guiñaba el ojo derecho con sutil sugerencia. Volviendo a sentir como a su corazón se le olvidaba latir por un momento, echó una mirada rápida y recelosa a María, rogando por todos los Santos que esa señora no lo hubiese visto. Quizás fuera solo fuera su imaginación perversa la que le estaba jugando malas pasadas, pero, lo cierto era que no quería que la confundieran con una de esas mujeres de vida licenciosa. Como las que parecían habitar la primer planta de la gran casona donde se encontraba. Suerte para ella, María no solo que no había visto nada, sino que además, tampoco había escuchado absolutamente nada de lo que no fuera el ruido de las cacerolas. Volteó a ver hacía la puerta, pero él ya se había ido dejando el lugar vacío y una intriga en la pequeña mente de la joven. —¡Oye, niña! ¡No te quedes allí echando raíces, que no eres un árbol y, además, tienes mucho trabajo por hacer!— ordenó María blandiendo amenazadoramente en su dirección el cucharón que llevaba a la mano. — Sé muy bien lo que genera la presencia de un buen mozo como ese para una jovencita como tú, no puedo juzgarte en absoluto, yo también he sido joven y torpe… pero ¡Ale! ¡Date prisa! Que hay que machacar las almendras y picar los ajos para hacer las comidas de la Madame, hoy tiene invitados que atender… Disculpándose por su torpeza se puso a hacer lo que le pedían. Colocándose el delantal y tomando el cuchillo comenzó por picar los ajos que la encargada le había señalado. Durante todo ese tiempo, no pudo evitar mirar de a ratos hacía la puerta, con la vana esperanza de encontrarlo de nuevo allí ¿Quién sabría para qué? Si solo era alguien con el que había hablado unos pocos minutos. Intentaba seguir el parloteo incesante de María , pero todo ese esfuerzo se reducía a la imagen de aquellos ojos celestes y tristes que parecían iluminarse por momentos cuando sonreían. Debía reconocer que, era cierto lo que había dicho María: Mateo, en definitiva era un hombre apuesto. Bastaba con ver aquel rostro de facciones delicadas y piel pálida provista de ese par de tristes ojos azules y coronadas con una brillante cabellera negra de finas hebras ondulantes, para darse cuenta de eso. Pero, por lo poco que lo conocía , ella en realidad creía que su verdadera belleza, bien podría estar en esa sonrisa de labios finos y tenuemente rosados. «O quizás en su trato… parece un hombre muy amable y elegante …» Se atrevió a admitir mientras sonreía con mirada ensoñadora a las almendras que acababa de machacar. Fuera como fuera, no podía decir que la presencia de ese hombre enigmático y taciturno no era algo que le pasara desapercibida. Aunque eso quizás, solo se debía por ser el primer hombre con el que había tenido la oportunidad de haber hablado un poco más que solo las palabras que ameritasen un saludo. —¡Y ya estás allí soñando con rosas y claveles!— amonestó María mientras le quitaba el cuenco de almendras de las manos y le ponía en frente un pescado para que limpiara— ¿Se podría saber qué tanto estás pensando niña? Y a mí no me quieras ver la cara, que yo soy vieja y conozco muy bien esos ojitos con los que miras ¿Es qué acaso te ha flechado cupido o qué? Al principio, las amonestaciones y expresiones agresivas de esa mujer la intimidaron un poco, pero, conforme la hora pasaba, Aurora pudo darse cuenta que no eran malintencionadas, por el contrario, eran de una actitud de tosco afecto. Por esa razón, le hizo gracia aquella observación, mirándola con una dulce sonrisa en los labios, se disculpó inocentemente. —Oh, disculpe, lo cierto es que todo esto es nuevo para mi…— admitió tomando el cuchillo de descamar y comenzando a la tarea.— Verá, en el convento donde crecí las cosas son muy diferentes. Las jóvenes que viven allí tienen prohibido hablar con otros hombres, a excepción del párroco del lugar o de sus familiares. Por ese motivo creo que puede que… me haya llamado un poco la atención el mayordomo de la casa, más si noto que es un hombre muy atento y elegante… Ante tales observaciones, la cocinera no tuvo más que reír a carcajadas desconcertando a Aurora. Negó con la cabeza y volvió a su tarea de armar la masa de hojaldre para la gran tarta de pescado que tenía que hacer ese mediodía. —¡Ay, mi niña! Ya llevas menos de una hora aquí y me estás comenzando a agradar…— repuso con actitud animada mientras aplanaba la masa con un enorme y pesado rodillo —… que digas que Mateo es un joven muy atento y elegante, es verdad… pero no es el mayordomo… ni siquiera trabaja realmente aquí, a decir verdad, sería un inquilino, si pudiera pagar correctamente la renta. Por eso es que él se ha encargado de guiarte hasta las cocinas y de hablar con Adelle para que te quedes. Es su manera de pagar las cosas que le damos… como él mismo dice su dinero, son las palabras… Aquella frase generó interés en Aurora, quien no lograba entender muy bien a qué se refería esa matrona con eso. Levantó la vista del pescado y se dispuso a escuchar la explicación. —¿Curioso no es así?— siguió hablando María mientras echaba las almendras en la masa que serviría como tapa para la gran tarta —… él es uno de esos escritores, pero no le va muy bien con ese trabajo, entonces, mientras se dedica a llenar cuadernos con su elegante letra y a buscar algún trabajo que lo pueda sacar del paso, suele contarnos historias de lo más interesante o leernos alguna cosa que le pidamos. También nos ayuda a escribir alguna carta que necesitamos enviar. Es un joven muy inteligente y amable, sin ir más lejos… el otro día me enseñó como se escribe mi nombre y el de mis hijos. Ya verás tú de qué forma intentará pagarte algún pequeño detalle que tengas con él… por cierto, niña ¿Qué tipo de comidas sabes hacer? No es por desdeñarte, pero, si se te da bien hacer algo para la cena, puede que esta noche te lo deje a ti. Realmente no te das idea de lo mucho que necesito descansar. —Sé muchas recetas, en el convento me enseñaron a dirigir las cocinas, usted solo dígame qué quiere que prepare y lo haré— respondió con suficiencia a medida que separaba la carne de las espinas como si con eso quisiera demostrar que no mentía en absoluto. Sonrió,— ¿Así que es escritor?... vaya, entonces… quizás, si puedo, le pediré que me ayude a escribir una carta para Sor Ester, estoy segura de que le agradará saber que estoy bien. María se detuvo de su trabajo y le echó una mirada suspicaz. Le parecía extraño escuchar como una dulce jovencita criada en un convento no hubiese sido educada en las letras. Sintió pena por ella, porque sabía que era algo que le abriría puertas en la vida y no tendría que depender de solo quedarse allí, entre cacerolas y guisados para las damas de compañía. Quizás, si se lo decía, podría hacerle ver de alguna manera que ella misma podría aprender, así no tendría que depender de nadie y, así, se evitaría muchas cosas el día de mañana. —Ta verás como lo convences, a decir verdad, no es alguien que se haga de rogar. Hazle una deliciosa cena y ya lo tendrás a tu merced…— le informó volviendo a su tarea—… inclusive, si tú quieres , hasta le puedes pedir que te enseñe a escribir esa carta para la tal Sor Ester ¡A que sería más bonito para ella leer esas palabras escritas por ti misma! ¿No lo crees, niña? «¿Aprender yo? Eso sería muy bonito…Pero no es para mi…» Se reconoció la joven distraídamente. Para ella, nada sería tan hermoso como saber escribir perfectamente su nombre, leer esos lindos libros de encuadernados de fino cuero o recibir cartas de sus amigas del convento. Para ella ese mundo era un sueño, pero que no podía ser cumplido. Al menos eso fue lo que le aseguraron las monjas y el mismísimo párroco, ella era demasiado simple y necia para entender la magia de las letras. —Puede que si, ya lo veré, entonces…— repuso limpiándose las manos con el delantal, su tarea con el pescado ya estaba hecha—¿Qué más necesita que haga? María volteó otra vez a verla, pero está vez con gran sorpresa. No se esperaba que la niña terminara tan rápido en su tarea ¡Ni siquiera ella había terminado de aplanar y acomodar las masas de hojaldre sobre los moldes de latón! Verdaderamente, tenía que estar más que agradecida con Mateo por haberle conseguido una ayudante tan eficiente en la cocina ¡Porque a ella no la engañaba en absoluto! Eso había sido obra suya, de lo contrario, esa pobre niña en ese momento estaría con las mujeres de la primer planta. —¡Oh! Que rápida eres, mi niña… muy bien, veamos…— dijo preguntándose si ella sabía lo que él había hecho.—… ve por esas cebollas y córtalas, las necesito junto el pescado que acabas de desmenuzar para el relleno. —Esta bien, eso haré…—asintió solicita Aurora, ajena a todo lo que ocurría a su alrededor. No, Aurora no sabía absolutamente nada de lo que él había hecho por ella. No era consiente en absoluto del lugar que él le había evitado pasar. María lo sabía, porque lo conocía bien, sabía que él no se habría quedado de brazos cruzados al ver esa inocencia en ella. Verdaderamente, ese muchacho la podía llenar de orgullo, casi tanto y más que sus propios hijos.
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