De aquel día, pasaron dos semanas en las que Aurora tuvo ocasión de adaptarse perfectamente al ambiente de la gran casona. —¡Oye niña hermosa! Dime ¿Todavía no lo has visto hoy?— le preguntaba Martha, la prostituta que los había visto aquella noche. Mientras ella se fue adaptando al lugar, comenzó a hacerse de amigos con mucha facilidad. Descubriendo así, como Mateo tenía razón de sobra al haberse mostrado contrariado sobre sus suposiciones sobre la decencia en las mujeres que habitaban en la primer planta. Estas, pese a ser de virtudes dudosas, eran mujeres como cualquier otras, que amaban y sentían igual que ella. A medida que pasaban los días, comenzó a tomarles cierto cariño a esas mujeres con sus risas bochinchosas y sus bromas subidas de tono. En especial a Martha, con quien co

