Si esto o lo otro

2167 Words
Los socios, Grillo y su padre, habían salido a comerse un refrigerio que Alma había preparado. Lucía se quedó quieta en su silla, con cara de mal humor; Verónica buscó un balde para vomitar y Tamara se acostó en el piso frío mientras las dos escuchaban a su hermana vaciar todo el contenido intestinal. Se replanteaban toda la reunión. —No es momento de tener un virus intestinal y contagiarnos —dice Lucía—. Creo que me voy hoy a mi casa, hablamos cuando regresen a la ciudad —propone, y le da un beso en la mejilla a Tamara. Luego vuelve a ver a su hermana. —Estás embarazada, ¿verdad? —¡No, no! —se queja, negando con la cabeza, horrorizada. Tamara se pone en pie y ve a Lucía. —Uhh, sí, nos viene la regla juntas. —No, tuve una infección urinaria y me descontroló el ciclo. —Tomaste antibióticos y ahora te desmayas y vomitas. La joven abraza el balde de basura y se acerca a sus hermanas. Lucía y Tamara niegan con la cabeza. —No estoy casada, y mi método es intrauterino. Funcionamos muy bien juntas —comenta, y le da el balde a Lucía. La puerta se abre y su mamá las ve serias antes de cerrarla. —Estás embarazada, Verónica —la acusa. Y Verónica lo niega mientras sus hermanas se ríen: Lucía por la precisión de su mamá, y Tamara porque la otra tenía el balde abrazado como si fueran sus propios desechos. —No me llames mamá, llámate mamá si estás casada. Qué vergüenza, como tu abuela —se queja, y revira los ojos. Sus hijas ríen más—. No es el ejemplo que he construido. —¿Tú y papá nunca tuvieron sexo premarital? —Si lo tuvimos, no hay evidencias de ello. Tu hermana nació dos años y 36 meses después de que me casé —responde. —Lucía, ve a botar eso, huele horrible. ¿Estás bien del olfato? —pregunta la madre—. Ve a abrir unas pipas para que tu hermana orine bastante. Tamy, Tams, ve por unas pruebas de embarazo. —No sé si yo sepa usar eso, nunca he estado embarazada ni cerca. —Compra una diferente de cada una, tres, de las mejores que veas. Ve un video, sé joven, vive la experiencia. —Ve tú, mami, nadie creería que estás embarazada —se queja. La mamá niega con la cabeza. —Tenemos invitados, eso es de mala educación. Ve a acostarte y no vomites sobre la colcha bonita que te puse. —No estoy embarazada, solo para que lo sepan. Lucía va por Fabio y Patrick para que bajen las pipas y se las abran. Tamara se queda escondida en la sala de reuniones. Su mamá llama: —Mauricio, bebé, ¿por qué no me llevas a la niña a comprar unas cositas que faltan? —Sí, señora. Igor había estado intentando ganarse a esa mujer desde que llegó, pero ella lo había evadido por completo. Entonces se ofreció: —Yo te llevo, Tamara. —Tiene que ser Grillo, mejor —Igor eleva una ceja. —Ok… vamos los tres, pero nadie habla. Grillo se ríe porque la última vez que estuvo en total silencio sintió que una vena iba a explotarle. Puso la radio y se puso a cantar, porque cantar no es hablar, y ella se inclinó sobre la salida del aire acondicionado. Igor estaba intentando no hablar, pero estaba preocupado: sus suegros lo odiaban. —Tus papás saben. —Sí, ellos siempre saben —Grillo no interviene, pero a pesar de estar cantando está orejeando la conversación en el auto. —Vale, porque tu mamá no parece feliz y tu papá parece que me odia más que a tu hermana, a la que despidió. ¡Wild! Eso es muy mi papá. —Sí, eso fue incómodo y raro, pobre Luci. Pero enfoquémonos en nosotros —responde—. ¿Por qué crees que Alma no te quiere? —Alma le dio la mano, lo vio de arriba para abajo, sonrió y procedió a continuar conversando con Bash Burwish sobre la marca de sus pantalones —comenta Grillo—. Yo sentí que la mujer no te quiere, y siento que ella no es una suegra que ame a sus yernos más que a sus hijas, pero le hace feliz que sus hijas estén bien amadas y, en sus palabras, bien folladas. —Eres su hija menor, tal vez no esté preparada para esto —responde Igor—. No viniendo de ti… Tamara seguía nerviosa como si ella fuera la embarazada. Recordó el silencio y se bajó casi sin que el auto estuviese bien parqueado. Grillo quería entender el contexto, así que se bajó por el chisme y dejó las llaves como para que Igor no se bajara. Igor pensó en la situación: estaba acostumbrado a ser adorado por sus suegros, no ignorado, así que necesitaba aprovechar ese viaje al supermercado. Tamara vio a Grillo un par de veces y siguió buscando entre los pasillos las pruebas de embarazo. —No creo que sepas en qué pasillo están las pruebas de embarazo. —¿Estás embarazada? —pregunta con ternura—. ¿Por qué no me contaste que tuviste sexo con él? Me encantan los chismes sexuales. —No estoy embarazada, tengo que comprarle a mi hermana, ¿vale? Grillo ama el supermercado. Una vez al año cierra uno en una hora espectacular y se va a pasar el día recorriendo pasillos, comiendo productos que los empleados recomiendan. Es fantástico. Se había dado cuenta de que atormentaban a las mujeres porque les ponen las toallas de un lado y, del otro, las pruebas: tipo “si no pudiste tener bebé, ahí está tu pañal; si crees que no te viene, es porque me necesitas”. La gente que acomoda góndolas es un pelín comediante. Los dos ven las diferentes tiras con atención, leen las cajas, buscan en internet. Grillo se distrae con videos de maternidad deseada, ya sabes, esas parejas con un montón de pruebas negativas y, finalmente, un positivo. —Aww, van a ser una familia. ¿Crees que el bebé me considere familia? —Eres familia según mi mamá. Te amamos mucho —responde, y los dos sonríen. Igor los observa y se planta en medio de ambos. Ve a Tamara con la prueba en la mano y ella a él con una sonrisa. —No estoy entendiendo. —Yo tampoco, la verdad. ¿Vas a tener un bebé o no? —Tengo hermanas —les recuerda, y los dos asienten. —¡Vas a ser tía! —celebra Igor. —Si esto funciona —responde la chica, y los tres asienten. —Llevemos muchas, por si acaso —responde Igor—. Y champán. —Flores, Igor, flores —le dice Grillo. Y los dos se dividen por la tienda rebosantes de felicidad ajena. Tamara les pide actuar normales, porque ella ha comprado un montón de uvas y quesos para disimular. Su mamá ve a Igor y Grillo con todos los regalos, intenta contener la risa y les pregunta a los tres si todo está bien en su cabeza. —Eran unas cuantas. —¿No te emociona tu primer nieto? —dice Igor. Y Alma asiente; los dos saltan como si fuesen amigos. —Tamara, hay una mínima posibilidad de convencer o sobornar a tu hermana para que tú y yo seamos padrinos. —No estoy lista para esa responsabilidad, y es muy probable que elija a Lucy. Pero nos voy a apuntar en la lista para el próximo. Igor parecía desilusionado, pero Grillo le recordó que eran tíos, y los tíos tienen libertades, como simplemente hacer lo que quieran. Alma se rió de los dos y les pidió que atendieran a las visitas, sin decir nada porque su esposo no sabía y el futuro papá tampoco. Luego subió a la habitación donde Verónica ya la esperaba con sus orines. —Mamá, yo tengo mi DIU y te juro que, si estoy embarazada, ya vi en internet: hay niños calvos por esto y otras que cuentan cómo les perforó el corazón… —Alma remoja tres pruebas y sigue escuchando los quejidos de su hija. Pasan los cinco minutos, y la mujer ve las pruebas enternecida, y piensa un segundo en su altar, porque funcionó, pero totalmente al revés. Será por el santo que tiene de cabeza para Tamara… Lucía no aguanta más y va a fijarse. Su mamá y ella comparten una mirada. —Yo ni quiero un bebé, o sea, no estoy lista. Pero ya pasaron diez minutos, seguro, y definitivamente no seremos papás. Ahora no voy a tener ni boda ni bebé —Tamara la abraza. —Ni estabas lista ni querías —le recuerda. —Sí quiero, aunque no esté lista. Tú vas a ayudarme, y Lucy. Las dos tienen tiempo —dice en medio de lágrimas—. No voy a volver a tener sexo hasta que me case. —Estás muy embarazada. Seis semanas —responde Lucy y le tira la prueba. —¿En serio? —Sí, lo dice ahí —responde su hermana, feliz. Todas parecen felices, enternecidas ante la idea. Alma solo quiere abrazar a su hija y cuidarla. Su hija se suelta del abrazo y va a la habitación contigua, busca el anillo, lo busca de arriba para abajo ante la mirada de sus hermanas y su madre, y las pone a revisar cuidadosamente entre las cosas de Fabio. —No voy a decirle hasta que revise todas sus cosas en la casa, porque si no hay anillo no pienso casarme. —Pondré cartas sobre la mesa —responde su madre—. Con discreción, chicas, con discreción. Trataré con todas mis fuerzas de no decirle a papá, pero estoy muy feliz. —Yo les diré a Grillo e Igor después de que volvamos a la ciudad. Y mamá, sé normal con Igor, ya está entrando en pánico. —Ajá —responde Alma. —¿Grillo e Igor? —Yo le dije a Patrick, pero prometió no decirle a Fabio ni a papá. Los secretos que guarda una familia mainvillana. Eso sí: papá y mamá siempre van a ser papá y mamá. Los dos insistieron en que Tamara se quedara un día o dos más, y cenar con su novio. Alma hizo énfasis en el señor diez años mayor que salía con su hija, parte que la joven había omitido en las descripciones del hombre sexy y perfecto. Luego Alma y Franco habían conversado con Fabio sobre el tiempo, y cómo a veces uno perdía a la mujer que amaba por no elegir el tiempo correcto. —No es en el tiempo de Dios, ni en el mío. Pero el tiempo de Verónica para hacer las cosas es particular —recalca Alma—. Y no quieres meterte con ella. La mujer, sabiamente, entendía por qué su hija mayor no quería estar en el mismo lugar que su esposo. También estaba segura de que su hija y su yerno necesitaban escuchar esto. —No puedes vivir la vida siendo él, o llenando sus zapatos, porque tú eres fabulosa, cielo —replica la mujer mientras la abraza—. Qué tal si buscan un lugar más cerca de Pablo, un nuevo comienzo, un cambio de carrera y tal vez llenarme de alegría con un nieto o nieta preciosos. Los dos ríen antes de despedirse, pero a Lucía no le parece un mal plan en absoluto, uno que planeaba discutir en el camino. —Grillo, ¿por qué no te quedas con nosotros unos días? —No quiero abusar de su amabilidad —responde. —Tengo que hacer unos mandados en la ciudad, odio conducir. Si tú te quedas, me voy contigo: Igor en mi auto y Tamara en el suyo. ¿Te parece? Así te relajas, viniste en busca de paz y ha habido demasiado ruido, pero tengo unos tips de relajación especiales para ti. —Quédate, haremos buceo. Y aquí hay unos lugares para comer de morirse. Igor dijo que se quedaba, pero tiene que trabajar. Tú y yo podemos tener vacaciones en medio de la semana laboral. Te recuerdo que tú tienes mucho trabajo —comenta su padre—, pero comer es una necesidad, así que puedes acompañar a Grillo a comer y volver a trabajar como Igor y todos los adultos normales. Ella rueda los ojos y susurra a su mamá: —La andropausia le ha dado fuertísima. —Como que a mí se me van las hormonas y él se inyecta de sofocos y amargura —responde su madre bajito en un susurro. —Quédate, Mauricio, te lo estoy pidiendo. No me dejes con el señor malo y la hija que trabaja. Los dos ríen y Grillo asiente. —¡Ehhh! —celebra, y Grillo y Tamara se ríen aún más.
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