Esa mañana, Amanda se despertó con el sonido estridente de la alarma de su teléfono móvil, programada para sonar todos los días a las seis en punto. Era un ruido molesto, pero necesario para interrumpir su sueño. Sobre todo, en esa ocasión en la que apenas durmió un par de horas.
Al incorporarse en la cama, descubrió que estaba sola. Su esposo tenía una capacidad casi inhumana de levantarse alrededor de las cinco. Ella en cambio dormía más pesado, y en un par de ocasiones se quedó dormida, llegando tarde al trabajo.
Se asomó a la habitación de los niños y comprobó que no estaban en sus cuartos. Imaginó que ya se estarían alimentando, antes de que el transporte escolar los llevara a la escuela. Como sucedió más de una vez, fue Rodrigo quien los ayudó a abandonar el lecho y los acompañó de inmediato al desayunador de la cocina.
Se vistió rápidamente y bajó. Allí encontró a sus angelitos sentados muy juiciosos, mientras ingerían su primera comida del día. Le sonrieron dulcemente y ella los abrazó y besó con mucho amor.
— ¿Dónde está papi? - les preguntó.
Los pequeños se encogieron de hombros, porque no sabían. Pero Eulalia, que se aproximó a ella con la jarra de café, estaba al tanto de su paradero.
— Está haciendo un llamado importante, dijo que ya viene. — aseguró mientras le servía un poco de la bebida en una taza.
No tuvo tiempo de preguntarse la razón de su ausencia, porque en ese momento apareció en la estancia. Un leve calor la invadió cuando lo observó avanzar hacia ellos, desplegando su atractivo arrollador.
Lucía un traje de estilo semi formal, que consistía en una camisa blanca, sin corbata, levemente entreabierta, pantalones azules y un saco gris, del que asomaba un pañuelo blanco en el bolsillo izquierdo.
Avanzó hacia ellos, con un aire confiado y relajado. A poco más de sus cuatro décadas, algunas canas asomaban en su cabello, dándole un aire maduro y sexy. Lucía una barba incipiente que se le veía muy bien. En contrapartida tenía una apariencia un poco pálida y cansada, resultado de pasar una noche activa y muy placentera.
— ¡Buenos días a todos! — saludó
Acto seguido besó la frente de Eulalia cuando le entregó su taza de café, las caritas de Amara y Darien y finalmente los labios de su amada esposa.
— Te ves agotado — comentó ella.
En efecto, lucía ojeroso, pero al mismo tiempo relajado y feliz.
— Tú también. — le contestó.
— Si, lo sé. Recién me vi al espejo.
— No es nada que no se solucione con una transfusión de cafeína. — comentó su esposo.
— Sí, creo que también me haré una…
Se sentó a su lado, y ambos se miraron con una mezcla de complicidad y picardía, al recordar los momentos intensos y deliciosos que se prodigaron en la noche.
— Antes de que te vayas, necesito hablar contigo un momento, a solas. — le dijo mientras acariciaba una de sus manos.
Amanda sólo hizo un gesto de asentimiento y después enfocó toda su atención en sus niños. Se aseguró de que desayunaran y de que tuvieran sus mochilas listas. Al rato los acompañó hasta el transporte escolar, que pasó a buscarlos como todos los días.
Entonces, regresó con él, que en ese momento estaba en el living.
— Bien, aquí estoy, amor… — le dijo.
Rodrigo se le aproximó y le entregó una caja cuadrada elegante que sacó de su bolsillo
— Quiero que tengas esto. — repuso.
Ella la abrió y en su interior había un collar consistente en una cadena de plata de la que colgaba un dije con forma de corazón.
— Es muy hermoso. — opinó — Pero, ¿a qué se debe?
— Tiene una razón, — comenzó a explicarle — acabo de llamar al servicio de seguridad. Desde hace una hora ya no siguen la señal de tu teléfono móvil.
— ¡Oh! — exclamó ella desconcertada. Se quedó pensativa durante unos segundos. La noche anterior habían discutido por eso, y sin embargo ahora se sentía mal al respecto. — Rodrigo, yo… no sé qué decir…
— Nada, aún no termino. Sólo dame un minuto. — la interrumpió. — Sé que actué torpemente al respecto. Debí decírtelo y convencerte de que aceptaras esta protección. Pero lo que hice fue porque quiero que estés segura. ¿Comprendes esa parte?
— Si, lo entiendo.
— Pero también tenías razón en que no podía imponértelo, que invadí tu privacidad. Así que aceptaré las consecuencias de mis acciones. Por eso he levantado el seguimiento constante sobre tu persona.
— Te agradezco que lo hicieras…
— Sin embargo, necesito saber que, si estás en una situación extrema, que no pudieses resolver, que tendrás al menos una opción. El dije de este colgante, parece decorativo. Pero en su interior hay un microchip especial. Al presionar su centro, enviará una señal a un satélite, revelando su geolocalización. — le explicó. — Una vez emitida dicha señal, el mismo servicio te llamará al móvil, para ponerse a tu disposición. En el peor escenario, moverán cielo y tierra para protegerte.
Intrigada, Amanda lo miró de cerca. Entonces notó que en su centro tenía un círculo casi imperceptible, que era una especie de botón escondido.
— Si quieres hacer algo para aliviar los temores que aún hoy me atormentan, te pido, te ruego que lo uses. Sólo así podré estar tranquilo…
Los ojos de Amanda se humedecieron levemente, cuando se sintió mal por todo lo que le dijo la noche anterior. Sólo tomó el collar y abrió el broche de su cadena. Levantó con una mano su cabellera y le pidió:
— ¿Me ayudas, por favor?
Su hombre se colocó a sus espaldas para unir los extremos y ella se miró en un espejo que había a un lado de la recepción.
— ¡Es precioso! ¡Gracias! ¡Prometo que lo usaré en todo momento, sin excepción!
Un renovado besó entre los dos, atestiguó que cualquier sentimiento adverso ocasionado por el desacuerdo había sido superado.
Ella apoyó la cabeza contra su pecho, y suspiró cuando sintió sus brazos alrededor de su cuerpo.
— Sólo tengo una pregunta… Los niños, ¿de qué modo están protegidos? ¡Aún no usan teléfonos móviles!
— Tienen algo similar en sus medallas de bautizo, que usan todos los días y también en los pines de la escuela, que siempre llevan en el saco de su uniforme. La única diferencia es que sus microchips emiten una señal constante…
— ¡Bien! ¡Perfecto! — afirmó Amanda — Pase lo que pase, ellos siempre deben estar cuidados. No ahorres en medidas para protegerlos.
Consciente de que ya debía salir hacia el periódico, se alejó unos pasos para ir por su cartera. Entonces, él la sujetó de una mano, la atrajo nuevamente contra su cuerpo y volvió a besarla en los labios.
— Llegaremos tarde… ¡los dos!
— ¡No me importa! Me dejas ansiando el repetir otra noche, como la que acabamos de tener.
— ¡Yo también! — exclamó ella con una expresión pícara. — Te diré algo… Sin importar que problema enfrentemos, o si el mundo se esté cayendo a pedazos, encontraré la forma de que estemos a solas con más frecuencia. Tendremos esos momentos que deben ser solamente nuestros.
— ¡Amén! — respondió él, con el mismo ánimo.
Cuando Amanda llegó al periódico, encontró que había cierta ansiedad en el ambiente. Todos cuchicheaban a media voz. Algunos estaban intrigados, otros muy preocupados.
No acostumbraba a estar pendiente de los rumores, pero el ánimo intrigante de los redactores nuevos y de los empleados en general, despertó su curiosidad.
— ¿Qué se traen todos? ¿Por qué están sobre ascuas? — le preguntó a Juani, la secretaria de comercialización.
— Es que hoy es el día, en el que llegará el nuevo dueño…
— ¡Es hoy! ¡Tan pronto!
— En realidad, no. Ya han pasado tres meses desde que se iniciara la adquisición.
— Ah, claro… — suspiró, cayendo en la cuenta de que eso era bastante tiempo. — Aunque no entiendo las caras largas…
— Bueno, cuando estas cosas suceden nadie sabe que esperar. Su llegada traerá cambios, y sólo Dios sabe de qué tipo. Muchos temen que sea un inútil de alto rango, que trate de aplicar “formulitas de marketing” catastróficas.
— Ahora es el dueño… es lógico que quiera hacer las cosas a su manera.
— Pero yo creo que a lo que hay que temer es a la reducción del personal que suele venir aparejada en estos casos.
Si, todo era posible. Sin embargo, Amanda eligió una opinión cautelosa.
— Supongo… será cuestión de ver que sucede. Por mi parte, prefiero no preocuparme por problemas que aún no llegan.
— Me alegra que puedas mantener la calma. Otros no podemos darnos ese lujo…
No se tomó el comentario como algo personal. Juani era una de las pocas personas en la empresa que sabía que tenía un buen pasar. Sin embargo, su vida había comenzado como la de la mayoría de las personas, por lo que entendía que podía ser una situación preocupante. Por eso le sonrió afectuosamente.
— Debemos tener fe, — le dijo. — estoy segura de que será algo bueno para todos.
Más tarde, cuando había terminado uno de sus artículos más urgentes, fue a avisarle a Gonzalo Prado, su jefe. Hasta entonces, se había olvidado de la novedad del día.
Repentinamente le estaban presentando a Gabriel Martínez Rochester, el nuevo dueño y jefe en El Informante. Lo observó por momentos con curiosidad.
Era un hombre moreno de unos cuarenta años, de contextura fuerte y firme. Su aspecto simétrico, fuerte y atlético, eran prueba de su atractivo, en un sentido empírico. No obstante, estaba lejos de llamar su atención.
Tenía una musculatura férrea, que se percibía a través del traje gris oscuro y cerrado que usaba, muy formal, que incluía un elegante chaleco. Usaba una barba de estilo candado que destacaba sus facciones recias, intensificadas por su cabello oscuro y bastante corto.
Sus ojos negros irradiaban una mirada penetrante y escrutadora. Cuando le extendió la mano, percibió una vibra firme y una voz mayormente fría, a la que trataba de dar calidez con una actitud afable.
La evaluación inicial fue que era un sujeto extraño. Pero trató de no prejuzgarlo ya que volvería a valorarlo en las siguientes oportunidades en que lo tratara.
Regresó a su trabajo y se olvidó otra vez de su existencia. Lo recordó nuevamente a la hora de cierre de esas oficinas, cuando se preparaba para regresar al hogar.
En el instante en que guardaba sus pertenencias y se colgaba la cartera al hombro, dio media vuelta de camino a la puerta. Entonces apareció detrás de ella, sonriendo ampliamente, esforzándose por exhibir sus dientes perfectos y níveos.
— ¡Gabriel! — exclamó al verlo — ¿Se te ofrece algo?
— No, nada en particular. Quería destacar que fue un placer conocerte, y que me gustaría reunirme contigo para intercambiar impresiones sobre la actividad periodística…