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2320 Words
Los pasos iban algo distantes de mí, lo suficiente para no sentir su presencia aplastante, pero tan cerca para recordarme que no estaba sola. No entendí por qué de un momento a otro él era tan atento y preocupado y luego le daba igual lo que sucediera. De verdad le debían estar pagando muy bien, porque era un ser asqueroso, apático y egoísta. Le pregunté a Mickjail por Liss y me dijo que estaba en su clase de la tarde, entonces decidí ir al jardín y observar el cielo y las aves y las flores… Me saqué los zapatos y me tiré sobre el fresco y verde césped, puse mis manos bajo mi cabeza y la ausencia de concreto en mi campo visual me relajó de manera progresiva. El cielo estaba despejado, azul brillante y las pocas nubes esponjosas lucían muy blancas. Les busqué formas conocidas y una se asemejó a un dragón. Me reí y a los minutos la nube se deshizo. Comencé a rodar por el césped hasta que mi cabeza perdió la noción de estabilidad y mis ojos no lograron enfocar con facilidad. Me puse de pie y comencé a correr en zigzag por el jardín. Rodeé la casa y al voltear vi al guardia trotando unos metros más atrás. Seguí corriendo con los brazos en el aire mientras gritaba histérica y reía como una demente. Me metí por los arbustos y me agaché entre las robustas ramas. Mi corazón estaba acelerado, mi pecho subía y bajaba con rapidez y en mi mente solo podía pensar que era un juego tácito entre el guardia y yo. —…come out come out wherever you are… —canturreó el guardia. Aguanté las risitas, se lo estaba tomando tan en serio como yo. Tapé mi rostro con unas ramas y hojas, escuché sus zapatos aplastando algunas ramas y luego el sonido se fue suavizando a medida que caminaba. Cuando todo se quedó quieto y solo se oía el viento silbando contra las hojas, decidí salir. Gateé por un lateral pegada al muro hasta que vi un agujero entre los matorrales por donde podría pasar. Me coloqué de pie luego de atravesar el gran arbusto y sacudí mis jeans llenos de tierra y algunas hojas; alcé la vista y él estaba frente a mí. Comencé a correr de nuevo y podía escuchar su risa haciéndole cosquillas a mis orejas. Sentí que todo era normal, que nada me impedía tener esa libertad que tanto anhelaba… Corrí con más ánimos por el césped y sentí un dolor agudo en la planta de mi pie, me detuve en seco y perdí el equilibrio. Todo pasó en segundos. Caí sobre mi estómago y sentí cuando me golpeé el mentón contra el césped, chillé más por la caída que por lo que pisé o el golpe en sí. Él se detuvo delante de mí y se agachó, alcé la cara y quité unas matitas que se habían pegado a mi boca. Sus brazos descansaban sobre las rodillas, el pantalón se le ajustaba y me reveló unas piernas bastante gruesas, bajé la mirada y apoyé la cara sobre mis brazos. —Joder… ¿Por dónde empiezo? ¿Qué te duele? —Pisé algo, una piedra seguro. —Vale… Siéntate para revisar. Me volteé y me senté, extendí mi pierna para que revisara la planta del pie, él apenas me tocó e hizo una mueca de asco y dolor, me asusté por su reacción y alejé mi pie de su alcance, causándole una carcajada. —Ya que no te lanzaste, decidiste herirte mientras corrías. —Detecté un tonito sarcástico en sus palabras. —Eso no es cierto —Reí. —Solo fue una piedra… en tu camino. —Sonrió burlón. —Me va a doler mucho cuando la saquen. —Quizá… y cuando te pongan alcohol… —hizo una mueca compasiva. —Sara me curará sin dolor. «Estúpido sádico». —Uhm sí, es probable. Bueno, vamos o tocará amputarlo. Me quedé observándolo anonadada, me ayudó a ponerme de pie y volvimos a la terraza del jardín, me senté en una de las sillas y traté de ver mi pie… Se veía terrible, no obstante, el dolor era casi inexistente. El guardia se alejó para buscar a Sara y algo con qué curarme —supuse—. No tardaron en regresar y Sara se sorprendió, su cara se horrorizó al verme y el guardia no pudo evitar mostrar sorpresa en sus ojos. —¡Pero qué coño! Si la había dejado bien… —¡¿Qué?! ¿Qué tengo? Algo no estaba bien. ¡Pero yo me sentía bastante bien! No me dolía nada, o casi nada. Solo me había llevado una piedra, un buen golpe y un susto tonto. —Señorita Amy, no se mueva… —me pidió Sara, volteó hacia el guardia y casi le rogó—: Por favor, busca a Mickjail y dile que llame al médico. —Vale, pero te juro que hace un segundo no estaba así. —¡Ya, Nyx! Ahora con el nombre —¿o el mote?— del guardia en mi mente —por si no estaba claro, mi memoria era pésima—, lo vi alejarse con prisa y Sara sacó un algodón de una maletita roja y lo mojó de algún líquido antiséptico, lo pasó con suavidad por mi cuello y muy cerca de mi mentón, sentí un pequeño ardor y entendí todo. —Lo peor es que no me duele nada Sara. —Se ve algo profundo, señorita Amy. —¿Te dijo Nyx de la piedra en mi pie? —le dije alzando el pie afectado. Sara se rió y puso los ojos en blanco, luego preguntó: —¿Qué le sucedió? —Estaba corriendo y me caí, bueno, no fue así… Pisé la piedra y luego me caí —ordené con las manos. Vi regresar a Nyx con Mickjail, que nos dijo que en diez minutos llegaba el doctor Sander. —Hay que avisarle a sus padres ¡Ay, no! —expresó Sara angustiada. —¡No!, harán un escándalo por dos cortesitos… —Señorita Amelia, me va a disculpar, pero no son dos cortesitos, les voy a avisar de esto y más aún porque ya viene el doctor. Volteé los ojos por las palabras de Mickjail, el abuelo adoptivo siempre tenía razón… Lo vi retirarse hacia la casa y solo éramos la angustia de Sara, el humor n***o del ahora conocido Nyx y los cortesitos en mi cuerpo Sara retiró los residuos de tierra y sangre de mi mentón y el dolor punzante y agudo se hizo notar. Traté de aguantar sin llorar, pero nunca había visto tantos algodones llenos de sangre… Ni mis periodos eran tan desastrosos —o eso creía yo. A los pocos minutos llegó el doctor Sander, que con unas pinzas retiró la piedra en mi pie y luego con poca delicadeza —a mi parecer— limpió la carne expuesta, provocándome un agudo dolor que fue calmándose varios segundos después que colocó alguna pomada y un vendaje. —Tendré que tomarle un par de puntos en el mentón —explicó el doctor. —Doctor Sander, cúrele el corte, que luego yo le explicaré a sus padres —pidió Sara con desespero. Miré aterrada a Nyx y él hizo un gesto con sus hombros, que lo interpreté como “ni modo”. El doctor sacó de su maletín una especie de engrapadora, la cargó y juntó mi mentón con fuerza, sentí dos pinchazos y la guardó de nuevo en su estuche luego de descargarla. —Ya. ¿Dolió? —Negué con la cabeza—. Bien, le dejaré las indicaciones a la señorita Sara —volteó a verla—. Y nos vemos en unos… cuatro días para sacar las grapas y revisar esa venda. ¿Vale? —Está bien, muchas gracias. Sara y el doctor Sander entraron a la casa, Nyx se sentó a mi lado y me hizo una mueca mostrando sus alineados dientes blancos. Sonreí y sentí mi piel tensa por las grapas, me dio un asco infinito y comencé a sacudir mis manos. —Serena, señorita. Que me puede sacar un ojo si saltan sus puntos. —No digas eso, me da mucho asco… —Lo sé, se le nota. Vaya viernesito. —Qué cruel eres. —Gracias. ¿Cree poder andar o me toca llevarla a su habitación? —Podré apañármelas. —Bueno. Con lentitud y casi dando saltitos, comencé el trayecto hacia a mi habitación. Al llegar a la escalera del recibidor, vi que iba a ser todo un reto que me iba a costar mucho tiempo y energía. Nyx se apiadó de mi mirada de perrito y me cargó hasta dejarme en la entrada de mi recámara. Liss subió gritando mi mote a todo pulmón y Nyx puso los ojos en blanco, en menos de cinco segundos Liss me interrogaba por mis nuevos “adornos médicos”. Mis padres llamaron para saber cómo me sentía. Cuando regresaron del trabajo mamá dio un grito al cielo por las grapas en mi barbilla. El fin de semana transcurrió con total normalidad, Liss y yo estábamos ¿resignadas? No supe, lo cierto era que ya no estábamos tan a la defensiva con la llegada de los guardias y sus miradas vigilantes. Había pasado los cuatro días que dijo el doctor Sander, me retiró las grapas y la cicatriz era casi imperceptible. Había que acercarse mucho para notar los diminutos puntos y la delgada línea donde una piedra dejó su marca. —Te salvaste, Chiquita. Casi no se te ve —comentó Liss mientras sostenía mi mentón hacia la luz que entraba por el ventanal de su cuarto. —Mjm, pero ya, ya. Que me siento como un bicho bajo la lupa —dije manoteándole. —Eres mi bicho, bajo mi lupa. —Quisieras —respondí desafiante. Y en menos de tres segundos nos estábamos dando almohadazos en la cara y en la espalda. Ella bajó de la cama y comenzó a correr hacia el pasillo, la seguí y esquivó a Alekséi y de un ágil salto Nyx la esquivó a ella. Reí por esa acrobacia inesperada y Liss se detuvo al pie de la escalera: —Chiquita, ¿tregua? —¡Oh! ¿No puedes conmigo? —chillé con exagerado dramatismo. —¡Sí puedo! Traté de lanzar la almohada hacia su cabezota y apenas logré hacerla llegar a mitad del pasillo. Nyx soltó una carcajada y Alekséi rió sin mostrar los dientes mientras me miraba. —Pésima puntería, señorita Amy. Qué lástima que no fui yo quien la lanzara —se jactó con su profunda voz. —No es mi culpa no tener fuerza. —Acéptele la tregua, le haré una seña a Nyx para que le bloquee el paso y usted le enseña quien manda. Me quedé con los ojos en blanco y traté de disimular mi mandíbula desencajada, sin pensarlo mucho acepté su plan. Le grité a Liss que tomaba su tregua y me acerqué al medio del pasillo con una mano extendida en señal de paz y la otra detrás con los dedos cruzados. La inocencia de Liss se hizo presente. Se acercó para tomar mi mano y me agaché para tomar la almohada, en cuestión de segundos Nyx le bloqueó el paso y la puse a comer almohadazos contra la pared. —¡Las confabulaciones no son válidas! ¡Traición! ¡Deshonor, Chiquita! ¡Deshonrada tu almohada! —chillaba mientras le descargaba una ráfaga de almohadazos. En una lucha por quitarme la almohada, comenzó a hacerme cosquillas y fue inevitable reírme, me tiré al suelo en medio de carcajadas y súplicas para que me dejara respirar por unos segundos. Cuando me dejó llenar de aire mis pulmones, alcé la vista hacia el final del pasillo y estaban los dos guardias observándonos en silencio; sus rostros exhibían una boba sonrisa y al percatarse de mi mirada, cambiaron el gesto y cuchichearon entre ellos. Liss se tumbó a mi lado y nos quedamos viendo el techo. Teníamos tiempo sin hacer esas tonterías que hacían las hermanas… Nuestros padres podían quitarnos los celulares, las laptops, la cena y aislarnos del mundo, pero nos dieron un lazo irrompible que aparte, era irremplazable. Casi con solo mirarnos sabíamos lo que pensaba la otra, claramente no éramos gemelas aunque nos parecíamos bastante, aunque ella era un poco más alta y delgada que yo —pero eso no impedía que nos prestáramos ropa—, y teníamos esa mágica conexión que dicen tener los hermanos idénticos. Al día siguiente se terminó el castigo de dormir sin cenar, con los guardias siguiéndonos a todos lados y pernoctando fuera de las habitaciones fue imposible que Sara nos pasara comida. Luego de ver mis clases, llamé a mis padres para preguntarles si podía pedir pizza para cenar con Liss, después de una semana de vergüenza, desconexión y aislamiento; mínimo merecíamos una pizza. Aparte, nos habíamos portado de maravilla con los guardias, ni habíamos intentado escapar nuevamente así que la pizza iba a ser una sencilla forma de premiar nuestro buen comportamiento. Mis padres aceptaron, así que la cena iba a ser por lo menos “meravigliosa”. Muy dentro de mí, mi corazón anhelaba que los guardias dejaran de estar con nosotras y los mandaran a otra área o simplemente prescindieran de sus servicios, pues consideré que Liss y yo habíamos aprendido la lección por las malas y al menos yo, quería intentar pedir permiso para salir las dos. Nunca solas, siempre las dos juntas. Decidí esperar hasta el viernes para preguntarles a mis padres sobre la permanencia de los guardias y los permisos para salir, total… No los podía presionar con tantos cambios a la vez.
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