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2654 Words
Eran un poco antes de las seis de la mañana. No había dormido bien durante la noche. La extraña sonrisa que me había dedicado el guardia la noche anterior me perturbó de una manera que no imaginé, aún más que la película de terror. Supuse que yo debería sentirme cómoda con su presencia, aunque el motivo de su compañía no tenía que ver con mi nivel de confort sino con mi desobediencia y posible rebeldía. Coloqué mis pies desnudos sobre el suelo y caminé al baño para asearme. Antes de entrar al baño di un vistazo al pasillo y allí estaban los guardias, bebiendo algo de una taza —seguramente café—, mientras charlaban a un volumen casi inaudible. Estaba muy somnolienta para tratar de escuchar lo que hablaban así que fui al baño. Me arreglé y bajé a desayunar, el guardia iba atrás de mí, pero no quise siquiera darle los “buenos días”, pues alguien extraño me perseguía por toda mi casa y no me parecía ni de cerca algo gracioso o agradable para iniciar el día. Al iniciar la clase, sentí una ligera puntada en mi vientre acompañada de un pequeño malestar estomacal. Comencé a sacar cuentas mentales, pero no recordaba cuándo había sido mi última fecha del periodo por tenerla agendada en el celular, así que desistí al convencerme que aún faltaba una semana para ello. Volteé hacia el final del salón y allí estaba el extraño guardia con su celular. Lo miré con los ojos entrecerrados y el ceño fruncido. «Como lo envidio». Le sonrió a la pantalla y volvió a su estado serio. Alzó la mirada, me observó por un milisegundo y una pequeñísima sonrisa se hizo en su boca, sentí que iba a vomitar una bola de miedo y volteé avergonzada por haber sido descubierta. Traté de concentrarme nuevamente en la clase, pero me picaba la curiosidad por seguir viendo las reacciones del guardia con su celular —aunque me causaran nauseas—. Volteé hacia el final del salón y allí estaba él, de nuevo sonriendo… Pero no al celular. Me sonreía a mí. Lanzó un papelito y cayó cerca de mi asiento, me incliné para tomarlo y el dolor en mi estómago se hizo sentir de nuevo. Aguanté el quejido y recogí la bolita de papel. La abrí y en una perfecta caligrafía negra decía: —Deje de espiarme y concéntrese en su clase. Volteé los ojos y guardé el papelito en mi portalápices. Por tercera vez lo aceché con la mirada y estaba serio, me hizo un gesto con la barbilla hacia el pizarrón y mi mente regresó a la clase. El profesor me informó que ya era medio día y salió para ir a almorzar. Yo haría lo mismo, así que recogí mis libros y los guardé en mi bolso, me puse de pie y cuando caminaba a la salida sentí una mano en mi hombro. Giré mi cabeza en dirección a la mano y era el guardia, detallé una pequeña línea tatuada en su dedo índice y él apartó la mano como si yo quemara. —Señorita Goldman. —¿Mjm? En un movimiento inesperado, acercó su boca a mi oído. Sentí su aroma perfumado a menta y cítricos conquistar mi nariz en un instante, cerré los ojos como quien sabe que algo terrible sucederá y esperé. Su grave voz pronunció las palabras exactas para hacerme sentir la mujer más descuidada y distraída del planeta. Mi periodo había llegado. Me tapé el rostro apenada y me alejé de él caminando de espaldas, mientras sentía mis ojos a punto de convertirse en cascadas. —Tranquila, es algo normal —dijo quitándose el blazer con rapidez y lo tendió hacia mí. —Soy un desastre, ni sé cuándo… —Ya déjelo —interrumpió—. No hace falta que se regañe, los accidentes pasan. —Debes pensar que soy la cuna de la torpeza. Sonrió con dulzura y me acomodó el saco sobre los hombros. —No, solo es humana y distraerse no es un pecado capital. —Ya tienes algo para comentarle a tu compañero. La sonrisa compasiva se borró de su rostro y lo noté incómodo con mi comentario. —No, eso es cruel. —Se giró para verme el pantalón y subió su pulgar—. Ya, no se nota. —Te devolveré el saco en unos minutos, mientras me cambio y eso. —No hay problema. Salí con el saco sobre los hombros, acerqué mi nariz a este y el mismo olor mentolado de hace un momento me embargó de nuevo. Traté de disimular que el masculino aroma me tenía embelesada así que de vez en cuando tosí. Al llegar a mi recámara, me quité el saco y el guardia esperaba afuera, le agradecí el gesto y él solo se limitó a sonreír y se vistió con la prenda. Entré al baño y me quité la ropa, me había manchado mucho… Me di una ducha rápida y me puse ropa limpia y oscura, si ocurría otro accidente ya no se iba a notar. Bajé a comer y allí estaba Liss, los ojos se le iluminaron apenas me vio y me senté con ella. Le conté de mi incidente y se burló por la forma en que el guardia me había avisado. “Alerta de marea roja”. —Tranquila, te sucederán cosas peores y olvidará esta. —Gracias —refunfuñé. —De nada —respondió con tono cantarín como un personaje de una película animada. Comencé a comer mientras charlábamos, me comentó que se disculpó con Alekséi —el guardia— y que le pareció muy agradable a pesar de verse como un bravucón. Noté que, a pesar de la reacción violenta de Liss el día anterior, ella estaba dispuesta a sacar algo positivo de esto. No me extrañaría que en unos días ella y Alekséi trabaran una amistad. Por mi parte, yo no sabía qué hacer, pues más que sociabilizar con el guardia “mío”, quería echarlo de mi vista; y ahora más con el vergonzoso incidente de hoy. Mickjail —el mayordomo, que parecía más nuestro abuelo— me indicó que la profesora de la tarde tuvo un inconveniente y avisó que no podía presentarse para la clase. —Huye, Chiquita, ¡huye mientras puedas! —No, ni loca. Y menos con el apéndice que ahora tengo. —Cobarde. —Habló la que se está haciendo amiga de su guardia —repliqué. —A los enemigos hay que tenerlos todavía más cerca. —Mjm… Pero ya que tendré tiempo libre, puedo poner a mi guardia a correr… —comenté luego de unos segundos de pensarlo. —¿Con cuál fin? —Necesito matar el tiempo de alguna forma. Liss rió a carcajadas por mi respuesta y contestó: —Pobre guardia, pero más pobre de ti, Chiquita. Se va a divertir mucho contigo. Torcí los ojos y me levanté para llevar el plato a la cocina. En la cocina estaban almorzando los dos guardias con Sara. Conversaban animadamente sobre un concierto que harían en las próximas semanas en la ciudad. Sentí como la mirada de “mi guardia” se centró en mí, tanto que escocía en mi nuca. Dejé el plato en el lavavajillas y les deseé buen apetito; salí de la cocina y me dirigí a mi habitación. No había pasado dos minutos, cuando escuché pasos apresurados por la escalera y el pasillo, estos se silenciaron cerca de mi cuarto. Tres golpes en mi puerta me hicieron sonreír, sabía que me iba a divertir. —Señorita… ¿Cómo se siente? —dijo procurando sonar interesado, luego de soltar aire con rapidez. ¿Realmente le interesaba eso a él? —Perfecta. —Sonreí tal como lo hizo la noche anterior. —Vale. Ya supe que no tiene más clases por hoy. —Sí, una pena —respondí sarcástica. —Totalmente. —Sonrió mirándome a los ojos y luego volteó a ver su reloj—. Bueno, la dejo en paz. Estaré aquí. —Volvió a su gesto serio y colocó sus manos detrás de su espalda. —Vale. —Volteé y fui a mi cama. Vi el minicomponente frente a mi cama y decidí encenderlo y subir el volumen. Comencé a bailar con los ojos cerrados, era uno de mis pasatiempos preferidos y quizás la forma perfecta de comenzar a matar el tiempo. La música me transportaba a todos esos lugares que en un futuro quisiera conocer. Canadá, México, Inglaterra, España… Quería olvidar mi encierro, que mis padres —y yo— dejáramos el pasado atrás; quería aventuras, riesgos… Dejar de ser la niñita preocupada y miedosa por las consecuencias buenas o malas de mis decisiones y convertirme en una chica capaz de cuidar de sí misma, decidida y sobretodo segura de mí. Una parte de mí quería crecer y la otra se hundía entre ansiedad y malos recuerdos. Seguí bailando con la tormenta de pensamientos en mi cabeza, los beats no eran suficientes para alejar la realidad… y la pesadumbre fue acobardando mis movimientos. Abrí los ojos con lentitud mientras bajaba mis brazos y metí las manos en los bolsillos del pantalón. Miré a mi alrededor y mis ojos se aguaron, comencé a llorar en silencio; la pachangosa música no compaginaba con mi tristeza en ese momento. —¿Cómo lo haces, Liss? —pregunté al vacío. Caminé hasta el gran ventanal por donde todas las mañanas la luz se colaba si olvidaba correr las cortinas, lo abrí y pasé una pierna sobre el marco, al intentar pasar la otra pierna sentí unos brazos rodear mi cintura y con fuerza me halaron hacia atrás, caí sobre el ser que quién sabe qué pensaba que yo iba a hacer. Escuché su gruñido muy cerca de mi oído y su respiración tibia y acelerada me estremeció el cuello y parte de la cara. —¡¿Qué coño intentas hacer?! Esa voz grave me sacó del trance, fueron apenas un par de segundos y me vi allí, en el suelo, aplastando al idiota que estaba hace un momento en la entrada. —Solo iba a bajar… de otra manera —contesté con la voz quebrada. —Estás loca. Tú… ¿Por qué? Su mano tomó con fuerza mi rostro y me obligó a mirarlo. Estaba enojado —¿o sorprendido?—. Lo miré aún llorando y pasó su pulgar por mi cara, llevándose las pequeñas gotitas de tristeza. —¿Por qué qué? —susurré. —Suicidio… ¿Por qué? Lo observé confundida y noté que todavía me estaba abrazando con fuerza, tanta era que comencé a respirar con dificultad y mis pulmones estaban esforzándose más de lo debido, le di palmaditas en su antebrazo y él lo aflojó. —Lo siento —musitó—. Pero contéstame. —Yo… no iba a suicidarme. La idea me pareció tan absurda, por muy inconforme que estuviese con mi vida no me sentía capaz de terminar con ella. Era una decisión demasiado fuerte, cargada de valentía y egoísmo, y no consideré tener alguna de las dos. —Entonces, ¿por qué coño estabas pasándote al otro lado? —Te dije, quería bajar. Hay un entramado de madera y lo puedo usar de escaleras. —Ya. Se pasó la mano libre por el rostro y exhaló abruptamente. Me estaba apretando de nuevo contra su torso y la cercanía se volvió más desagradable. —Suéltame, me estás incomodando. —Prométeme que no lo intentarás de nuevo —espetó con preocupación. Me limpié la cara y volteé para mirarlo a los ojos. Su preocupación era real. Quizá experimentó la muerte muy de cerca y haría cualquier cosa para evitar que alguien apagara su propia luz. —No, no lo haré. Lo prometo. Pero créeme, no iba a hacerlo. Asómate y comprueba el entramado. Suspiró con fuerza y se colocó de pie conmigo en el hueco de su abrazo, en ese momento fui una muñeca de trapo porque me arrastró con facilidad hasta el ventanal. Nos asomamos, le señalé el entramado y comenzó a reír. —¿A dónde ibas? —preguntó en medio de risas. Tenía los dientes blancos y alineados. —Quería jugar a las escondidas. —Sonreí. —Vaya… ¿Con que esas tenemos? Me causaste un susto enorme —dijo agitándome de un lado a otro—. Mira, en serio; si te sientes mal, si quieres llorar, gritar, desahogarte… Estoy aquí. No nos conocemos así que no puedo juzgarte. —Eso lo podrías decir si yo hubiese intentado saltar de un puente y no supieras quienes son mis padres, ni conocieras mi casa. Se quedó en silencio y me giré un poco para verlo, se acarició el mentón y la línea de la mandíbula con lentitud… Tenía una barba de días, el vello castaño no se veía espeso ni desprolijo. Asintió y contestó: —Sí… solo… no me jodas. Me arrastró lejos de la ventana y luego me soltó dándome un empujón. Salió de la recámara y comencé a frotar mis manos en las partes ahora desprotegidas del abrazo. Estuve cerca de él todo este rato y fue cálido, extraño e incómodo. Sobretodo incómodo. Cerré la ventana y apagué el minicomponente, salí al pasillo y él estaba de nuevo con las manos detrás de su espalda. —¿Le dirás a mis padres? —inquirí con demasiado interés. —Debería —dijo con frialdad. —Por favor, no —supliqué. —¿Por qué? —Frunció el ceño. —Harán de eso un gran drama y mal entendido. Y ya te prometí que no lo haría de nuevo. —El problema está en que… —Me miró suspicaz—. Yo te creo, pero si tú lo intentas de nuevo me sentiré responsable por no haber actuado antes. —No crees mi promesa —chillé enojada. —Uhm… bien bello… —soltó irritado— Sí te creo, coño. Van dos —zanjó, sonó a que quería dejar el tema así, no que realmente creyera en mí. —¿Dos qué? —Nada. No le diré a tus padres. ¿Contenta? —Gracias. —Sonreí—. Te recompensaré. Me miró cautivado por esa mágica palabra. “Recompensa”. Subió con suavidad la comisura de sus labios. —¿Cómo? —inquirió alzando el mentón y ladeó un poco su cara. —Me portaré bien. No causaré problemas. La desilusión se hizo notoria a tres kilómetros de distancia. Sus ojos eran demasiado transparentes, de un momento a otro podía ver la felicidad radiante y luego un aura oscura los opacaba cuando su ánimo se nublaba. Torció los labios con un gesto de fastidio y desinterés demasiado obvio hasta para mí y volteó a otra parte. —Está bien, pero… —¿Pero qué? —interrumpí. —Pensé que eso ya estaba implícito con mi presencia. Tapé mi boca para que mi risa descarada no resonara en el pasillo. —Pensé ser la inocente e ingenua en este momento. —No te preocupes, no bajaré la guardia. —Bueno, no te molesto más —tajé y volteé los ojos. Entré de nuevo a mi habitación y comencé a llenar las guías que había dejado el profesor esa mañana. Había preguntas que no entendía y otras que en otro momento hubiese podido responder a la perfección y sin mucho esfuerzo, pero todo mi día me tuvo en un vaivén de emociones y en todos esos instantes estuvo presente el guardia. Era un mal presagio o una casualidad muy desagradable. Comencé a darle golpecitos al cuaderno con el bolígrafo y no lograba concentrarme… Decidí salir en busca de Liss, me ayudaría a pensar en otra persona. «¿Qué?». ¡En otra cosa!
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