Un rítmico sonido era causado por unos nudillos tocando la puerta. Alcé la voz y le permití ingresar a mi recámara.
La puerta se abrió y al mirar a la persona, me entristecí.
—Buenas noches, señorita Goldman.
Me estremecí al verlo. Era el hombre de cabello corto. Entendí que entonces el de cabello azabache iba a acompañar a Liss.
—Buenas noches —susurré, aunque no había nada bueno esta noche.
—Lamento que sea de esta manera. Soy Nyx, con Y griega, Nyx Hedderich —dijo con un tono un poco aterciopelado. Su voz era la jovial y segura que había dicho “a todo se acostumbra uno, menos al hambre”. Él fue el que había hecho reír a mis padres.
—Amelia —solté desanimada—. ¿Tú… tú serás quién me vigile?
—Sí. No quiero que esto sea más incómodo… Tampoco quiero interrumpir sus obligaciones, no notará mi presencia a menos que…
—A menos que intente salir de casa sin permiso —espeté con desdén, interrumpiendo su discursito—. No te preocupes, no lo intentaré.
—Vale, la dejo sola —resopló y continuó—: Antes quiero… Su padre no lo mencionó, pero yo no voy a entrar a su habitación de nuevo. Por respeto. Pero nos facilitaría a ambos que su puerta —hizo énfasis en señalar la lámina de madera ornamentada— esté abierta. Yo estaré afuera y todos contentos. —Su tono era de fastidio, se notaba que él no quería estar ahí. ¿Entonces para qué había aceptado el trabajo?
—Está bien.
«Lo que me faltaba…».
Escuchamos unos gritos y chillidos que juré en mi mente pertenecían a Liss, ambos volteamos en dirección a los grititos de niña malcriada, rodeé al alto guardia y me asomé al pasillo. Liss le lanzaba zapatos, bolsas y libros al otro hombre enfundado en un oscuro traje que le quedaba como un guante, quien se cubría con las manos y esquivaba con agilidad los objetos.
Me reí por ser testigo de tal escena, el guardia que me asignaron estaba detrás de mí y soltó unas carcajadas con el espectáculo que sucedía a varios metros.
—Pobre Alek...
—¿Cómo se llama? —inquirí curiosa.
—Alekséi. Siempre le toca lo más difícil.
Observé a mi guardia asignado y luego al otro. Jamás pensé que esta noche terminaría así.
—Ya vuelvo —avisé—. Lo que sea que le diga tu compañero a mi hermana no va a calmarla.
Comencé a caminar en dirección al desastre y un zapato peinó mi rostro.
—¡Liss! Ya, déjalo. Él no tiene la culpa…
—¡Chiquita, es injusto! Nosotras no somos malas —vociferó mi hermana desesperada, con los cabellos desordenados y los ojos a punto de salir de su rostro.
—Lo sé, Liss. Nuestra intención nunca fue mala, pero… nos equivocamos al hacer las cosas de ese modo —musité con vergüenza.
Liss dejó de lanzar cosas y me dio un abrazo, más como una rendición ante todo el escándalo que había formado.
—Serán unos días —le dije mientras ella recargó su peso en mis brazos.
—Hasta que a papá se le olvide —balbuceó contra mi cuello—. Y tiene buena memoria —soltó de un chillido.
—Estaremos bien, Liss.
Soltó el abrazo y miró el desastre de calzados y bolsas que se acumuló en la entrada. El guardia de ella —demasiado alto y varonil— tenía una expresión de incredulidad difícil de disimular, aguanté una risita ante su gesto y al parecer él notó mi humor.
—Las ayudaré a recoger… esto. —Señaló el montículo a sus pies y colocó sus manos en la cintura, reuniendo paciencia y quizá hasta recapitulando qué hacía él allí.
—No hace falta, yo la ayudo. —Sonreí por su amabilidad.
—Insisto, solo recojamos esto rápido —dijo mientras alzaba un grupo de zapatos entre sus manos y los llevaba dentro de la habitación.
Me detuve a observar a Alekséi… Era un hombre muy alto, le calculaba quizá un metro noventa. Desde que llegó tenía una expresión de indiferencia y total frialdad, el ceño fruncido, los dulces ojos dorados entrecerrados, la boca en una fina línea recta… Seguro era de carácter fuerte y seriedad inmaculada. Me costaba dejar de mirarlo, el traje le quedaba a la medida y se le ajustaba en los hombros y brazos, seguro estaba ejercitado.
Podía decir que era bastante guapo aunque transmitía una rudeza inquebrantable.
En pocos segundos todas las cosas estaban dentro de la habitación, Liss y yo las acomodamos en el vestidor y el intimidante guardia salió al pasillo.
—¿Por qué le lanzaste tus cosas?
—Estaba enojada —refunfuñó guindando una bolsa.
—Pero él es… un “mensajero”. —Señalé con mis dedos en el aire.
—Mjm, solo que detesto el mensaje y lastimosamente el mensajero pagó. Mañana… me disculparé.
—Bueno. —Metí un último par de zapatos en un cubículo y habíamos terminado—. Sara… —comencé a susurrar— Sara me dijo que nos puede guardar algo de comida y pasarla de contrabando.
Nos miramos aguantando la risa que luchaba por exteriorizarse.
—¡Sara siempre tan bella! ¡Iiiih! ¿Cómo hacemos?
La miré con ganas de matarla y le hice “shhh” con mi dedo en la boca, ella puso los ojos en blanco y le expliqué:
—Creo que… podemos buscarla en la cocina. Yo voy. Buscaré agua y echaré un vistazo.
—Vale, esperaré aquí.
Salí de la habitación y encaminé mis pies a la cocina. A mitad de escalera detuve mis pasos, pues escuchaba que alguien me seguía. Volteé esperando que mis pensamientos no se hicieran realidad, pero la vida no era así y recibí mi dosis de realidad.
«En tu cara, Amelia».
Al mirar de abajo hacia arriba me topé con unos lustrados zapatos oxford, seguido de un pantalón impecablemente planchado a juego con un blazer que escondía una figura trabajada en el gimnasio o que mínimo seguía una dieta balanceada.
«No puede ser».
Sus ojos azules, medianos y ligeros me escudriñaban con serenidad, como si detenerse a mitad de escalera con la mirada pasmada fuese algo usual en las personas. Tan usual o común como respirar y masticar chicle al mismo tiempo.
—¿Sucede algo, señorita Goldman?
—Sí, ¿por qué me sigues?
—Su padre ordenó que la escoltara en todas las áreas... de su casa —puntualizó.
—¡¿Que mi padre qué?! —Abrí los ojos como platos. ¿Por qué me sorprendía tanto? Si papá era así de exagerado y extremista con todo—. Vale…
Terminé de bajar las escaleras y traté de ignorar al guardia que me seguía. Entré a la cocina y serví agua en un vaso y mientras bebía el preciado líquido me volteé a observarlo.
—¿No te aburre esto? —pregunté, más por incomodarlo que por saber una respuesta.
—¿Qué cosa?
—Esto, de seguir a una chica por los pasillos de su casa como si fuese a desaparecer sin dejar rastro —repliqué con obvio desespero en mi voz.
—¿Le doy la respuesta larga o la respuesta corta?
Alcé una ceja y lo miré un poco irritada, pero para no darle el gusto de quedarme callada, respondí:
—La respuesta larga.
—Es mi trabajo. Está de más decir que prefiero algo más entretenido, pero las cosas no siempre son como uno quiere.
«Ni siquiera es una respuesta tan argumentada para llamarla “larga”».
—¿Y la respuesta corta?
—Me pagan bien por esto.
Arrugué mi frente sorprendida y ofendida por su descaro, terminé de beber el vaso con agua, lo coloqué con fuerza sobre el mesón y me giré sobre los pequeños taconcitos de los zapatos para regresar a mi recámara. Al diablo la cena, el idiota de ojos azules logró su cometido, me puso de mal humor.
Subí corriendo a mi habitación, apagué las luces y me tiré en mi cama.
El guardia que estaba afuera no tenía ninguna culpa —aunque ya me estaba cayendo mal—, pero sentí que era la persona más detestable sobre la faz de la tierra.
Allí afuera, vigilándome como si de verdad fuese a hacer algo tan grave que requiriera de un extraño para evitarlo.
No tenía ni un día con él y sentía su presencia asfixiante, de poca utilidad y un total malgasto de tiempo y dinero.
Respiré profundo y pasé mis manos por las raíces de mi cabello, tratando de reprimir el enojo mal canalizado hacia ese pobre y responsable hombre que seguía órdenes para ganar dinero y llevar una vida cómoda y ¿digna?
«No sé si alguien con dignidad se preste para esto».
Me levanté de la cama y al acercarme a la entrada de mi cuarto vi al guardia de pie en el pasillo, con una petulante sonrisa en su rostro y mirando a la derecha. Hablaba con el otro guardia.
Con descaro lo detallé de arriba abajo. Sus ojos tenían un azul claro que recordaba a las cristalinas aguas del mar, su rostro era muy perfilado y reflejaba juventud y aventura; se veía amistoso aunque él intentaba lucir intimidante. Su cabello castaño oscuro tenía un extraño corte actual, era como un mohicano con unas trenzas casi invisibles, pues las guardaba dentro del cuello de su camisa. Era bastante alto, aunque no tanto como el otro guardia… Pero sí más alto que yo, sin duda alguna. Se veía ejercitado aunque no tanto como para asemejarse a una palomita de maíz.
Él volteó al frente y me cohibí de seguirlo detallando. Me parecía de mala educación hacer eso sin antes preguntar.
¡Ah! Pero qué hacía pensando en que me comportaba como una maleducada cuando con certeza podía afirmar que el hombre que estaba frente a mí me llevaba la delantera desde que fue descubierta la penicilina.
—¿Todo bien, señorita?
Asentí en silencio, obligándome a no decir más de lo necesario, y luego, para no hacer el momento más incómodo pregunté:
—¿Te llamas Nyx, no?
—No, pero puede llamarme así. —Ladeó un poco su cabeza y noté una pequeña línea vertical tatuada en su cuello.
¿Qué clase de respuesta era esa? ¿Cómo se llamaba entonces? Me daba igual. Solo no quería llamarlo “guardia” o “hey, tú”. O quizá era la excusa perfecta para gritarle “tú, el idiota del traje”.
—Eres irritante.
—Gracias, es lo más bonito que me han dicho hoy.
Puse los ojos en blanco y me giré batiendo mi grisáceo cabello y dándole la espalda.
—Señorita.
Giré para verlo y sonreía, sus ojos tenían un brillo de picardía infantil, pero la curva de la comisura de sus labios me hablaba de malas intenciones.
—¿Qué?
—Buenas noches —dijo manteniendo aún la sonrisa—. Dulces sueños —susurró.
Un escalofrío recorrió mi cuerpo como olas rompiendo con violencia en una hilera de rocas. Subió con rapidez de mis tobillos hasta mi pecho y al llegar a mi cuello sentí las mejillas arder. Debí verme roja como un pimiento.
¿Mi reacción? Tapar mi rostro con las manos a una velocidad que yo misma no creí.
«Es un descarado, un mal educado. Va a molestarme todo el día, todos los días hasta que mi padre lo despida o lo cambie a otra área, espero sea el jardín».
Me quité las manos del rostro y exhalé con dramatismo, apretando los puños con fuerza en el borde de los bolsillos de mi short y cerrando los ojos hasta que la piel de mis párpados quedó muy arrugada.
Volví a mi cuarto y como hacía unos minutos, me lancé a la cama, esta vez no volvería a asomarme para molestar al guardia, pues supo voltear mi jugarreta y la avergonzada terminé siendo yo.