Días antes...
Mi hermana Lissandra y yo salimos a escondidas de casa. Mis padres eran unos controladores innatos... Bueno, solo mi padre lo era, porque mamá era muy dulce y comprensiva y estaba muy segura de que ella nos daría permiso de salir de casa. Pero mi padre no, y como él siempre debía tener la razón mi madre no era capaz de negarse ante sus órdenes.
Y por eso mi hermana y yo solíamos escaparnos de casa desde hace meses.
Esta noche no fue la excepción, pero ya era tarde y nos apresuramos en volver a nuestro hogar luego de una divertida noche de juerga en el centro de la ciudad. Apenas pusimos los pies dentro de la casa, un escalofrío me recorrió el cuerpo entero al escuchar una dura y fría voz.
—Qué bonito, señoritas —espetó una voz furiosa. Liss y yo nos miramos y supe que el pánico era lo más evidente en nuestros rostros.
—Podemos explicarlo, papá —habló Liss con preocupación en su voz.
—No quiero escuchar ni una palabra, no hay excusa para lo que hicieron.
—¡Vivimos en una prisión, papá! No podemos salir a nin…
—¡No me contestes, Amy! —gritó con el ceño fruncido y una amarga línea se dibujó en su boca.
—Papi, nosotras solo fuimos a ver el espectáculo de luces, no hablamos con nadie ni nada… Estamos bien —musitó Liss.
—Lissandra, ya escuchaste a tu padre. Actuaron mal las dos, confiamos en ustedes y rompieron su palabra. Nos decepcionaron a ambos. Están castigadas.
Escuchar eso fue presenciar al juez dictando una sentencia ya vivida.
Castigadas.
Que lo dijera mamá lo hacía real y palpable. ¿Qué más castigo que la vida que llevábamos? ¿Qué podía valer más que la mínima libertad que teníamos? ¿Había algún otro modo de “castigarnos”? Justo iba a averiguarlo de cerca, de la peor manera que se les ocurriera.
Mi imaginación voló recreando escenas de Rapunzel encerrada en una habitación en lo alto de una torre, con una braga naranja y en vez de cabello largo e inmedible, una cadena atada a su tobillo. Horrible escena. Las lágrimas se acumularon en mis ojos y los cerré con fuerza para evitar el ardor que causaban.
—Mami, mami, por favor —sollocé— no lo haremos de nuevo.
—Mjm —contestó papá en lugar de mamá—, quiero sus celulares y laptops en el despacho —ordenó sin nada de vacilación.
Las únicas ventanitas que nos mostraban la vida fuera de casa nos serían arrebatadas. Sí, papá sabía dónde dar el golpe y que no solo doliera, también que escociera y quemara.
—Papá, por fa —chilló Liss con tristeza casi palpable—, mi celular no.
—Ya hablé. O las mando a un internado —sentenció con dureza, sin ningún cuidado de hacernos pensar que tan solo fue una amenaza.
—¡No! —gritamos al unísono Liss y yo.
Sacamos los celulares de nuestras bolsas y se los colocamos en el escritorio del despacho a mi padre. Mi madre observaba inmutable, se veía muy enojada y a la vez mostraba una ligera expresión de preocupación, ella era la única que podía hacer que papá nos suavizara el castigo… Pero dudaba que nos ayudara, estaba tan molesta como papá. Nos hizo seña para que buscáramos las portátiles e hicimos caso sin rechistar.
Al dejar las laptops en el despacho, papá nos dijo que no cenaríamos por una semana y nos mandó a nuestras habitaciones, que ya luego nos aplicaría más castigos por haberles causado tal disgusto.
—Estamos oficialmente presas —comentó triste Liss.
—No ha cambiado nada, Liss… Seguimos como antes.
—Mjm, pero sin celulares —resopló—. Lo siento Chiquita, esto no fue lo que te prometí.
—No te preocupes, Liss, estamos juntas en esto ¿no?
—Totalmente, Chiquita, juntas en las buenas…
—Y en las malas —completé.
Nos dimos un abrazo de buenas noches —que ya no tenían nada de buenas— y entré a mi recámara para dormir.
Al día siguiente, la irritante alarma me despertó, la apagué de inmediato y me senté en el borde de la cama. Mi mente era un rebullicio de pensamientos e imágenes de la noche anterior.
—Todo sigue igual. Seguimos sin libertad —me dije en medio de la privada soledad.
Podría entender su miedo desmesurado porque Liss y yo saliéramos solas, pero no podía aceptar que nuestra vida hubiese cambiado tanto desde hacía ya siete años. Ya no salíamos en familia a restaurantes y parques, a menos que fuese con alguna invitación previa por parte de una amistad de mis padres.
Ya no éramos una familia alegre, siempre estábamos a la expectativa de un suceso del pasado que nos pudiese dañar nuevamente. O que tan siquiera mostrara una mínima posibilidad de reaparecer y que nuestros padres —mejor dicho, papá— nos apartara del mundo real...
Noté que mis ojos se cristalizaron por la cantidad de pensamientos tristes que no lograba procesar del todo.
Ya había pasado mucho tiempo desde que sucedió eso. Era algo que debía quedar atrás. Sacudí mi cabello despeinado hacia atrás y salí de mi habitación en busca de mis padres. Quizá iba a empeorar las cosas, pero debía decirles que ya era tiempo de dejar el pasado donde pertenecía.
Me acerqué a la habitación de mis padres y escuché que hablaban:
—…me parece bien, Cariño, aunque… ¿no estamos exagerando un poco?
—Leyla, prefiero que se… por gente… elija… peligro… —Traté de poner más atención, pero hablaban muy suave.
—Geralt… muchos cambios… niñas.
—Lo sé…
—Van a… controlar todo. —¿De qué hablaban? Agucé el oído.
—Y yo quiero que sea así, Cariño. Necesito saber que están bien y que no van a cruzar los límites. No quiero que un día haya una patrulla de policías afuera.
Sentí que una piedra se atoró en la boca de mi estómago, miré la puerta asustada y mi corazón se agitó por todo lo que había escuchado.
—Eres exagerado. ¿Vas a llamar hoy?
—Sí, me gustaría que estén aquí hoy.
—Deberíamos hablar con ellas.
—No. Esta vez no depende de ellas.
—Está bien, Amor. Se hará así entonces.
Apenas dejaron de hablar, salí corriendo a la recámara de Liss con más miedo del que tenía antes.
«¿Qué rayos hablaban mis padres? ¿Llamarán a una niñera?».
Comencé a tocar la puerta desesperada y apenas escuché el seguro destrabándose por el giro de la manilla, empujé la puerta con fuerza y caí sobre Liss.
—¡¿Qué pasa?! ¿Chiquita, qué sucede?
—¡Liss! Liss, los escuché hablar —solté atropelladamente. Jadeé por un momento y traté de respirar profundo antes de continuar.
—¿A quiénes?
—A nuestros padres. Hablaban de-de…
—¡Ya! Ya, cálmate. —Me ayudó a incorporarme y cerró la puerta—. ¿Qué fue lo que escuchaste?
—Iban a llamar a alguien. Y que son muchos cambios. Y Liss algo sobre que estarían hoy aquí. ¡Liss no sé! —Comencé a llorar y ni siquiera entendía el motivo, aunque estaba segura de que era terrible todo lo que había escuchado.
—Amy, no entiendo nada y me preocupa aún más porque estás llorando como si fuese algo terrible.
—Va a ser terrible, catastrófico… Estoy segura.
—No. No pienses as. —Suspiró y luego agregó—: Vamos, hay que arreglarnos para ir a clases.
Me sequé las lágrimas y fui corriendo a mi habitación, me di una ducha rápida para bajar y obligarme a desayunar.
Durante el desayuno, mis padres no nos dijeron nada, Liss y yo nos mirábamos expectantes y con angustia, no podía preguntar al respecto, pero ignorar todo lo que había escuchado a través de la puerta era difícil, más aún porque escuché algo privado.
Nos fuimos a la biblioteca y las clases transcurrieron como de costumbre.
Al caer el sol después de las cinco de la tarde, mis padres llegaron a casa. Taconeos, saludos y luego escuché voces diferentes. Quizás trajeron amistades o eran las personas que mencionaron en la mañana. No iba a quedarme con la duda, había hecho cosas peores y nada iba a cambiar si me descubrían espiando.
Curiosa, me asomé por el borde de la pared y vi a mamá y a papá, acompañados por dos hombres con corbatas y trajes negros.
Eran altísimos delante de mí.
«¿Dónde está Liss cuando la necesito?”».
De la nada comenzaron a hablar en voz baja y subieron las escaleras. Caminé hasta el pie de estas y no lograba entender lo que mis padres les decían a los hombres; subí los peldaños con suavidad y apenas logré escuchar algunas palabras:
—¿…solo las noches o todo el día? —¿Qué? La primera voz masculina sonó juvenil y confiada.
—Por ahora día y noche —dijo mi padre.
—Vale. —Volvió a hablar el mismo hombre.
—Sus hijas… ¿saben algo? —Esa voz era diferente a la primera, un poco ronca y cálida.
—No, les caerá de sorpresa, pero se acostumbrarán.
—A todo se acostumbra uno, menos al hambre —dijo el primer hombre y todos rieron con el comentario.
Bajé al jardín y simulé que hacía mis deberes. Ya no quería seguir espiando, esos hombres iban a estar en la casa y estaba cien por ciento segura que era de lo que hablaban mis padres en la mañana.
Traté de seguir en mis deberes, pero Sara llamó mi atención:
—Señorita Amy, sus padres la esperan en el despacho.
—G-gracias, Sara. —Le dediqué una sonrisa forzada y me puse de pie.
—Señorita Amy.
—¿Sí? —Me detuve en seco.
—Sé que sus padres ordenaron que se acostaran sin cenar, pero le guardaré algo. Así sea un sándwich para que cenen usted y su hermana —me confió cariñosa.
—Gracias, Sara. —Le di un pequeño abrazo y me separé con suavidad—. Pero no quiero que te metas en problemas por nuestra culpa.
—No se preocupe, nadie lo notará —dijo guiñando un ojo y la comisura de sus labios se curvó hacia arriba.
Dirigí mis pasos al despacho de papá y la puerta estaba entreabierta, me anuncié nerviosa, ansiosa por lo que había y esperaba detrás de esa puerta. Entré y Liss estaba sentada en el sofá con sus dedos entrelazados, y cuando me vio, la mirada azulada se le iluminó.
Me intimidé de inmediato al ver a los dos hombres, sus toscas miradas repasaron mi figura en unos segundos y luego volvieron la vista al frente.
—Hija, toma asiento, por favor —ordenó mi padre con total serenidad.
Asentí y me senté al lado de Liss. Frente a nosotras estaban los dos hombres de traje que hace minutos llegaron a mi hogar. Uno llevaba el cabello n***o, tan oscuro como el azabache y brillante por el producto que usó para mantenerlo ordenado hacia atrás, bastante liso y tan largo que llegaba a su nuca. Los ojos ámbar se veían dulces y estaban enmarcados en tupidas pestañas y unas cejas un tanto fruncidas y espesas. Su piel clara y cremosa se veía tan suave y cuidada, era un hombre de aspecto rudo y guapo.
El otro hombre tenía una sonrisa ladina, no mostraba los dientes y su mirada azul estaba cargada de juventud y astucia, tenía el cabello peinado hacia atrás y más corto y rebajado a los lados, no llegaba a ser n***o, quizá castaño oscuro, un poco cálido como su piel, más bronceada que la del otro hombre. Por muy agradables que eran sus facciones, me dio miedo. No vi un ápice de bondad en él.
—Señor Hedderich, señor Bennett, ellas son Lissandra y Amelia. Son las creativas chicas que van a cuidar.
No sabía si debía decir algo. Quería gritar y pegarles a esos hombres aunque ellos no tuviesen la culpa de nada.
Me sentía vendida, como si Liss y yo fuésemos las peores hijas del mundo; como si fuésemos fieras salvajes y la única forma de controlarnos fuese con un domador de bestias.
Por supuesto, dejar a sus hijas adolescentes con dos tipos con pinta de matones era la solución a todos los problemas que arrastrábamos desde hacía años.
¡Bravo padres!
Comencé a sollozar y las palabras se volvieron un nudo en mi garganta.
—¡Esto es injusto! —reclamó Liss exaltada—. Ya es bastante con los celulares, las laptops y dormir sin cenar… ¿Y ahora nos van a poner un… un escolta?
—No está en discusión, Lissandra —manifestó mi madre con gesto serio.
—Pero ma…
—Lissandra —reprochó mi madre y una mirada asesina salió de sus ojos, Liss bufó y se cruzó de brazos. Uno de los hombres —el de cabello corto— soltó una risita casi inaudible y trató de disimular tosiendo.
—Los caballeros, Nykolas Hedderich y Alekséi Bennett, van a asegurarse personalmente que ustedes permanezcan en casa.
—Papá —musité— ¿será desde hoy?
—Sí, Amelia, desde hoy.
—¿Van a quedarse en casa?
—Sí, he pedido que les habilitaran dos habitaciones.
—¿Por cuánto tiempo van a estar con… nosotras?
—Hasta que se me olvide, Amelia —respondió y sus ojos azules me miraron de forma despectiva.
El nudo en mi garganta se desató y una lluvia de lágrimas se regó por mis mejillas.
—¡Qué injustos son! ¡Esto es insólito! —vociferó Lissandra colocándose de pie con la cara roja y los puños apretados.
—¡Lissandra May, basta! —exigió mi madre—. Te sientas y te calmas. El espectáculo para después. —Cada palabra fue como si colocara balas en una pistola y luego la cargó y apuntó. Una clara muestra del realismo y la seriedad de la situación.
Liss se sentó de mala gana y se tapó el rostro mientras lloraba.
Mi padre sostuvo su cabeza sobre su ceño y volteó a mirar a mamá, buscando apoyo, buscando calma. Habló con mi madre en un par de oraciones casi inaudibles y luego se dirigió a nosotras:
—Vayan a sus habitaciones y hagan sus deberes. En unos minutos las van a acompañar.
Liss se levantó de un tirón y salió de la habitación haciendo sonar sus zapatos en el pulido granito. Me levanté cabizbaja y salí del despacho sin hacer menor ruido, sin nada más que decir.
Fui al jardín a buscar mis libros y ya no estaban, me crucé con Sara en el retorno a las escaleras y me indicó que había subido mis cosas a mi recámara, le agradecí el gesto y subí sin más.
Intenté finalizar los informes que había pedido el profesor ese día, pero no me apetecía buscar en ningún libro la información. Apoyé mi frente en la torrecilla de libros y suspiré con desánimo.
No podía creer lo que había ocurrido hacía unos momentos. Nos había “encargado” a dos hombres totalmente desconocidos para mantenernos en casa y no poder escapar.
No me molestaba que hubiese más guardias —porque eso parecía ese par—, me molestaba que —con toda razón— ya no confiaban en nosotras.
Y que entre tantas soluciones que podían buscar, hayan tomado la más descabellada e irracional.