Tadeo intentó negarlo, pero su voz era débil.
—En los negocios y el amor todo se vale…
Me reí, era una risa era fría, vengativa y victoriosa.
—Entonces quien ha ganado soy yo. Lo acabo de dejar en la quiebra. Usé a su hija para mi venganza y me escabullí en su vida para vengar lo que le hizo a mi familia.
Los ojos de Tadeo se abrieron más de lo normal, la comprensión empezó como otro infarto.
—¿Si tú eres el hijo de… Jett? Eso quiere decir que …
—Yo soy el hijo de Jett —dije, sintiendo la liberación de la verdad. Me acerqué, mi rostro brillaba con el triunfo. —Solo me acerqué a ustedes para vengarme. Mi nombre es Bastian Cross Black.
Tadeo intentó respirar; su rostro se contorsionó de dolor. Los aparatos empezaron a sonar.
¡Bip, bip, bip!
—¡Doctor! —grité, presionando el botón de llamada de emergencia.— ¡Doctor!
A pesar de todo, no quería su muerte, yo no era como él.
El sonido estridente de los monitores llenó la habitación. El doctor entró de golpe, con su rostro severo por la preocupación.
—¡Necesito que salga, señor! —me ordenó.
Salí de la habitación de Tadeo. Apenas la puerta se cerró, me vi confrontado por los ojos asustados de Amy y el pánico de Francesca.
Amy se acercó a mí de inmediato.
—Bastian, ¿qué le dijiste? ¿Qué te dijo mi padre?
—Parece que se puso ma otra vez— le dije sin ninguna emoción en mi rostro.
Francesca intervino, casi temblado por la preocupación.
—Bastian, ¿por qué se puso así? ¿Qué hablaron?
Era el momento, era el clímax de la venganza no podía ser ya un secreto en una habitación de hospital. Tenía que ser público, real y devastador.
—Le confesé la verdad —dije, mirando a Amy y luego a Francesca, mi voz era fuerte y clara, cortando el silencio del pasillo.
Amy levantó las cejas, evidentemente sin saber a qué me refería.
—¿Qué verdad, Bastian? ¿De qué hablas?
—Les confesé quién realmente soy —dije, sintiendo la liberación total de la mentira. Mi rostro era duro, sin una pizca de la calidez que había fingido.
Francesca se llevó las manos a la boca.
—No estoy entendiendo…
—Se los diré sin rodeos —proclamé, haciendo una pausa para que las palabras tuvieran el máximo impacto. —Mi nombre completo es Bastian Cross Black. Soy el hijo de Jett Cross y Elena Black.
Francesca se tambaleó, apoyándose en la pared. Sus ojos se llenaron de un horror que trascendía la sorpresa.
—Eso… eso no puede ser cierto… —dijo aterrada.
Amy me miró, la confusión estaba dominando su dolor.
—No estoy entendiendo nada, Bastian. ¿Quiénes son ellos? ¿Y por qué tu nombre es diferente?
—Tu padre es un monstruo, Amy —dije, dirigiéndome a ella con la frialdad de un juez.
—¡Te prohíbo que digas eso de mi padre! —gritó Amy, sintiendo la necesidad instintiva de defender a Tadeo.
—Solo estoy diciendo la verdad —repliqué.
Amy se giró hacia su madre, implorando una explicación.
—¡Mamá! ¿Por qué Bastian dice eso de papá? ¿Quién es Jett Cross?
Francesca cerró los puños, la culpa y el miedo la obligaron a confesar.
—Hace muchos años, Jett, el padre de Bastian, fue el mejor amigo y socio de tu padre. Tadeo lo usó. Lo acusó de un desfalco a la empresa. Lo condenaron a muchos años de prisión… pero a los pocos días, Jett se quitó la vida en la cárcel. Su esposa, la madre de Bastian, también murió poco después por la pena— Francesca hizo una pausa y me miró con una expresión de dolor. —El niño quedó solo.
—En algo no tiene razón, Francesca —dije, mi voz era cortante. —Mi madre no está muerta. Aún vive. Pero está conectada a unos aparatos que le permiten seguir respirando. Su corazón y su alma murieron el día que usted, su mejor amiga, no hizo nada para detener a su marido.
Francesca se derrumbó, empezó a llorar sin control.
—Lamento mucho lo que pasó en ese entonces. Yo no tenía el valor para enfrentar a Tadeo. Era joven y estaba aterrada.
—Gracias a esa falta de valor, mi padre murió —escupí la verdad. —Yo quedé sin ellos.
Crecí con un solo objetivo. Gracias a la herencia que mi madre me dejó antes de caer en ese estado, pude estudiar, pude crear un imperio con Edward, mi mejor amigo y me convertí en el hombre que hoy tienen delante.
La confesión abrumó a Amy. Era una ola de traición, dolor y terror.
—Entonces… —comenzó Amy, su voz apenas un jadeo—… te casaste conmigo solamente para vengarte. Todo… todo fue una mentira.
—Me casé contigo por esa razón —admití, sintiendo un dolor en el pecho, pero mi voluntad se mantuvo firme. —Pero no contaba con algo, Amy. No contaba con que me iba a enamorar de ti, de e la hija de mi enemigo.
Francesca se arrodilló frente a mí, su súplica era patética.
—Bastian, por favor. No nos dejes sin nada. No seas como fue Tadeo. No tomes todo, te lo suplico.
—Esa súplica debió hacerla a su esposo cuando le quitó todo a mi familia. Cuando nos dejó a mí y a mi madre en la calle —dije, sin una pizca de condescendencia. —Y no. No seré condescendiente con ustedes. El precio es la ruina total.
Di media vuelta. No esperé más respuestas. Para mí, ese juicio había terminado.
Justo cuando estaba a punto de alejarme, Amy, con una fuerza que no creí que tuviera en su estado, me detuvo.
—¡No te atrevas a irte sin esto!
Se giró hacia mí, y antes de que pudiera reaccionar, me dio una bofetada abierta en el rostro. El golpe fue fuerte y resonó en el pasillo.
—¡Eso es por casarte conmigo por una venganza! —gritó, sus ojos inundados de lágrimas, pero llenos de una dignidad herida.
Me llevé la mano a la mejilla. La sangre caliente subió a mi garganta, pero no sentí dolor, solo la confirmación de mi victoria.
—Lo volvería a hacer, Amy —dije, con mi voz fría y brutal. — Lo volvería a hacer una y otra vez.
La dejé allí, junto a su madre, con su padre al borde de la muerte. Me marché del hospital.
Mi venganza estaba consumada. Mi corazón, completamente roto, pero victorioso.
Conduje desde el hospital hasta la mansión que era realmente mía, la casa donde Edward y yo manteníamos a mi madre.
La ciudad era ahora mi tablero de ajedrez, y los Morrow, mis peones caídos. Pero el triunfo se sentía hueco.
Entré a la casa y subí las escaleras directamente hacia la habitación de mi madre, Elena.
Ella estaba en la cama, inmóvil, conectada a los aparatos que la mantenían respirando.
El monitor cardíaco emitía un pitido constante, el único sonido en la habitación. Su rostro, marcado por los años de sufrimiento, estaba en paz.
Me acerqué a su lado, me arrodillé y apoyé la cabeza en el borde de la cama; mi cuerpo temblaba. El control se rompió por completo.
Comencé a llorar, un llanto amargo y descontrolado, la liberación de años de dolor y odio.
—Madre —dije en voz baja, mi voz estaba rota, ahogada en las lágrimas. —Lo hice. Lo hice, Mamá.
Levanté la cabeza y tomé su mano inerte.
—He consumado nuestra venganza. Se lo quité todo a Tadeo. La empresa está en bancarrota, y él acaba de sufrir un infarto al saberlo. Está pagando por lo que nos hizo.
Mi respiración era agitada, casi me es imposible controlarla.
—Los Morrow saben quién soy, Mamá. Amy, Francesca… saben que su esposo y padre es un monstruo. Saben que mi nombre es Bastian Cross Black, el hijo de Jett Cross, y que solo me casé con Amy para destruirlos.
Apreté su mano con fuerzas; en ese momento quería que ella abriera los ojos y me hablara.
—Pero, Madre… me enamoré de ella —confesé, y admitirlo fue un nuevo puñal a mi pecho. —Me enamoré de la hija del hombre que arruinó nuestras vidas. Y ahora la he perdido para siempre. Me odia, Mamá. Me odia por la mentira y por el dolor que le causé. Me abofeteó en el hospital y se quedó allí, junto a la ruina.
—Ya cumplí mi promesa, Mamá. Ya eres libre. Ya somos libres, ahora ya nada nos podrá consumir el alma.
Me quedé a su lado, llorando hasta que no me quedaron más lágrimas.
La venganza era un plato servido, pero el sabor no era dulce. Era amargo, cubierto de la culpa y la pérdida del único amor verdadero que había conocido en el camino.
La noche había llegado y aún tenía que hacer muchas cosas.
La mansión, que ahora era un monumento a la ruina de los Morrow, me esperaba.
Conduje lentamente, sin prisa. Mi venganza estaba consumada, pero el frío en mi interior era más denso que el del aire nocturno.
Al abrir la puerta principal, el silencio fue la primera señal.
Caminé unos pasos y me encontré con Amy y Francesca en el salón.
Estaban sentadas juntas, ambas llorando en silencio. Sus rostros estaban hinchados, la desesperación era notoria.
—Te estábamos esperando —dijo Amy, levantando la vista, con la voz era apenas audible por la derrota.
—¿Qué quieres? —pregunté, con mi tono era cortante, un mecanismo de defensa para evitar cualquier atisbo de debilidad.
Amy se levantó y se acercó a mí; sus manos temblaban.
—Tienes que ser menos duro, Bastian. Nuestra familia está pasando por un mal momento. Necesitamos el dinero.
Me reí, o más bien me burlé.
—Tadeo nunca se lamentó, Amy. Nunca derramó una lágrima por la situación en la que dejó a mis padres. Nunca me preguntó si tenía dinero para comer o dónde vivía mi madre.
—Pero… si hay algo de amor en ti hacia mí —su voz era una súplica desesperada, apelando a la única g****a en mi armadura. —por favor, ayúdanos, te lo pido, por favor.
Mi corazón se revolvió. Sentí una mezcla repugnante de triunfo y culpa. El plan estaba incompleto sin este paso final de humillación y control.
—Los ayudaré —dije, sintiendo la frialdad de mi propia condición. —Con una única condición.
Francesca se levantó, entendiendo el juego.
—Haremos lo que sea, Bastian.
—Deben dejarme vivir en esta mansión —dije, mirando la opulenta paredes, que ahora eran mi premio. —hasta que yo quiera irme.
Amy me miró, la sorpresa y el horror inundando sus ojos.
—Eso… eso no lo esperaba —dijo, retrocediendo un paso. —No sé cómo podré verte todos los días a la cara después de esa confesión.
Me reí de nuevo. El sonido era feo, pero triunfante.
—No me importa lo que piensen o hagan. Solo tienen que tolerar mi presencia. Es eso o la calle.
Francesca, pragmática ante la crisis, intervino antes de que Amy pudiera protestar.
—Yo estoy de acuerdo, Bastian. Solo necesitamos el dinero para los gastos de Tadeo.
—Me encargaré de todos los gastos médicos de Tadeo —dije.
No esperé su respuesta. Me di la vuelta y caminé hacia el despacho de Tadeo. Entré y encendí la luz.
Miré a mi alrededor. El escritorio macizo, los estantes llenos de libros caros, la vista panorámica de la ciudad que Tadeo había construido sobre las ruinas de otros.
Sonreí. Una sonrisa de victoria absoluta.
Mi venganza estaba hecha. Dejé a Tadeo en la ruina, tal como él lo hizo con mi padre, Jett.
Mi madre sería vengada. Yo tenía el control. El imperio Morrow era ahora mío.
Pasé un largo rato en el despacho, perdido en la contemplación de la victoria. La adrenalina se disipaba, dejando un vacío helado. La satisfacción de la venganza era efímera.
Finalmente, decidí ir a la habitación. Al acercarme al pasillo principal, me detuve.
Escuché llantos. Venían de la sala de estar que daba al jardín, la habitación donde Amy y Francesca se habían quedado.
Me acerqué sigilosamente, incapaz de resistir la necesidad de escuchar la verdadera extensión del daño.